Las enfermedades provocadas por el aislamiento | Newsweek México


Las enfermedades provocadas por el aislamiento



Expertos en salud mental prevén que el coronavirus desencadene una oleada de suicidios, abuso de opioides, violencia doméstica y depresión.

 

A lo largo de su carrera en salud mental, Tom Insel ha visto muchas situaciones psicológicamente demandantes.

Esbelto, con gafas y canoso, el psiquiatra asumió la dirección del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH, por sus siglas en inglés) durante los traumáticos meses que siguieron a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Observó la desolación de los supervivientes que se abrieron paso entre los escombros de Luisiana y Misisipi tras las inundaciones del huracán Katrina, en 2005. Y ha sido testigo de los estragos que causaron los tiroteos masivos de Tucson, Arizona; Fort Hood, Texas; y Newtown, Connecticut.

Sin embargo, Insel asegura que nada ha puesto a prueba la resiliencia psicológica de la población como lo ha hecho la pandemia del COVID-19, pues el temor de contraer la mortífera enfermedad tiene a millones de personas viviendo en confinamiento voluntario; preocupados por sus seres queridos; siguiendo las crecientes tendencias del desempleo; contemplando la inminencia del colapso financiero mundial; y asediados por un desfile de malas noticias, aburrimiento, temor y soledad.

Por ello, los expertos en salud mental están preparándose para lo que Insel describe como un “tsunami de salud mental”; a la expectativa de que, en los próximos meses, las “enfermedades del aislamiento” (suicidios, abuso de opioides, violencia doméstica y depresión) experimenten un marcado incremento que podría prolongarse durante años.

La pandemia no es lo único que agrava los problemas de salud mental. El colapso económico que impulsa el desempleo también está erosionando la capacidad de la sociedad para lidiar con la crisis; y amenaza, específicamente, las clínicas del Estado que atienden a los millones que integran los sectores poblacionales más pobres y susceptibles. De hecho, transcurridos apenas dos meses de una crisis que podría durar años, el sistema de salud mental se encuentra ya al borde del colapso.

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Se espera que la cifra de afectados por problemas de salud mental rivalice con el saldo mortal del propio SARS-CoV-2. Un año antes de la crisis actual, las muertes por sobredosis de drogas y suicidio sumaron alrededor de 110,000 personas en Estados Unidos. Ahora bien, Insel señala que las tendencias históricas apuntan a que cada incremento de 5 por ciento en la tasa de desempleo conduce, aproximadamente, a 3,000 suicidios y 4,800 defunciones adicionales por sobredosis. Esto significa que una tasa de desempleo de 20 por ciento podría cobrar otras 20,000 víctimas mortales.

“Nunca hemos tenido una época en que la demanda de atención de salud mental sea tan grande como la que veremos en los próximos meses y, tal vez, durante un par de años”, advierte el psiquiatra. “Si a la tasa esperada sumamos los suicidios y las muertes por sobredosis que podríamos observar en los próximos meses, el costo psicológico de las muertes por desesperación superará con mucho la mortalidad total del COVID-19”.

EL MODELO PARA DESASTRES

Las secuelas de salud mental suelen ser consecuencia de algún desastre, y casi siempre hay un desfase entre la “crisis aguda” y sus repercusiones psicológicas. Esto se debe a que, una vez superado el imperativo de la supervivencia, la población empieza a tomar conciencia de la catástrofe y sus implicaciones para el futuro, y es entonces cuando su resiliencia se pone a prueba. Lo habitual es que el impacto psicológico de una crisis aguda empiece a manifestarse entre 60 y 90 días después del desastre, y se hace evidente como un incremento en la tasa de suicidios, incidentes relacionados con el abuso de alcohol y drogas, y con nuevos casos de salud mental. En cambio, el costo mental de los reveses económicos habitualmente demora un par de años en reflejarse en las estadísticas que apuntan a la salud mental de una población.

En 2003, la epidemia del SARS condujo a un incremento del 30 por ciento en la tasa de suicidios de hongkoneses mayores de 65 años, mientras que la mitad de la población de dicha ciudad manifestó ansiedad durante los meses posteriores. En Nueva Orleans, hasta 50 por ciento de los residentes que vivieron la experiencia del huracán Katrina presentó un problema mental diagnosticado como TEPT [trastorno por estrés postraumático], depresión mayor o trastorno de ansiedad.

A partir de lo anterior, Stefan Hofmann, psicólogo clínico que dirige el Laboratorio de Investigación en Psicoterapia y Emoción, en el Centro de Ansiedad y Trastornos Relacionados de la Universidad de Boston, afirma que, “una vez pasada la pandemia viral, habrá una epidemia de angustia emocional”, y el alcance del daño se hará evidente al cabo de varios meses, considerando que cada individuo lo manifestará en periodos distintos.


