El museo Molotov | Newsweek México


El museo Molotov



La revuelta en contra de Rusia ha convertido la plaza central de Kiev en una exhibición de arte rebelde y provocadora.

 

Si la violencia ha terminado en Kiev (y muchos piensan que así es, al menos por ahora), entonces el otrora campo de batalla de Maidan, la plaza central de la ciudad, está puesta para convertirse en el más nuevo y más grande museo al aire libre del mundo: un campamento al estilo de Ocupemos Wall Street que recuerda variadamente la iconografía eslava, las pinturas del gran realista-naturalista decimonónico ucraniano Ilya Repin, las impresionantes imágenes bélicas de Francisco Goya, el surrealismo de Salvador Dalí y el land art de Robert Smithson. Todo lo que usted necesita es un boleto a Kiev y unos zapatos de paseo. La entrada es gratuita.

 

Después de arder en invierno, Maidan hierve en primavera. Y en la intranquilidad que precede a la elección presidencial del 25 de mayo, cuando la nación elegirá de hecho entre Rusia o Europa como su mejor amigo, Maidan (Plaza de la Independencia) ha conseguido tener un equilibrio extraño, menos una zona de guerra que una galería la cual pasa por el corazón de Kiev, a veces agraciada y a veces cruda, a menudo evidente pero ocasionalmente sutil, patriótica hasta la médula y nacionalista al extremo. Los lamentos son silenciados por las provocaciones, las cuales a su vez son silenciadas por los discursos grandilocuentes que pocos escuchan. Hay cajas para donaciones por todos lados. Algunas personas simplemente quieren cigarrillos. En este museo, usted puede fumar todo lo que quiera. Solo evite blandir la bandera rusa.

 

La Euromaidan, como se conoce a las protestas en favor de Europa, comenzó a principios de noviembre como una muestra masiva de descontento con la cercanía del entonces presidente Viktor Yanukovich con el Kremlin. Yanukovich se ha ido, pero la animosidad para con el presidente ruso Vladimir Putin (a menudo representado con un bigote hitleriano) continúa. E igual siguen los manifestantes, ahora que la violencia invernal y las ráfagas frigoríficas se han aquietado. Pero la humedad veraniega también podría resultar severa. Y la lucha simplemente ha migrado al este de Ucrania, la cual Putin ha llamado ominosamente “Nueva Rusia”. Así que todos esperan y fuman.

 

El otoño pasado, Banksy convirtió a Nueva York en una galería gigantesca de grafiti para su residencia “Mejor Afuera que Adentro”, lo cual para algunos fue vandalismo; para otros, arte público, y para casi todos, una fuente interminable de entretenimiento y conversación. El arte de Maidan va en la misma vena, en esta ciudad secuestrada por provocadores, aunque por supuesto menos intencional (aunque también más seria) que la estadía de Banksy en los cinco barrios. Después de todo, él solo evitaba ser arrestado. Algunas de estas personas burlaron a la muerte.

 

Otros no fueron tan afortunados. Abundan los homenajes a los Cien Celestiales, asesinados durante la revuelta de este invierno. Bajo un par de carteles que conmemoran a estos patriotas ucranianos caídos, hay una pila de llantas, una especie de montículo fúnebre. Solos, los carteles son un homenaje. Solas, las llantas son una barricada. Juntos, son arte.

 

Los “muros” de la galería son barricadas hechas con madera, basura y sacos de arena, todo apilado en formas ascendentes que desafían la apacible arquitectura decimonónica del centro de Kiev. Las barreras y los búnkeres improvisados de Maidan son una réplica no oficial a toda esa gracia rococó. Alguien ha apilado ladrillos en columnas. Estas no parecen tener un propósito, estructural o defensivo o cualquier otro. Más bien, se ven como monumentos míticos que dejaron atrás los escíticos hace siglos, una versión ucraniana en miniatura de Stonehenge. Una pirámide amarilla dedicada a la “paz y unidad” es un resplandeciente cono de luz solar. En un tramo de asfalto relativamente limpio se yergue un casita de madera del tipo que uno encontraría en la campiña ucraniana. La ironía es tan obvia que duele.

 

Mientras tanto, la Casa de los Sindicatos en Maidan, una monstruosidad brutal cuya característica principal es su falta total de ornamentación, fue destruida y resucitada por la violencia. Otrora el cuartel oficial de la revuelta, se quemó, el 18 de febrero, y ahora sus pisos superiores están chamuscados. En el concreto ennegrecido, alguien ha salpicado manchas rosadas. Son un toque de humor, esperanza y audacia. Solo un toque. Pero es suficiente.

