Justicia racial: un ajuste mundial de cuentas | Newsweek México


Justicia racial: un ajuste mundial de cuentas

En decenas de países se han dado protestas de Black Lives Matter que exigen justicia para George Floyd y ponerle fin al racismo y la violencia policial. Los líderes de este movimiento a escala mundial hablan de los cambios que ahora necesitan suceder.

¿OCHO MINUTOS y 46 segundos pueden cambiar el mundo?

De Londres a Lisboa, de Berlín a Brisbane, de Pretoria a París, al igual que en Toronto, Tokio, Río de Janeiro y veintenas de ciudades en decenas de países de América, Europa, Asia, África y Australia, la respuesta cada vez más parece ser sí.

En el mes que ha pasado desde que George Floyd fue asesinado y ese video espeluznante y desgarrador de casi nueve minutos reveló cómo lo trataron cuatro policías de Minneapolis, las protestas se han expandido más allá de Estados Unidos y alrededor del orbe. Los temas son a la par universales —manifestantes exigiendo justicia para Floyd, y peticiones de una reforma policial y un fin al racismo sistémico— y específicos a los retos particulares de justicia racial en cada país. Los manifestantes evocan los nombres de personas negras asesinadas en su país junto con el de Floyd, derribando símbolos del racismo específicos de su cultura, y señalar lo que ellos creen que son ejemplos indignantes de la desigualdad particular de donde viven.

El mensaje global que une a las protestas mundiales: “Las vidas de los negros importan”.

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“Este es un momento crucial”, dijo Patrisse Cullors, quien cofundó el movimiento Black Lives Matter en 2013 en respuesta a la exoneración del hombre que mató al adolescente negro Trayvon Martin cuando caminaba a casa desde una tienda de abarrotes. La gente dice, en palabras de Cullors: “Ya fue suficiente”.

¿Por qué ahora? En parte, es la brutalidad particular de lo que le sucedió a Floyd, inmediatamente después de una serie de encuentros con carga racial que escandalizaron a muchos (los asesinatos de Ahmaud Arbery y Breonna Taylor, el incidente del negro que miraba las aves en el Parque Central de Nueva York). Añádase la pandemia del coronavirus que afectó muy duro la salud y el bienestar económico de la comunidad negra, y la combinación está resultando ser un punto de inflexión. El resultado, dijo Hawk Newsome, un destacado activista por los derechos civiles en Nueva York y quien comenzó Black Lives Matter of Greater New York, una filial no oficial de BLM, es un verdadero cambio drástico en la conciencia global sobre las realidades del racismo.

“He escuchado de gente en Tailandia que está celebrando mítines con camisetas de Black Lives Matter of Greater New York; he escuchado de gente en París que se toma fotos enfrente de cosas ardiendo con el puño alzado… Ha habido gente que me ha llamado por FaceTime para mostrarme lo que está sucediendo en Londres”, dijo Newsome. “Se siente como si en realidad estuviera sucediendo un cambio justo ahora. Y ha abierto la puerta a nuevas conversaciones sobre lo que se necesita en el futuro: un camino a la liberación, un camino a la justicia”.

La gran pregunta para Cullors, Newsome y otros activistas que encabezan movimientos de Black Lives Matter en países de todo el mundo: ¿cómo convertir esas conversaciones en un cambio real y duradero, y qué tipos de cambios son los más necesarios? He aquí una mirada a lo que está sucediendo en el terreno en muchos lugares en este momento de ajuste mundial de cuentas y cuál es el camino a seguir según los líderes de esos movimientos.

REVUELTA EUROPEA

Prácticamente todo país en Europa ha visto manifestaciones en curso en múltiples ciudades, donde los manifestantes desafiaron las guías estrictas de confinamiento que prohibían grandes concentraciones para protestar en solidaridad con las comunidades negras en Estados Unidos, y exigir que termine la violencia policial y el racismo sistémico en sus propios países también.

