Política y relaciones al estilo Facebook| Newsweek México


Política y relaciones al estilo Facebook



EN EL LIBRO The Code: Silicon Valley and the Remaking of America, Margaret O’Mara explora cómo Silicon Valley se convirtió en el epicentro tecnológico de Estados Unidos. Historiadora de la Universidad de Washington, O’Mara trabajó en la Casa Blanca de Clinton durante los primeros días de la internet, así que sabe muy bien cómo el crecimiento explosivo de las redes sociales —aunado a los datos de los sitios que visitan los cibernautas— logró incrementar la participación y madurar durante un periodo exento de supervisión gubernamental. El siguiente extracto describe el surgimiento de Facebook en una época en que la sociedad buscaba nuevas conexiones humanas. Y, al mismo tiempo, transformó el panorama político a manos de un maestro de las redes sociales: Barack Obama.

Zuckerberg transformó las redes sociales. Gremlin/Getty

Tres mil millones de teléfonos inteligentes. Dos mil millones de usuarios en redes sociales. Compañías valuadas en dos billones de dólares. El rascacielos más alto de San Francisco, el principal empleador de Seattle, los cuatro campus corporativos más valiosos del planeta. Las personas más acaudaladas en la historia de la humanidad.

En los albores de la segunda década del siglo XXI, las compañías tecnológicas más grandes de Estados Unidos alcanzaron hitos abrumadores. Tomadas en conjunto, las valuaciones de los “cinco grandes” de la tecnología (Apple, Amazon, Facebook, Google/Alphabet y Microsoft) superan con mucho la economía total del Reino Unido. Pese a ello, pocas personas habían oído hablar de Silicon Valley y las empresas allí reunidas, hasta que un periodista acuñó el apelativo a principios de 1971. Es más, al cabo de diez años, cuando las computadoras personales empezaron a brotar en los escritorios corporativos, y empresarios “prodigio” con apellidos como Jobs y Gates capturaban la imaginación pública, el propio Valley se mantuvo al margen de la actividad principal.

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Silicon Valley —reconocida internacionalmente como la meca de la innovación y la tecnología—, y la “tecnópolis” hermana de Seattle remontaron alturas extraordinarias durante el periodo punto.com de los años 1990 (“la creación legal de riqueza personal más grande que haya visto el planeta”, según el capitalista John Doerr). Pero cuando el nuevo milenio se inició con el colapso masivo del mercado de valores, muchas empresas de internet cayeron en picada y el paisaje quedó sembrado con los cadáveres de operaciones antaño prometedoras.

En ese momento, el meteórico ascenso de Amazon se antojaba un sueño de opio; Apple había agotado sus ideas de productos; Microsoft recibió el mandato de dividirse; y Google no era más que una operación de cochera cuyos líderes parecían más interesados en asistir a festivales artísticos y culturales que en generar utilidades.

¡Cuán rápido cambian las cosas! Hoy día, Silicon Valley ha dejado de ser un rincón del norte de California para convertirse en una red global; en una mentalidad empresarial; en un referente cultural; y en un aparato político. Cientos de lugares en todo el mundo que han adoptado títulos como Desierto, Bosque, Rotonda, Estepa y hasta Uadi, todos con el prefijo Silicon, y todos con la esperanza de compartir la magia del Valley original.

EL SURGIMIENTO DE FACEBOOK

Facebook contaba con poco más de cinco años cuando se mudó a un edificio en la periferia del Parque de Investigaciones de Stanford, donde alguna vez Hewlett-Packard instaló algunas operaciones. El campus comenzó a resonar con el espíritu expansionista y resuelto de una compañía que ambicionaba convertirse en el estándar público. Y cuando su software empezó a conectar masivamente el mundo, Facebook logró lo que Silicon Valley había intentado durante generaciones. En breve, las paredes que rodeaban su sede se cubrieron con carteles proclamando el lema corporativo: “Muévete rápido y rompe cosas”.

Para 2007, Facebook abrió su red a las aplicaciones de terceros, atrayendo juegos, cuestionarios y demás contenidos para alimentar sus hilos de noticias, e invitó a los desarrolladores a que aprovecharan su vasto fondo de información sobre las conexiones entre usuarios y sus “me gusta”; lo que Facebook llamaba un “gráfico social”.

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En 2010, la empresa lanzó su protocolo “Open Graph”, el cual conecta el perfil y la red del usuario con los sitios en línea que visita. De esa manera, Facebook dejó de ser, meramente, la red social dominante y transformó la web en algo “más social, más personalizado y más consciente, semánticamente”, según la expresión del propio Mark Zuckerberg. Poco después, la empresa permitió que los investigadores académicos explotaran sus colecciones de datos, con lo que pretendía poner de manifiesto su filosofía de que la libertad y la transparencia de la información atendían al bien común.

