Desazón, y esperanza, en uno de los países más pobres del mundo


Desazón y esperanza en Sierra Leona, uno de los países más pobres del mundo

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En 2018, el presidente estadounidense Donald Trump preguntó: “¿Por qué todas esas personas provenientes de países que son cagaderos vienen aquí?”. Esa indirecta no tan sutil, según la cual las personas pobres de los países pobres son inferiores a las personas ricas de los países ricos, indignó, y con razón, a la mayoría de las personas. 

Pero esa pregunta también conlleva una verdad incómoda. Muchos países son realmente lugares terribles para vivir, especialmente aquellos que se encuentran en los últimos peldaños de la escala socioeconómica. 

No existe ninguna definición oficial de la palabra “cagadero” utilizada por Trump, pero sabemos a qué países se refiere. Países pobres, violentos y, principalmente, con habitantes de piel morena. Guatemala, Sudán, Yemen, Myanmar, Nigeria, Haití, Bangladés, Pakistán. Por otra parte, la mayoría de los países que encajan en la definición de Trump se encuentran en África subsahariana.

Aun cuando el bienestar en todo el mundo ha aumentado, estos atribulados países se hunden cada vez más. Nada de lo que hacemos parece ayudar. Durante los últimos 50 años, las naciones desarrolladas han desembolsado más de 3,000 billones de dólares en ayuda oficial para los países en desarrollo. Nadie sabe cuánto más se ha proporcionado en ayuda humanitaria y militar, o cuánto han aportado las organizaciones privadas. Y, sin embargo, personas desesperadas continúan llegando en masa a la frontera sur de Estados Unidos.

Resulta tentador construir un muro y decirles a los países en desarrollo que se las arreglen como puedan, como lo habría hecho el presidente de Estados Unidos. Sin embargo, no podemos hacerlo. No tenemos ninguna forma de aislarnos de sus problemas: la deforestación. El sida. El ébola. El terrorismo. Las drogas. Las pandillas. La inmigración ilegal. Los desastres ecológicos. Y ellos tampoco tienen formas de protegerse de nosotros: el cambio climático. El abuso a los trabajadores. Los desechos tóxicos. La explotación sexual. Ningún muro logrará separar nuestros mundos.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Aumentar la financiación para las Metas de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas? ¿Dar estímulos fiscales para fomentar la inversión privada? ¿Dar acceso preferencial a los mercados occidentales? ¿Expandir el Cuerpo de Paz? ¿Todo lo anterior y más? Gracias a mi carrera de comercio internacional, he trabajado en decenas de países de Europa, Australasia, África y América. He trabajado para las más grandes corporaciones del mundo, así como para ONG como el Banco Mundial. En el proceso, he hablado, literalmente, con miles de expertos en desarrollo, ejecutivos y líderes gubernamentales sobre el desarrollo. Nadie cree que aumentar la ayuda funcionará.

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Para averiguar qué es lo que sí funcionaría, dirigí mis pasos a África. En particular, a Sierra Leona, un pequeño país en la costa oeste de ese continente, famoso por el ébola y por sus diamantes sangrientos. Es una de las naciones más pobres del mundo, y ocupa el lugar 184 de un total de 189 en el Índice de Desarrollo Humano, muy por debajo de países como Haití e Irán. Durante siglos, Sierra Leona ha sido el epítome de la desesperanza. En 1827, el popular escritor Frederick Chamier escribió que había viajado mucho, y “nunca conocí ni oí mencionar un lugar tan infame e inicuo”. Hace 25 años, Robert Kaplan lo utilizó como el caso de prueba en su influyente artículo “The Coming Anarchy” (La anarquía que viene). Centroamérica es una región próspera comparada con Sierra Leona.

Sin embargo, también es un país que podría ser un modelo de renacimiento económico.

Y tenía otra razón para centrarme en Sierra Leona. Viví ahí con el Cuerpo de Paz hace casi medio siglo. Tenía una línea de referencia a partir de la cual podía medir el progreso de Sierra Leona, o la falta de él. Y tengo un interés particular en el asunto, pues ahí viven amigos de los que no he sabido nada desde la guerra. Así que, en 2018, regresé a la profundo del bosque, donde los periodistas e incluso los trabajadores humanitarios, pocas veces van, a hablar con personas con las que los académicos y los expertos no hablan. Me enfrenté cara a cara con una realidad que era mucho más desalentadora y desesperada de lo que había esperado, pero, al mismo tiempo, me convencí de que la solución estaba ahí, pero no consiste en seguir haciendo lo mismo que se ha hecho y que no ha funcionado durante cientos de años.