En Londres, los manifestantes han coreado “sin justicia no hay paz” afuera de la embajada de Estados Unidos, pero también frente a las Cámaras del Parlamento de Gran Bretaña. Y los manifestantes evocan los nombres de británicos como Mark Duggan, Sheku Bayoh, Sean Rigg, Sarah Reed y Cherry Groce —todos miembros de la comunidad negra que murieron durante interacciones con las autoridades— junto con los nombres de estadounidenses asesinados como George Floyd, Breonna Taylor, Tamir Rice y Philando Castile.

La incidencia de violencia policial en Gran Bretaña, donde los oficiales por lo general no portan armas de fuego, es considerablemente menor que en Estados Unidos. Desde 2015, la policía en Estados Unidos ha disparado y matado alrededor de 1,000 personas cada año, según una base de datos en línea administrada por The Washington Post. En Inglaterra y Gales, el número de personas acribilladas fatalmente por la policía en 2019 fue de tres.

Pero aun cuando la cantidad de encuentros violentos es pequeña, el patrón racial es similar. “Una cantidad desproporcionada de personas negras es detenida y cateada, y una cantidad desproporcionada de personas negras muere en interacciones con la policía”, dice Arike Oke, directora ejecutiva de los Archivos Culturales Negros, un centro de herencia cultural que preserva y honra las historias de personas africanas y caribeñas en Gran Bretaña. De hecho, de las 292 personas en Inglaterra y Gales que murieron en custodia policial o poco después en los últimos 15 años, 23, el 8 por ciento, fueron negras, según la Oficina Independiente de Conducta Policial, aun cuando ellos suman solo 3 por ciento de la población.

Como en Estados Unidos, la pandemia solo aumentó los desequilibrios raciales en Gran Bretaña, donde el riesgo de morir por COVID-19 es tres veces más alto para los hombres negros y casi dos y medio veces más alto para las mujeres negras que para la gente blanca del mismo sexo, según la información de la Oficina de Estadísticas Nacionales. Se cree que las desigualdades en atención médica, vivienda y oportunidades económicas tienen un papel importante. “El racismo es un problema de salud pública”, dice Oke.

Manifestantes se arrodillan enfrente de la policía durante una protesta de Black Lives Matter en el Parque Hyde de Londres. Foto: Justin Setterfield/Getty

Gran Bretaña no puede elaborar soluciones significativas a sus problemas actuales de racismo sistémico sin asumir su pasado colonial, en especial su papel en el desarrollo del comercio de esclavos, según cree Oke, siendo el tema del ajuste de cuentas histórico uno que se ha repetido en el creciente movimiento de Black Lives Matter en Estados Unidos y otros países. La directora ejecutiva de los Archivos Culturales Negros añade: “La esclavitud existió desde el origen de los tiempos, pero el comercio específico y esclavismo de africanos sobre los cuales se construyó la riqueza de Estados Unidos y sobre los cuales se construyó la riqueza moderna de Gran Bretaña provinieron de Europa”.

Por ello fue especialmente simbólico cuando, a principios de este mes, los manifestantes en Bristol, en el suroeste de Inglaterra, derribaron una estatua de Edward Colston, un comerciante de esclavos del siglo XVII, la cual tiraron en un puerto cercano. No fue la única estatua que tuvo este destino en las protestas. En Londres, una estatua del ex primer ministro Winston Churchill fue marcada con las palabras “Churchill era un racista”, mientras que estatuas confederadas en Estados Unidos han sido derribadas o vandalizadas en semanas recientes.

Los incidentes provocaron una reprimenda de parte del primer ministro británico, Boris Johnson, quien dijo que no podía “apoyar o consentir a quienes violan la ley, o atacan a la policía, o profanan monumentos”, en una declaración pública para The Voice, un canal noticioso británico que atiende a comunidades negras. También dijo que no podía condonar a los manifestantes que desobedecen las “normas de distanciamiento social” de Gran Bretaña en medio de la pandemia, aun cuando reconoció que el país todavía tiene “mucho más por hacer” para “erradicar el prejuicio y crear oportunidades”.

Lo que a Oke le gustaría que Gran Bretaña hiciera es aprovechar este momento para enfrentar los problemas expuestos por la muerte de George Floyd y dedicar recursos sustanciosos y financiamiento a entender por qué el racismo persiste en Gran Bretaña y cómo necesita ser abordado. Ella parece ser, al unísono, optimista y escéptica sobre la posibilidad de éxito. “Esperamos que este sea un movimiento de auténtico cambio social en toda nuestra nación”, dijo Oke. Pero “nos sentimos casi nerviosos de creer en cuál podría ser la longevidad del cambio”.

