Los desconocidos efectos de Trinity, la primera prueba nuclear de EU


Los desconocidos efectos de Trinity, la primera prueba nuclear de EU

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A 74 años de detonarse Trinity, la primera prueba nuclear de Estados Unidos, seguimos sin conocer sus efectos precisos en el medioambiente y la salud.

 

A medio siglo de que las potencias firmaran un acuerdo histórico de no proliferación nuclear, buena parte del mundo vive con el temor de las políticas nucleares arriesgadas.

A principios de febrero, Estados Unidos argumentó violaciones al Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF) para abandonar el acuerdo con Rusia, y el presidente Vladimir Putin respondió con amenazas muy explícitas. Semanas más tarde, Washington y Pionyang interrumpieron sus negociaciones nucleares cuando unas imágenes satelitales revelaron que Corea del Norte podría estar calentando motores para otra prueba con misiles antibalísticos intercontinentales (ICBM).

Entre tanto, han escalado las tensiones entre India y Paquistán, potencias nucleares que hace años se disputan Cachemira, territorio bajo administración de Nueva Delhi. El 14 de febrero, un atacante suicida detonó un vehículo que mató al menos a 40 soldados indios, lo que ocasionó que, dos semanas después y por primera vez en décadas, India lanzara represalias aéreas.

En este caos internacional, investigadores estadounidenses enfrentan un problema igual de sorprendente: tras siete décadas y media de la primera prueba nuclear de Estados Unidos, aún no hay mediciones precisas de sus efectos en el medioambiente y la salud. El Instituto Nacional del Cáncer (NCI) está tratando de corregir esta desinformación con un extenso estudio sobre la radiación de la prueba Trinity, cuando el Ejército estadounidense hizo estallar una bomba de plutonio en Jornada del Muerto, una región desértica de Nuevo México, el 16 de julio de 1945.

Pasarán muchos años más antes de que den a conocer los resultados.

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Resulta que los responsables de construir y probar la bomba —una proeza científica impresionante— no estaban preparados para la magnitud de la lluvia radiactiva, y tampoco para las repercusiones de la detonación.

Durante años, los habitantes de la región —muchos de ellos, nativos americanos— han protestado porque sus ciudades registran tasas anormalmente elevadas de diversos tipos de cáncer y, desde hace más de una década, han ejercido presión política para quedar incluidos en la Ley de Compensación por Exposición a Radiaciones (RECA), la cual jamás ha compensado a los ciudadanos de Nuevo México.

Los investigadores del NCI tendrán que revisar numerosos informes sobre la lluvia radiactiva de la prueba, y obtener información sobre el estilo de vida y la dieta de las poblaciones nativas americanas, latinas y blancas que vivieron en dicho estado a mediados de la década de 1940. Todo ello, con la finalidad de calcular las dosis de radiación que recibieron los residentes a resultas de la prueba Trinity.

Señalizaciones modernas previenen a los visitantes del sitio de la prueba Trinity. FOTO: JOEL RAEDLE/GETTY

Con tanto en juego, la respuesta científica se antoja pasmosamente tardía e imprecisa. Sin embargo, desde sus inicios, el desarrollo de tecnología nuclear se ha caracterizado por la imprecisión. Por ejemplo, la prueba Trinity estuvo plagada de mediciones inexactas y predicciones conflictivas.

Para empezar, nadie tenía idea de cómo compensar la información climática o sopesar las posibles repercusiones. El día anterior a la prueba, algunos científicos pensaron que debían posponerla a causa de los cumulonimbos que comenzaban a cubrir la Sierra de San Andrés porque, si la nube radiactiva flotaba hacia una tormenta, la lluvia condensaría y volvería más peligrosa la radiación que cubriría tanto el sitio como los ranchos y las ciudades cercanas.

