Austria: el mañana pertenece a los jóvenes


Austria: el mañana pertenece a los jóvenes



Los jóvenes austriacos se identifican con su canciller, Sebastian Kurz, de 32 años, populista conservador con grandes ambiciones. Al apoyarlo, también coquetean con el peligroso pasado de su país.

En mayo de 2017, cuando Sebastian Kurz asumió el control del centroderechista Partido Popular Austríaco (OVP), rehízo esa institución a su imagen y semejanza. En caso de que el mundo subestimara la importancia de esto, el político, de 32 años, renombró al OVP como la Lista de Sebastian Kurz– Nuevo Partido Popular. Siete meses después, el populista conservador se convirtió en el canciller más joven de Austria, además de ser el primer jefe de Estado millennial del mundo y, de acuerdo con algunos analistas, el futuro de Europa.

Al igual que otros populistas de derecha que han ascendido al poder en la Unión Europea, el ambicioso Kurz ha impulsado un programa de línea dura contra la inmigración, en respuesta al estancamiento económico y la crisis de refugiados sirios. Sin embargo, su imagen jovial y su buena fortuna política han llevado su condición y sus ideas mucho más allá de las fronteras austriacas. Su ascenso coincidió con la transición de la presidencia de la Unión Europea a Austria, un periodo de seis meses que concluirá en diciembre próximo, lo cual le ha dado una plataforma para cuestionar al orden liberal de Europa y a su amada tradición de fronteras abiertas.

Su periodo como presidente de la Unión Europea no ha estado libre de controversias. El lema oficial de Kurz, “Una Europa que protege”, es otra forma de decir “aseguren las fronteras del continente”. Tiene el apoyo del abiertamente xenófobo Partido de la Libertad de Austria (FPO), así como de los líderes de extrema derecha Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, y Matteo Salvini, viceprimer ministro de Italia. Juntos, los tres han propuesto medidas para controlar las fronteras de Europa, entre ellas, construir instalaciones de selección para inmigrantes fuera del continente, y devolver a los migrantes interceptados en el mar al país del que salieron.

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Por primera vez en 100 años, desde el fin del imperio de los Habsburgo, cuando Austria gobernó gran parte de Europa durante cerca de 500 años, el país se encuentra en una posición de poder. La economía está al alza, y el índice de desempleo está a la baja. En septiembre pasado, el diario neoliberal Die Presse elogió la presentación de Kurz ante Naciones Unidas como una muestra de fortaleza “de la nueva pequeña superpotencia”. En el diario se ponderó lo que fue descrito como el método de “citas rápidas” de Kurz: reuniones con líderes estadounidenses, turcos e israelíes y el logro de “importantes éxitos diplomáticos” en apenas dos días. El resultado más notable consistió en programar una reunión entre Israel y la Ministra de Relaciones Exteriores austríaca de extrema derecha Karin Kneissl, quien enfureció a los judíos en su país y en el extranjero cuando escribió en sus memorias de 2014, My Middle East (Mi Medio Oriente), que el sionismo era una ideología violenta basada en el nacionalismo alemán del siglo XIX.

Los jóvenes austriacos, que no recuerdan una época en la que el país hubiera estado en la cima, aman este momento. Para muchas personas de entre 20 y 30 años de edad, la coalición de Kurz con el FPO, fundado por neonazis después de la Segunda Guerra Mundial, es el precio que hay que pagar por desligarse del orden establecido político y de décadas de grandilocuentes gobiernos centristas de coalición con el OVP y los Socialdemócratas (SPO). Desde su punto de vista, se requirió una gran cantidad de compromiso político para lograr demasiado poco. “Se necesitaba un nuevo estilo político en Austria”, dice una de las admiradoras de Kurz, una intérprete de 28 años llamada Julia. “Finalmente, alguien se atrevió a romper las anticuadas estructuras partidistas. No es ningún lamebotas, como lo demostró [a la canciller alemana Angela] Merkel durante la crisis de los refugiados”.

