Miedo al miedo de tener miedo | Newsweek México


Miedo al miedo de tener miedo



¿Qué es el miedo?, recuerdo a los Maestros que me hicieron el honor de sus enseñanzas: en nuestras emociones radica el miedo, un becario permanente. Su antídoto es el juicio, consideración que nos diferencia de los animales. La emoción produce afectos a determinados estímulos. Decisiones tomadas ante estímulos llaman a, deseos, intereses, expectativas… El miedo es el enemigo primero que aparece en nuestras vidas, las enseñanzas de Don Juan.

Hoy, los miedos en nuestra sociedad derivan del uso político que se les da, sin duda, el miedo igual que la esperanza, altera actitudes y acciones ante los peligros, reales o inexistentes. El miedo político constituye un arma de control eficaz de grupos de poder. Una manera didáctica de entenderlo es revisando las campañas electorales por el poder público. Miedo e irracionalidad son elementos de comunicación social, incluido el diálogo digital, por ejemplo, el miedo a perder el empleo, los ahorros, los derechos adquiridos…, por razón de las expectativas ofrecidas en la manipulación del mercado político, tempranas epidemia que crean hipocondríacos, diabéticos, hipertensos…, en los que menos la deben, pues el gran poder es Dios sin competencias. La historia nos demuestra que el poder inyecta miedo a simpáticos y antipáticos, le beneficia su perdurabilidad. El poder se refuerza en una sociedad cuando combate los miedos. Es decir, el poder administra el miedo de ambas maneras. Tener miedo a la violencia posibilita control. También proteger los miedos de la delincuencia, el narcotráfico, los desastres… confiere control. Los miedos buscan religiones, dioses apócrifos que atenúen manipulación, desarraigo, soledad, atienden la necesidad de sentirse unidos a una superioridad, así lo creen. El miedo crea visiones apocalípticas, el fin del mundo, el fin de los tiempos, el misterio del mal. La avenida del miedo conduce a regímenes autoritarios.

La libertad es un concepto discursivo excelente para facturar excesos de libertad. En medio de la posmodernidad y en la sociedad de la comunicación instantánea ha producido personas iguales en comportamientos, ciudadanos estandarizados, pueblos y personas sin identidad, una imagen tipo Pink Floyd en su película “El Muro”, ¿en dónde queda tanta libertad? Seres humanos modernos libres, pero orillados al pensamiento único, gustos semejantes, modas iguales…, el miedo NO funciona cuando la enseñanza la educación, la cultura, el diálogo, no manumisa la propia libertad. El tema es una sociedad de iguales siendo distintos.

Los medios que propaga la comunicación (generalmente) han agrandado las narrativas del miedo, lo vemos en el terrorismo internacional, la inmunidad política, la narco-violencia, los desastres económicos, un largo etcétera. Vivimos en un riesgo permanente, pero se no hace normal vivir asustados. Los políticos han creado pueblos del riesgo, sociedades violentas, comunidades de la contingencia, todos asustados, al grito de ¡sálvese quien pueda! han manufacturado la desconfianza. Se nos van los días enfrentando “molinos de viento” de problemas irreales, de realidades inventadas, a circunstancias sin lógica. Es la pospolítica invadida de posverdad. Es decir, una despolitización de la existencia económica, una mega preocupación por el éxito y la superación individual, el escandalo como forma de vida, la nula cordialidad en la conversación, la primera persona decapitando a la alteridad, ¡ah!, y las recetas de cocina, en fin, la irresponsabilidad y lo efímero. El miedo racionaliza el control, lo público y su hacienda no es tema de ciudadanía, eso se lo dejan a los políticos, a pesar de que cada experiencia es lamentable. Escuchamos “yo no soy político…”, un programado alejamiento de lo colectivo, el miedo funciona: el ciudadano se aleja de la política, desaparece el sujeto en la democracia, muere la utopía.

¡No estemos tristes!, cada campaña política tenemos redentores que se proponen redimir nuestros miedos. Obtienen el voto a cambio del miedo: a perder lo que se tiene, miedo de no tenerlo; miedo de respirar porque somos asesinos del aire; miedo al agua contaminada a pesar que defecamos en ella, miedo a su agotamiento; miedo a comer por la diabetes y al propio tiempo miedo al hambre; miedo a la mentira y a la verdad, miedo a las aglomeraciones y a los despoblados (como escena de Juan Rulfo), miedo al pretérito y al porvenir, miedo a la salud y enfermedad; miedo al miedo de tener miedo. Vivimos sitiados por los miedos.

La cura del miedo tiene su receta: en un recipiente de enseñanza, poner un buen trozo de información, las posibles onzas de cultura, un manojo de buena comunicación, una cabeza de educación, una pisca de poesía, una hoja de buen humor, en recaudo de estética se muele con prudencia y se pone en el horno de la “ética cordial” a la temperatura humana; se dispone en la mesa al servicio de los demás. Este exquisito platillo empodera a las personas contra los especuladores del miedo y otorga voluntad para la esperanza.

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