 

Por todas partes ondean las banderas amarillo y azul de Ucrania, un recordatorio de que buena parte del arte es propaganda. Esta es la Primavera de Praga en tecnicolor, brillantina y carnavalesca. Los rebeldes salen de los búnkeres vestidos con atuendos tradicionales ucranianos, trajes de faena modernos, vestiduras históricas, negro nacionalista. Un piano ha sido pintado con los colores nacionales ucranianos, y un hombre trata de tocar (sospecho que un poco temblorosamente) mientras otro trata de instruirlo. Cuando me acerco, me miran como si hubiera interrumpido una lección privada. Más allá en Maidan, corren un hombre con una kufiyya (pañuelo palestino) y otro en traje de faena y casco de motociclista, blandiendo medio taco de billar. Y uno más, mayor, vestido como un tártaro temible de las historias de guerra de León Tolstói. ¿Cómo fue que se juntaron, a dónde van, de dónde sacó él su taco de billar? Es como buscar respuestas en un paisaje de Bosch o una obra de Pirandello. Sería mejor rendirse a este teatro del absurdo, dejando las respuestas sin responder. Solo agradezca que no haya disparos.

 

Y aun así, una extraña consciencia histórica permea a Maidan, como si los hombres y mujeres que aquí acampan parecieran haber comprendido que son parte de una narración, y que mientras periodistas y turistas y lugareños sobrecogidos les toman y toman fotos, los rebeldes/artistas/manifestantes pueden dictar los términos en que son retratados. Como una muestra de cuán rápido se mueven las cosas, una exhibición de arte de Maidan, “Soy Una Gota en el Océano”, ya se ha inaugurado en Viena. Esa muestra empieza mientras la de aquí ni siquiera ha cerrado su ciclo: si tiene los medios, puede ver la cosa auténtica mientras también ve la cosa representada en un museo (verdadero). Al mismo tiempo, se ha creado una página de Facebook llamada Maidan Museum, cuya meta es la “preservación para la posteridad de toda evidencia tangible e intangible”.

 

Si Maidan es la protesta convertida en arte, entonces el Museo Nacional de Arte de Ucrania es arte subsumido en la política. Está a pocos pasos de Maidan, cuyas barricadas son visibles cuando uno se para detrás de las columnas neoclásicas del museo, donde un letrero advierte sobre desprendimientos de estuco. Mucho del arte en el primer piso fue embodegado durante la revuelta; cuando lo visité en abril, todavía no lo regresaban.

 

“Fue muy aterrador”, dijo una envejecida mujer rubia que es guía de museos sobre la violencia invernal. “Ya vio Maidan”.

 

Sí, he visto Maidan. Todo el mundo la ha visto. Aunque no tan íntimamente como ella.

 

El primer piso pertenecía por completo, hasta donde puedo recordar, a un icono del siglo XVIII del arcángel Miguel, con su rostro a la par angelical y listo para la batalla. El texto en la pared, un golpecito en el ojo de Putin: “Miguel es… el santo patrono de Kiev: la ciudad de la paz y serenidad, pero también la ciudad de la defensa valerosa. Lo cual se demostró en eventos recientes. El arcángel Miguel es un guerrero divino que pelea por la verdad del Señor contra las fuerzas de la oscuridad”. En lo que respecta a muchos ucranianos, estas fuerzas se filtran desde la Plaza Roja.

 

La temática nacionalista continuaba en el segundo piso, con un anuncio explicando que una exhibición de arte modernista ucraniano había sido interrumpida previamente en el invierno porque estaba “en medio de la refriega, en la línea de fuego”. La colección principal, que es pequeña pero excelente, no necesita de tal explicación: lienzos enormes de felices guerreros ucranianos lanzándose a la batalla, ensueños vagamente cubistas sobre la campiña más allá de Kiev, celebraciones de la vida bucólica. Todos conocen el orgullo ruso, tan fácilmente herido y tan frecuentemente descabellado; el orgullo ucraniano no le era familiar a la mayoría de Occidente hasta este invierno. Pero uno lo siente en estas galerías tanto como lo siente en Maidan.

 

A finales de abril, el museo empezó a exhibir algunas de las obras de arte en propiedad del estado que Yanukovich había robado y guardado en su palacio presidencial, probablemente pensando que no tendría que hacerse responsable de ello o de cualquier otra cosa. Hay muchos retratos de Yanukovich, todos ellos chillones, con uno de ellos mostrando al líder regordete reposando desnudo. Otro está hecho con semillas y frijoles. Es horroroso.

 

Muchos ucranianos ya han visto el alijo de Yanukovich. Después de que él huyera a Rusia en febrero, a los visitantes se les permitió pasear por su mansión en las afueras de Kiev, a la que algunos llamaron “Museo de la Corrupción”. The New York Times la describió como “un batiburrillo de oropel de malos mosaicos, iconos valiosos, reclinables de cuero, armaduras, candeleros costosos e inodoros que parecen tronos de oro”. En otras palabras, lo opuesto de Maidan. (Un inodoro dorado, objeto de mucha especulación, lamentablemente no está en exhibición).

 

El mejor momento para ver Maidan es a primeras horas de la tarde, cuando la luz es amable y los adolescentes todavía no se emborrachan. El lugar parece especialmente frágil al atardecer, como si todo pudiera terminar de un momento a otro. Y cuando lo haga, seguramente habrá más exhibiciones, tal vez un Museo de la Resistencia. Pero no será lo mismo. 

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