Mujeres marca Trump




Aun como esposo y padre, el presidente de Estados Unidos negocia acuerdos.

Cuando el presidente electo Donald Trump subió al escenario del Hilton Midtown de Nueva York la noche de la elección en 2016, acababa de poner por los suelos a Hillary Clinton, que esperaba convertirse en la primera mujer presidente de Estados Unidos. Las mujeres estadounidenses no obtuvieron un modelo de rol de la segunda ola del feminismo en la Casa Blanca, sino a un hombre que dirigía a un clan de seguidoras involucradas en el tipo de relación transaccional que las feministas esperaban que hubiera desaparecido como lo hizo el corsé. Las mujeres de Trump estaban tan marcadas como los edificios de Nueva York que ostentan el nombre del magnate.

Al mirar a su tercera esposa, Melania, y a su hija mayor, Ivanka, cada una, una reluciente e imponente réplica de la otra, muchas personas se hacían la misma pregunta: ¿acaso era genuino su apoyo hacia Trump, un hombre que fue grabado menospreciando y tratando a las mujeres como objetos?

Ivanka, educada en las mejores escuelas y amiga de los intelectuales liberales de Manhattan, era considerada la única persona que podía frenar los instintos más burdos y reaccionarios de su padre. Sin embargo, durante el año posterior a la elección, fue cada vez más claro que ella podía ofrecer poco para atemperar a Trump; de hecho, sus puntos de vista parecieron volverse cada vez más coincidentes con los de su padre.

Melania era más misteriosa, y confundió a muchas personas con su aparente renuencia a aceptar la función de Primera Dama. Pasaron varios meses antes de que se mudara a la Casa Blanca, y ha seguido sus propios instintos en diferentes temas. En las redes sociales, se comparten con entusiasmo GIFs de la Triste Melania. Nunca lució más cómoda que en un reciente viaje a África, que realizó ella sola y en el que, recordando a Katharine Hepburn, posó majestuosamente frente a las pirámides de Giza. Sin embargo, a pesar de los muchos rumores según los cuales ella pretendía divorciarse de Trump antes de la elección, se ha mantenido con él, con quien tuvo a su hijo Barron.

¿Qué es lo que hace que Melania, o cualquier otra mujer, se quede junto a un hombre con fama de ser un bravucón y un mujeriego?

Esa es la pregunta que analizo en Golden Handcuffs: The Secret History of Trump’s Women (Cadenas de oro: La historia secreta de las mujeres de Trump). Al renunciar al derecho de actuar y hablar libremente con tal de mantener su acceso a la riqueza, la fama y el poder, las mujeres de Trump acuerdan convertirse en accesorios. Ser amadas por Trump, si es que eso puede llamarse amor, significa convertirse, en primer lugar, en una extensión de su marca.

IVANA ZELNÍCKOVÁ

“Puedo llevar el tocino a casa y freírlo en una sartén”.

Ese era el jingle televisivo del perfume Enjoli, un anuncio de gran rotación cuando Ivana llegó a Nueva York en 1976. En el comercial, una mujer se transformaba de una simple oficinista en todo un bombón con una simple rociada de Enjoli. Esa figura retórica de la mujer trabajadora se insertaría profundamente en la cultura pop de principios de la década de 1980 en la televisión y en películas como Working Girl (Secretaria ejecutiva), Fatal Attraction (Atracción fatal) y Pretty Woman (Mujer bonita). En cada una de estas películas, el personaje navega a través de una nueva versión del paradigma virgen-ramera, salvo que en esta iteración, se esperaba que trabajaran como si fueran hombres.

Trump dio la bienvenida a la era posfeminista con un giro sexista: vio a un nuevo y ansioso sector del mercado laboral al que podía explotar. Trump contrataba mujeres, e incluso puso a una ingeniera, algo extremadamente raro en la década de 1980, a cargo de la construcción de una Torre Trump en Nueva York. Sin embargo, en relación con su esposa, no era ningún feminista.

Ambos se casaron en 1977, y para inicios de la década de 1980, Ivana y Trump eran la pareja dorada de la ciudad de Nueva York, apareciendo constantemente en los medios por el estilo de vida excesivo y glamoroso que caracterizó a la Década del Yo. Pero Ivana quería una carrera, y recibió la encomienda de diseñar los interiores de los principales edificios de su marido, entre ellos, la Torre Trump y el Grand Hyatt Hotel en Manhattan, así como el Hotel y Casino Trump Plaza de Atlantic City, Nueva Jersey. En 1988, un colaborador del New York Post insinuó que Ivana era “la mujer junto, y no detrás, del hombre”.

