Independencia sin proyecto, patria sin rumbo | Newsweek México


Independencia sin proyecto, patria sin rumbo



Muy poco ha cambiado la realidad social de México en dos siglos.

 

Por Juan Miguel Zunzunegui

 

México era un país maravilloso y edénico que existía desde la noche de los tiempos, donde no había maldad ni corrupción, todos éramos ricos, todos hermanos, y vivíamos en armonía con el cosmos, lo cual nos proporcionaba conocimientos místicos y esotéricos que eran la base de nuestra grandeza.

 

Tras unos 3 000 años de gloriosa historia, México era un imperio de bondad y sabiduría (donde era un honor ser sacrificado y canibalizado) gobernado por Moctezuma II. Fue entonces cuando comenzó nuestra caída, pues la peor escoria de un lejano, malévolo y ambicioso país llamado España, llegó para someternos, esclavizarnos y robarnos toda nuestra plata. 

 

Los siguientes tres siglos no vale la pena ni contarlos, fue ese oscuro período en que cada español tenía un esclavo en México, son los 300 años de abuso y saqueo que provocaron que hoy seamos pobres, y en los que la maldad intrínseca de los españoles se esparció por nuestro territorio y nuestros corazones, hasta que un patriota llamado Miguel Hidalgo rompió las cadenas de la esclavitud y le devolvió la libertad a los aztecas, ahora misteriosamente llamados mexicanos.

 

Desde entonces somos libres, pero el daño ya estaba hecho. Tanto nos robaron los españoles, que aún en el siglo XXI no nos hemos recuperado, y seguimos siendo pobres, pero honrados, y tenemos que vivir en una lucha constante para que nuestros enemigos de Extranjia (país de origen de los extranjeros), no vuelvan a conquistarnos para robarnos los recursos que aún tenemos. Eso es lo que celebramos cada 15 de septiembre.

 

Lo más abracadabrante de la anterior versión de la Conquista e Independencia de México es que tristemente está enterrada en lo más profundo de la mente de millones de mexicanos, porque así aparece en muchos libros oficiales, así lo han trasmitido los maestros de generación en generación y así está plasmado en los murales postrevolucionarios. Nos decimos libres desde 1810, pero en el siglo XXI los lastres de la Conquista siguen en el inconsciente del mexicano, arrastramos como ancla la conquista a pesar de festejar la Independencia. 

 

No comprendemos la Independencia porque no comprendemos la conquista y tenemos una patética y terrible visión de la conquista porque en realidad seguimos sin entender qué pasó en la Independencia. Dos eventos fundamentales de nuestra historia y vitales para entender a México y al mexicano, pero que se nos enseñan muy superficialmente, por eso no nos entendemos a nosotros mismos y es imposible ser libre si no se sabe quién se es.

 

La historia y el mito

 

Así pues, cada septiembre todo el pueblo mexicano festeja un mito, una idea, una construcción ideológica. Sones de mariachi y litros de tequila, millones de vivas en las gargantas y luces multicolores en los cielos conmemoran una quimera. Todo acompañado de los correspondientes insultos, porque para que México viva, tiene que ser de forma violenta: ¡Viva México, Cabrones!

 

Los mitos son parte fundamental de un pueblo y se envuelven dentro de la historia, se escriben en los textos y pasan a ser reales, pero hay que vigilarlos y analizarlos, ya que la historia genera el inconsciente colectivo de un pueblo, y nuestro inconsciente, hay que decirlo, contiene demasiados traumas, muchos de los cuales nos mantienen aferrados al pasado con un ancla tan pesada que ni más de 100 millones somos capaces de moverla. Tal vez porque tiramos en direcciones contrarias.

 

No hay que olvidar que los nombres de los acontecimientos históricos los inventaron los historiadores y se validaron por consenso, porque la historia es precisamente una construcción aceptada. Pero la historia no estudia el pasado, como se nos dice, sino los discursos que se elaboran sobre dicho pasado. Ningún soldado español se sentía o ubicaba luchando la guerra de conquista de México, así como nadie en la turba iracunda que seguía a Hidalgo era sabedor de pelear la Guerra de Independencia o ningún militar inglés se identificaba como un combatiente de la Primera Guerra Mundial.

 

¿Qué se conquista y qué se libera?

 

¿Puede emanciparse lo que no existe? En 1810, lo único llamado Méjico, así con jota, era la ciudad capital de un reino llamado Nueva España. Incluso Morelos, en 1813, se refería a los mejicanos como unos apáticos e indolentes que no se interesaban en la independencia de América; y es que mejicanos eran tan solo los habitantes de la capital virreinal, y al “país” le llamaban simplemente la América. 