Mi viaje comenzó en la ciudad capital de Freetown, que se hizo famosa por el libro Blood Diamonds (Diamantes sangrientos). Opté por viajar por el país como lo hacen los habitantes pobres, usando el transporte público y a pie, comiendo lo que pudiera encontrar a lo largo del camino. El prominente empresario Alfred Gborie me dijo que era “una muy mala idea”. Tenía razón.

“Encontré un país que no estaba ni un poco mejor —escribe nuestro corresponsal— que aquel del que salí hace casi medio siglo”. En la imagen: vista de Freetown, Sierra Leona. Foto: Chris Jackson/Getty

Sierra Leona es, aproximadamente, del mismo tamaño que Carolina del Sur y tiene forma redonda, con dos orejas como las de Yoda que sobresalen a ambos lados. La oreja izquierda es el Área Occidental, donde se encuentra Freetown. Mi destino era la oreja derecha, la dura ciudad fronteriza de Kailahun, donde comenzaron la guerra y el ébola. Los pocos estadounidenses que viajan más allá de Freetown suelen alquilar un vehículo Land Cruiser con conductor y aire acondicionado. No se trata solo de la comodidad. Los caminos más pequeños son una pesadilla de rocas, surcos y barro. Los vehículos se despedazan. Los conductores suelen estar borrachos. Y aún hay por ahí muchos combatientes desempleados. Todo el mundo sabe que los visitantes llevan fajos de efectivo debido a que los pagos electrónicos no se utilizan en el interior del país. Kaplan dijo que las ciudades de África Occidental en la noche son “algunas de las más inseguras” de la Tierra.

Mirar hacia el precipicio

Pero yo quería ver el país como lo viven sus residentes, mirarlo y viajar por él, como lo vi en el Cuerpo de Paz.

Así que comencé mi viaje en un mototaxi. El conductor llevaba un casco de futbol americano sin correa. Era demasiado grande y le resbalaba por toda la cabeza. Ocasionalmente, levantaba una mano y le daba un rápido giro, acomodando la mirilla para poder ver. Zigzagueamos y nos precipitamos entre los autos, virando para esquivar a los peatones, acelerando rápidamente hacia muros de tránsito aparentemente impenetrables y, de alguna forma, emergiendo del otro lado.

Cuatro vehículos después, nos apretujamos en una atestada poda-poda, que es como llaman a las minivanes. Yo me senté en un asiento plegable. Junto a mí, acuclillado en un pequeño banco de madera, iba el adolescente cuyo trabajo consistía en atraer a los pasajeros, acomodarlos y recoger la tarifa. Cada pocos metros bajaba del vehículo y me daba su banquito para que se lo detuviera hasta que arrancábamos de nuevo. Al girar en cada curva, el vehículo, más pesado en su parte superior, se mecía hacia fuera, y yo miraba hacia el precipicio situado encima de los techos de las casas que colgaban a los lados de las empinadas quebradas.

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La poda-poda nos dejó en Pee Zed, llamada así en honor a una casa comercial que se encontraba ahí. Pee Zed estaba atiborrada de puestos y gente. Las paredes de los edificios estaban negras de hollín y, en la calle, la basura llegaba hasta los tobillos. Un agrio hedor salía de las alcantarillas abiertas. Los vendedores se empujaban unos a otros, llevando de todo, desde artículos electrónicos hasta ropa y herramientas, poniendo muestras en la cara de los posibles compradores. A lo largo de la calle, había porches atestados de tiendas, anuncios y clientes. Estaban por encima de la masa de gente, detrás de frágiles rejas. Los vendedores llevaban pequeñas bocinas de baterías con mensajes pregrabados como “¡Lo mejor de lo mejor está aquí y no te lo puedes perder! ¡El mejor precio! ¡El mejor precio!”. Los vehículos tocaban la bocina para abrirse paso entre la multitud. Era ensordecedor.

Tomamos otra miniván hacia un suburbio exterior donde nos apretujamos en un destartalado autobús. Treinta y cinco personas en 20 asientos. Varios niños dormían en el piso al lado de cestas de paja que contenían pollos. Mis piernas estaban embutidas en un espacio tan estrecho que uno de mis pies estaba encima del otro. Todo olía a sudor, comida en mal estado y excremento de pollo.

El autobús resollaba lentamente por las colinas, deteniéndose para descargar o recibir pasajeros. Cuando comenzó a llover, pude sentir cómo la parte posterior del vehículo resbalaba. Un niño con un sucio trapo limpiaba el vapor condensado del parabrisas frente al conductor. Fue uno de los peores viajes que he tenido: incómodo, peligroso, interminable. Nos tomó 13 horas y nueve cambios de vehículos recorrer 321 kilómetros, viajando de noche, apretujados en un autobús donde hacía un calor sofocante. Pero para los habitantes pobres de un país pobre, no era más que un día como cualquier otro.