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En Alemania, los manifestantes han empezado a entablar una batalla similar, pero particular, en un país determinado a trazar una línea firme entre su presente y su pasado doloroso.

Al hablar con Newsweek, Diana Arce, activista radicada en Berlín pero que nació en Estados Unidos —se mudó a Alemania en 2004 a los veintitantos años—, dijo sentir que las realidades del racismo en el país en gran medida son ocultadas. En una Alemania posterior al Holocausto, explicó Arce, “el argumento es que Alemania ha lidiado con su pasado racista. O sea, ‘en verdad metimos la pata con el Holocausto, pero hemos aprendido la lección ahora y estamos bien. No vemos el color’”.

Por años, según dijo Arce, ha batallado para explicarle a la gente blanca, incluidos sus compañeros activistas, que para la gente negra el racismo está más que vivo en el país que ella llama su hogar. Y según por lo menos una medición, está en aumento: los crímenes de odio en Alemania se han más que duplicado de 2014 a 2018, al aumentar de 3,059 casos a 8,113 al paso de cinco años, según la Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos.

El hecho de que la gente negra todavía luche para que se considere como racista el uso del equivalente alemán de la “palabra con N”, comentó Arce, debería ser revelador. En diciembre, la Corte Constitucional Estatal de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, el equivalente de una Suprema Corte estatal en Estados Unidos, emitió un fallo ambiguo sugiriendo que, aun cuando el uso del término puede ser peyorativo, que se lo considere como discriminatorio depende del contexto en que se use.

El fallo provocó indignación, y más de 130,000 personas firmaron una petición en línea publicada en Change.org para que la palabra con N se considerara racista en Alemania. “¿Puedes imaginarte activistas en Estados Unidos luchando para hacer que el gobierno reconozca que la palabra con N es una mala palabra?”, preguntó Arce. “Entonces, si eres una persona negra y alguien te grita la palabra con N una y otra vez mientras te ataca, no será juzgado como un crimen de odio”.

Incluso desde la muerte de Floyd, mientras se celebran protestas bajo el estandarte de BLM en Berlín y se da una conversación general sobre el racismo sistémico, Arce cree que muchos alemanes siguen viéndolo en gran medida como un problema estadounidense. “Nadie aquí habla de esto, es extremadamente raro”, comentó ella. Cuando Arce y otros defensores son contactados por la prensa, añadió, es para pedirles que comenten sobre el racismo en Alemania “desde un orden personal y anecdótico”, en vez de hablar de ello “desde un orden estructural”.

MÁS ALLÁ DE OCCIDENTE

En países de toda África los manifestantes también han marchado en solidaridad con las comunidades negras de Estados Unidos, a la par que les piden a sus gobiernos que enfrenten la brutalidad policial. Esas peticiones fueron fortalecidas después de que el presidente de la Unión Africana, Moussa Faki Mahamat, pidió que Estados Unidos intensifique sus acciones para enfrentar la brutalidad policial, llevando a que los manifestantes cuestionaran si sus propios gobiernos se comprometerían a hacer lo mismo.

Las protestas se han disparado en las capitales del continente, con gente marchando en Acra, Lagos, Nairobi y demás, y los manifestantes en la capital keniana exigieron justicia después de un aumento en la cantidad de asesinatos policiales desde que entró en vigor un toque de queda en marzo para ayudar a reducir la propagación del coronavirus.

En Australia, también se celebraron mítines organizados por grupos indígenas en solidaridad con el movimiento de Black Lives Matter. Los manifestantes marcharon en Sídney, Melbourne, Brisbane, Adelaida y demás ciudades para pedir que Estados Unidos enfrente la brutalidad policial, pero también para que Australia lidie con su propio trato a los indígenas y grupos minoritarios en el país. Según la información publicada por la Comisión Australiana de Derechos Humanos, de todas las quejas recibidas por la Comisión bajo la Ley de Discriminación Racial de 2015 a 2016, 54 por ciento fueron presentadas por aborígenes e isleños del estrecho de Torres, aun cuando los indígenas australianos suman apenas 3 por ciento de la población del país.