Conforme crecían la riqueza y la influencia de la compañía, Zuckerberg adquirió una conciencia más plena de su lugar personal en la historia de Silicon Valley y, a partir de entonces, adoptó la costumbre de Steve Jobs de hacer presentaciones de “caminar y hablar” en la parte posterior del edificio empresarial, con una vista panorámica del valle que fuera cuna de nombres famosos como Shockley y Fairchild; Intel y Apple; Netscape y Google.

Durante esas reuniones, acostumbraba señalar los lugares más relevantes, para luego volverse hacia su acompañante y hacer su presentación. Tiempo después, un empleado potencial recordó uno de aquellos eventos: “Afirmó que, a la larga, [Facebook] será más grande que todas las compañías” que acababa de mencionar. “Y si me unía a la empresa, podría formar parte de todo eso”. Pues bien, el tiempo demostró que aquel joven CEO realmente estaba haciendo historia, ya que en 2010 fue reconocido como la Persona del Año.

LA MARCA DE LA ÉPOCA

Igual que las generaciones de compañías tecnológicas que le precedieron, Facebook debió su éxito no solo al talento de sus creadores, sino también al momento histórico en que se desarrolló. Tras los atentados del 11 de septiembre, se acentuaron la desconfianza crónica en el gobierno, el repudio de la vigilancia convencional, y la descentralización de los medios de comunicación estadounidenses. En buena parte, gracias a la internet, la cual se sumó a la frenética andanada de la televisión por cable con una cacofonía de ventas en línea, así como con la curaduría dirigida de fuentes RSS y noticias Google. Entre tanto, el terrorismo y la incesante guerra en Oriente Medio atizaban la nostalgia de lo conocido, de la familia y la comunidad, azuzando el recelo de los extranjeros y las minorías religiosas; del “ellos” contra “nosotros”.

Y, así, las redes sociales se alzaron como un refugio para escapar al horror de la vida real.

Pero no fue eso nada más. Facebook y otras redes sociales llenaron el vacío cultural de cinco décadas de liberalismo político y de convulsiones económicas; de la extinción de las ligas de boliche, de los días de campo comunitarios, y de las reuniones sindicales que habían propiciado el sentimiento de conformidad y comunidad que Estados Unidos disfrutara a mediados del siglo XX. Las redes sociales surgieron como una nueva “plaza de pueblo”, pero más cosmopolita, capaz de cruzar fronteras nacionales, de lanzar nuevas voces, y de crear momentos de conexión que podían evolucionar en amistades de la vida real. Hicieron que todos nos volviéramos cronistas, filósofos, activistas; aunque el activismo se limite a hacer clic en el botón “me gusta”.

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Llegada la Primavera Árabe de 2010, y los movimientos callejeros de “Occupy Wall street” en 2011, tanto Facebook como Twitter (una plataforma social ideada inicialmente para actualizar nuestro estado mediante “microblogs” de 140 caracteres) se distinguieron como poderosas herramientas de comunicación y organización política. La cifra de usuarios afroestadounidenses de Twitter creció de manera tan desmedida que “Black Twitter” se transformó en una plataforma idónea para el activismo cívico y el intercambio cultural, dando origen al hashtag del movimiento por la justicia racial más importante de la segunda década del siglo pasado: “Black Lives Matter”.

Y lo mismo ocurrió durante las elecciones presidenciales estadounidenses de 2008 y 2012, cuando esta plataforma no mediática para mensajes sin filtrado permitió que los candidatos contactaran directamente con grupos de posibles votantes.

EL PRESIDENTE DE LAS REDES SOCIALES

Nadie ha mostrado más habilidad ni premonición que Barack Obama. Igual que Zuckerberg, el antaño senador de Illinois era casi un desconocido en 2004, hasta que llamó la atención internacional con su carisma, singular visión y certera elección del momento. Hacía tiempo que los grandes de Silicon Valley buscaban un nuevo prodigio que repitiera los éxitos de Sergey Brin y Larry Page en Google, y lo encontraron en Zuckerberg. Del mismo modo, los demócratas —hastiados de Clinton y opuestos a la decisión de Bush de ir a la guerra en Irak, medida que Hillary Clinton respaldó en 2008— encontraron en Obama un nuevo rostro y una voz convincente.