Nada había cambiado mucho desde mis días en el Cuerpo de Paz.

“Este país tiene un gran potencial. Mira a Singapur. Es todavía más pequeño y no tiene ningún recurso natural”, me dijo un funcionario estadounidense. Se trata de una respuesta simplista y engañosa, un poco como decirle a un niño de tercer grado que cualquiera puede ser presidente.

En la década de 1960, Singapur y Sierra Leona se encontraban aproximadamente en el mismo lugar desde el punto de vista económico. El dinero inteligente se le habría apostado a Sierra Leona y no a Singapur, que combatía al comunismo y acababa de ser expulsada de la Federación Malasia. Sierra Leona tenía un gobierno elegido democráticamente. Sierra Leona era rica en minerales. La tecnología de la Revolución Verde prometió aliviar el hambre y la pobreza. Pero eso no ocurrió. Hoy Singapur es uno de los países más ricos del mundo. El Libro de Hechos de la CIA clasifica a 229 países según su PIB per cápita. Sierra Leona ocupa el lugar número 219.

¿Por qué los destinos de estos países divergen tan espectacularmente? Hay publicaciones enteras dedicadas a explicar por qué Sierra Leona y otros países africanos se han quedado a la zaga. Las teorías se clasifican en tres categorías. Es culpa de los africanos. Es culpa de los blancos. No es culpa de nadie.

La esclavitud, el colonialismo y la desestabilización de los gobiernos destrozaron al continente africano. En la imagen, Eduardo VIII, Príncipe de Gales, recorre Freetown en 1925. Foto: Keystone/Getty

Algunas personas creen que los culpables son los africanos y la cultura de ese continente. Unos cuantos lo dicen abiertamente, como el presidente Trump, que quiere más inmigrantes de Noruega y que los afroestadounidenses que levantan la voz vuelvan por donde vinieron. Otras personas tienden a ser más, eh, diplomáticas. Pero logran transmitir su mensaje. En la revista Commentary, Daniel Schatz atribuye el éxito económico de Suecia al hecho de estar poblada de escandinavos que poseen una “ética laboral protestante”. En otras palabras: gente muy blanca.

Un argumento menos detestable es que los africanos han elegido a pésimos líderes y han construido instituciones débiles. Muchos líderes africanos siguen el modelo del “gran hombre” que favorece el clientelismo y rehúsa estar limitado por la ley o por las convenciones. Distintas facciones se intercambian el control del gobierno, y cuando están en el poder, toman turnos en el abrevadero público. Las elecciones no son honestas, y quienes están en el poder no acatan sus resultados. Existe una pésima gobernabilidad. Los fondos públicos se dispersan en proyectos mal fundados. No hay rendición de cuentas. El sector público es corrupto. Las economías se ven obstaculizadas por malas políticas que inhiben la competencia y crean condiciones desfavorables para la inversión.

La esclavitud corroe

Sin embargo, para muchas personas, esto es culpar a la víctima. Señalan, en cambio, a los europeos, e incluso a los estadounidenses. Este sentimiento está muy difundido entre los profesionales de la ayuda humanitaria y entre los africanos mismos. En el Congo, un reportero de El Mundo fue amenazado por milicianos que le gritaron: “Ustedes los blancos son la causa de todo lo malo que ocurre en África”. No de todo, quizás, pero sí de mucho: la esclavitud, el colonialismo, la desestabilización de los gobiernos durante la Guerra Fría.

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Como lo han experimentado los estadounidenses desde hace 400 años, la esclavitud corroe todo lo que toca. Más de 12 millones de africanos fueron secuestrados y exportados como esclavos. Fueron comprados con armas, lo que produjo un conflicto interno interminable. El colonialismo fue casi igualmente destructivo. Cuando los europeos se reunieron en Berlín en 1884 para dividirse África, las fronteras se establecieron con base en los reclamos europeos y en divisiones naturales, como los ríos. Las nuevas colonias contenían muchos grupos étnicos distintos y territorios étnicos que atravesaban las fronteras coloniales, confundiendo las ideas de nación. Sierra Leona tiene al menos 16 grupos étnicos. Esta fue la receta perfecta para la fragmentación y el conflicto perpetuo.

Existe una tercera explicación para el predicamento de África: “No es culpa de nadie”. Jared Diamond y Jeffrey Sachs han escrito libros muy exitosos donde afirman que el verdadero villano es la geografía. En Guns, Germs, and Steel (Armas, gérmenes y acero), el libro de Diamond galardonado con el Premio Pulitzer, el autor afirma que Asia tiene trigo y cebada, y animales como caballos, que pueden ser domesticados, mientras que África tiene cebras, que son imposibles de domesticar. Diamond postula que el Desierto del Sahara crea una barrera física que impide que los avances lleguen hasta el sur. Sachs ha afirmado que las causas son la geografía y el clima, es decir, carecer de salida al mar y tener un clima tropical. 