 

En 1821, fecha borrada de nuestra pequeña memoria histórica, ese reino se convirtió en el “Imperio Mexicano”, y fue así como México, no se independizó, sino que comenzó a existir, a construirse larga y penosamente a lo largo de todo un siglo.

 

Para entender esta llamada independencia en el siglo XIX es fundamental comprender primero qué es lo que fue conquistado en el siglo XVI, algo que por cierto, jamás se liberó: el señorío azteca y sus pueblos vasallos, pero jamás un México que aún no existía.

 

¿Desde cuándo existe nuestro país? Hay quienes se regodean al señalar que tenemos tres milenios de historia; evidentemente su viaje histórico comienza con los primeros asentamientos olmecas. Pero eso nos habla de la historia de un territorio, no de la de una nación, porque ni los olmecas, ni los mayas, ni los zapotecas, los otomíes, los tarascos o los propios aztecas, eran mexicanos. Bajo esa ridícula óptica, el hombre de Tepexpan sería nuestro compatriota.

 

México, eso que hoy somos y que nos caracteriza, nuestra cultura, tradición, costumbres y demás, no existía en aquellos lejanos tiempos. Nuestro barroco y nuestro mariachi, nuestro tequila y nuestros bailes, nuestra comida y nuestro neoclásico; los conventos, los festejos, las bebidas, los sabores, las canciones, los complejos, los rencores, los prejuicios, los ideales. 

 

Esos charros y esos trajes, esas coplas y esas chinas, nuestra lengua e idiosincrasia. Todo lo que hoy se puede llamar México fue resultado de una mezcla, y esa se dio en otro período que nuestra historia prefiere pasar de refilón, como por trámite: el virreinato, los tres siglos en que se dio el mestizaje cultural que somos. 

 

En el siglo XVI, el aventurero castellano Hernán Cortés, súbdito del emperador germánico Carlos V, conquistó la ciudad estado de los mexicas con el apoyo de 150 mil indígenas oprimidos por dichos mexicas. Lo conquistado en 1521 fue una ciudad, no un país, y fueron aztecas, no mexicanos.

 

Sobre los escombros mexicas se comenzó a construir un medieval reino llamado Nueva España, donde no había mejor súbdito de la Corona y vasallo de la Iglesia que la población indígena… México seguía sin existir. En el siglo XIX, y a causa de diferencias políticas e ideológicas relacionadas con la invasión de Napoleón a España, los descendientes de los conquistadores se liberaron de España, fue así como el 27 de septiembre de 1821, el reino llamado Nueva España dejó de existir para dar lugar al Imperio Mexicano, que en 1824 se convirtió en República…, y entonces tenemos un México.

 

¿Qué independencia y cuál proyecto?

 

1810 es el año que nos dan como momento de la Independencia de México, y desde ahí hay que comenzar a hacer las correcciones históricas; ya que en ese año nuestro país seguía siendo la Nueva España y estaba aún bajo domino español. México no fue independiente sino hasta 1821.

 

En 1810 lo que hubo fue un levantamiento popular encabezado por Miguel Hidalgo…, mejor dicho, cuyo liderazgo arrebató Miguel Hidalgo a Ignacio Allende. El teniente Allende y una serie de criollos importantes organizaban una conspiración para sacar del poder a los peninsulares y formar ellos una junta de gobierno en nombre de Fernando VII; pero su idea era tener pocas tropas, disciplinadas, apoyo de clase alta, y presionar a los peninsulares con la menor violencia posible.

 

Cuando el movimiento fue descubierto, Hidalgo, sin consultarlo con Allende, hizo sonar las campanas de la parroquia de Dolores e invitó al pueblo a saquear a los “gachupines” del pueblo, y seguir con el saqueo por otras ciudades. Nunca en su llamado grito usó la palabra México, o la palabra libertad, o la palabra independencia. Eso sí, ¡qué viva Fernando VII!

 

Dicho movimiento no pretendía la independencia ni la consiguió, pero por azares del destino y las decisiones de los que mandan, esa quedó como fecha de independencia, y el cura Hidalgo fue elevado al rango de Padre de la Patria.