Cuando fue Ministro de Relaciones Exteriores en 2015, en un momento en que los refugiados sirios comenzaron a llegar en masa a Europa, Kurz sugirió cerrar la frontera de Austria con Italia, aun cuando el entonces canciller austriaco Christian Kern había aceptado a decenas de miles de inmigrantes. Desde que asumió el poder, el gobierno de Kurz ha mostrado que no siente ninguna obligación con respecto a las normas europeas; a principios de octubre, el vicecanciller Heinz-Christian Strache dijo en una función en Viena que le gustaría seguir el ejemplo de Orbán y del presidente estadounidense Donald Trump al retirar Austria del Pacto Mundial de Migración de Naciones Unidas, cuyo objetivo es establecer estándares para una migración ordenada.

Sin embargo, la popularidad del canciller entre los jóvenes austriacos va más allá de la ideología. Kurz, quien gusta de tomarse selfies, que ha reformado su partido, y a quien los millennials llaman simplemente Sebastian, es uno de ellos. Este experto comercializador comprende, quizás mejor que cualquier otro líder de la Unión Europea, el poder de la política impulsada por la personalidad, de los mensajes sociales y de la ideología puntual. Como dijo Richard Grenell, el embajador de Trump en Berlín, en una entrevista con Breitbart News, Kurz es “una estrella de rock”.

Desde hace mucho tiempo, Kurz ha sido un niño prodigio. Creció como hijo único en Meidling, un aburguesado vecindario en los límites de Viena, y se incorporó a la política desde su adolescencia en la organización juvenil del OVP. Dejó la facultad de Derecho, y en 2010 obtuvo un escaño en el Consejo de la Ciudad de Viena. En apenas un año, se incorporó al gobierno federal como secretario estatal para la integración de los inmigrantes. Tras obtener más votos directos que cualquier candidato en las elecciones legislativas de 2013 en Austria, Kurz se convirtió en el Ministro de Relaciones Exteriores más joven del mundo, siendo un importante negociador en el acuerdo nuclear de 2015 con Irán.

En un café de mucha onda en el distrito de lujo de Leopoldstadt, un grupo de estudiantes de economía reunidos alrededor de computadoras portátiles nuevas se deshacían en elogios hacia su líder de cabello inmaculado y rostro de bebé. Entre otras cosas, encomiaban su capacidad de hablarles en forma incluyente, antiintelectual y sin condescendencia. “Le dice a la gente lo que va hacer, y luego simplemente lo hace”, señala el vocero del gobierno Peter Launsky-Tieffenthal. “Le describe al público cada paso, explicando las cosas en términos que las personas pueden entender”.

Por ejemplo, junto con sus propuestas de campaña de 2017, publicadas en su sitio web, como los recortes fiscales para las familias, incluyó un proyecto de cronograma para la implementación de un “generador de programas” paraque cada ciudadano pudiera encontrar servicios gubernamentales.

Aunque esta acción es aparentemente sencilla, los admiradores de Kurz señalan el profundo contraste con las vanguardias progresistas que aún quedan en la Unión Europea: Merkel y Emmanuel Macron de Francia, que han adoptado un enfoque más opaco del gobierno, lo cual, junto con la crisis de los migrantes, reduce cada vez más su popularidad. Tras ganar la elección francesa del año pasado con 66 por ciento de los votos, Macron tenía un índice de aprobación de 29 por ciento en octubre. Esto, junto con la renuncia de siete ministros de alto nivel en los últimos meses, muchos de los cuales expresaron su consternación por la inaccesibilidad de Macron, han provocado una crisis en su gobierno.

En Alemania, varios meses de vergonzosos enfrentamientos entre Merkel y su Gabinete le han hecho perder poder, llevándola a un cuarto período de gobierno como una canciller sin futuro político; en las encuestas, su partido, el conservador Unión Demócrata Cristiana (CDU), se encuentra ahora a tan solo 10 puntos por encima del partido de derecha radical AfD. Formado hace apenas seis años, AfD ha crecido en forma explosiva; el partido fue el tercero en cuanto al número de votos obtenidos en las elecciones del 27 de septiembre, y cuenta con 92 legisladores en el parlamento. (El cofundador Frauke Petry afirmó una vez que había situaciones en las que los guardias fronterizos alemanes podían dispararles legítimamente a los refugiados que trataban de atravesar la frontera).