El problema es que, así como Einstein no logró hallar una “teoría de campo unificado”, nadie ha logrado crear una Gran Teoría de Unificación de Por Qué África Está Tan Jodida. La respuesta más probable es que no se trata de un solo factor, sino de una acumulación de ellos. Retomemos la comparación con Singapur. Este país es tropical. Tiene muchos grupos étnicos y se independizó del Reino Unido más o menos al mismo tiempo que Sierra Leona. La corrupción es endémica en la parte del mundo donde se encuentra Singapur. No hay tampoco muchos escandinavos. Entonces ¿por qué Singapur tuvo éxito y Sierra Leona fracasó?

Hay varias diferencias. Singapur se encuentra en una importante ruta comercial. Adoptó el capitalismo mucho tiempo antes que la mayoría de las naciones en vía de desarrollo, lo que le dio una ventaja sobre el resto de África. El mundo era un lugar distinto entonces, por ejemplo, la subcontratación en el extranjero apenas comenzaba. Y Singapur tenía a Lee Kuan Yew. Podría decirse que Lee, el primer primer ministro de Singapur, fue uno de los más grandes líderes del siglo XX. También fue, en palabras de Glenn Hubbard, exdecano de la Escuela de Negocios de Columbia, “sui generis”, es decir, único.

Representación de la captura de esclavos en África en el siglo XIX. Foto: Universal History Archive/Universal Images Group/Getty

Sierra Leona proporciona argumentos sólidos para cada una de las tres teorías: malos africanos, malos europeos, o mala suerte. Escoge tú. La democracia instaurada por los británicos resultó ser frágil y fue destruida por rivalidades étnicas. Siaka Stevens llegó a la presidencia en 1971. Los habitantes de Sierra Leona califican a su régimen como “la plaga de langostas de 17 años”. Abolió la democracia e institucionalizó la corrupción a una escala pocas veces vista incluso en África: sobornos, desfalcos y, sobre todo, el robo de diamantes. El país tiene la buena suerte de ser rico en recursos minerales, pero tiene la mala suerte de que entre ellos se encuentran los diamantes, que son absurdamente fáciles de robar y de transportar. Un portafolio de diamantes de alta calidad vale 125 millones de dólares, más o menos lo mismo que un buque tanque de petróleo crudo. Stevens llegó a ser uno de los hombres más ricos del continente.

En 1991, fuerzas bajo el mando de Foday Sankoh, un antiguo preso político, cruzaron la frontera con Liberia, iniciando una guerra civil. Los jóvenes desempleados acudían en tropel a Sankoh con la promesa de recibir un pago. Fue un saqueo de 11 años. Incluso los tipos buenos saqueaban y robaban. Los habitantes de la localidad llamaban a los soldados “so-beldes”, es decir soldados de día que se hacían pasar por rebeldes por las noches para violar y robar. Los soldados nigerianos estaban ahí como parte del Grupo de Supervisión de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, o ECOMOG, por sus siglas en inglés. Los habitantes decían que este acrónimo en realidad quería decir “Every Car or Moving Object Gone” (Todo auto u objeto móvil ha desaparecido). Ambos bandos cometieron atrocidades. Violaciones y asesinatos. Canibalismo. Mutilación. Y después de la guerra, vino el ébola.

Muchos de los efectos de la guerra y del ébola aún pueden sentirse hoy, una generación después. Los amputados se arrastran en muletas hechas con palos. La alfabetización se encuentra por debajo de los niveles anteriores a la guerra debido a que 1,270 escuelas fueron destruidas y 67 por ciento de los niños fueron obligados a dejar la escuela. Las ciudades y poblados grandes crecieron en forma desmedida mientras la población huía hacia el campo. Una vez que terminó la guerra, muchas personas se quedaron, poniendo al límite una infraestructura que ya era insuficiente. Las empresas se fueron. Se perdieron registros. Aún no existe un servicio postal. La economía apenas se mantiene a flote gracias a la ayuda, proporcionada cada vez más por China, lo cual es una tendencia en toda África. (Esta es, quizás, la razón por la que el gobierno de Trump desechó los planes para cerrar la OPIC, que es el organismo que facilita la inversión privada en los mercados en desarrollo.) 

Y esos son solo los efectos visibles. Diez mil niños se convirtieron en soldados. Un diplomático estadounidense dijo que el país sufre “un trastorno de estrés postraumático a escala nacional”.

