¿A qué se debe la creencia de que las vacunas son peligrosas?


¿A qué se debe la creencia de que las vacunas son peligrosas?



Se ha demostrado, persistentemente, que las vacunas ayudan a impedir la diseminación de enfermedades y no ocasionan problemas de salud a largo plazo. Pero muchos siguen vinculando las vacunas con cualquier cosa, desde el autismo y el síndrome de muerte súbita del lactante hasta enfermedad inflamatoria intestinal y artritis. ¿En qué se fundamenta el proselitismo de los escépticos de las vacunas?

A fines del siglo XVIII, cuando el médico británico Edward Jenner descubrió la vacuna contra la viruela, el argumento era la religión: los antivacunas afirmaban que Dios enviaba enfermedades para castigar a las personas. Cuando la vacunación se volvió obligatoria en la Inglaterra victoriana, el argumento cambió a la libertad personal y así, los progenitores fundaron sociedades y circularon publicaciones antivacunas afirmando que el decreto gubernamental violaba su derecho de decidir sobre sus propios cuerpos.

Edward Jenner, inventor de la vacuna, inmuniza a su hijo. El movimiento antivacunas emergió hace siglos. FOTO: HULTON ARCHIVE / GETTY IMAGES

Pero ahora, los opositores de las vacunas recurren a muchas otras objeciones.

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Las redes sociales fomentan el escepticismo sobre las vacunas

Mientras que los antivacunas tuvieron que hacer campaña antes de la invención de la Internet (en 1896 se creó la Liga Anti-vacunación de Leicester, Reino Unido), hoy día, las redes sociales han facilitado enormemente la diseminación de afirmaciones falsas y difíciles de desacreditar. “Casi ningún medio en línea ofrece un control de calidad parecido al de los reporteros y editores que determinan el contenido de los medios masivos tradicionales”, escriben los investigadores Marina Joubert y François van Shalkwyk. “Por consiguiente, expertos y charlatanes pueden crear contenidos mezclando sus opiniones con los hechos, lo cual impide juzgar si la información es creíble o no”.

Y como no existe una manera adecuada para verificar los datos, los grupos Facebook se convierten en cámaras de eco que amplifican una perspectiva única que no se sustenta en evidencias científicas rigurosas.

Los errores pasados de la colectividad médica

Por supuesto, los argumentos no se habrían diseminado si no existiera cierta desconfianza en los gobiernos y en las instituciones médicas que administran las vacunas. Entre 1932 y 1972, cientos de afro-estadounidenses fueron reclutados para un estudio sobre la evolución de la sífilis no tratada, conocido como el experimento Tuskegee: no se les administró penicilina para tratar dicha enfermedad venérea, pese a que su eficacia quedó demostrada en la década de 1940. Más aún, no revelaron a los hombres que habían contraído la enfermedad ni que ya había un tratamiento disponible, lo cual derivó en nuevas infecciones, muertes, y niños que nacían con sífilis congénita. Como es evidente, aquel experimento provocó que los afro-estadounidenses desarrollaran una desconfianza en las instituciones médicas que ha persistido hasta nuestros días.

Por la misma época en que los estadounidenses recibían vacunas contra la polio contaminadas con el virus SV-40, las mujeres embarazadas de Europa y Australia estaban controlando las náuseas matutinas con un fármaco llamado talidomida, el cual condujo a deformidades extremas y a la muerte de miles de bebés.

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Otro factor que podría estar impulsando el sentimiento antivacunas es el hecho de que la medicina moderna aún no tiene todas las respuestas. Un estudio publicado en 2017, en la revista Information, Communication & Society, señaló que “mucho del atractivo de los sitios antivacunas es el dolor auténtico de quienes se han visto afectados por enfermedades y muertes infantiles, y también la aparente falta de una explicación médica adecuada. En este caso, los argumentos antivacunas llenan ese ‘vacío’ y consuelan a los progenitores que se sienten abandonados o ignorados por la comunidad médica”.

Por otra parte, muchos escépticos de las vacunas recelan de las farmacéuticas, y afirman que esa industria está engatusándonos con vacunas innecesarias (y potencialmente peligrosas) solo para ganar dinero. Esa desconfianza se acentúa cuando alguna empresa farmacéutica es objeto de una demanda por no haber revelado toda la información referente a la seguridad de sus medicamentos.