Con Macron y Merkel en riesgo, Kurz ve una oportunidad para llenar el vacío en el escenario mundial. Y, de manera notable, Austria parece unida para respaldarlo, independientemente de la edad. “No tiene sentido hablar de una diferencia generacional en el apoyo al gobierno”, dice el catedrático Peter Filzmaier, especialista de alto nivel en ciencia política de las Universidades de Graz y Krems, en Austria. Además, dice, el ultraconservadurismo y los valores tradicionales no son un ámbito exclusivo de la generación de la posguerra o de los adultos mayores; ambos elementos tienen buena acogida entre los votantes jóvenes de ese país.

El FPO, que alguna vez fue considerado como un partido subalterno, actualmente cuenta con 24 por ciento del apoyo público, aproximadamente dos puntos por debajo de la elección del año pasado. Se trata de un gran poder de convocatoria para un país que tiene seis partidos políticos principales. El partido ha condenado la “islamización” de Occidente y ha llegado a los titulares de la prensa debido a escándalos de antisemitismo. (Muchos de los legisladores del FPO son antiguos miembros de las fraternidades nacionalistas tradicionales del país; entre sus actividades está la de cantar “canciones para beber” en las que se promueve la continuación del Holocausto).

Launsky-Tieffenthal sostiene que “el FPO se ha distanciado de su pasado antisemita”. Como prueba, cita a Strache, líder del FPO y segundo al mando de Kurz, quien expresó su simpatía por la presión ejercida por Israel a la Unión Europea para reconocer a Jerusalén como la capital de Israel (impugnada agriamente por los palestinos, que también la consideran como su capital). “Esto”, afirma Launsky-Tieffenthal, “fue una muestra de liderazgo”.

Los partidarios de Kurz se refieren a él como una persona que construye puentes. Sin embargo, podría ser el jugador de póquer consumado, experto en alternar las opiniones conservadoras y ultraconservadoras sin perder el apoyo del FPO. Como se explica en el sitio web Foreign Policy, “el Canciller de Austria piensa ha descifrado el código para neutralizar a los populistas al cooperar con ellos”.

Sin embargo, liberales como Mattias Strolz, líder del partido Nueva Austria y Foro Liberal (NEOS), temen lo peor, y acusan a Kurz de “utilizar en forma experta un golpe de estado para llegar al poder” y de dañar la democracia parlamentaria. “Le cortó el cabello al viejo OVP, y todo el mundo se emocionó”.

“Toda la República está ebria con este desempeño”, dijo en un discurso. “La gente se despertará con resaca”.

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EL PASADO ES PRÓLOGO

En lo profundo del área rural de Austria, en un terreno propiedad de la Iglesia, tiene lugar la mayor convención anual neonazi de Europa, en el pequeño poblado de Bleiburg. Cada mes de mayo, en este sitio, aproximadamente 10,000 participantes de toda la Unión Europea intercambian saludos al estilo de Hitler. Entre las actividades está aumentar las tensiones con Italia con respecto al Tirol del Sur (que era una provincia austriaca y lugar de origen de miles de austriacos étnicos) al sugerir que Austria la recupere, así como rendir homenaje a la Milicia Ustacha croata, mejor conocida por construir el único campo de exterminio nazi edificado voluntariamente, sin la participación de Alemania.

Austria también es sede del cada vez más visible grupo europeo de extrema derecha Generation Identity (Identidad generacional), que promueve actos de violencia contra izquierdistas y refugiados, como el incidente ocurrido en 2016 en la Universidad de Viena; sus miembros gritaron y arrojaron sangre falsa a los refugiados que actuaban en una obra teatral. La ideología de GI, un extraño entramado de nacionalismo, teorías conspiratorias antisemitas e islamofobia, suele difundirse mediante una estética hipster y tácticas izquierdistas; por ejemplo, quieren seguir el ejemplo de Greenpeace y recuperar el mar, solo que, en lugar de salvar a los refugiados, evitarían que los rescatistas los ayudaran. Su líder, Martin Sellner (cuya prometida es la YouTuber de la alt-right Brittany Pettibone), logró una importante victoria legal en julio cuando fue absuelto de varias acusaciones de proferir discursos de odio, lo que instó al gobierno a repensar los estatutos relevantes: tras el veredicto, el presidente de la legislatura anunció la necesidad de fortalecer las leyes sobre el discurso de odio.