Ivana pareció creer todo el despliegue publicitario. “Si Donald estuviera casado con una mujer que no trabajara y que no hiciera ciertas aportaciones, él ya se habría ido”, declaró a la revista Time. En ese momento, Ivana, el Ícaro de las madres y esposas trabajadoras, estaba en el cenit de su vuelo, sin darse cuenta de que el calor chamuscaba sus alas. Creía estar en camino a convertirse en una socia igualitaria con su marido. “Ivana realmente era una socia y contribuyó a fortalecer a Trump”, recuerda un amigo. “Ella era una madre trabajadora, una socia trabajadora. Ivana no era una esposa trofeo que no hacía nada; ella tomó parte en la creación del imperio”.

Trump veía las cosas en forma distinta. Él la perjudicaba incluso mientras la promovía. “Le pago un salario de un dólar al año y todos los vestidos que pueda comprar”, bromeó famosamente después de nombrarla presidente del Hotel Plaza. Cuando la pareja apareció en el Show de Oprah Winfrey, el magnate le dijo a Winfrey, “No hay muchos desacuerdos porque, a final de cuentas, Ivana hace exactamente lo que yo le digo”. Ivana le dijo, bromeando, que era “un macho chovinista”, y todos, incluida Ivana, rieron.

Pero ella no reía cuando no estaba en público. Barbara Res, la ingeniera de Trump, fue a su oficina del Plaza para hablar de un problema que tuvo con Trump a finales de la década de 1980. Para su sorpresa, Ivana estalló en llanto. “Me dijo que yo no sabía cómo era. ‘Yo tengo que estar con él las 24 horas del día’”, le dijo Ivana a Res. “Sentí mucha pena por ella”.

Trump ya engañaba a Ivana, y poco después de enterarse de que el magnate veía a Marla Maples, solicitó el divorcio en 1990. Fue una batalla campal en los tabloides, la cual tenía un lado oscuro: una acusación de violación en una declaración firmada por ella (la cual no salió a la luz sino hasta varios años después; en 2017, ella la desestimó como “un tecnicismo legal”). La separación terminó siendo amigable, y el divorcio finalizó en 1992: Ivana recibió 14 millones de dólares en efectivo, una mansión de 45 habitaciones en Greenwich, Connecticut, un departamento en la Torre Trump (donde habían criado a sus tres hijos), y más de 650,000 dólares como pensión alimenticia.

Ivana nunca adoptó públicamente la segunda ola del feminismo. Todo el tiempo, incluso tras su divorcio, fue simplemente una versión femenina de Trump, pero sin el dinero que éste heredó de su padre. De todas sus esposas, Ivana era la más parecida a él. La chica que había crecido en la comunista Checoslovaquia demostró ser una brillante capitalista, con una gran inclinación hacia el mercadeo descarado. Tras su divorcio, escribió dos novelas, además de un libro de autoayuda, y creó una línea de ropa y cosméticos. En YouTube, es posible encontrar videos de la década de 1990, donde ella aparece, con su peinado alto y ronroneando con un acento de Zsa Zsa Gabor, anunciando vestidos de seda, cremas para las manos y fragancias de House of Ivana.

Imagen: Ron Galella, Ltd./WireImage

IVANKA TRUMP

Seguramente ya has visto las imágenes. Si no es así, simplemente busca en Google “imágenes espeluznantes de Trump e Ivanka”. Como aquella de Ivanka abordando un auto deportivo italiano con papi, o sentándose en su regazo sobre una cama.

El mito de Pigmalión trata de un escultor que crea a la mujer perfecta, y acaba enamorándose de ella. Trump considera a su hija Ivanka como su más grande creación y la ama como tal. En público, ella se refiere a él como “mi padre”, y las muestras de amor filial de Ivanka nunca han disminuido. En privado, lo llama “papi”, lo cual Trump, aparentemente, prefiere.

Su niñez no fue fácil. Ivanka tenía apenas nueve años cuando los reporteros le preguntaron en público y en la calle si su padre era bueno en la cama. Uno nunca se recupera de eso, o aprende cómo lidiar con ello. Durante una tristemente célebre aparición en The Wendy Williams Show, realizada en 2013, Williams les preguntó que tenían en común. Trump, sentado junto a su hija, respondió, “el sexo”. Hubo una incómoda pausa, tras la cual añadió, “Está bien, el golf y los bienes raíces”. Ivanka sacudió la cabeza, soltó una risita y durante un nanosegundo, le lanzó una benigna y casi maternal mirada, como diciéndole, ah, qué niño tan malcriado, mientras el público profería ruidos de consternación.