Como hicieran Franklin Roosevelt en la radio y John F. Kennedy en televisión, Barack Obama aprovechó las redes sociales de una manera más extensa y creativa que sus rivales políticos y, mientras lo hacía, forjó una relación estrecha y cordial con Silicon Valley. En Google, Eric Schmidt emergió como uno de sus primeros donantes y asesores, mientras que Chris Hughes (integrante del equipo original de Zuckerberg en Harvard) decidió tomarse un año sabático en Facebook para fungir como el gurú mediático de Obama, ayudando enviar mensajes de campaña dirigidos y diseñados con tanto atractivo y precisión como la propia web 2.0.

Asequibles y virales, las páginas Facebook son muy superiores a las operaciones convencionales mediante correo electrónico directo; y un tuit bien redactado atrae más votantes que cualquier discurso repetido mil veces. Tal vez Bill Clinton haya ganado el voto de la comunidad tecnológica a principios de la década de 1990, pero los corazones —y las billeteras— de la nueva generación estaban en manos de Obama.

Al ver que los entusiastas estudiantes de Stanford comenzaban a ofrecerse como voluntarios en la oficina de campaña de Palo Alto, y los ejecutivos tecnológicos hacían fila para hacer fuertes donativos monetarios, un reportero tuvo la ocurrencia de decir que la campaña de Obama se había convertido en “la mejor startup de Silicon Valley”.

Al tomar posesión, en 2009, el nuevo comandante en jefe ya era un personaje conocido en Valley, donde organizaba reuniones en las sedes de Facebook y Linked-In; celebraba grandes eventos para recaudar fondos; y disfrutaba de cenas privadas con los titanes de la tecnología. Cierta vez, John y Ann Doerr convocaron a importantes ejecutivos a su hogar de Woodside, California, y la respuesta fue una de las asambleas más acaudaladas en la historia de la humanidad, con Zuckerberg, Schmidt y Jobs sentados a la mesa que Doerr presidía con Obama.

De vuelta en Washington, el presidente decidió conectar las escuelas y reinventar la burocracia con un nuevo software; e incluso contactó con sus donantes y aliados tecnológicos tras la desastrosa puesta en marcha del sitio web para registros en su programa de atención médica. Obama fue el primer mandatario que designó un director nacional de tecnología; fortaleció la Política de Ciencias y Tecnología de la Casa Blanca; y montó sesiones fotográficas en las ferias científicas para motivar a los niños a seguir una carrera en ingeniería. Organizó un Reddit Ask Me Anything (iniciaba diciendo: “Hola a todos. Soy Barack”); tenía millones de seguidores en Twitter; contrató a una cantidad alucinante de exempleados de Google. Y, a su vez, muchos asistentes de Obama se abrieron paso en Silicon Valley al concluir su periodo de servicio público.

El final de su mandato estuvo marcado por una victoria decisiva para quienes exigían la libertad de información: la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos se pronunció a favor de Silicon Valley (contra las compañías de telecomunicaciones) en el tema candente de la “neutralidad de la red”, impidiendo que los proveedores de servicios bloquearan o elevaran los costos de ciertos contenidos de internet.

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Con todo, los grandes capitalistas tecnológicos eran quienes gozaban de la admiración y confianza de Obama. Y así, durante una entrevista personal con Doerr, Schmidt y otros CEO, el presidente empezó a reflexionar en su vida después de la Casa Blanca hasta que, en determinado momento, planteó la posibilidad de convertirse en un capitalista de riesgo.

Durante su mandato, el ánimo estadounidense se hizo cada vez más hostil y sectario, pero Obama nunca perdió su optimismo en cuanto al potencial de las redes sociales para cruzar las divisiones. Ni siquiera la creciente oleada de hackeos y violaciones de seguridad cibernética lo hicieron perder la esperanza de que podrían superarse muchos obstáculos si la tecnología y el gobierno se sentaban a la mesa. “Estoy absolutamente seguro de que si seguimos… trabajando juntos con un espíritu de colaboración, como hicieron todos los innovadores que nos han precedido, nuestra labor perdurará durante siglos, como una catedral magnífica”, aseguró a un extasiado público en 2015, durante una cumbre de ciberseguridad que la Casa Blanca celebró en el campus de Stanford. “Y esa catedral albergará no solo tecnología, sino los valores que hemos incorporado en la arquitectura de este sistema. Será [una catedral] de privacidad, y de comunidad. De conexión”.

Ni siquiera Mark Zuckerberg lo habría dicho mejor. 

Tomado de The Code: Silicon Valley and the Remaking of America. Publicado mediante acuerdo con Penguin Press, división de Penguin Random House. Derechos reservados © 2019, por Margaret O’Mara.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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