Con licencia para matar elefantes | Newsweek México


Con licencia para matar elefantes

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Un escritor ha detallado las complejidades y las fuerzas mortíferas que sabotean la protección de los elefantes en África.

 

A principios de 2011, cuando Rian y Lorna Labuschagne llegaron al Parque Nacional Zakouma, en Chad, los expertos habían condenado a los elefantes. El marcado incremento en la demanda de marfil había ocasionado una mengua de las poblaciones de paquidermos en toda África, incluido Zakouma, hogar de una de las manadas más grandes del continente. En menos de una década, los jinetes yanyauid habían diezmado la población del parque de 4,000 a solo 400, y parecía que era cuestión de tiempo para que acabaran con el resto de los animales.

Los Labuschagne, matrimonio sudafricano que ha dedicado su vida a la conservación, fueron convocados por la organización no lucrativa African Parks, que contaba con el apoyo del gobierno chadiano para rehabilitar el parque. La pareja transformó la seguridad rápidamente; fortaleció vínculos con las comunidades locales; y contrató personal para permanecer en el sitio durante la difícil temporada de lluvias, época en que suelen actuar los cazadores furtivos.

Para 2012, la situación mejoraba. Los Labuschagne solo sabían de siete elefantes abatidos durante el año anterior, y se sintieron listos para expandir fuera del parque sus operaciones contra la caza furtiva, una medida fundamental para proteger a la manada durante la temporada de lluvias, cuando los elefantes tienden a merodear. Al seguir el rastro de diez animales, descubrieron que la mitad de la manada —unos 200 animales— se había desplazado más de 90 kilómetros al norte, hasta un pantano anegado llamado Heban.

Dado que los caminos son intransitables durante las lluvias, Rian Labuschagne había construido una base y una pista aérea en Heban, dos instalaciones que le permitían enviar equipos rotatorios en misiones de dos semanas para vigilar a los 200 elefantes mientras migraban al norte.

Un equipo anticazadores busca señales de actividad en el parque. FOTO: MARCO LONGARI/AFP/GETTY

En agosto del año pasado, uno de esos grupos —seis hombres del Equipo Búfalo— avistó las huellas de tres caballos y una persona en los bosques del norte; y la tarde siguiente, los guardias escucharon unos 50 disparos. Zakouma envió un avión con refuerzos la mañana siguiente y, desde el aire, el piloto divisó el campamento de los cazadores, así como el cadáver acribillado del elefante acollarado conocido como Z6, aún con los colmillos.

El Equipo Búfalo organizó una redada del campamento. Al llegar, tomaron por sorpresa al único hombre que estaba allí, quien abrió fuego y desapareció en la espesura. Los guardias habían descubierto una formidable operación para cazar elefantes. Confiscaron más de mil rondas de municiones, paneles solares, teléfonos satelitales y celulares, herramientas y medicinas para caballos procedentes de Sudán, además de un gran alijo de alimentos en polvo y secos.

También hallaron evidencias que vinculaban a los cazadores furtivos con el Ejército sudanés: uniformes militares y una nota manuscrita, medio borrosa, en la que un comandante sudanés concedía licencia a sus soldados, identificándolos con número de identidad y nombre.

Con el campamento destruido, y caballos y pertenencias confiscadas, los soldados/cazadores furtivos habían quedado varados en medio de la nada y sin el menor apoyo logístico. Todos en Zakouma supusieron que habían neutralizado la amenaza, y que los criminales no tendrían más opción que regresar a Sudán con las colas entre las patas.

Pero eso no fue lo que ocurrió. Casi un mes después de la redada, antes del amanecer del 3 de septiembre, los cazadores se infiltraron en el campamento de los guardias. Silenciosos, aguardaron en la oscuridad, agazapados detrás de las tiendas de campaña donde dormían los hombres hasta que el cielo comenzó a clarear y los guardias de Zakouma salieron de sus carpas, arrodillándose para las plegarias matutinas. Los cazadores abrieron fuego. Cinco guardias recibieron múltiples impactos y cayeron inertes al suelo. El sexto, Hassan Djibrine, echó a correr.

El cocinero y administrador del campamento, Djimet Seid, también resultó herido, pero logró ocultarse en el bosque. Sangrante y tembloroso, observó mientras los cazadores cargaban armas y municiones en cuatro caballos de los guardias, y huían de la escena. Cuando desaparecieron, Said demoró varias horas en reunir el valor para cojear de vuelta al campamento. Metió dos cadáveres en una choza y, demasiado exhausto para hacer más, cubrió a los tres restantes con lonas. De alguna manera, logró caminar y nadar 20 kilómetros para pedir ayuda en la población más cercana.

Cuando la noticia llegó a Zakouma, el personal quedó horrorizado. Todos estaban sorprendidos. Pero, en retrospectiva, tenía sentido: la única alternativa de los cazadores era atacar. “No podían regresar a Sudán con las manos vacías y decir: ‘Sucedió esto, lo lamento’”, comenta Rian Labuschagne. “Es probable que los fusilaran”.