Ivanka fue marcada a los 15, cuando Ivana convirtió su nombre en una marca registrada. Fundó su primera marca Ivanka Trump en 2011, vendiendo ropa y joyería a precios accesibles, y dado que ha tenido tres hijos con Jared Kushner, ha aprovechado tremendamente el hecho de ser una madre trabajadora. Las feministas estadounidenses observan la carrera de Ivanka con la misma mirada penetrante con la que las muchedumbres francesas veían a María Antonieta cuando se vestía como una ordeñadora en su falsa granja de Versailles, la Hameau de la Reine (Aldea de la reina).

En la marca que ha venido perfeccionando desde la universidad, la muñeca fotogénica que vemos en Instagram es el elemento de valor añadido a su función como negociadora de Trump, un acto que perfeccionó en el “reality show” de su padre, The Apprentice (El aprendiz). “Ella será capaz de narrar su propia historia”, señala un amigo de Nueva York que actualmente se ha alejado de ella por motivos políticos. “La película que está escribiendo con su vida es la de una desarrolladora que ha crecido y pasa el tiempo en sitios de construcción”.

Cuando la presidencia de Trump instó a los periodistas a investigar a la empresa de la familia, descubrieron que ella había negociado alegremente con lavadores de dinero, desde Nueva York hasta Panamá. Su presencia extremadamente pulcra era una ventaja evidente para disfrazar algunos de los actos más turbios de su padre.

Por supuesto, en esos acuerdos, ella no es la persona que recibe la bolsa llena de dinero; ella mantiene limpias sus bien manicuradas manos. Tras finalizar un acuerdo de licencia con los Mammadov, una famosa familia de Azerbaiyán, declaró a un entrevistador de la revista Baku que estaba ansiosa por visitar el Spa de Ivanka del hotel, “una enorme área de spa”.

Mientras la presidencia de Trump exprime los negocios de la familia, Ivanka pasa a formar parte de una elite de herederas súper ricas del mundo en desarrollo, que se volvieron mucho más ricas una vez que sus padres convirtieron sus cargos públicos en dinastías familiares de negocios. En su puesto en la Casa Blanca, como una de las asesoras más cercanas a su padre, ahora tiene más en común con las glamorosas hijas de los legendarios cleptócratas del mundo en desarrollo, como Isabel dos Santos de Angola y Leyla Aliyeva de Azerbaiyán, que con Caroline Kennedy o Chelsea Clinton.

“Cuando eres miembro del Consejo de administración de una entidad que pertenece al Estado, eres funcionario de gobierno y empresario privado a la vez, por lo que ocupas este extraño cargo cruzado”, dice Alexandra Wrage, presidente y fundadora de Trace International, un organismo mundial de análisis de ética comercial. “Al igual que los Aliyev, los Trump pertenecían al ámbito empresarial, ahora están en el gobierno, y un día volverán a los negocios. Eso se observa usualmente en las extrañas y turbias aguas de los países en desarrollo. No suele ser la característica más prominente de la democracia”.

La marca de Ivanka recibió un golpe inversamente proporcional al número de días de Trump en el cargo. Tras un año en la Casa Blanca, las ventas de su empresa se desplomaron. Sin embargo, resultó que esto ya no importaba demasiado. Las ganancias de su empresa eran insignificantes en comparación con la fortuna que tiene con Kushner, que asciende a 800 millones de dólares.

También dio una mala imagen, un tema al que Ivanka pone mucha atención. Mientras Trump instaba a sus ciudadanos a “comprar productos estadounidenses”, la empresa de Ivanka pagaba a sus trabajadores en China menos del espartano salario mínimo de ese país. Los inspectores que realizaron una visita de dos días a la empresa china en la que el G-III Apparel Group estaba autorizado para elaborar prendas de ropa para la marca de Ivanka Trump encontraron que los trabajadores tenían solo cinco días de ausencia con goce de sueldo al año, que la fábrica no tenía un sindicato, y que presentaba deficiencias en cuanto a sus procedimientos de seguridad y a su capacitación.

Hace cerca de tres meses, Ivanka cerró abruptamente su empresa. En una declaración, dijo, “Tras 17 meses en Washington, no sé si volveré a los negocios ni cuándo habré de hacerlo, pero sí sé que mi atención en el futuro previsible estará puesta en realizar el trabajo que hago aquí Washington”.

