Las ocho dimensiones del placer humano | Newsweek México


Las ocho dimensiones del placer humano



Estamos en el mes del amor y todos nos preocupamos por disfrutar este sentimiento. Pero antes debemos reconocer cuál es nuestra relación con el placer.

PARA LA DOCTORA Stella Resnick, experta en temas de sexualidad, existen ocho dimensiones básicas del gozo, según su libro Reencontrar el placer. Te invito a revisar una por una para que puedas reconocerlas en tu vida y potenciarlas tanto como lo desees.

Placer primario: flotación. Esta sensación la asociamos a la etapa cuando estuvimos en la panza de mamá; el líquido amniótico, los latidos del corazón, la sensación de calorcito y, por supuesto, el sentirnos suspendidos. El desafío a la gravedad.

Piénsalo, va desde el placer de flotar en una tina o una alberca hasta la sensación de aventarte de un paracaídas o saltar de un puente amarrado solo de los tobillos. Un orgasmo intenso es básicamente lo mismo: aventarte al abismo y dejarte ir… flotar…  suspenderte… soltar.

El placer del alivio del dolor. Hay pocas cosas tan agradables como el calor de unos brazos que nos arropan. El nacimiento está relacionado con el dolor; salir por el canal de parto y abrir los ojos a la vida, duele. La contraparte es que, apenas alguien, generalmente mamá, nos abraza, calma ese dolor.

Todos buscamos, de una o muchas maneras, apaciguar nuestros dolores, no importa si son físicos o emocionales. Algunas veces tomamos de más, abusamos de las drogas o tenemos relaciones sexuales para poder adormecer el dolor y evadirlo. En realidad, la solución es la contraria, se trata de vivirlo y expresarlo. ¿La mala noticia? No te puedes anestesiar solo para algunas cosas como el dolor, pues el cuerpo y las emociones se adormecen parejo. ¿Hace cuánto que no sientes con toda intensidad porque tienes miedo a percibir dolor, miedo o angustia?

Date unos minutos, todos los días, para empezar poco a poco a contactar con tu cuerpo. Busca una caricia, un abrazo, un champú de cariño para reconectar contigo, con tu cuerpo, con tus sensaciones, con tu dolor y el alivio.

Los placeres elementales: risa, juego, movimiento y expresión vocal. Vitales para el disfrute. No sé si lo sabes, pero una carcajada nos puede llevar a un estado de relajación y bienestar generalizado; una risa alegre incluso puede ayudar a disminuir —de forma importante— la tensión muscular.

La mayoría de los adultos vamos perdiendo la capacidad de sorprendernos, es decir, nuestra curiosidad pareciera que se va apagando con los años. A diferencia de los niños que ven el mundo con curiosidad, nosotros creemos que lo sabemos todo. Por eso la invitación al juego es cosa seria; jugar es un estado que nos activa, mejora la circulación de la sangre, nos pone creativos y receptivos a nuevas experiencias, nos ayuda a hacer a un lado nuestros juicios y nos devuelve la curiosidad y la sorpresa.

¿Te imaginas ver con estos ojos tu vida sexual? ¿Qué sería diferente si en vez de tomártela tan en serio, te divirtieras, te dejaras asombrar y sorprender por el momento, las sensaciones y los movimientos?

De estos placeres elementales, mi favorito es la expresión vocal. ¿Cuántas veces tienes ganas de cantar, de gritar, de gruñir o de gemir y no te lo permites? Es curioso que cuando nacemos lo primero que esperan de nosotros es que lloremos para saber que estamos vivos y, después, se pasen toda una vida silenciándonos.

¿Cuántos de ustedes se sienten ridículos expresando vocalmente su dolor, su miedo o su placer? Como diría la doctora Resnick, “las personas desinhibidas no pueden hacer el amor sin gritar cuando tienen un orgasmo”. ¿Qué tanto permiso te das de expresarte a través del sonido?

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Placeres mentales. Aprender forma parte de nuestros primeros placeres; seguramente, si se nos permitiera guiarnos más por nuestros intereses que por “el deber ser” la curiosidad y la capacidad de asombro nos impulsarían constantemente a buscar nuevas experiencias y aprendizajes.

