Sobrevivir para contar el 19S | Newsweek México


Sobrevivir para contar el 19S



Comienza a circular “El terremoto de 2017. Diecinueve de septiembre negro”, el nuevo libro del arquitecto, cronista e investigador Iván Salcido, editado por la Sociedad Mexicana de Ingeniería Estructural y Casa de las Campanas Editores. A continuación presentamos dos capítulos que incluyen testimonios de sobrevivientes del terremoto que cimbró a la Ciudad de México.

 

Una de las conferencias que tuve sobre riesgo sísmico en la ciudad después del agitado mes de septiembre de 2017 en que se presentaron dos terremotos (Chiapas el día 7 y Puebla el 19), ocurrió en la Escuela Secundaria #34 “Eugenia León Puig” la mañana del martes 14 de noviembre de ese año. Dicha ponencia, gracias a la invitación del profesor Jerónimo Quevedo, fue llevada a cabo en el comedor del colegio que también es utilizado como aula magna y cuyas ventanas, que miran hacia la calle de Miravalle, me permitieron darles un ejemplo a los estudiantes en tiempo real de las consecuencias de no enfrentar debidamente los riesgos provocados por los temblores.

Justo al otro lado del ventanal del comedor, se podían ver los amarres y las carpas de aquellas personas que tuvieron que desalojar su edificio ya que, el sismo del 19 de septiembre, había colapsado la planta baja y el primer nivel, dejado inhabitable el resto del inmueble de cinco pisos donde vivían. Se trataba del edificio de Balsas #18 que se hallaba a unos 30 metros de distancia de donde estábamos.

Vecina de la secundaria #34, se encuentra otra escuela, la secundaria “Enrique C. Olivares” en la esquina de Miravalle y Balsas, la cual tuvo que dejar de utilizar los salones que se encontraban justo enfrente del inmueble dañado para evitar el riesgo de un posible desplome, derivado de esto, cada vez que entraban los alumnos a su colegio por el único acceso que tiene (ya que la salida de emergencia fue eliminada para convertirla en oficina), los alumnos debían hacerlo pegados a la pared, escoltados por sus maestros y la policía para mantenerse lo más alejados posible del dañado edificio en Balsas. Permanecieron con esa rutina hasta que el edificio fue demolido en 2018.

Ubicado en la cuadra formada por las calles de Balsas al norte, Plutarco Elías Calles al oriente, Miravalle al poniente y la calzada Ermita Iztapalapa al sur, el predio de Balsas #18 era ocupado por dos edificios gemelos, uno detrás del otro, de cinco niveles cada uno. Dado el riesgo que representaba el inmueble, la torre de atrás, compañera del mismo predio y dos edificios colindantes (Balsas #16 y Miravalle #213, también fueron evacuados por seguridad. Sus inquilinos se mantuvieron en el campamento a la espera de las resoluciones de protección civil y en vigilancia para evitar la rapiña de sus departamentos.

El inmueble de Balsas, perteneciente a la Delegación Benito Juárez, fue construido en el año de 1980 con un sistema de marcos de concreto con muros de mampostería, según la página de Evaluación de Riesgos Naturales (https://ern.com.mx/web/). La probable causa de su colapso según dicha empresa, se debió al golpeteo sufrido con sus colindancias y a que tenía su planta baja débil, utilizada como muchísimos edificios de la capital, como estacionamiento y cuya sustentación a base de columnas, no podría compararse con la dureza de los pisos superiores, así que este edificio debió haber sido reforzado desde su construcción para poder soportar los sismos con estas condiciones, ya que los balcones del segundo nivel quedaron a la altura de la banqueta.

La torre de atrás quedó en pie y, desde su estacionamiento, se pudieron cuantificar los daños del edificio sobre la calle en cuya parte posterior, la planta baja y el primer piso desaparecieron por completo dejando gran cantidad de escombros, un auto rojo aplastado, las paredes completamente fracturadas en los pisos superiores y a punto del colapso.