SV-40: vacunas y cáncer

Los argumentos contra la vacunación se fortalecen con “informes noticiosos” que afirman tener pruebas de la toxicidad de las vacunas. En 2015, el sitio Web Vaccines.news publicó un reportaje con el titular: “Los CDC [Centros para el Control y la Prevención de enfermedades de Estados Unidos] confiesan que 98 millones de estadounidenses recibieron un virus carcinógeno mediante la vacuna contra la polio”.

Dicho reportaje fue una extrapolación descabellada de acontecimientos reales: en la década de 1950 y principios de los años 60, la población de Estados Unidos fue inoculada, accidentalmente, con vacunas contra la polio contaminadas con SV-40, un virus que estaba presente en las células renales de los simios utilizados para producir la vacuna. A pesar de que SV-40 no ha vuelto a presentarse en alguna vacuna desde 1963, y de que no se ha demostrado que SV-40 ocasione cáncer, algunas personas persisten en este prejuicio. Muchas veces, un rescoldo de verdad -como este- queda envuelto en un montón de desinformación, y esta situación dificulta mucho desenmascarar las noticias falsas. El artículo engañoso de Vaccines.news (y otros sitios Web parecidos) se ha compartido miles de veces en Facebook.

El estudio The Lancet: vacunas y autismo

Un estudio aislado ha contribuido enormemente a las creencias antivacunas. En 1998, el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield publicó una investigación en la revista The Lancet, donde estableció un nexo entre el autismo y la enfermedad inflamatoria intestinal con la vacuna contra sarampión, paperas y rubéola (triple vírica o SPR).

Tiempo después, se supo que la muestra de Wakefield consistió de solo 12 niños, y que su estudio tenía muchas inconsistencias (además de que su investigación fue subsidiada por un grupo de padres que estaban demandando a las compañías que producían la vacuna). Pasaron doce años antes que The Lancet publicara una retractación del artículo, y para que Wakefield perdiera su licencia médica. Pero, en ese lapso, la información falseada había dejado una huella indeleble. Rigurosas investigaciones posteriores han estudiado muestras poblacionales mucho más amplias, y pese a que nunca han identificado un vínculo entre las vacunas y el autismo, los antivacunas siguen pregonando la teoría de Wakefield. En 2008, la estadounidense Jenny McCarthy ocupó los titulares al afirmar que su hijo había desarrollado autismo después de vacunarlo, postura de la que se ha distanciado desde entonces. El propio Donald Trump ha diseminado esa noticia falsa en particular: “Tomas a ese bebito hermoso y lo pinchas… Por favor, parece una cosa para caballos y no para un niño”, declaró, acerca del programa de vacunación de 2015. “… Justo el otro día, un niño hermoso, de dos años, fue a vacunarse y una semana después regresó con una fiebre tremenda, se puso muy, muy enfermo, y ahora es autista”.

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Esta información falsa es especialmente difícil de disipar. Tal vez porque aún se desconocen las verdaderas causas del autismo.

Intervención rusa

Los expertos aseguran que en las redes sociales hay bots y troles rusos que están sembrando desconfianza en las vacunas para provocar una mayor división social en Occidente. “Es una estrategia muy conocida, pues les permite infiltrar un grupo de interés en un asunto o tema específico, e introducir nuevos elementos en el discurso”, explicó David Broniatowski, profesor de ingeniería en la Universidad George Washington, en entrevista con Radio Free Europe. “Esos actores maliciosos promueven gran diversidad de agendas secretas y pueden generar una parte sustancial del discurso en línea”.

Manifestantes con pancartas protestan por el uso de mercurio en las vacunas y entonan eslóganes frente al edificio del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Washington, D.C., en 2005. FOTO: NICHOLAS KAMM / AFP / GETTY IMAGES

Un equipo de investigadores de la Universidad Johns Hopkins estudió miles de tuits publicados entre 2014 y 2017, y halló que las mismas cuentas de troles que intentaron influir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos estaban tuiteando sobre las vacunas. De hecho, tuiteaban a favor y en contra, a fin de establecer una “falsa equivalencia” y crear la percepción de que las opiniones de los estadounidenses estaban divididas en este tema, cuando la realidad es que 87 por ciento de los estadounidenses considera que las vacunas son seguras y eficaces. “Ya que juegan en ambos bandos, pueden erosionar la confianza pública en la vacunación y exponernos al riesgo de las enfermedades infecciosas”, acusó Mark Dredze, investigador principal del equipo.