 

El movimiento de Hidalgo fue absolutamente frustrado y duró solo cuatro meses; desde su grito en septiembre, hasta enero en que fue fatalmente derrotado. Pero nos dice la versión oficial que fue él quien encendió la llama de la libertad. Lo cierto es que antes de 1810 hubo otros movimientos que buscaban la separación política de España, y que también fracasaron; hubo varios en 1808, e incluso desde el siglo anterior hubo grupos de criollos que buscaron la libertad. Sin embargo, por un simple capricho se decidió que el de 1810 fue el que marcó el inicio de la guerra, cuando en realidad se pudo optar por 1808 o hasta 1799, años en los que hubo  rebeliones.

 

Pero además, Miguel Hidalgo no buscaba la independencia de México, y eso se hace evidente en algo tan simple como el famoso grito. Hoy gritamos “Viva México”, pero el señor Hidalgo, además de vivas a la virgen de Guadalupe y mueras al mal gobierno (en referencia a José Bonaparte), comenzó su arenga gritando ¡Viva Fernando VII!, que era precisamente el rey de España. Pensar que un movimiento contra España comience homenajeando a su rey es simplemente contradictorio.

 

A esto hay que sumar que Hidalgo jamás hizo una declaratoria de independencia ni llevó a cabo actos encaminados a formar un nuevo gobierno; no formó un ejército mexicano que luchara contra uno español, sino que unió a una turba iracunda que no sabía nada de la independencia y cuya única motivación para luchar era el despojo y el saqueo que Hidalgo les permitía llevar a cabo en cada pueblo y ciudad.

 

Esa fue la razón por la que Allende tuvo problemas con Hidalgo desde el 16 de septiembre, él nunca estuvo de acuerdo con los métodos de Hidalgo; ni con su intempestivo levantamiento, ni con permitir el saqueo, ni con matar españoles civiles sólo para regocijo de la multitud. Esa fue la razón por la que incluso intentó envenenarlo, por eso lo arrestó desde comienzos de 1811, y por eso se refería a él como “el bribón del cura”.

 

El general Morelos, quien luchó una guerra totalmente distinta, con personas muy distintas, y quien tuvo un solo contacto con Hidalgo en toda su vida, sí tuvo un proyecto de Nación, el cual quedó plasmado en el documento llamado Sentimientos de la Nación. Él sí proclamó la independencia y formó un gobierno…, pero Morelos murió en 1815 y con él todo su movimiento.

 

Para ese año, sus principales seguidores, como Hermenegildo Galeana y Mariano Matamoros, ya habían muerto por la causa; y otros como Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria tuvieron que esconderse para no ser capturados por las autoridades virreinales españolas, que para 1820 seguían controlando la totalidad de Nueva España. 

 

Otros de los Insurgentes, como Nicolás Bravo e Ignacio López Rayón, luchaban entre sí. No había un proyecto y ni siquiera estaba clara la idea de independencia; muchos seguían con la idea de traer a gobernar al rey de España, Fernando VII. La idea de una república independiente estaba en una sola persona, Guadalupe Victoria, quien perseguido por las autoridades virreinales, tuvo que pasar 30 meses escondido en las montañas.

 

En 1820 fue una persona completamente distinta, Agustín de Iturbide, quien decidió encabezar la causa de la Independencia de Nueva España; fue él quien dio al país el nombre de México y quien formó la bandera tricolor. También tenía un proyecto de nación que dejó por escrito en un documento conocido como el Plan de Iguala, donde hablaba de la libertad y de la imprescindible unión de todos los habitantes del reino.

 

Iturbide ganó su guerra gracias al apoyo de los altos militares virreinales, criollos todos ellos, quienes decidieron sumarse a su proyecto, que tuvo además el apoyo de la clase alta, los comerciantes y de la Iglesia. Él fue quien desfiló con un ejército triunfante por la ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, y quien al día siguiente firmó el Acta de Independencia. ¿Quién recuerda esa fecha?

 

Pero el proyecto de Iturbide, en ese momento avalado por prácticamente todos los sectores sociales, era formar un Imperio; más aún, la clase alta que lo apoyó para lograr la separación política de España, tenía un proyecto muy simple: liberarse de España, pero mantener intactas las estructuras políticas, económicas y sociales del nuevo país; es decir, seguir como clase superior y privilegiada en un país donde todos los demás siguieran a su servicio. Mantener las castas, los fueros, la intolerancia religiosa y el sistema de servidumbre. 