¿Quién ayuda a los Topos?

Las cámaras de seguridad del C5 capitalino pudieron captar el momento del derrumbe del edificio, justo a las 13 horas con 15 minutos y 26 segundos, justo en el instante cuando algunas personas corrían por la calle para protegerse de la violencia del sismo, dos autos alcanzaron a pasar por enfrente del inmueble antes de que el polvo y el cascajo los golpearan. El derrumbe parcial de este edificio cobró la vida de cuatro personas: el ingeniero Gabriel Morales de 55 años de edad quien falleció abrazado de su esposa, Agueda Mendoza, abogada de 54 años de edad y junto a su mascota, el perro Kino, un beagle de 16 años a quien la pareja nunca soltó; murieron también Éber, vecino del edificio y Érica, conserje del mismo.

TESTIMONIO DE KARLA  KARINA DIAZ

Las vibraciones que en un principio fueron percibidas por Karla como el paso de un pesado camión frente a su edificio, eran generadas por un sismo que, en cuestión de segundos, elevó su fuerza lo que alarmó a la muchacha que trabajaba con ella y quien le advirtió que estaba temblando. Karla, mujer de 38 años de edad, comenzó a bajar por las escaleras cargando a su perrita Mía cuando vio cómo la losa del segundo piso se levantó frente a ella, convirtiéndose en un muro que se le vino encima, dejándola atrapada en posición fetal, quedando rodeada de escombros e inmóvil. Su pierna derecha quedó enterrada, el marco de una puerta se le encajaba en un brazo y una viga oprimiendo su abdomen lo que le impedía gritar; así se mantuvo por dos horas. 

Yo por más que quería gritar no podía, porque aparte quedé con una viga atorándome las costillas. El hueco en que quedé fue mínimo, o sea, se nos cayó el piso encima. Lo primero que me pasó en la mente era cómo iba a sobrevivir; yo no sé porque en la mente traía siete días, que siete días no los iba a aguantar. Llegó un momento en que creí que ya no… por el dolor horrible que sentía en la columna y en las piernas y aparte la falta de respiración me agobiaba mucho, me daba mucha angustia. Recé, recé y recé y llegó un momento en el que acepté o ya me mentalicé…

Otra persona que al momento del sismo estaba con ella fue Pablo Hernández, un entrenador profesional de perros contratado para educar a sus cuatro mascotas: Mía, Tara, Jack y Goliath. Pablo iba bajando junto a ella y también quedó atrapado por el muro y la viga que aprisionaban a Karla y que él detenía con la mitad de su cuerpo. Dos horas después, Agustín Casas y Miguel Ángel Romero quienes eran vecinos de Karla, pudieron llegar junto a ella justo en el momento en que estaba perdiendo las esperanzas.

Agustín Casas, poco después del colapso, subió a los departamentos y ahí escuchó los gritos del entrenador canino, se acercó y por un hueco alcanzó a verla a ella, así que de inmediato fue por ayuda y comenzó a golpear el muro que los aprisionaba con una barreta. Comenta Karla acerca de Agustín:

…fue por ayuda y con una barreta empezaron a pegarle a la losa pero él sufre del corazón, entonces de pronto se empezó a preinfartar, lo sacaron y ya las demás personas que, desgraciadamente, ya no los ubico porque estaba en shock, pero muchas personas cooperaron para poderme encontrar. Cuando me sacaron fue también una parte muy mágica o muy especial para mí porque en este edificio vivía mi abuelita, dos pisos abajo del mío. Yo vivía en el 402 y ella vivió en el 202… entonces, cuando me liberan, me liberan por ese departamento y ya cuando me bajaron con la camilla la primera cara que vi ya abajo, ya para empezarme a inmovilizar fue la cara de mi mamá.