Según informes de la BBC, la investigación también reveló que, en Twitter, los bots de malware tenían mayor tendencia a compartir mensajes antivacunas que los usuarios típicos de la plataforma, y que los usaban como “carnadas” para que las personas hicieran clic en enlaces de contenido comercial indeseable o para descargas de virus.

Complacencia

Si bien recelan de las instituciones médicas, los progenitores antivacunas no son, en modo alguno, marginados sociales. Los niños que no tienen un esquema de vacunación completo suelen ser hijos de madres blancas, casadas, de clase media y con estudios universitarios. La tasa de niños no vacunados es mucho mayor en las regiones más acaudaladas -como el condado de Orange, California- que en las áreas vecinas más pobres.

La vacunación depende de la “inmunidad de rebaño” [o inmunidad de grupo]. Este término se refiere al concepto de que si la mayor parte de una población está inmunizada, la vacunación también protege a quienes no lo estén. Y debido a que los brotes de enfermedades son menos frecuentes en las regiones más acomodadas, los progenitores de esas comunidades creen que pueden contar con la inmunidad de rebaño para proteger a sus hijos. En otras palabras, su filosofía es: “Deja que los demás arriesguen la salud de sus hijos”.

El presidente Barack Obama recibe la vacuna contra el virus de la influenza estacional A (H1N1), en la Casa Blanca, en 2008. FOTO: PETE SOUZA

Con todo, cuando suficientes padres se abstienen de las vacunas, la inmunidad de rebaño se interrumpe y surgen brotes de enfermedades. Incluso en áreas acaudaladas. En 2015 hubo un brote de sarampión en Disneylandia, y 147 personas resultaron infectadas. Dos años después, un segundo brote afectó a otros 125 visitantes del parque, con un costo de 2.3 millones de dólares para el sistema de salud pública.

El atractivo de la “salud natural”

Nuestra sociedad está cada vez más obsesionada con los alimentos y la medicina “orgánicos”. Muchos tienen la seguridad de que las “sustancias químicas” son la causa de todos sus problemas, y de que solo necesitan sustancias naturales para mantenerse sanos. En 2018, Goop -la empresa de “estilo de vida” de Gwyneth Paltrow- organizó una conferencia con la “psiquiatra de salud holística”, Kelly Brogan, quien insiste en vincular las vacunas con el autismo, y asegura que las vacunas contra la influenza no sirven. En entrevista con L.A. Times, Holly Blumhardt -una californiana que no ha vacunado a sus tres hijos- explicó que su familia cree en la filosofía de que es necesario mantener la salud “de adentro hacia fuera”. Por ello, Blumhardt toma vitaminas, evita los OGM [organismos genéticamente modificados], se atiende con un quiropráctico… y ha recibido la exención de vacunar a sus hijos debido a sus creencias.

Ha surgido toda una institución médica alternativa para dar servicio a los progenitores antivacunas que han decidido ser “naturales”. Una ex “doctora” naturópata dijo a The Atlantic que otro naturópata le sugirió el jarabe de saúco como sustituto de la vacuna contra la influenza. La formación científica de los naturópatas es mucho menos rigurosa que la de los médicos convencionales y, sin embargo, pueden obtener una licencia para ejercer su profesión en 20 estados de la Unión Americana, lo que ha dado legitimidad al escepticismo científico.

El Dr. Jeffrey Gunzenhauser, funcionario interino del Departamento de Salud Pública del Condado de Los Ángeles, se dirige a los medios de comunicación para dar una actualización sobre el brote de epidemia de sarampión en dicho condado, frente al edificio del Departamento de Salud Pública, en Los Ángeles, California, el 4 de febrero de 2015. FOTO: FREDERIC J. BROWN / AFP / GETTY IMAGES

Asimilación sesgada

La asimilación sesgada es el fenómeno de percibir toda información nueva desde la perspectiva de una creencia existente, lo cual impide asimilar una información que podría modificar drásticamente las ideas preconcebidas.