El general a cargo del experimento no accedió a postergar la prueba; en especial, porque Estados Unidos estaba en guerra con Japón. Así que convocaron a meteorólogos, quienes realizaron experimentos con humo y soltaron bandadas de coloridos globos meteorológicos. Al final, esos especialistas predijeron que las nubes iban a disiparse, por lo que la prueba quedó confirmada para las primeras horas de la mañana. Pero llovió toda la noche, y los relámpagos iluminaron todo el desierto alrededor de la torre de acero de 30 metros en la que estaba suspendida la primera bomba atómica del mundo.

Hacia la media noche, J. Robert Oppenheimer, el científico responsable del proyecto, empezó a temer que la lluvia pudiera dañar parte de los circuitos eléctricos de la torre, de modo que fue con un equipo de científicos a vigilar la bomba, envolviéndola con un montón de cables y cuerdas mojadas para protegerla. Una vez allí, intentó leer Desert Island Decameron, colección de ensayos humorísticos de H. Allen Smith, pero en vez de ello, se puso a medir la distancia entre la torre y los relámpagos más cercanos.

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Hacia las 2 de la madrugada, la lluvia golpeaba con tal fuerza el campamento base que decidieron retrasar la prueba; y volvieron a diferirla a las 2:30 a. m. Para matar aquellas horas tensas y tormentosas, Enrico Fermi (creador del primer reactor del mundo) y algunos de sus colegas empezaron a cruzar apuestas sobre el resultado de la prueba. Algunos opinaban que la bomba no detonaría; otros apostaron al tiempo que demoraría en incendiarse todo el planeta si provocaban una reacción en cadena en la atmósfera.

Tal era la magnitud de las consecuencias que creían posibles. Entre tanto, en la eventualidad de que la radiación alcanzara ranchos y poblaciones cercanas, las actividades de evacuación correrían a cargo de científicos distribuidos por todo el desierto, quienes iban equipados con mapas de la región hechos a mano y absolutamente inexactos.

Máscara protectora de las fuerzas estadounidenses en el sitio de pruebas de Nuevo México. FOTO: KEYSTONE FRANCE/GAMMA KEYSTONE/GETTY

La lluvia cedió a las 4:00 a. m., y científicos e ingenieros pudieron proceder. La prueba fue exitosa en cuanto a que la bomba estalló como planeaban, pero el rendimiento explosivo superó todas las expectativas. Igual que la radiación.

Se cuenta que la nube viajó al noreste a unos 16 kilómetros por hora, soltando una bruma radiactiva sobre los ranchos ganaderos de las inmediaciones y activando los contadores Geiger de Carrizozo, Nuevo México. No obstante, también detectaron radiación a más de 160 kilómetros de distancia —en Vaughn y varios puntos más apartados de Nuevo México—, por lo que los observadores dejaron de medirla y corrieron de vuelta al campamento base.

Al llegar, no pudieron reanudar el esfuerzo para hacer mediciones exactas del rendimiento nuclear, porque dicho rendimiento fue tan alto que destruyó muchos de sus instrumentos, dobló medidores, quemó películas y empañó las lentes con condensación radiactiva.

Más tarde, ejecutivos de Kodak descubrieron que la radiación se había extendido a casi 2,000 kilómetros del sitio Trinity en Nuevo México, y que dañó las películas radiográficas de la fábrica de Indiana donde la compañía producía materiales de empaquetado. Nadie anticipó que la lluvia radiactiva llegaría hasta Indiana. A todas luces, las tecnologías para predecir los efectos ambientales y de salud de una prueba nuclear eran extrañamente deficientes para una comunidad científica capaz de capturar el poder de las estrellas y crear una bomba atómica.

Lo mismo podemos decir de los ensayos nucleares posteriores, como el llevado a cabo en el atolón Bikini de las islas Marshall: la prueba Castle Bravo, que tuvo un rendimiento de 15 megatones —mucho más de los 4 a 8 megatones previstos— y cuya radiación llegó mucho más lejos de lo esperado. De hecho, el equipo de prueba tuvo que refugiarse en el sitio hasta que pudieran rescatarlos por aire, porque la ceniza radiactiva había alcanzado los atolones Rongerik, Rongelap y Utirik.