Los Labuschagne querían perseguir a los sudaneses, pero funcionarios chadianos locales no les permitieron ir a Heban, arguyendo que era demasiado peligroso. En cuanto a Djibrine, el guardia desaparecido, nadie volvió a saber de él; se presume que ha muerto.

Después del incidente, la moral de Zakouma se vino abajo. Rian Labuschagne fue de puerta en puerta informando a las familias de los guardias abatidos que sus maridos y padres no volverían a casa. Muchos de ellos tenían varias esposas, así como 15 hijos o más, y eran los únicos proveedores.

Era tentador renunciar allí mismo, pero el incidente de Heban endureció la determinación de los Labuschagne de atrapar a los asesinos. Tras registrar los teléfonos celulares y satelitales confiscados, extrajeron más de 150 números (todos ellos, de contactos en Sudán y Chad), y entregaron sus evidencias a la policía. Hicieron volantes y ofrecieron una recompensa por información, pero nada resultó de eso.

Sin embargo, los Labuschagne no sabían que un pariente de uno de los guardias caídos también estaba trabajando en el caso. Y así, capturó a uno de los cazadores, un hombre llamado Soumain Abdoulaye Issa, quien se había ocultado en una aldea próxima a la frontera chadiana.

Un elefante del Parque Nacional Zakouma recibe un collar de rastreo. FOTO: MARCO LONGARI AFP/GETTY

Issa era un hombre pequeño, con una estatura de 1.67. “No mostraba temor alguno”, recuerda Rian Labuschagne. “No le asustaba la muerte”. A través de un intérprete que hablaba árabe chadiano, Issa informó que nació en Chad en 1989, y que era un pastor nómada. Un día que pasaba por Kutum —una sucia ciudad sudanesa en el desierto, en el norte de Darfur, asolada por la agitación y la anarquía— escuchó que varios hombres se alistaban para una misión de cacería de elefantes en Chad. Le pareció un buen trabajo, así que los contactó.

El líder del grupo, Mohammed al-Tijani Hamdan, tenía “la habilidad para reconocer a una persona asustada”, prosiguió Issa. “Te mira a los ojos y puede ver si eres un guerrero o no, [un hombre] valiente que lo seguirá”. Issa obtuvo el puesto. Emprendió la marcha a Chad con Hamdan y otros dos hombres. Dos semanas más tarde, llegaron a Heban y mataron nueve elefantes en cuatro días; un ritmo que pretendían mantener durante algún tiempo.

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Issa huyó cuando los guardias de Zakouma irrumpieron en su campamento. “Lo perdimos todo”, reveló. Los cuatro cazadores furtivos sobrevivieron con las gallinas de Guinea y las gacelas que podían cazar, pero la situación estaba volviéndose muy precaria. “Decidimos atacar a los guardias”, confesó.

Issa insistió en que no intervino en la misión de asesinato. Aguardó en el bosque y, cuando sus compañeros regresaron, llegaron con caballos, armas y comida. Alcanzaron Sudán nueve días después y discutieron por la división del botín. Issa salió mal parado y, muy decepcionado, vendió su rifle de asalto, lo único que quedaba de su participación en la expedición. “Confieso que soy culpable de cazar elefantes ilegalmente y de la muerte de los guardias de Zakouma”, dijo entonces.

Cuantos lo escucharon creyeron que Issa había dicho la verdad, pues mucho del relato fue corroborado más tarde. Las autoridades encerraron a Issa en la prisión de un campamento militar. Un mes después se escabulló durante una fuga. Corrieron rumores de que habían intervenido los sobornos que pagó su familia, y de complicidad del gobierno.

“Es muy difícil que un extranjero entienda esto”, señaló Rian Labuschagne. “Podemos acusar al gobierno de ser inútil y corrupto porque permite que esa gente salga de prisión, pero no entendemos que las familias y otras personas resuelven estas situaciones por su cuenta. Tienes que nacer aquí para saber cómo funciona todo, y no puedes aplicar los razonamientos del sistema legal occidental para explicar estas cosas”.

Un guardia mide colmillos de elefante. FOTO: MARCO LONGARI/AFP/GETTY

No hay nuevas pistas sobre el paradero de Issa. El gobierno abandonó el caso y, según Rian Labuschagne, los otros tres hombres implicados en el crimen también evadieron la justicia. “Desaparecieron en Sudán, y eso fue todo”.

Con 21 años, Issa Idriss, hijo de un guardia del Equipo Búfalo asesinado en Heban, se ha convertido en guardia forestal. Lo conocí brevemente en el cuartel: un joven tímido y de hablar suave, que parecía incómodo en su uniforme militar verde. “Mi padre murió porque cuidaba la reserva”, dijo Idriss. “Murió por los elefantes. No quería que alguien llegara a matarlos a todos”.

“Ahora trabajo allá, como habría querido mi padre”, prosiguió. “Y algún día quiero que mis hijos e hijas también trabajen allá. Eso me haría muy feliz”.  

Adaptado del libro Poached: Inside the Dark World of Wildlife Trafficking (Rachel Love Nuwer; Da Capo Press).

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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