“Nunca hemos tenido una época en que la demanda de atención de salud mental sea tan grande como la que veremos en los próximos meses y tal vez, durante un par de años”. Foto: B. A. Van Sise/Nurphoto/Getty

Algunos ya están teniendo dificultades. Según un estudio publicado en mayo por el Centro de Investigaciones Pew, en algún momento del prolongado distanciamiento social decretado por la crisis pandémica actual, casi la tercera parte de las personas ha experimentado “altos niveles” de algún trastorno psicológico como ansiedad, insomnio o depresión. Por su parte, la Fundación Kaiser Family calcula que la angustia o el estrés han tenido al menos un efecto negativo en la salud mental y en el bienestar de 56 por ciento de la poblsción. En abril, la cifra de llamadas registradas en línea de asistencia gubernamental aumentó diez veces respecto del mismo periodo del año anterior; en tanto que, en febrero y marzo de 2020, una línea para ayuda y prevención del suicidio en Los Ángeles gestionó 8,000 llamadas más de las habituales.

Lo mismo está sucediendo con las líneas de emergencia para violencia doméstica: desde mediados de marzo, más de 5,000 personas han contactado la Línea Nacional para Violencia Doméstica, e identificado el COVID-19 como el catalizador de los conflictos.

En los últimos años, los investigadores han hallado evidencias concretas de que la soledad tiene relación directa con el incremento en los niveles de ansiedad, depresión y abuso de alcohol o drogas, asegurando que dicho sentimiento puede transformarse en una amenaza para la salud física. Las personas que se sienten solas experimentan más dolor, fenómeno que ha llevado a algunos funcionarios de salud pública a temer un escalamiento en el uso de opiáceos. Por otro lado, el sentimiento de soledad aumenta la probabilidad de que un individuo desarrolle alguna enfermedad física; y en ese sentido, diversas investigaciones han hallado que el distanciamiento social impacta más en la mortalidad que la obesidad, el tabaquismo y la hipertensión.

“Muy pronto comprobaremos las repercusiones del distanciamiento social en la salud mental”, vaticina Kay Tye, neurocientífica del Instituto Salk de Ciencias Biológicas, quien estudia los circuitos cerebrales que intervienen en el sentimiento de soledad. “El impacto en la salud mental será inmediato y muy intenso”.

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En buena medida, la letalidad de dicho impacto dependerá de la profundidad y de la duración de la recesión económica actual. Un estudio que utilizó los datos obtenidos durante los huracanes Katrina y Harvey determinó que cada incremento de 1 por ciento en el desempleo se acompaña de un incremento de 2 por ciento en la cifra de muertes por sobredosis de drogas, en tanto que otro halló que un alza de 1 por ciento en el desempleo se asocia con un aumento de 1.6 por ciento en la cantidad de suicidios consumados.

Más aún, la incidencia del suicidio iba en aumento incluso antes que iniciara la pandemia. En un análisis publicado el año pasado, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) determinaron que Estados Unidos ha registrado un incremento de 33 por ciento en la incidencia de suicidios, a un total de 14 muertes intencionales por cada 100,000 habitantes: la tasa más alta desde 1942. Y si bien los hombres siguen teniendo tres veces más probabilidades de quitarse la vida que las mujeres, la incidencia del suicidio femenino aumentó 53 por ciento entre 1999 y 2017, casi duplicando el incremento observado en la tasa de suicidio masculina.

A decir de Insel, aun cuando este aumento se debe a una gran variedad de factores que abarcan desde la falta de opciones terapéuticas para enfermos mentales hasta las circunstancias sociales que agravan el estrés y la incertidumbre, el COVID-19 “ha sido como echarle leña al fuego”, agrega el psiquiatra.

Las advertencias más siniestras proceden de un informe sobre “proyección de las muertes por desesperación” ocasionadas por el COVID-19, documento creado por el Centro Robert Graham, grupo de expertos vinculado con la Academia Estadounidense de Médicos Familiares y la organización no lucrativa Well Being Trust. Los autores predicen que, dependiendo de la gravedad de la disrupción económica y las acciones emprendidas para ayudar a quienes enfrentan dificultades, Estados Unidos registrará decenas de miles de muertes adicionales por suicidio, abuso de alcohol y sobredosis de drogas. El cálculo oscila de 27,644 muertes adicionales en la eventualidad de una recuperación económica acelerada y menor impacto en el desempleo, hasta 154,037 defunciones por suicido, abuso de alcohol y sobredosis de drogas para un escenario extremo.

