Patrimonio en riesgo | Newsweek México


Patrimonio en riesgo

Columna Diario de Campo

El lamentable incendio de la techumbre y la aguja de la catedral de Nuestra Señora de París el pasado 15 de abril, puso de nuevo en la primera línea del debate internacional la necesidad de valorar en su justa dimensión la preservación del patrimonio cultural. El legado material de la cultura humana es sumamente vulnerable a los estragos del tiempo, el clima, el abandono y la negligencia por parte de los responsables de su cuidado. En siglos pasados se perdió para siempre una incalculable cantidad de bienes muebles e inmuebles con alto valor artístico e histórico, por culpa de la barbarie humana —guerras, robos, destrucción— o de fenómenos naturales —inundaciones, terremotos, incendios—, bienes que habían sido producto de la laboriosidad y sensibilidad estética de nuestros ancestros.

Ha sido una hazaña y un accidente afortunado que en la fecha actual podamos aún disfrutar de los frutos de las civilizaciones del pasado: la grecolatina clásica, el medio oriente fundador del urbanismo y la escritura, el Egipto místico, la China sofisticada, la India misteriosa, y el nuevo mundo mesoamericano y andino. Pero es una mínima porción de lo generado por nuestros antepasados. El cuidado y preservación de lo que queda es responsabilidad de las generaciones vivas, que tienen ese compromiso con las generaciones futuras.

Este último concepto, el de la responsabilidad de los contemporáneos para con sus descendientes, es el núcleo de la noción de patrimonio. La UNESCO afirma: El patrimonio cultural en su más amplio sentido es a la vez un producto y un proceso que suministra a las sociedades un caudal de recursos que se heredan del pasado, se crean en el presente y se transmiten a las generaciones futuras para su beneficio. Es importante reconocer que abarca no sólo el patrimonio material, sino también el patrimonio natural e inmaterial. […] esos recursos son una “riqueza frágil”, y como tal requieren políticas y modelos de desarrollo que preserven y respeten su diversidad y su singularidad, ya que una vez perdidos no son recuperables. (http://bit.do/eQCZs)

Gran parte del cuidado del patrimonio —cultural, natural e inmaterial— recae en los gobiernos. Pero con frecuencia las administraciones otorgan una baja —o bajísima— prioridad a esta obligación, y generan estados de abandono que acumulan riesgos sobre esta riqueza. Eso se vio en París: a la catedral —patrimonio de la nación desde 1905— se le dejó demasiado tiempo sin atenciones, y cuando se le intervino se hizo sin el necesario profesionalismo —pues hay sospechas de que los obreros fumaban sobre una techumbre de madera muy antigua, emplomada, con muchas capas de diversos aceites y preservadores: una bomba de tiempo.

Algo similar sucedió cuando el gobierno de la ciudad de México ordenó la “restauración” de El Caballito en 2013, cuando se le retiró la pátina protectora con ácido clorhídrico, como si fuera tubería de drenaje. Todo por ahorrar unos centavos. Su reparación llevó más de cuatro años y 7.5 millones de pesos (http://bit.do/eQC64).

En la ciudad de Guanajuato el gobierno local ha anunciado la intervención del histórico y hermoso Mercado Hidalgo, con una inversión de diez millones de pesos. Es muy loable que se le de mantenimiento a este patrimonio de 109 años, que acusa fuertes desgastes y focos de riesgo eléctricos y estructurales. Pero los guanajuateños todavía tenemos en mente la polémica —y costosa— restauración del hermoso Parque Florencio Antillón, donde se invirtieron, si bien recuerdo, 35 millones de pesos, y el resultado fue desastroso: retiro de mobiliario urbano que fue sustituido por otro de menor calidad, sustitución de antiguas y recias baldosas por otras nuevas pero ordinarias, depredación de la flora original, y un largo etcétera. Todavía no se sabe del destino de muchos elementos que fueron retirados para “embodegarlos”.

Hago votos por que el ayuntamiento en funciones y su área ejecutiva correspondiente tomen con la responsabilidad debida el tema de la preservación patrimonial. No son obras públicas cualquiera: se trata de heredar a nuestros hijos un capital cultural inmobiliario en igual o mejor estado de como lo recibimos. Estaremos atentos.

 

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