Piénsalo, ¿qué tan placenteras son tus pláticas contigo mismo? Invertimos o perdemos —según el punto de vista de cada quien— miles de horas en nuestra mente: fantaseando, imaginando, dialogando con nosotros o con alguien que vive en nuestra cabeza, intelectualizando, incorporando información, etcétera. ¿Por qué no disfrutar de esto?

Pensar es placentero, nos permite cambiar de paradigmas, incorporar experiencias e información que nos lleva a algo nuevo y diferente. Para expandir nuestros horizontes sexuales, este placer —definitivamente— necesita estar involucrado. ¿Qué sería de nosotros sin la capacidad de fantasear y saborear —en nuestra mente— ese encuentro mucho antes de que suceda?

Placeres afectivos o emocionales. Venimos al mundo con tres emociones básicas, de las cuales posteriormente se desprende toda la compleja gama emocional que vivimos: amor, miedo y rabia. Por como tenemos configuradas las emociones a escala cultural, parecería que nacemos con dos “negativas” y una “positiva”. En realidad, las emociones no son positivas o negativas, son emociones y cada una tiene una función importante. Por ejemplo, el amor genera cohesión, empatía y ganas de cuidar al otro; al ser animales de manada, esto es vital para la sobrevivencia del grupo; el miedo nos cuida de potenciales peligros, es básico para la sobrevivencia de la especie y, finalmente, la ira nos ayuda a defendernos, a enfrentar las adversidades.

Si nos damos permiso de vivir plenamente nuestras emociones, les podríamos sacar mucho mayor provecho e incluso disfrutarlas. Por ejemplo, el enojo se siente bien, nos llena de energía, nos hace sentir vivos y arraigados. Prueba qué se siente permitirte la emoción que sea que llegue y observa la diferencia de cuando decides reprimirlos o controlarlos.

Placeres sensuales. Estos apelan a los sentidos: gusto, vista, tacto, oído y olfato. Todo es potencialmente placentero, si nos lo permitimos. Son un componente esencial cuando hablamos de placer.

Piénsalo, ¿por medio de qué percibimos? ¡Con los sentidos! Entonces ¿por qué no les damos la importancia que tienen? ¿Hace cuánto no disfrutas meter los pies debajo de tu cobija y sentir lo frío de las sábanas? ¿Cuando comes qué tanto disfrutas lo que te estás metiendo en la boca?

Placeres sexuales. Muchas veces, cuando escuchamos la palabra “placer”, nos vamos directamente a esta dimensión del placer, la sexual. Como viste, hay muchas más dimensiones que —de hecho— nos ayudan a construir esta. Nos centramos tanto en esta dimensión, que se nos olvida que no es la más importante. Se trata de disfrutar la vida, de incorporar el placer en nuestro día a día y no dejarlo solo para un momento específico.

La sociedad pasa tanto tiempo intentando frenar el placer y lo único que logra es que lo busquemos todavía más, que lo intensifiquemos. Es parte del encanto de entrar en la paradoja de lo prohibido; mientras más me dicen que no se puede, más lo deseo y más lo busco. Si nos lo permitiéramos, nos podríamos ahorrar la culpa y la vergüenza que generalmente vienen con esto.

Placeres espirituales. Este tiende a ser incomprendido, pero no es otra cosa más que la percepción de sentirnos parte de algo más grande que nosotros. Por ejemplo, aquí está el placer de apoyar a alguien, la empatía o incluso el disfrutar de darle placer a alguien más y sentirte conectado a través de esto. ¿Alguna vez has hecho algo altruista? ¿Te has dado permiso de apoyar a alguien que quizás no la está pasando tan bien y le tendiste una mano?

En realidad, no hay un placer mejor que otro. Idealmente, los vamos equilibrando, integrándolos en nuestro día a día. Te toca a ti elegir disfrutar de la vida. Porque, nos guste o no, cómo vivimos nuestra vida y qué hacemos con nuestros recursos es una elección. ¿Tú qué eliges?

Alessia Di Bari es maestra en sexología, terapeuta de pareja, fundadora del Centro Evolución Terapéutica y especialista en medios. Cuenta con dos libros publicados: Saber escoger. Guía de sexualidad para mujeres y Saber escoger. Guía de sexualidad para hombres. La puedes encontrar como “Sexóloga Di Bari” en todas las redes sociales y en http://www.evoluciont.com

PIE:

En realidad, no hay un placer mejor que otro. Idealmente, los vamos equilibrando, integrándolos en nuestro día a día.

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