El crecimiento del extremismo de ultraderecha ha impulsado la carrera política de Kurz. Por ejemplo, una de sus políticas de inmigración, en la que se obliga a los migrantes a entregar sus pertenencias de valor y sus teléfonos celulares, tiene incómodos ecos del nazismo. Kurz también se ha unido al Primer Ministro húngaro Orbán al rechazar la propuesta de Alemania de distribuir a los refugiados por toda la Unión Europea. La reubicación de refugiados, ha dicho, “no funciona”, y Europa debe proteger su “cultura cristiana”.

Merkel y Macron están decididos a contener la oleada de populismo creciente y crear una solución liberal a los problemas de la política de migración. Su éxito estará determinado por las elecciones europeas de 2019. Si bien la Unión Europea pudo haber manifestado su acuerdo en forma ostensible con una política de inmigración de todo el organismo en una cumbre realizada a finales de junio, los detalles concretos de un plan futuro fueron escasos, y los líderes han mostrado pocas señales de implementar alguna nueva estrategia.

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Sin embargo, Kurz ha elegido su bando. Apenas unos días antes de la cumbre de junio, organizó ejercicios militares provocadores en la frontera con Eslovenia para mostrar que estaba listo para cualquier actividad relacionada con los migrantes. Fue una acción muy irregular para un país ostensiblemente alineado con Alemania, país defensor de las fronteras abiertas y que se opone a las acciones militares. Sin embargo, el canciller de Austria ha dejado entrever sus intenciones de romper con Berlín. Aunque su partido tiene estrechos lazos con el CDU de Merkel, Kurz ha mostrado su disposición a girar hacia la mayor espina en el costado de la canciller alemana: su ultraconservador ministro del interior, Horst Seehofer.

Seehofer es ex gobernador de Bavaria, el estado alemán limítrofe con Austria. En junio, provocó la primera crisis de gran envergadura del nuevo gobierno de Merkel cuando amenazó con retirar a su partido Unión Social Cristiana (CSU), el equivalente bávaro del CDU, de la coalición gobernante, por motivos relacionados con la inmigración. Aunque Kurz tuvo cuidado de no tomar partido, sus simpatías fueron claras. Dijo que le hacía feliz que en Alemania hubiera un debate sobre sus políticas liberales de inmigración.

Launsky-Tieffenthal, vocero de Austria, desestima la importancia de las maniobras militares y de los lazos de Kurz con Orbán. “No hay ninguna persona con la que el canciller esté más en contacto que con Merkel. En efecto, tenemos algunas cosas en común con Hungría… pero la relación con Orbán no es demasiado especial”, declaró a Newsweek. “Simplemente deseamos construir puentes” entre Europa del Este y Europa Occidental.

Afirma que la manera en que Merkel manejó la crisis de refugiados en 2015 “probablemente alentó a más personas a venir y a dificultar las cosas. Sin embargo, Austria ha recibido a 80,000 refugiados. Es una cifra per cápita más grande que la de cualquier otro país europeo después de Suecia. Francia recibió únicamente a 500. Después de eso, nos sentimos un poco abandonados por los demás, y eso es lo que ha provocado el debate sobre la inmigración que estamos teniendo ahora”.

Algunas personas insinúan que Kurz consideró a las elecciones regionales clave de Bavaria, realizadas en octubre, como una oportunidad para alinear la política alemana con Austria; sus recientes apariciones con funcionarios del conservador CSU de Seehofer fueron consideradas por algunas personas como un apoyo tácito. “Puede usar la presidencia de la Unión Europea, así como su cancillería, para alinearse más sólidamente con Seehofer y el CSU con respecto a Merkel”, afirma Filzmaier.