Los detalles pueden variar, pero gran parte de África se encuentra en un estado similar. Sesenta y ocho por ciento de los países africanos se encuentran en el cuartil más bajo del PIB per cápita. Solo una nación subsahariana logra ubicarse en el cuartil superior: Guinea Ecuatorial, y esto, a duras penas. Ninguna nación de África subsahariana se encuentra en el nivel superior del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. Las naciones africanas dominan el fondo de esta lista, con 32 de los 48 lugares. Botswana, el mejor país de África subsahariana, se encuentra siete espacios por debajo de República Dominicana y más de 50 lugares por debajo de Irán. El Índice de Estados Frágiles clasifica únicamente a un país de todo el continente como “estable”. 

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¿Puntos luminosos?

Algunas personas insisten en que la situación no es tan mala como indican los números. Paul Collier, un reconocido experto en desarrollo internacional de la Universidad de Oxford, me dijo que existen puntos luminosos: Botswana. Etiopía. Ghana. Ruanda. También podríamos añadir a Sudáfrica a la lista. Naciones Unidas afirma que el Proyecto del Milenio (y su sucesor) han sido un éxito.

Otros son todavía más optimistas, como Jake Bright y Aubrey Hruby en su libro The Next Africa: An Emerging Continent Becomes a Global Powerhouse (La próxima África: un continente emergente se convierte en un motor global).

Eso no fue lo que encontré en Sierra Leona. Encontré un país que no estaba ni un poco mejor que aquel del que salí hace casi medio siglo. Y un lugar donde las personas no solo han perdido casas, vidas y partes del cuerpo, sino también sus recuerdos.

Lo descubrí cuando visité el pequeño poblado boscoso de Nyandeama. Fui ahí para buscar a mis viejos amigos del Cuerpo de Paz Bockrie Sallu y su hija. Lo último que supe de Bockrie, a través de una carta enviada a un amigo mutuo, fue en 1995. Decía que los rebeldes habían atacado y que su familia estaba segura y completa, con excepción de “mi hija Jeniba, que se ha perdido y a la cual no he vuelto a ver hasta ahora”. 

Llevé algunas fotos tomadas por mi amigo Guy Washington, otro exvoluntario del Cuerpo de Paz. Se las mostré al jefe del poblado. Sin hablar, extendió la mano. Le entregué todo el paquete. Miró lentamente cada una de ellas y, cuando terminó, se las entregó a la persona que estaba detrás de él. Sus manos comenzaron a temblar. La gente gritaba. Pronto se formó una multitud. Se pasaron las fotos unos a otros, golpeando con el dedo y riendo emocionados cuando reconocían a algún familiar. Las personas se pasaban cada fotografía en forma reverente, tomándola cuidadosamente por los bordes. Las miraban detenidamente, y algunas personas se secaban las lágrimas antes de pasar las fotos a la siguiente persona. Fue un momento maravilloso.

Observé una reacción similar en el poblado de Majoe, donde había estado emplazado. Cuando me fui, el jefe pronunció un discurso. “Gracias por venir. Gracias por los regalos que nos trajiste. Usaremos bien el dinero. Pero, sobre todo, gracias por traer esas fotografías. Nos has devuelto nuestros recuerdos”. 

La economía de Sierra Leona está “impulsada por los donadores”, es decir, depende de la ayuda extranjera, tanto de la Asistencia Oficial para el Desarrollo como de donadores privados. El país está inundado de trabajadores humanitarios misioneros que han venido a construir escuelas y caminos, instalar pozos y sistemas de energía solar, y a dar clases. Todas las estructuras públicas tienen un letrero donde dice que fueron construidas por un organismo humanitario. El problema es que la ayuda no funciona. Alivia el dolor de la pobreza, pero no la cura. 

Sierra Leona ha recibido ayuda continuamente desde 1787, cuando Freetown (Granville) fue establecida con financiación del Comité de Ayuda para los Negros Pobres, con sede en Londres. John Lahai, originario de Sierra Leona que ha trabajado en numerosos proyectos de asistencia, explicó el problema. La ayuda genera desperdicios, es ineficiente, fomenta la corrupción y destruye la capacidad de independencia de quien la recibe.

Sin embargo, no es fácil terminar con la dependencia de la ayuda. Collier calcula que la ayuda ha añadido alrededor de 1 por ciento al índice de crecimiento anual de los países más pobres durante los últimos 30 años, y que, sin esa ayuda, muchos de ellos habrían sufrido una grave decadencia. Si simplemente se interrumpiera mañana la ayuda a todo el continente, millones de personas morirían de hambre.

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Existe una alternativa evidente. Roger Meece, exembajador y director de la misión de Naciones Unidas en el Congo, señala que la respuesta es “empleos”. Y todo el mundo está de acuerdo en que la manera de crear empleos es tener un sector privado fuerte. La pregunta es: ¿cómo llegar allí?

