El nacionalismo blanco cristiano: el arma más peligrosa en EE. UU.


El nacionalismo blanco cristiano: el arma más peligrosa en EE. UU.



La semana pasada, una oleada de violencia se extendió por nuestro país cuando liberales de costa a costa fueron blanco de bombas, a ancianos negros les dispararon en una tienda de abarrotes en Kentucky y once judíos quienes acudieron a rezar a la sinagoga Árbol de la Vida en Pittsburgh fueron masacrados.

La violencia política y el terrorismo a esta escala dejan en claro que no son las armas de fuego ni las bombas, ni siquiera los cambios políticos que pueden desmembrar familias y destruir vidas lo que le da su poder a la derecha. Su arma más efectiva y destructiva es una idea: el nacionalismo blanco cristiano.

El nacionalismo blanco cristiano dice que algunos de nosotros no tenemos cabida en este país, o tenemos menos derecho sobre nuestros cuerpos, la prosperidad estadounidense y, crucialmente, para votar y sobre nuestra democracia. Halla su expresión en el racismo, la antinegritud, el antisemitismo, la islamofobia, la misoginia y la transfobia. Su fantasía es que, sin nosotros, los estadounidenses restantes estarían mejor. Y cuanto más defienden esta idea el presidente y el partido que él ha comandado, más poderosa es la respuesta que reciben, ya sea a través de bombas caseras, tiroteos o peleas callejeras.

Por supuesto, no todos los republicanos son nacionalistas blancos cristianos. Sin embargo, el partido depende del nacionalismo blanco cristiano, y lo infunde cada vez más en la retórica del partido. Las elites republicanas han tratado de convertir esta elección en un referendo sobre una caravana de refugiados que buscan acogida legalmente, todo esto para poder distraernos de la consolidación del poder corporativo, enardecer a la derecha nacionalista y ganarse a las mayorías que necesitan para recortar impuestos, manipular las divisiones de los distritos electorales o nombrar a jueces contrarios a la regulación para la magistratura federal.

Es su retórica la que está sumando la violencia personal, justiciera y organizada de la derecha a la violencia de por sí existente, en marcha y estructuralmente devastadora que demasiados estadounidenses experimentan de tantísimas maneras.

Donald Trump, los legisladores republicanos y los medios de comunicación conservadores piensan que su estrategia está funcionando y han mostrado que están más que dispuestos a aceptar esta ola creciente de violencia como un daño colateral. La única manera de detenerlos es demostrar que están equivocados. Debemos demostrar que los llamados al nacionalismo blanco cristiano no solo fracasarán, sino que resultarán contraproducentes.

Podemos llorar, y lo haremos, a los miembros caídos de nuestra comunidad, pero sería perjudicial quedarse hasta allí. Debemos rechazar los llamados a despolitizar nuestra respuesta a los ataques con motivos políticos contra personas judías, personas negras, la prensa libre y tantos otros. Estaremos afligidos, quizás estemos asustados, pero no estaremos conmocionados. Vimos esto venir y dependeremos de nuestros lazos para apoyarnos unos a otros, mantenernos valientes y movilizarnos hacia esta elección de media legislatura y más allá a través de organizarnos todo el año.

Aun cuando la derecha solo puede redoblar la división, los movimientos por la justicia tienen una visión rival de promesa, abundancia y prosperidad compartida. La nuestra es más poderosa porque es popular. El nuestro es un movimiento que ofrece políticas que levantan a todas las personas, sin importar su raza, religión o historial. Medicare para Todos es tremendamente popular entre personas de todos los partidos, porque es la idea de que todos deberían poder ir al médico cuando lo necesiten. La gente apoya abrumadoramente el aumento al salario mínimo porque cree que, en la sociedad más próspera en la historia humana, todos deberían tener suficiente para comer, un lugar seguro donde vivir, e incluso lo suficiente para divertirse un poco. Tenemos otras ideas tremendamente populares, como el acceso al control de natalidad y el aborto, invertir en escuelas, el cuidado infantil y el cuidado de los viejos en vez de prisiones y fuerzas policiales.

Este es un movimiento que puede reunir a aquellos con mentalidad de justicia, multirracial, sin distinción de géneros ni de credos, a favor de los refugiados, a favor de la mayoría inmigrante de este país. En vez de operar desde una postura de odio y escasez, el nuestro ofrece amor y abundancia.

Trabajamos para construir un movimiento político inclusivo y democrático basado en la solidaridad. La solidaridad es la idea de que no tenemos que ser iguales para querer lo mejor para unos y otros, que podemos mantenernos mutuamente a salvo, podemos compartir lo que tenemos, que podemos hallar la manera de alcanzar un consenso sobre cómo estar mejor en comunidad juntos, mejor conocida como “democracia”. Y que lucharemos por ella y los unos por los otros.

Este movimiento que construimos está creciendo y ganando. Vemos la respuesta nacional para asegurarnos de que nuestros hermanos nativos en Dakota del Norte y en otras partes puedan votar la próxima semana. Vemos personas asegurándose de que se cuenten los votos en Georgia. Vemos las candidaturas inspiradoras de Andrew Gillum y Stacey Abram. Vemos a organizaciones locales dejándole en claro al resto de nosotros que el tiroteo en Louisville se trató de la raza, el poder y la política, no de una persona demente (por más enferma que esté). Vemos personas de todos los credos —y de ninguno— denunciar que el tiroteo en Pittsburgh se trató de las teorías conspirativas sobre George Soros, la difamación islamofóbica y la xenofobia actual contra los buscadores de asilo, no de una persona demente (por más enferma que esté).

El terrorismo busca distorsionar nuestra realidad, romper los lazos sociales y perturbar el bienestar común con el miedo. En medio del terror vemos el potencial de la solidaridad. No nos desalentarán las bombas o las malas ideas. Somos inquebrantables en nuestro compromiso con unos y otros y con nuestra labor compartida para hacer valer la promesa hasta ahora incumplida de nuestra democracia.

Maurice Mitchell es el director nacional del Partido Familias Trabajadoras. Dania Rajendra participa en las juntas directivas de Judíos por la Justicia Racial y Económica y Asociados en Investigación Política, y miembro del cuerpo docente externo del Instituto del Trabajador, Universidad de Cornell.

Las opiniones expresadas en este artículo son propiedad de los autores.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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