LA SOMBRA DE WALDHEIM

Alemania tiene una ventaja clave para contrarrestar el ascenso del populismo: ha reconocido y realizado desagravios por su pasado nazi, y existe un movimiento de izquierda organizado y motivado para mantener bajo control a la extrema derecha. AfD no puede organizar una convención política sin reunir a decenas de miles de contramanifestantes, que frecuentemente superan en número a los participantes de extrema derecha. En un memorable evento realizado el año pasado en Munich, unos 100 extremistas fueron confinados a una plaza central por miles de opositores.

Sin embargo, en Austria, solo unos cuantos participantes lograron llegar a Bleiburg para manifestarse contra las reuniones anuales neonazis. La razón de ello data del periodo inmediato posterior a la Segunda Guerra Mundial. En Austria no hubo nada equivalente a los juicios de Nuremberg. Viena no comenzó a cuestionar a los líderes nazis que permanecieron en el poder sino hasta 1986, cuando se descubrió que el ex Secretario General de Naciones Unidas y presidente austriaco Kurt Waldheim había sido un oficial de inteligencia de las Fuerzas Armadas de la Alemania nazi, conocidas como Wehrmacht.

En lugar de asumirse como el lugar de nacimiento de Adolf Hitler o dar la bienvenida a su ejército en Viena, Austria adoptó la opinión de las Potencias Aliadas a finales de la década de 1940. “Las Potencias Aliadas consideraron a Austria como una víctima, y, evidentemente, el país lo aceptó porque nadie desea ser uno de los países perpetradores”, afirma Filzmaier, que piensa que la verdad no está en ninguno de los dos extremos. “Alemania fue obligada a aceptar su violento pasado y una nueva educación política en una forma que no ocurrió en Austria”. Como resultado, añade, “no es ninguna sorpresa, desde el punto de vista histórico y geográfico” que Austria se haya convertido en hogar de nazis viejos y nuevos. “El problema es la falta de sensibilidad hacia este hecho”.

Sin embargo, Launsky-Tieffenthal insiste en que las cosas están cambiando en Austria. “Es cierto que no hablábamos sobre el Holocausto cuando yo estaba en la escuela”, señala el vocero del gobierno de 60 años de edad, pero después de los años de Waldheim, el tema se volvió presente y desde entonces ha sido objeto de un amplio debate público. Como parte de nuestro programa de estudios, los estudiantes visitan campos de concentración y, además, el gobierno apoya la construcción de un muro memorial de nombres y planea ofrecer la ciudadanía a los descendientes de las víctimas del Holocausto”.

Recientemente, además de la creencia manifiesta de Strache de que Jerusalén debería ser la capital de Israel, Kurz ha hecho intentos de acercarse al Primer Ministro Benjamin Netanyahu, quien, de acuerdo con el diario The Jerusalem Post, se reunió con Kurz en una galería privada de arte repleta de obras de maestros austríacos como Gustav Klimt y Egon Schiele. Según informes, en ese lugar, Netanyahu elogió los nuevos frenos a la inmigración de Kurz, y el líder austriaco dejó entrever su deseo de organizar una conferencia sobre el antisemitismo islámico.

Uno de esos frenos contra la inmigración fue establecido por el Ministro del Interior Herbert Kickl del FPO, junto con su homólogo italiano Salvini, una relación que se ha vuelto notablemente más estrecha. Juntos, anunciaron en septiembre un plan para detener a los barcos que transportaban inmigrantes antes de que toquen tierra en Europa.

“Serán bien atendidos en los barcos”, declaró Kickl refiriéndose a esas naves, famosas por sus condiciones insalubres y su falta de agua y comida. Inmediatamente después de la reunión, Salvini dejó claro que el objetivo es detener a toda costa la inmigración de África y el Medio Oriente.

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UN NUEVO PROGRAMA, UN POSIBLE CONTRAGOLPE

Todas las señales indican que el gobierno de Kurz no ha hecho más que empezar. Recientemente, el gobierno reveló la ambiguamente titulada iniciativa “nueva justicia”, una política que garantiza que los ciudadanos austríacos sean “tratados con justicia”. En pocas palabras, los nativos serán los primeros en la línea para recibir los beneficios gubernamentales, mientras que los refugiados y los inmigrantes podrían sufrir recortes en sus apoyos. Además, los programas de integración para los nuevos migrantes, como la incorporación como aprendices en el lugar de trabajo, han sido desechados, y el acceso a las lecciones de alemán se ha reducido.