En Pretoria, Sudáfrica, una estatua del líder bóer Paul Kruger ha sido vandalizada en repetidas ocasiones como un símbolo de opresión. Foto: Alet Pretorius/Gallo Images/Getty

Las personas indígenas en Australia también están representadas desproporcionadamente en el sistema de justicia criminal del país. Un estudio del Instituto Australiano de Criminología halló que los prisioneros indígenas conformaron el 28 por ciento de la población carcelaria del país durante el año fiscal de 2017 a 2018 y sumaron 22 por ciento de las muertes bajo custodia.

En Sídney, el nombre de David Dungay, un hombre aborigen que murió en el Hospital Carcelario de Long Bay en 2015 después de que lo sujetaron por lo menos cuatro oficiales carcelarios, fue evocado en las protestas para subrayar la tasa desproporcionada de muertes indígenas bajo custodia. Como Floyd, la familia de Dungay ha dicho que él también pronunció las palabras “No puedo respirar” antes de morir.

Mientras tanto, en Tokio, la organizadora de protestas Sierra Todd, una estudiante estadounidense de 19 años que estudia arte en el extranjero a través de la Universidad del Temple, dijo que aun cuando el racismo en Japón puede manifestarse de maneras diferentes a las de Estados Unidos, este “existe definitivamente” para los 2.9 millones de extranjeros en el país, quienes conforman el 2.3 por ciento de la población.

En 2017, un sondeo relevante llevado a cabo por el Ministerio de Justicia de Japón halló que casi un tercio de los 4,252 residentes extranjeros entrevistados dijo que había sufrido comentarios despectivos por sus orígenes. Muchos participantes, de quienes más de la mitad eran chinos y coreanos, también dijeron creer que la discriminación tuvo un papel crucial en que les negasen empleos, pago equitativo y vivienda.

Aun cuando la brutalidad policial tal vez no sea un enfoque tan fuerte como en Estados Unidos, Todd, quien es negra, comentó que los manifestantes, de quienes ella dijo que eran “mayoritariamente extranjeros”, pero también ciudadanos japoneses, se reunieron para exigir justicia por un caso reciente de supuesta brutalidad policial que sucedió en Tokio pocos días antes de la muerte de Floyd. En ese caso, un hombre kurdo de 33 años ha acusado que oficiales de policía le gritaron y lo empujaron al suelo luego de que se negó a que catearan su auto después de que lo detuvieran mientras manejaba.

“Entonces, ha habido protestas por la brutalidad policial —dijo Todd—, pero no solo sobre lo que sucede en Estados Unidos, sino sobre algo que sucedió en Japón”.

Ya sea que la discriminación tuvo algo que ver o no en el incidente, después de la muerte de Floyd se ha propiciado una discusión más amplia en Japón sobre la generalización del racismo y discriminación en el país. “Se ha vuelto más un tema de discusión”, expresó Todd.

LAS PROTESTAS EN AMÉRICA

También se han suscitado protestas contra el racismo en Latinoamérica y Canadá. En Brasil, que fue el último país de Occidente que abolió la esclavitud, el creciente fervor contra el racismo ha sido motivado adicionalmente por el impacto dispar del brote de coronavirus en la población predominantemente negra y mestiza del país. A finales de junio, Brasil tiene la segunda cantidad más grande de casos de COVID-19 después de Estados Unidos, y el Ministerio de Salud brasileño ha hecho sonar la alarma por meses sobre las tasas de muerte desproporcionadamente altas entre residentes que se identifican como “negros” o “morenos”.

Gabrielly Nunes, una organizadora de Vidas Pretas Importam, la filial brasileña de Black Lives Matter, dijo a Newsweek que la gente negra en Brasil “está cansada. Todos los días, una persona negra muere, una persona negra es asesinada”.

Y el coronavirus no es el único asesino. En Río de Janeiro, la policía ha matado a casi 9,000 personas en la última década, según Human Rights Watch. Más de tres cuartas partes de quienes murieron eran hombres negros.