 

Esa fue la independencia que se obtuvo, con lo que obviamente, ya sin España de por medio, todos los oprimidos del reino, ahora imperio, seguían igual de oprimidos que bajo el dominio español, y lentamente fueron surgiendo los problemas. Muchos de los que apoyaron a Iturbide para ser emperador, como Vicente Guerrero y Nicolás Bravo, se pusieron en su contra y lucharon por derrocarlo. El nuevo país independiente seguía en la guerra y el caos. En 1822 fuimos imperio; en 1823, los que lograron la independencia ya peleaban por el poder. No hemos dejado de pelear por el poder desde entonces.

 

La idea de un pueblo unido se tiene que llevar al discurso histórico para generar nacionalismo, por eso se nos ha presentado siempre el movimiento de Independencia como uno de los momentos fundacionales de nuestra nacionalidad, donde durante 11 años, un pueblo luchó unido por su libertad y finalmente triunfó. Nada más alejado de la verdad.

 

En 1821 se liberó Nueva España y se convirtió en México, pero definitivamente, ese movimiento generado por criollos, hispanos finalmente, jamás significó la vuelta a un pasado indígena, y mucho menos la independencia de los aztecas, que fueron los conquistados en el siglo XVI.

 

La Independencia suele ser manejada en la historia oficial como un proceso unificado, dirigido por unos “héroes” de fines de la época colonial, movidos por el ideal de liberar a México del yugo español, y a los mexicanos de los gachupines. Pero el movimiento iniciado por Hidalgo, con las motivaciones de los primeros insurgentes, no tuvo mucho que ver con el movimiento de consumación de la Independencia que se dio 11 años después, y que fue encabezado por Iturbide, con ideas del todo distintas, y representando a la aristocracia novohispana. Las ideas que este último representaba, no eran suyas en exclusiva, sino las del grupo elitista que logró consolidar lo que conocemos como Independencia nacional. 

 

Se insiste en una sola Guerra de Independencia donde los mexicanos, unidos, lucharon por su libertad, pero ¿cómo es que en una sociedad tan jerarquizada, tan excluyente y tan racista como la de principios del siglo XIX, podría darse un movimiento de independencia tal y como se plantea tradicionalmente, un movimiento de mexicanos contra los españoles?; es decir, esa sociedad que vivía en la total desunión y donde no se compartía la idea de patria o nación o el concepto de México, no pudo haber luchado unida por la libertad de ese México. ¿Será nuestra sociedad actual menos jerarquizada y excluyente que la de entonces, más unida, más mexicana y con sentido de lo mexicano? 

 

Tendríamos que detenernos a pensar que la Independencia no fue hecha por los mexicanos en general, ya que una sociedad tan polarizada, tan de grupos, no podía unirse para nada, y menos para conspirar contra el poder establecido. Había entonces, como hoy, muchas maneras de ser mexicano. De un lado, por ejemplo, un rico minero, noble, dueño de haciendas y demás propiedades; del otro, un indio que solo poseía un calzón de manta y unos viejos huaraches. Ambos sujetos no pudieron tener el mismo nivel de participación en la Independencia, porque la dependencia que tenían con respecto a España les representaba cosas distintas, el concepto mismo de libertad significaba cosas distintas.

 

La historia tradicional no nos deja claro todo eso, y nos presenta un proceso de independencia como hecho por “los mexicanos” sin más, dejando oculta la verdadera motivación del grupo que logró la Independencia de México. Los criollos, que por muy creadores que fueran de ese nacionalismo mexicano, de ninguna manera se pensaban iguales a los otros mexicanos: los mestizos y los indígenas.

 

Los criollos independentistas no pensaban en liberar a los indios de servirles, sino que la Independencia la concibieron como un movimiento que los liberaría a ellos de la sujeción a España. Para los de abajo, la independencia no significaba cambio alguno; con el mandato en Madrid o en la ciudad de México, el peón seguía en la misma servidumbre. 

 

En aquellos lejanos tiempos vivía en México el hombre más rico del mundo, Pedro Romero de Terreros, dueño de grandes minas y miembro de la más alta aristocracia. ¿Será posible que el hombre más rico del mundo, en un país de desigualdad e injusticia social, pueda compartir un proyecto de nación con el minero miserable al que él mismo explota?

 

Muy poco ha cambiado la realidad social de México en dos siglos. En un país así nunca podrá haber un proyecto unido de nación, y el pueblo jamás estará unido luchando por el país, sino por privilegios de grupo. A un montón de grupos diversos, distintos y distantes, sin proyecto común, no puede llamársele país. Quizás ha llegado el momento de construir una patria de verdad, antes de festejar superficialmente su independencia. 

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