En el nuevo sistema, también se distinguirá entre los inmigrantes económicos y los que buscan asilo, dando preferencia a estos últimos. Y, aparentemente, hay límites: en un caso ocurrido en septiembre, la solicitud de asilo de un refugiado iraquí fue rechazada porque era “demasiado afeminado”. Aparentemente, las autoridades decidieron que solo fingía ser gay.

Junto con la reforma de inmigración, también existen planes para dar incentivos económicos, como recompensar a las familias por tener hijos, ya que la población nativa está disminuyendo, y alentar a las personas a abrir negocios. De acuerdo con el gobierno, estas son las mismas prioridades en las que desean centrarse durante lo que queda de la presidencia de Austria en la Unión Europea.

En medio de los cambios, los austriacos de izquierda, representados políticamente por el SPO y el Partido Verde, se sienten superados en número y paralizados. Unas cuantas protestas contra el FPO, realizadas en otoño pasado, se disiparon rápidamente, y muchas personas que se identifican a sí mismas como izquierdistas en Viena declararon a Newsweek que “ya no pueden pensar más en la política”.

“Yo voté por Sebastian Kurz debido a su juventud y a su experiencia previa como el ministro de Relaciones Exteriores más joven del mundo”, dice Johannes, un dentista de 29 años. “Por desgracia, su partido entró en coalición con el FPO, provocando un cambio hacia la derecha en el partido del canciller y haciendo que me arrepienta de mi voto… Necesitamos una forma más global de pensar que vaya más allá de nuestras fronteras”.

Kern, el ex canciller austríaco, cuyo partido SPO ha sido un importante partidario de la política de puertas abiertas para los refugiados impulsada por Merkel, se ha mostrado abiertamente crítico hacia Kurz y sus alianzas políticas. En agosto, declaró al diario alemán Die Welt que el FPO “propaga teorías conspiratorias antisemitas sobre George Soros. Cada semana se realiza un mitin racista de extrema derecha que habría provocado la renuncia de muchos funcionarios en una democracia civilizada”.

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Kern también acusó al FPO de “manipular a Kurz para conseguir sus propios fines” y condenó las alianzas con los gobiernos etnonacionalistas de Italia y Hungría. Pero todas esas críticas parecen tener pocas probabilidades de traducirse en ganancias políticas; Kern estaba destinado a encabezar un contramovimiento de izquierda contra Kurz en las elecciones del año próximo, sin embargo, para sorpresa de su propio partido, se retiró abruptamente de la política a principios de octubre.

Al igual que muchas personas en el Reino Unido que se oponen al inminente Brexit, o de estadounidenses enfurecidos por el populismo del gobierno de Trump, el sentimiento entre los antipopulistas austríacos es de una indefensa consternación. “Me opongo al gobierno actual debido a la larga historia de discursos de odio e incompetencia del FPO”, señala Thomas, un joven expatriado que radica en Nueva York, desalentado por el racismo del FPO. “Kurz no debería darles poder, pero evidentemente, cree que necesita hacerlo y ha tenido cuando menos algunos escarceos con la demagogia”.

Han pasado 18 años desde que la izquierda organizó manifestaciones. En el año 2000, varios grupos organizaban cada semana “protestas de los jueves” en Viena para criticar la relación del FPO con el nazismo. Sin embargo, hay indicios de que la oposición podría estar agitándose otra vez. El 4 de octubre, algunos grupos de activistas de izquierda organizaron un mitin enfrente de la oficina de Kurz. Según los organizadores, asistieron alrededor de 20,000 personas. Tenía el aire de un día de campo, pero el sentimiento era estridente “¡Adiós, Basti!”, decía un letrero, utilizando el diminutivo de Sebastian. La multitud coreaba “¡Resistencia! ¡Resistencia!”

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

 

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