Mientras tanto, solo en los primeros cuatro meses de 2020, la policía de Río mató a 606 personas, según sus propias cuentas. Incluso en abril, cuando los robos y otros crímenes disminuyeron considerablemente por las medidas de confinamiento por el COVID-19, la violencia policial aumentó, según HRW, y la policía mató a casi seis personas al día, lo que representa un aumento de 43 por ciento en relación con el mismo mes del año pasado.

Flores para Regis Korchinski-Paquet, una mujer de Toronto que cayó desde su balcón en un piso 24 durante un encuentro con la policía. Foto: Steven Saphore/Anadolu Agency/Getty

En total, en el mes de abril la policía fue responsable del 35 por ciento de todos los asesinatos en el estado de Río de Janeiro. “Para poner eso en perspectiva, imagina que la policía en Estados Unidos mata en una tasa similar; serían responsables de más de 36,000 muertes cada año”, dijo HRW en un informe reciente.

Hay que sumar a la agitación creciente el liderazgo cada vez más autoritario del presidente Jair Bolsonaro, quien ha estado en el cargo desde 2019 y tiene un historial de hacer comentarios discriminatorios sobre las comunidades negras e indígenas del país. Incluso, el líder brasileño una vez sugirió que no creía que la gente indígena fuera humana “del todo”.

Para Nunes, la retórica de Bolsonaro es tanto un síntoma como un factor que contribuye al racismo en Brasil. “Él no está por encima de Dios”, dijo la activista, en portugués. “La voz del pueblo es la voz de Dios y el gobierno solo es una mano que está sucia y que podemos limpiar”.

Hacia el norte, en Canadá, donde se han dado manifestaciones en todo el país, el primer ministro, Justin Trudeau, ha expresado su apoyo a las metas del movimiento y ha aparecido en primera plana por arrodillarse ante los manifestantes en una muestra pública de solidaridad. Trudeau, cuya oficina no respondió inmediatamente la solicitud de comentarios de Newsweek, ha reconocido que el “racismo todavía existe en Canadá” y dijo que el país necesita “ser mejor”.

Pero, para muchos, sus palabras no fueron suficientes. Los líderes del movimiento buscan más acciones concretas para abordar los problemas duraderos de brutalidad policial y racismo y una mayor conciencia del papel que tanto Estados Unidos como Canadá han tenido históricamente en crear las desigualdades que las comunidades negras e indígenas enfrentan hoy.

“Ambas cosas están muy relacionadas, sobre todo cuando se trata de la violencia policial”, dijo a Newsweek Sandy Hudson, fundadora de BLM Canada, y agregó que la política inicial de ambas naciones se dio en la forma de patrullas de esclavos. “Esa es la historia y ves el impacto de esa historia hoy en la manera que la policía continúa viendo a las personas negras y las personas indígenas como gente que debe ser patrullada, vigilada”.

Al igual que en Estados Unidos y otras partes del mundo, a las protestas en Canadá se les dio un rostro muy humano por las muertes recientes y resultantes de encuentros con la policía, incluida la de Regis Korchinski-Paquet, una mujer negra e indígena de Toronto quien cayó de su balcón en un piso 24 después de que su madre llamó a la policía para que ayudara a su hija durante una crisis de salud mental. Las circunstancias exactas de su muerte no están claras, pero su madre ha dicho que llamó a la policía con la esperanza de que ellos aligeraran la situación. Más bien, ella cree que su presencia empeoró las cosas.

También se suma a la agitación la muerte previamente este mes de Chantel Moore, una mujer indígena que fue acribillada fatalmente por la policía en Edmundston, Nuevo Brunswick, durante lo que se suponía que sería una revisión de bienestar. A la Fuerza Policial de Edmundston le pidieron que revisara el bienestar de Moore, pero cuando ellos llegaron, la policía dijo que Moore tenía en las manos un cuchillo y hacía amenazas. Un oficial respondió disparando su arma cinco veces y la mató.