¿Acaso Singapur y su legendario primer ministro, ya fallecido, Lee Kuan Yew, son un modelo para el renacimiento económico de Sierra Leona? Foto: Hulton-Deutsch Collection/Corbis/Getty

Una sugerencia es comenzar desde abajo. En 1961, África era autosuficiente en cuanto a su producción alimentaria. Para 2007, había un déficit de 20 por ciento. El economista ghanés George B. N. Ayittey desea regresar a aquella “era dorada de prosperidad para los campesinos”. Él apoya un modelo de desarrollo que va de la base hacia la cima, construido alrededor de los poblados y la agricultura. Su plan requiere proporcionar infraestructura básica y hacer uso de la microfinanciación. Muchos trabajadores humanitarios apoyan este enfoque. Peggy Murrah, directora del grupo Amigos de Sierra Leona, describe esa visión como “la dulce vida”.

Si bien resulta atractivo, es probable que ese enfoque resulte impráctico. La microfinanciación genera historias conmovedoras, como las que pueden leerse en el aclamado libro de Roger Thurow, The Last Hunger Season (La última temporada de hambre). Pero Collier señala que este tipo de financiación es demasiado pequeña para generar una diferencia. Existe poca tierra disponible para sostener una expansión de la agricultura de subsistencia. Gran parte de este tipo de agricultura es de tala y quema, en la que los agricultores cortan e incendian bosques nuevos cada año, lo cual es una pesadilla ecológica. Y hay un problema aún más grande: ¿las personas quieren ser campesinas? La agricultura de subsistencia es una vida de pobreza en la que el éxito significa tener lo suficiente hasta que llegue la próxima cosecha. Es un trabajo duro y brutal. Ninguno de los jóvenes con los que hablé quería ser parte de él.

Democracia por prosperidad

La alternativa consiste en crear una sociedad más moderna y urbana, financiada por un sector privado fuerte, es decir, la Solución de Singapur. En Ruanda, el presidente Paul Kagame se ha propuesto hacerlo. Ha atacado las cosas que desalientan a los inversionistas, como las malas condiciones de salubridad y la corrupción. Ha invertido en infraestructura y capacitación técnica, y ha instaurado el imperio de la ley para las empresas, garantizando el cumplimiento de los contratos. Ha trabajado para desarrollar a Ruanda como un país proveedor de servicios financieros y tecnología de la información. El resultado neto es que Ruanda se encuentra en el lugar número 29 del mundo según la clasificación del Banco Mundial debido a su facilidad para hacer negocios. De acuerdo con Patricia Crisafulli, coautora de Rwanda, Inc., este enfoque está funcionando.

¿Acaso esta fórmula funcionará en otras pequeñas naciones africanas como Sierra Leona? Quizá. Ruanda y Sierra Leona tienen muchas similitudes en cuanto a su tamaño, población y composición demográfica. En ambos países existen fricciones étnicas y las dos naciones se recuperan de distintos conflictos. Sin embargo, la solución de Ruanda no es gratuita. La organización sin fines de lucro Freedom House clasifica a Ruanda en un lugar muy bajo debido a que Kagame ha creado un Estado de un solo partido, ha sido reelegido con un sospechoso 98.8 por ciento de los votos y ha cambiado la constitución para que pueda mantenerse en el cargo hasta que cumpla los 77 años. Muchos de los habitantes de Sierra Leona con los que hablé estarían dispuestos a cambiar la democracia por la prosperidad. No obstante, el desafío consiste en encontrar al líder correcto. Se ha demostrado que a las naciones en vías de desarrollo les resulta fácil elegir a dictadores, pero no es tan fácil encontrar un Lee Kuan Yew, como lo hizo Singapur. Como dice Collier, “si la autocracia fuera una fórmula de éxito, las naciones africanas serían ricas”.

El presidente recién electo de Sierra Leona, Julius Maada Bio, intenta atraer al sector privado. Ha recorrido Estados Unidos y Europa diciendo a los líderes de negocios que Sierra Leona da la bienvenida a la inversión. Sin embargo, no es tan simple. Para que los negocios funcionen, necesitan las condiciones correctas. Un libre mercado sin reglas se transforma en cleptocracia. La Fundación Heritage publica una clasificación anual de “Libertad económica”, que es, de hecho, un indicador de cuán fácil resulta ser un capitalista o emprendedor en cada país. Hong Kong encabeza la lista, con una puntuación de 90.2. Estados Unidos tiene una puntuación de 76.8 y Sierra Leona únicamente 47.5, lo que la coloca en el lugar 167 de 180 países clasificados. Ocupa el lugar 42 de 47 en África.

