¿Por qué nos sigue matando el sida en 2020? | Newsweek México


¿Por qué nos sigue matando el sida en 2020?



Muchas personas que ya saben que viven con VIH no toman su tratamiento por miedo a ser estigmatizadas.

DURANTE MUCHOS AÑOS me he preguntado: ¿Como asociaciones que nos dedicamos a la prevención del VIH qué es lo que estamos haciendo mal? ¿Qué errores estamos cometiendo al transmitir el mensaje a nuestra población LGBT+, en especial a los jóvenes? ¿Serán fallas de comunicación? ¿Poco interés de las personas en el mensaje? ¿Se perdió el miedo a contraer el VIH?

La respuesta es que, en pleno 2020, tenemos toda la información a la mano y cientos de grupos, asociaciones y activistas nos dedicamos a hacerle llegar a la gente todas las herramientas para tener la información precisa, digerida; hacemos campañas, salimos en medios, nos apoyamos en la tecnología para asegurarnos de que la mayor cantidad de personas puedan tener claro que hoy, si te detectan VIH, no es una sentencia de muerte.

Hoy sabemos que cualquier persona que toma sus medicamentos tiene buena adherencia y se vuelve indetectable es imposible que transmita el virus. También sabemos que existen métodos de prevención como el condón, más recientemente el PREP (profilaxis postexposición) y el PEP (profilaxis preexposición), que funcionan como herramientas clave en la prevención de transmisión del virus.

Si todo esto lo sumamos, la lógica nos diría que en 2020 ya nadie debería contraer VIH y ya nadie debería morir de sida, pero ¿qué está pasando? Las respuestas son claras y contundentes. En primer lugar, considero importante destacar en este artículo la salud mental de nuestra comunidad y las implicaciones que esta tiene en las decisiones que tomamos en el sexo. La comunidad LGBT+ debemos comenzar a entender la importancia de estar conscientes de lo que vivimos durante nuestras infancias y adolescencias. Claramente, todos vivimos experiencias muy distintas, diversas, y pasamos por procesos que generalmente el grueso de la población heterosexual no tiene que vivir. El simple hecho de salir del clóset con tus amigos y familiares, el bullying que la mayoría de las juventudes LGBT+ experimenta hasta la fecha, la educación religiosa y la vergüenza, el machismo, la presión para encajar en un grupo y las consecuencias que esto trae en nuestra vida como adultos. Crecer siempre con el miedo de adquirir el VIH por lo estigmatizada que está esta condición y las repercusiones que esto podría traer en nuestra vida. Posteriormente, encajar en círculos gais en donde se imponen ciertos estándares de cómo tienes que verte, comportarte, el uso de drogas en muchos casos, entre miles de situaciones más que muchas personas experimentan de manera individual.

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Todos estos factores influyen e impactan directamente en nuestros comportamientos sexuales y en cómo los enfrentamos. Quizás el exponernos tanto a prácticas de riesgo sea una consecuencia de haber tenido que pasar por todas estas situaciones, no lo puedo afirmar con seguridad, pero sí hay una conexión profunda con el tema. Hace poco leí una idea en Facebook que me gustó muchísimo y creo que resume bastante bien todo este tema: “Las personas queer no crecemos como nosotros mismos, crecemos jugando a ser una versión de nosotros que sacrifica nuestra autenticidad para minimizar la humillación y el prejuicio. El gran reto en nuestra vida como adultos es reflexionar y escoger qué partes de nosotros son realmente nuestras y cuáles son las que creamos para protegernos”.

En segundo lugar, la gente no se está examinando, no se está haciendo la prueba y, por lo tanto, sigue transmitiendo el virus. ¿Por qué esperarnos tanto para conocer nuestro estatus serológico? ¿Conocemos realmente las consecuencias que esto puede traer a nuestra salud y a la de la gente que nos rodea? ¿Si tenemos ya toda la información acerca del virus por qué el miedo a saber nuestro resultado? Creo que es difícil encontrar la respuesta a estas preguntas. De lo que sí estoy seguro es que debemos dejar de hacérnoslas y actuar. Hacernos la prueba.