LO QUE SIGUE

Las muertes de Korchinski-Paquet y Moore en el transcurso de una semana han propiciado un debate en Canadá sobre por qué la policía responde a crisis que, en primer lugar, no son criminales. Es una pregunta que se ha hecho mucho últimamente conforme los activistas mundiales abrazan una idea que ha cobrado fuerza en Estados Unidos desde la muerte de Floyd: quitarle fondos a la policía.

Cullors, la cofundadora de Black Lives Matter, es una promotora de quitarle fondos que redirige el dinero, por lo general presupuestado para las autoridades, a otras iniciativas de servicio a la comunidad, incluidas educación, atención médica, servicios de salud mental y programas de servicios sociales. “Este es un momento crucial”, dijo Cullors a Newsweek. “Y necesitamos enfoques audaces y valientes”.

Al momento, en Estados Unidos y Canadá la idea está arraigándose, pues miembros del consejo municipal de Minneapolis votaron por desmantelar el departamento de policía implicado en la muerte de Floyd y remplazarlo con un sistema nuevo de seguridad pública basado en la comunidad. Mientras tanto, funcionarios en Toronto discuten una moción que busca recortar el presupuesto del departamento de policía de esa ciudad en 10 por ciento.

“Una reasignación importante de recursos fuera de enfoques policiales ineficaces o dañinos y hacia programas que de manera demostrable reducen el crimen podría en verdad mejorar la seguridad pública”, dijo Paul Hirschfield, un profesor asociado de sociología y justicia criminal en la Universidad Rutgers. “Mucho de lo que hace la policía —patrullas al azar, patrullar escuelas, control del tránsito y combate a las drogas— hacen muy poco por la seguridad pública como para justificar el gasto enorme”.

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De hecho, señaló Hirschfield, algunas de las tareas que manejan de forma rutinaria las autoridades en Estados Unidos no les son asignadas a ellas en otros países. “Las escuelas públicas en Europa mantienen el orden y seguridad sin colocar policías dentro de ellas”, dijo el experto. “Y la mucha mayor accesibilidad a la atención de salud mental y el ingreso y los apoyos a la vivienda en Europa reducen la necesidad de que la policía regule el comportamiento y los movimientos de las personas sin hogar o que responda a crisis de salud mental”.

Aun cuando los defensores pueden señalar algunas acciones específicas que se han emprendido o por lo menos discutido seriamente sobre la reforma policial, sigue abierta la cuestión más grande de si las peticiones de un entendimiento más profundo del impacto que el colonialismo y la esclavitud han tenido en la sociedad moderna se traducirán en una acción concreta. Del mismo modo, es muy pronto para decir si el movimiento resultará en cambios de política que abordan el racismo sistémico en la atención médica, educación, vivienda y empleo.

Para Cullors, el solo ver que las peticiones de tales cambios resuenan alrededor del mundo ha “sido un momento en verdad poderoso para la gente negra”.

Sin embargo, aun cuando el movimiento BLM ha crecido, no está libre de detractores, y su empuje mundial podría menguar si esa crítica cobra fuerza. Algunos comentaristas han ridiculizado el movimiento como una acción “neomarxista” para desmantelar instituciones cruciales como la policía y redistribuir la riqueza a través de indemnizaciones por la esclavitud y el racismo endémico. Otros han criticado la violencia y el saqueo que han empañado algunas protestas en Estados Unidos y el extranjero.

No obstante, Cullors ha oído a los detractores desde hace tiempo y dice que las peticiones de reforma no serán desalentadas por ellos. Les guste o no, expresó la cofundadora de BLM a Newsweek, el cambio está sucediendo: “La gente en el terreno está haciendo los cambios ahora”.

Cuando menos por el momento, esto es lo cierto: no importa qué idioma se hable, se están dando conversaciones serias en muchos países sobre la violencia policial, el impacto a largo plazo de la esclavitud y los riesgos económicos y de salud pública del racismo sistémico, y eso se siente como un progreso para muchos en el movimiento internacional Black Lives Matter.

“La gente que estaba en la periferia de todos estos asuntos está, de repente, aquí. Hay abuelas que ahora hablan de abolir las prisiones”, dijo a Newsweek Diana Arce, la activista de Berlín. “Hemos pasado de cero a cien. Es emocionante”.

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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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