De acuerdo con la Fundación, “un marco legal deficiente hace que los derechos de propiedad y los contratos estén en riesgo. No existe ningún sistema de propiedad de la tierra”. Tampoco existe ninguna forma establecida y transparente de resolver las disputas comerciales. Además, aún existe un gran problema: la corrupción. Los líderes de Sierra Leona lo saben. Son inteligentes y bien educados. Sin embargo, cosas como la titularidad de la tierra son empresas descomunales. Y no todo el mundo está de acuerdo con el cambio. Como dice Daron Acemoglu, catedrático del MIT y coautor, con James Robinson, del exitoso libro Why Nations Fail (Por qué fracasan las naciones) y de la obra de próxima aparición Narrow Corridor: States, Society, and the Fate of Liberty (Corredor estrecho: Estados, sociedad y el destino de la libertad), “Aunque el mal gobierno podría no funcionar para la mayoría, siempre funciona para alguien, y las personas para quienes funciona suelen ser quienes están en las más altas esferas”.

Ese es el problema de la mayoría de las naciones africanas. No existen las condiciones para un sector privado fuerte: un marco legal, infraestructura, conocimientos prácticos. Para hacer frente a estas limitaciones, en su libro The Aid Trap (La trampa de la ayuda), Glenn Hubbard y el coautor William Duggan sugieren un Plan Marshall para África. Se trata de una opción que va de arriba abajo y que requiere que las naciones desarrolladas financien una gran ráfaga de ayuda para establecer economías de mercado en todo el continente. Es análogo a lo que Estados Unidos hizo para apoyar la recuperación de Europa del Este después de la Segunda Guerra Mundial. Esa ayuda asumió la forma de inversiones en infraestructura, créditos e intercambios técnicos. Angela Merkel adoptó una versión africana más diluida en 2017 como una forma de disminuir la cantidad de refugiados económicos que llegaban en tropel a Alemania. Según su lógica, si las condiciones eran mejores en su país, menos migrantes irían a Europa. El candidato presidencial Julián Castro ha presentado argumentos similares a favor de un Plan Marshall para América Central.

Hubbard afirma que esto funcionaría porque no estaría centrado en el sector público, sino en el privado. Hubbard piensa que estaría ligado a cambios como la disminución de los procesos burocráticos que generarían el ambiente para el crecimiento económico.

Julius Maada Bio, presidente de Sierra Leona, trata de atraer al sector privado para revivir al país. Foto: Issouf Sanogo/AFP/Getty

El establecimiento de un sector privado fuerte es la única respuesta que aborda el problema del mundo en desarrollo de una manera sustantiva y permanente. No es una solución fácil. La corrupción es difícil de erradicar. Y siempre estará el problema de la escala. Toda la economía de África Occidental es aproximadamente del tamaño de la de Suiza. Y existe un desafío aún más grande. En su mayor parte, esos esfuerzos para construir un sector privado están impulsados por personas que no saben mucho del sector privado: trabajadores humanitarios, miembros del Banco Mundial, burócratas gubernamentales. Ellos se inclinan hacia las soluciones políticamente correctas, como la tecnología a pequeña escala, la microfinanciación y las cooperativas en lugar de las soluciones económicamente eficientes, como reemplazar la agricultura de subsistencia con la agricultura industrializada. Y sienten aversión hacia la desregulación que habilita a los mercados libres. Las personas que están a cargo de ayudar a las naciones en vías de desarrollo son las menos aptas (y menos predispuestas) a hacer lo necesario para ayudar.

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Diferencias sustanciales

Encontré a Jeniba en Kailahun a través del sobrino de Bockrie Sallu (por desgracia, Bockrie falleció hace unos diez años). Ella y su esposo Musa Konneh viven en una casita compuesta por una sala con un dormitorio a cada lado. La sala era pequeña y estaba atestada. Tenía una sola mesa con un reproductor de DVD alimentado por energía solar y dos sillas enfrente de un pequeño sofá. Las paredes estaban tapizadas con fotografías arrancadas de revistas: jugadores de futbol, anuncios de viajes y Beyoncé. Las ventanas estaban cubiertas de malla de alambre y persianas. Las puertas estaban hechas de madera contrachapada tan delgada como un cartón. Los Konneh no tenían electricidad ni agua corriente. El baño estaba en el exterior. La mayoría de los habitantes de Sierra Leona arrancan todo el pasto de sus jardines como precaución contra las serpientes. Pero los Konneh tenían un césped en el frente con un árbol de naranjas y un borde de plantas decorativas, lo que le daba un aire vagamente británico, excepto por el destello del alambre de púas enredado en el borde para desalentar a los ladrones en la noche.