Es más, cualquier información que contradiga una suposición puede causar que una persona se aferre más en sus creencias. En 2014, de la Academia Estadounidense de Pediatría hizo un estudio con más de 1,700 progenitores que desconfiaban de las vacunas. A tal fin, proporcionó a los voluntarios una investigación muy detallada que refutaba todo vínculo entre el autismo y la vacuna SPR. Y aunque los participantes reconocieron que se habían reducido sus percepciones erróneas sobre las vacunas y el autismo, los investigadores hallaron que las probabilidades de que esos progenitores inmunizaran a sus hijos fueron mucho menores que antes del estudio. El problema fue que la evidencia científica incluía imágenes conmovedoras de niños enfermos, y eso reforzó la asociación entre vacuna y enfermedad.

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Ese mismo año, otro estudio dirigido al rechazo de la vacuna contra la influenza obtuvo resultados parecidos: los individuos que manifestaron inquietudes respecto de la vacuna contra la influenza tuvieron dos veces menos probabilidades de aceptarla, incluso después de revisar y hasta aceptar las evidencias científicas que abordaban directamente sus temores. En conclusión, es posible que los mensajes a favor de las vacunas deban centrarse más en los aspectos positivos de la inmunización -brindar protección contra las enfermedades-, en vez de contrarrestarla con información inadecuada.

El efecto Dunning-Kruger

¿Qué causa el arraigo de una creencia falsa? Muchas personas son incapaces de hacer una evaluación objetiva sobre lo que saben sobre un tema y, sin embargo, tienden a sobreestimar lo que saben realmente. Este sesgo cognitivo se conoce como el efecto Dunning-Kruger. Una investigación realizada en 2017 halló que 62 por ciento de los participantes que tuvieron un bajo desempeño en una prueba sobre autismo afirmaron saber tanto o más sobre las causas del trastorno que los médicos o los científicos. Este exceso de confianza podría explicar por qué los escépticos de las vacunas tienen la certeza de saber más sobre las vacunas que los expertos.

Una trabajadora de salud paquistaní administra la vacuna contra la polio a un grupo de escolares, durante la campaña de vacunación de Lahore, en 2018. FOTO: ARIF ALI / AFP / GETTY IMAGES

Las vacunas no son perfectas

Algunas vacunas pueden causar efectos secundarios leves, como febrícula [fiebre moderada] o dolor en el sitio de inyección. Y aunque se han documentado reacciones alérgicas graves, esto solo ocurre en casos muy raros. Ahora bien, la vacunación no garantiza una inmunidad de 100 por ciento para toda la vida. Por ejemplo, el mecanismo de acción de la vacuna contra la influenza puede variar según el tipo de virus que combate. Y además, no siempre te protege contra la enfermedad: según los CDC, una vacuna contra la influenza reduce el riesgo de contraer la infección en 40 a 60 por ciento de la población general. Esto significa que algunas personas vacunadas enfermarán de influenza. Aunque el porcentaje no es perfecto, tampoco es insignificante: CDC señala que la vacuna contra la influenza previno 5.3 millones de casos solo en la temporada 2016-2017.

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Y aun si la vacuna no impide que un individuo contraiga influenza -o alguna otra enfermedad infecciosa-, numerosos estudios han demostrado que el padecimiento suele ser más leve en los pacientes inmunizados.

En conclusión

Los antivacunas se encuentran en el ojo de una “tormenta perfecta” de factores sociales, históricos y psicológicos que los llevan a desconfiar de las vacunas. Pero hay esperanzas. “El espectro de la renuencia es muy amplio”, comentó la epidemióloga Avnika B. Amin, del Departamento de Epidemiología de la Universidad de Emory. “La mayoría no se opone completamente a las vacunas ni se niega a hablar del tema. Esa proporción del espectro es muy reducida. El mejor punto de partida es tomar un momento para darnos cuenta de que todos pertenecemos al mismo bando. Todos queremos lo mejor para los niños”.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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