En tercer lugar, sigue existiendo el estigma hacia el virus y la enfermedad. Muchas personas que ya saben que viven con VIH no toman su tratamiento por miedo a ser juzgadas, rechazadas o estigmatizadas. Por más increíble que nos parezca, hay muchas personas que son conscientes de su estado serológico (reactivo) y, aun así, deciden no tomar el tratamiento por miedo a ser vistos en la Clínica Condesa o en algún hospital público recogiendo sus medicamentos.

UN RETO DOBLE

En Impulse México hemos trabajado con casos de amigos y compañeros que han vivido esta discriminación y acoso en carne propia y nos han compartido sus historias, y con otros más que desafortunadamente hoy no viven para contarlo. Esto es un reto doble que debemos resolver como población LGBT+. Las personas que no toman su tratamiento desarrollan sida y mueren, sí: hoy, en el 2020, mueren de sida.

¿Cómo podemos detener esta tendencia? ¿Cómo podemos asegurarnos, con el trabajo que realizamos, de que nadie muera de sida o transmita el virus? La respuesta aquí, nuevamente clara y contundente, es perder el miedo. ¿A qué? Tenemos que dejar de tenerle miedo a las personas que viven con VIH, miedo a que nos vayan a transmitir el virus; si te cuidas (usas condón o PREP) esto no va a pasar, y si no te cuidas tienes 72 horas para tomar PEP y siempre realizarte la prueba de VIH después de esta relación de alto riesgo.

Tenemos que aprender a no juzgar a las personas que viven con el virus y, por lo tanto, no estigmatizarlas ni empujarlas a tomar una decisión que puede arriesgar su vida. Tenemos que aprender y reflexionar que el VIH es una condición médica como cualquier otra con la que ya no deberíamos de estar luchando. Si toda la población LGBT+ tuviera claros estos puntos, probados científicamente y con amplia evidencia, el día de hoy no estaríamos hablando ya de VIH ni de sida como un problema de salud pública.

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En nosotras y nosotros está la llave para que podamos detener las transmisiones. Seamos firmes, el problema no son las personas positivas que sí toman su tratamiento, sino las personas que nunca se realizan la prueba y siguen manteniendo relaciones sexuales sin protección, así como un problema aún mayor: seguimos viviendo en una sociedad que estigmatiza, está poco informada y discrimina a las personas de nuestra comunidad. Ayúdanos a acabar con el VIH y el sida de aquí a 2030. Hagámonos responsables y contribuyamos con un granito de arena a nuestra sociedad, en verdad es de gran importancia entenderlo. Establezcamos juntos, como comunidad, esta meta tan importante para evitar más contagios y muertes.

Para cerrar me gustaría hablar de la parte positiva, en lo que sí hemos avanzado. Actualmente nos enorgullece ver que ya cada vez más jóvenes comienzan a hablar del tema con más naturalidad y se ha abierto la conversación. La palabra VIH ya es escuchada en grupos de amigos en primarias y secundarias, comenzamos a ver noticias no alarmantes que utilizan el lenguaje adecuado, vemos personajes de series de televisión populares que viven con VIH y son indetectables, personas que comienzan a mostrar la cara orgullosamente para contar sus historias de vida sin vergüenza, sin tapujos y con mucha valentía. Todo esto gracias a cientos de activistas, grupos y organizaciones que nos han abierto el camino durante años.

Las cosas no cambian mágicamente y el sudor, pasión, entrega y demanda por la visibilidad del tema de todas estas personas es la razón por la que hoy podemos vivir todo esto y seguir trabajando para ver más cambios.

Con todo esto no trato de decir que ya no hay camino que recorrer, nos falta muchísimo, pero podemos ver esa luz cada vez más cerca. Y tengo la esperanza de que juntos vamos a lograr nuestro objetivo de llegar a ver en un futuro no muy lejano un mundo sin sida. 

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Alejandro Reyes es director de Impulse América Latina.

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