AUTOMEDICACIÓN

Aun cuando el sistema de salud mental tuviera la capacidad para tratar a toda la población, los antecedentes históricos y numerosas investigaciones demuestran que entre 50 y 60 por ciento de quienes requieren de atención pasan inadvertidos. En la mayor parte de los casos, estos individuos no piden ayuda y optan por recurrir al alcohol y las drogas. Algunos más se vuelven retraídos y terminan más aislados. En tanto que otros ceden ante la ira y se vuelven en extremo violentos o bien, desarrollan conductas autodestructivas. A todas luces, nos esperan meses o incluso años de una epidemia que no siempre podremos detectar.

Para la Dra. Elinore F. McCance-Katz, subsecretaria de salud mental y uso de sustancias en el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS, por sus siglas en inglés), la inquietud es que el distanciamiento social esté propiciando el abuso de opioides porque, según explica, cuando el médico tratante no puede tener una entrevista personal con el paciente, la probabilidad de que prescriba fármacos adictivos es mucho mayor.

El COVID-19 podría echar abajo los logros alcanzados en los últimos años en el combate de la epidemia de opioides de Estados Unidos. Observadores afirman que el esfuerzo federal para controlar la crisis empezaba a rendir frutos. En 2017, más de 70,000 personas murieron por sobredosis de drogas (68 por ciento provocadas por opioides ilícitos o recetados), de suerte que este problema se convirtió en la principal causa de mortalidad por lesiones. Pero entre 2017 y 2018, la tasa general de muerte por sobredosis se redujo 4.1 por ciento y, de esas fatalidades, la mortalidad por sobredosis de opioides de prescripción disminuyó 13.5 por ciento (en ese mismo periodo, las defunciones por opioides sintéticos, excluida metadona, aumentaron 10 por ciento).

A pesar de los esfuerzos para volver la atención hacia los problemas de salud mental que está causando la pandemia, no ha habido voluntad política para proporcionar los fondos necesarios para atenderlos.  Foto: Spencer Platt/Getty

Sin embargo, estudios previos han demostrado que, por cada incremento de un punto porcentual en el desempleo, las muertes por drogas aumentan entre 3.3 y 3.9 por ciento. De manera que una tasa de desempleo de 20 por ciento o más —que los economistas han previsto para mayo y junio— seguramente sería devastadora.

Son pocos los datos disponibles sobre violencia doméstica y abuso infantil, mas McCance-Katz asegura que las autoridades locales están informando que los casos van en aumento. Hace poco, la doctora emitió un documento sobre los recursos de ayuda a los que pueden acceder las víctimas, y en sus entrevistas con los medios ha suplicado que lo promocionen.

“Es muy importante enviar el mensaje de que quedarse en casa es un peligro para miles de personas”, insiste McCance-Katz. “Tenemos la certeza de que esas cifras aumentarán de manera muy importante. Algunas ciudades han notificado de grandes incrementos en las llamadas que reciben sus líneas para violencia doméstica. Es muy preocupante”.

INACCIÓN

Abundan los esfuerzos para volver la atención hacia los problemas de salud mental. Justo al iniciar la pandemia del COVID-19, Karen Pence, segunda dama del país, lanzó una iniciativa a tres años dirigida a producir un cambio en la cultura de la salud mental y el suicidio. En su papel como “embajadora principal” de una docena de “influenciadores” —incluidos el secretario de salud pública, Jerome Adams; el productor televisivo DJ Nash; y varios expresidentes de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría-, la esposa del vicepresidente tratará de atraer la atención de las redes sociales para hacer que los usuarios hablen del tema.

A fines de abril, Joshua Gordon (actual director del NIMH) y el excongresista Patrick J. Kennedy (fundador del Foro Kennedy) anunciaron un esfuerzo para recaudar fondos y crear conciencia sobre la salud mental y la prevención del suicidio. “Me preocupan las personas que tienen dificultades para acceder a la atención de la salud mental, especialmente los indigentes, los enfermos mentales graves y los individuos encarcelados, porque podrían enfrentar grandes obstáculos para mantenerse sanos”, dijo Gordon en una declaración para Newsweek.

Hasta el momento, poco se ha hecho para atender el aspecto más crítico: los fondos requeridos para responder a los problemas de salud mental que ha desencadenado la pandemia. De los 3,000 millones de dólares aprobados en el paquete de estímulo y alivio económico, solo una pequeña fracción ha sido destinada a la salud mental. “Muchos hablan de los efectos de esta emergencia de salud mental, pero todavía no vemos acciones concretas para apuntalar nuestro sistema”, protesta Angela Kimball, directora nacional para políticas públicas y defensa en la Alianza Nacional para Salud Mental (NAMI, por sus siglas en inglés). “Lo más probable es que cualquier déficit repercuta fuertemente en los más pobres”.