A diferencia del equipo de prueba, los habitantes de aquellos atolones fueron evacuados dos o tres días después, cuando muchos ya presentaban síntomas de intoxicación radiactiva aguda.

La ciencia para predecir el tiempo que persistiría la contaminación radiactiva estaba mucho más rezagada que la ciencia para crear la bomba. Los habitantes de Rongerik y Rongelap regresaron a sus atolones después de tres años de la prueba, pero hubo que evacuarlos nuevamente porque los niveles de radiación aún eran peligrosos.

En los años posteriores a Trinity, Oppenheimer se negó a expresar remordimiento, tanto por lo ocurrido en Japón como por el ensayo de Nuevo México, el estado que amaba desde su infancia. Con todo, a veces ofrecía entrevista en las que describía un incidente con una tortuga. Al parecer, cuando salió del campamento base después de la prueba, halló una tortuga tendida patas arriba.

Cerca del sitio de detonación, todos los animales del desierto se volvieron cenizas sobre la arena agrietada y compactada. Los que estaban más lejos del punto cero huyeron aterrorizados o cayeron sobre sus lomos debido a la fuerza de la explosión.

El general de división Leslie Groves (derecha) y Oppenheimer inspeccionan la base de la torre de acero donde se encontraba suspendida la bomba probada en Alamogordo, Nuevo México, en julio de 1945. El calor de la bomba fundió la torre y quemó la arena circundante. FOTO: ARCHIVO BETTMANN/GETTY

Oppenheimer se inclinó para dar vuelta a la tortuga y la observó alejarse, pensando que era lo menos que podía hacer.

Por supuesto, en aquel momento no tenía idea de cuáles serían las repercusiones de su bomba en el medioambiente y en la salud de los animales y las personas de la región. No obstante, sin duda debió darse cuenta de que él y sus colegas no lograron predecir, con exactitud, la potencia del arma que habían creado.

Gracias a Trinity, la imprevisibilidad de las pruebas nucleares tuvo, al menos, un aspecto productivo: a partir de 1951, a consecuencia de que Kodak amenazó con demandar al gobierno, la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos empezó a notificar a toda la industria fotográfica cuando iba a realizarse alguna prueba. Pero otros sectores —por ejemplo, la industria de lácteos— no recibieron advertencia. Y tampoco los consumidores. Tiempo después, se descubrió que un “camino de leche” había expuesto a bebés y niños a niveles de radiación peligrosamente elevados, debido a la exposición de las vacas en los “puntos calientes”; es decir, los lugares donde la lluvia radiactiva sigue cayendo días después de una prueba.

Eso era justo lo que temían los científicos de Trinity. Si bien nunca contemplaron esta consecuencia, incluso para una prueba sin lluvia.

Hiroshima después de que el Enola Gay soltara la primera bomba atómica, llamada el “Niñito”, la cual arrasó con la ciudad y sus habitantes el 6 de agosto de 1945. FOTO: PRISMA BILDAGENTUR/UIG/GETTY

La ciencia de los ensayos nucleares no solo estudia las reacciones nucleares: es una ciencia que predice rendimientos explosivos, patrones climáticos, cadenas nutricionales, limpieza de desechos y tratamientos anticancerosos. Sin embargo, desde el principio de la historia nuclear, nuestras tecnologías para producir explosiones siempre han superado las tecnologías para medir y mitigar el daño que producen dichas explosiones.

Todavía desconocemos la magnitud exacta del daño que ocasionó la prueba Trinity, y no lo sabremos hasta que concluya el estudio del Instituto Nacional del Cáncer. Llegado ese día, tendremos una idea más clara de las repercusiones de la prueba en las personas que viven en sus inmediaciones. Personas que siguen sin recibir compensación por las elevadas tasas de cáncer que han sufrido durante casi tres cuartos de siglo, cuando el cielo se despejó a las 4:00 a. m. y, hora y media más tarde, se escuchó un estallido.  

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Publicado en cooperación con Newsweek /Published in cooperation with Newsweek

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