La mujer que alguna vez recaudó 40,000 dólares para la demócrata Cory Booker y donó decenas de miles de dólares a otros demócratas ahora hace campaña a favor de los republicanos en la Cámara y trabaja tras bambalinas en la Administración de Pequeñas Empresas y otros organismos que están en su lista de proyectos favoritos. Por lo menos uno de ellos ha sido un gran éxito: ella puso en marcha un fondo del Banco Mundial para mujeres emprendedoras de las naciones en desarrollo, el cual ha obtenido elogios por parte de ambos lados del espectro político.

A diferencia de Melania, su madrastra, a Ivanka le gusta el poder y lo comprende, además de tener instinto de estratega. Mantiene la vista en el juego a largo plazo, se posiciona como embajadora de una marca global y recolecta contactos mundiales de alto nivel bajo el disfraz del “empoderamiento femenino”, pero sin impulsar este objetivo dentro de la presidencia de su padre.

Con los líderes de China e India y la Unión Europea en el bolsillo, y al ser enviada por su padre para sentarse junto a la canciller alemana Angela Merkel, o al sugerir que ella podría ser su próxima embajadora ante Naciones Unidas, ¿qué importa que antiguos admiradores como Barry Diller, magnate multimillonario y esposo de la diseñadora Diane von Furstenberg ahora le hagan sombra? “Es decir, éramos amigos”, dijo Diller en la primavera de 2018 a Maureen Dowd del The New York Times. “Me sentaba a su lado de vez en cuando en una cena. Y yo, como todo el mundo, me decía a mí mismo, ‘Oh Dios mío, ¿cómo es posible que este personaje tan malévolo haya engendrado a una persona tan cortés y gentil?’ No creo que ahora sintamos lo mismo”.

El gran desafío para la máxima mujer marcada de Trump será averiguar cómo borrar el logotipo de su padre y seguir adelante. Si Ivanka lo consigue, será la hazaña mercadológica del siglo, la verdadera prueba de todo lo que ha aprendido.

Imagen: Rose Hartman/Getty Images

MARLA MAPLES

Ella fue la amante no tan secreta de Trump mientras éste seguía casado con Ivana, y más tarde se convirtió en su muy pública novia después de su divorcio. Podría decirse que también fue su primer proyecto Pigmalión: una mujer a la que podría moldear para convertirla en su propio ideal de belleza femenina, inspirado por la revista Playboy y las coristas de Las Vegas.

Las personas que tienen una relación con Trump deben ser un reflejo de éste; mientras lo sean, y mientras permanezca interesado, él las respaldará. Durante su relación, los publicistas, estilistas y periodistas que estaban en su nómina participaron en la industria del despliegue de Marla Maples. Realizó apariciones en WrestleMania de la WWF, fue coanfitriona de concursos de belleza, se interpretó a ella misma en la exitosa serie Designing Women y actuó, junto con Trump, en Fresh Prince of Bel Air (El príncipe del rap).

Maples dio a luz a Tiffany, la hija de ambos, en octubre de 1993 y se convirtió en la segunda esposa de Trump en frente de un millar de invitados en el Hotel Plaza en diciembre de ese año. Pero el punto más alto de su carrera, un papel en el musical de Broadway The Will Rogers Follies, había pasado sin pena ni gloria. El espectáculo recibió buenas críticas y se presentó hasta septiembre de 1993, pero ella se retiró antes de tiempo debido a su embarazo.

Finalmente, el efecto Pigmalión se desgastó. A Maples no le interesaba llevar la marca de Trump. “Soy el tipo de persona a la que le gusta salir sin maquillaje y que se deja crecer el cabello de manera natural, sin tener que mantener una imagen”, dice. Trump “quería convertirme en esa persona, en esa cosa, en ese animal social… Era un símbolo desagradable de… era como el símbolo de la avaricia”.

La pareja se divorció en 1999. Los tabloides informaron que  Maples tenía una aventura con su guardaespaldas, por lo que Trump se libró relativamente fácil, pagándole tan solo 2 millones de dólares más gastos de manutención.

Imagen: Ron Galella/WireImage

MELANIA KNAUSS

“Tengo un buen acuerdo”, dijo Trump acerca de Melania el 24 de mayo de 2002, en una de sus entrevistas de flujo de conciencia con el presentador radiofónico Howard Stern. Lo que quiso decir no fue que tenía un buen acuerdo con Melania, sino que tenía un buen acuerdo para su nueva novia: un enorme anuncio de cigarrillos Camel en Times Square.