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El propio Insel asegura que la infraestructura de salud mental de Estados Unidos ni siquiera tiene las condiciones para gestionar el aumento de los trastornos de salud mental. Y sabe de lo que habla, pues dedicó todo el año pasado a estudiar el sistema de salud mental de California. En esa investigación, descubrió que las prisiones están repletas de pacientes con problemas mentales, y que las instituciones de salud mental están plagadas de individuos diagnosticados con psicosis criminal. “Ya estábamos muy mal, y ahora tenemos el COVID-19”, lamenta el psiquiatra.

Las dependencias de salud mental, que de por sí operan con presupuestos miserables, han visto desplomarse los reembolsos. El programa federal de Medicaid financia clínicas conductuales dirigidas a la población de bajos recursos que presentan los trastornos más graves, como esquizofrenia, psicosis, depresión, TOC [trastorno obsesivo compulsivo] y otros padecimientos. En otras palabras, esas instituciones son la última escala antes de terminar en prisión o en las calles. Con la llegada del COVID-19, funcionarios federales de los Centros para Servicios Medicare y Medicaid respondieron con una celeridad inusitada para revisar sus reglamentos y autorizar el reembolso de las consultas de telesalud, cosa que algunos defensores de la salud mental han exigido desde hace años (muchas aseguradoras privadas hicieron lo mismo). No obstante, son contados los pacientes más pobres que tienen laptops o acceso a internet de banda ancha, ya que muchos son indigentes.

Carme Peris, de 88 años, intenta tocar a su nieta en la residencia para ancianos La Mallola, cerca de Barcelona, España, en mayo. Foto: David Ramos/Getty

Por ello, las líneas de servicios para crisis se han visto saturadas. Una madre llamó a NAMI pidiendo ayuda para su hija, una veterana de la guerra de Irak, psicótica, indigente, sin medicamentos y sin atención. “Está sumamente preocupada porque su hija cree que estamos sufriendo una invasión extraterrestre”, comenta Kimball. “Nos ha contactado varias veces con su celular, diciendo que no consigue que los servicios de salud mental atiendan a su hija”. Kimball ha creado una lista de más de 600 casos parecidos, la cual pretende compartir con legisladores y medios con la esperanza de obtener más fondos.

Los problemas mentales parecen cada vez más generalizados y graves. En una encuesta reciente, el Consejo Nacional para la Salud Conductual —la asociación comunitaria de clínicas de salud mental y abuso de sustancias más grande del país— halló que más de 90 por ciento de sus miembros había tenido que reducir ciertos programas, en tanto que 30 por ciento de sus instituciones ya estaba rechazando pacientes.

El paquete de ayuda que aprobó el Congreso reservaba unos 425 millones de dólares en fondos federales para que HHS fortaleciera sus esfuerzos en prevención de suicidios, y trabajara con centros comunitarios certificados en salud conductual para tratar a los pacientes con enfermedades mentales graves o problemas de abuso de sustancias. Sin embargo, los defensores de la salud mental afirman que hacen falta 38,000 millones de dólares para seguir dando servicio: 90 veces la cantidad destinada. “Necesitamos ayuda urgente para mantener abiertas las puertas”, escribió en una carta la Alianza Nacional para Enfermedades Mentales. 

A principios de abril, Donald Trump hizo una llamada de media hora para enterarse de las inquietudes de los dirigentes de la comunidad de salud mental y abuso de sustancias. Y el mes pasado, una coalición de legisladores envió una misiva a los líderes del Congreso pidiendo que incrementen los fondos para salud mental contemplados en el próximo paquete de ayuda para la pandemia.

“Muchas organizaciones dedicadas a tratar individuos con trastornos de salud mental o abuso de sustancias… están en riesgo de cerrar sus puertas a causa de la pandemia del COVID-19”, escribieron los legisladores. “Es imposible exagerar las repercusiones inmediatas y a largo plazo”.

Por lo pronto, los líderes congresistas —quienes ya han desembolsado más de 3 billones de dólares en ayuda— han llegado a un callejón sin salida en el proceso para aprobar el nuevo paquete de apoyo.

No obstante el resultado, los expertos concuerdan en que la mayor parte de la población superará la crisis sin repercusiones. “Todos estamos muy, pero muy estresados”, reconoce Insel. “Pese a ello, la mayoría somos resilientes. Siempre que exista la expectativa de un final, siempre que sepamos que esto no será para siempre, encontraremos la manera de salir adelante”.

Un coordinador comunitario ayuda a un indigente, en Los Ángeles, en 2019. Foto: Robyn Beck/AFP/Getty

Eso sí, el psiquiatra advierte que la cifra de miles de personas que podrían perderse en el camino dependerá mucho de las medidas de ayuda adoptadas en las semanas y los meses venideros.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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