“También el lector se equivoca”: Tarifeño | Newsweek México


“También el lector se equivoca”: Tarifeño



Leonardo Tarifeño tiene un instinto literario especial ubicado en la fluidez y precisión de sus palabras. Se dedica al periodismo narrativo desde hace 25 años. Su formación literaria lo llevó al periodismo y desde los inicios de su profesión, en su natal Argentina, se involucró con la crónica.

Su inquietud y necesidad económica le “obligaron” a buscar historias “raras”, que nadie escribe y por las que la prensa pagara.

“En la medida que yo encontraba una historia rara, sabía que me la publicarían. Si yo hacía una simple noticia, sabía que alguien más también la haría”.

En busca de historias, Tarifeño se ha internado en una clínica de rehabilitación de drogas, ha trabajado como cadenero en un antro de Ciudad de México, ha narrado su viaje místico con peyote y ha entrevistado a una escort que trabaja a espaldas de su marido.

—¿Cómo defines a la crónica?

—La crónica es lo más parecido a un cuento basado en la realidad. Una forma de mostrar la vida de la calle. La crónica es algo que tiene movimiento. De algún modo te involucra, porque tú formas parte de ese movimiento.

—¿Cómo cuentas tus historias?

—Trato de que la crónica recoja la experiencia de la historia. Que no quede solamente la experiencia de qué es lo que está pasando. El periodismo que nos han enseñado cuenta solamente lo que sucede. Pero muchas veces lo más importante o más revelador de una historia es lo que tú vives o lo que ves, y no puedes contar por ese canon del periodismo tradicional. Yo creo que no hay ninguna razón para no contar eso.

—Entraste al periodismo más por necesidad que por curiosidad. ¿Qué le ves a este oficio?

—La gracia del periodismo es que te permite ser independiente. Es muy importante para un periodista trabajar en una redacción porque te da el oficio, eltiming y la sensibilidad con la noticia. Pero también es muy bueno salirte de redacción, porque en ella se fabrica un producto muy perecedero, y muy poco cuidado.

En el periodismo narrativo tu único aliado es tu escritura, tu sensibilidad y donde te metes, porque el reportero que está en el periódico no se puede meter a muchos lugares que tú, estando libre, sí puedes.

—¿Cómo te consideras como periodista ahora?

—Me considero más cercano del que viaja con un oficio para poder sobrevivir, que del periodista con alguna intención política o social. Mi manera de aportar al conocimiento del mundo no es a través de una causa, sino de contar lo que veo. Ser testigo y meterme en lo más profundo para poder entender lo que pasa. Eso para mí es mi mayor desafío: nunca hacer algo superficial. Entenderlo y contar la historia sin juzgar nunca nadie.

Ahora llevo el periodismo de la misma forma que como se hace un viaje. Con curiosidad, claro, con interés y a veces con un desgano terrible. Pero sé que en algún momento algo pasará, que algo me enganchará. Esa es mi disposición de ánimo.

—¿Qué tan importante es no juzgar?

—No juzgar, escuchar bien a la persona y ponerse el traje del personaje del que se está hablando, son de los puntos más importantes del periodismo. Tengo tanto miedo a que me juzguen, que lo último que haría sería juzgar a alguien.

Yo no les creo nada a los periodistas que juzgan o que cuentan historias entre buenos y malos. Yo creo que todo periodista, más o menos decente, en algún momento averigua que el mundo es muchísimo más cabrón de lo que uno quisiera que sea, y acomodarlo a una ideología o a una manera de contar la realidad, es lo más falso que puedes hacer. Por más que el público quiera que tú hagas eso. Nuestro trabajo consiste muchas veces demostrarle al público que está equivocado.

 

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