A sus 28 años, Melania necesitaba un negociador y una renovación de imagen. No solo estaba envejeciendo como modelo, sino que las noticias sobre la sexualización de las mujeres de Europa Oriental, perseguidas, abusadas y, con frecuencia, verdaderamente desesperadas, se daban a conocer en todo el mundo. Su difícil situación fue cubierta ampliamente en artículos y estudios sobre el tráfico de “las Natashas”, así como en Model: The Ugly Business of Beautiful Women (Modelo: El feo negocio de las mujeres hermosas), el libro de Michael Gross sobre la industria del modelaje en Nueva York.

Es posible que esta haya sido la razón por la que Melania germanizó la escritura de su apellido de soltera (de Knavs a Knauss) y de que, en un momento dado, haya afirmado ser austriaca. Pero su acento y sus raíces yugoslavas perpetuaron su relación con esa generación de mujeres eslavas.

En octubre de 2017, la escritora y dramaturga finlandesa Sofi Oksanen escribió una carta abierta a Melania, publicada en varios diarios nórdicos, donde la acusaba de fallarles a las mujeres de Europa Oriental al no criticar públicamente a Trump por su conducta sexista y sus torpes afirmaciones. “Tú eres la Primera Dama de Estados Unidos de América, pero siempre que escuchas [tu] acento familiar en la televisión, la mujer que aparece en pantalla es una prostituta, una desnudista, o una esposa en un matrimonio arreglado por correo”, escribió Oksanen. “Cada nuevo artículo sobre las humillaciones que has soportado en tu matrimonio vende más vacaciones para solteros, atrae más clientes a las aplicaciones electrónicas de citas y a los servicios de interpretación. Por eso es que tu silencio no es un asunto privado. Afecta las vidas de incontables mujeres”. Melania nunca respondió, al menos públicamente.

Para Trump, su atractivo era evidente: la suave y silenciosa Melania, 24 años más joven que él, mejoraba una marca que comenzaba a envejecer y a perder brillo. Pero el beneficio, cuando menos inicialmente, fue aún más claro para Melania. Sin ser más que otra hermosa aspirante a estrella antes de su relación, pronto se volvió beneficiaria de la maquinaria publicitaria de Trump, que comenzó a trabajar a todo vapor cuando comenzaron a salir.

Se comprometieron en 2004 y contrajeron matrimonio en enero de 2005, esta vez, en Mar-a-Lago, la lujosa propiedad de Trump en Palm Beach, Florida. (Entre los invitados a la boda estuvieron Bill y Hillary Clinton). Ella dio a luz a Barron en marzo de 2006. Con su matrimonio, Melania siguió el ejemplo de Ivana e Ivanka en la venta de artículos al menudeo con la marca de Trump, con una línea que vendía brillantes accesorios y cosméticos.

Sin embargo, la verdad es que Melania nunca se sintió cómoda con la exposición, y esto, de acuerdo con Stane Jerko, el fotógrafo que la descubrió, ya era cierto desde que era una adolescente. Ahora, con los ojos del mundo puestos en ella, debe navegar entre el odio de los críticos de Trump y los escándalos, entre ellos, uno relacionado con una estrella porno. En una entrevista con ABC News durante su reciente visita oficial a Kenia, la mujer que ha convertido al anti-bullying en una de sus causas favoritas, se describió a sí misma como “la persona que más bullying ha sufrido en el mundo”.

“Sus amigos están preocupados por ella”, dice un amigo de Nueva York. Durante un tiempo, se creyó que vivía con sus padres en una casa cerca de la escuela de Barron, en Washington D.C. Pero después de vagabundear entre la Casa Blanca y las propiedades de Trump en Nueva York, New Jersey y Florida durante todo su primer año como esposa del presidente, y tras una misteriosa desaparición de 24 días a principios de este año, se hizo el propósito de embarcarse en viajes en solitario, entre ellos, varios realizados a la frontera con México, y al menos uno de ellos, sin consultar primero al Ala Oeste.

A sus 48 años, encontrándose en un papel global para el que nada en su vida la preparo, Melania parece estar probando los límites de su relación con Trump ¿Quién sabe? La libertad podría ser intoxicante.

Imagen: Sarah L. Voisin/The Washington Post via Getty Images

Este artículo ha sido adaptado de Golden Handcuffs: The Secret History of Trump’s Women (Cadenas de oro: La historia secreta de las mujeres de Trump), publicado por Gallery Books, un sello de Simon & Schuster.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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