Víctimas de la guerra civil cerca de Freetown. Foto: Malcolm Linton/Liaison/Getty

Después de cenar, hablamos de las diferencias entre Sierra Leona y Estados Unidos. Traté de evitar las comparaciones que dejaran mal parado a cualquiera de los dos países. Mi intérprete me interrumpió: “¡Tú no entiendes, Sam, no entiendes! A veces, no me pagan durante meses. Vivo en un edificio donde hay 50 de nosotros y un solo sanitario. Si quiero usar el baño, tengo que levantarme a las 4 de la mañana. Llevo mi agua en un cubo y subo cuatro tramos de escalera, y hago que cada cubo me dure al menos dos días. No puedo permitirme el lujo de tener una luz en la noche. Tengo un contrato escrito, pero no importa. Si el arrendador quiere aumentar el precio o hacer que me vaya, lo hace. Estados Unidos es el paraíso. Estados Unidos es maravilloso, ¡yo lo sé! Encontraré algún trabajo que hacer. Aunque sea limpiando pisos”.

Para quienes vivimos en Estados Unidos, resulta difícil imaginar qué tan malas son las vidas de quienes viven en naciones en vías de desarrollo. Y lo desesperados que están. Están lo suficientemente desesperados como para que los universitarios recién graduados sueñen con trabajar limpiando pisos. Para alguien que ha vivido en un pestilente bloque de viviendas sin drenaje en un barrio peligroso, un campamento de detención de ICE no es gran cosa.

Las naciones pobres son heridas que se metastatizan y que, al final, acabarán consumiendo lo mejor de ellas mismas. La ayuda no ha funcionado. Tampoco la contención. Si dos océanos y un desierto no son suficientes para mantener fuera los problemas de los países en desarrollo, es poco probable que un hermoso muro lo sea.

No tenemos mucho tiempo. El ébola está bajo control, pero debido a las malas condiciones de salubridad y a las prácticas sexuales de alto riesgo, el próximo brote de VIH o ébola podría estar justo a la vuelta de la esquina. Los oficiales de alto rango del ejército y de la policía se preocupan en silencio por otra guerra civil. Sierra Leona tiene muchos puntos frágiles: la religión, la raza, el género, la tribu, la clase, la edad. Uno de los que se han roto es el de los jóvenes contra los viejos, y no ha hecho más que empeorar. El desempleo entre los jóvenes es del 70 por ciento. Un consultor de seguridad internacional me dijo que existía la preocupación de que Boko Haram haya entrado en el país. Los detalles varían, pero cada nación en vías de desarrollo enfrenta su propia cuenta regresiva hacia la destrucción.

A pesar de los pésimos resultados obtenidos hasta ahora, muchas personas, como el catedrático de la Universidad de Columbia Jeffrey Sachs, siguen insistiendo en que la respuesta es la ayuda; específicamente, pide que las naciones desarrolladas aumenten notablemente su compromiso de ayuda. Pienso que esta es una respuesta errónea. La respuesta correcta tiene que ser crear economías fuertes y robustas, basadas en el sector privado. Al hacer que esos países sean mejores lugares para vivir, se reduce la presión para emigrar y se crean las condiciones para hacer frente a otros problemas de las naciones en vías de desarrollo, como el índice de natalidad y la contaminación. Y es posible hacerlo. Pero no lo harán los trabajadores humanitarios o los burócratas. El actual gobierno de Estados Unidos ha demostrado que los empresarios no saben mucho de cómo dirigir un gobierno. Lo contrario también es cierto. Las personas del gobierno no saben mucho de negocios. Parte del éxito de Ruanda se debe a que Kagame ha buscado y atraído a líderes de negocios estadounidenses, como Jim Sinegal de Costco, Jamie Dimon de JPMorgan Chase y Howard Schultz, el fundador de Starbucks. Como señaló Paul Collier, el Plan Marshall fue dirigido por un empresario, y no por un académico ni por un organismo de ayuda.

Sin embargo, el cambio tardará mucho tiempo en llegar. Mientras empacaba para irme, Jeniba me llevó aparte y me pidió que la llevara a Estados Unidos. En lugar de hacerlo, hice lo que Occidente ha venido haciendo durante siglos. Puse un billete de 100 dólares en su mano. Dudo que la ayude mucho.

El autor Sam Hill temía que la hija de su amigo, Jeniba Sallu (derecha), hubiera muerto en la guerra civil de Sierra Leona. Por fortuna, no fue así. A la izquierda, Hill en una foto con el esposo, la hija y los nietos de Jeniba en la casa de esta, en Kailahun.
Fotos: Cortesía de Sam Hill

Sam Hill es colaborador de Newsweek y consultor.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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