Pablo fue el primero en ser rescatado, después la perrita Mía y al final Karla quien fue la última sobreviviente en Balsas. Miguel Ángel Romero pudo apreciar sus terribles lesiones: una herida de 10 cm en su cabeza, seis costillas fracturadas, una herida en el brazo, el fémur lesionado, insensibilidad y un esguince en la pierna derecha que la obligarían a usar una silla de ruedas por algún tiempo.

Una vez que Karla fue rescatada y pudo reencontrarse con su madre, ella se sintió tranquila de seguir con vida:

Aprendí a que dejamos de valorar lo mínimo; en mi caso una independencia hasta (de) movilidad, a valorar un cepillo de dientes, el poder ir por un vaso de agua, a dejarnos de quejar que muchas veces vivimos en eso, un agobio constante o haciendo o creando problemas donde no los hay y cuando realmente hay cosas mucho más importantes como es la vida.

Lo que más llamó la atención de Karla y que nunca olvidará fue la cooperación de todas las personas que participaron en su rescate, el de su entrenador y el de sus mascotas que salieron ilesas del derrumbe, ya que ellos no los conocían pero arriesgaron sus vidas para salvarlos.

FOTO: TERCERO DÍAZ / CUARTOSCURO

PROLONGACIÓN PETÉN Y ZAPATA

TESTIMONIO DE LA FAMILIA MÁRQUEZ LOYO

La mañana del 19 de septiembre se encontraban Fabiola Márquez Loyo y su madre, Fabiola Loyo Toss trabajando en Euro Clean, una tintorería de la que eran las propietarias, ubicada en la planta baja del edificio de Petén y Emiliano Zapata. Unos días antes, Fabiola Loyo le preguntó a Miguel Hernández (uno de sus empleados) sobre su experiencia durante el intenso sismo del 7 de septiembre generado en Chiapas pero él ni se inmutó, “ni siquiera lo sentí”, le contestó Miguel de manera desinteresada.

La entrada de la tintorería era por el lado de la calle de Emiliano Zapata y hacía colindancia con el estacionamiento de la casa contigua. Al fondo del local, se encontraban las calderas y un baño, seguidos por un perchero, el mostrador y una columna.

El negocio tenía a cinco empleados: Antonia, Virginia, Fermín, Miguel y Gabriel, quien fungía como chofer, además de Fabiola Márquez y su madre. Pasado el mediodía, Gabriel se encontraba en la calle pero todos los demás se hallaban adentro trabajando cuando el sismo hizo su aparición de manera intempestiva. Las dueñas del local de inmediato les pidieron a todos que se salieran y así lo hicieron Antonia y Fermín; Fabiola y su madre se encaminaron hacia la salida y detrás de ellas venía Miguel cuando, de pronto, se detuvo y se regresó para apagar las calderas ya que era el jefe de máquinas y sin escucharlas cuando le pidieron que se saliera. El temblor era fuerte pero en ese momento nadie pensaba que el edificio se fuera a caer.

Virginia, a quien solían llamar Vicky, las siguió cuando el terremoto arreció, ella se abrazó de la columna y por más intentos que hicieron para que se saliera, el pánico ya no la dejó reaccionar por lo que las dos Fabiolas se salieron a la calle. Ya no pudieron ver a Miguel cuando el edificio se desplomó.

Alejandro Márquez iba circulando hacia su casa en la zona de Las Águilas, al momento del temblor, se detuvo y esperó a que pasara; minutos más tarde, le avisaron que la tintorería se había caído completamente. Tomó su carro y efectuó el trayecto lo más rápido que pudo de Las Águilas a la colonia Emperadores, sin conexión a la red y muerto de nervios por no tener noticias de su esposa e hija quienes se encontraban en su negocio.

Una vez que llegó, su impresión al ver el edificio completamente derrumbado provocó que se le saliera el llanto. Un poco más tarde, al recuperar la señal de su celular, le pudieron avisar que su hija había salido a tiempo y poco después, supo que su esposa también estaba bien, situación que le hizo recuperar la calma.

Los empleados de la agencia Volkswagen que comparte la esquina lo apoyaron en la búsqueda de su empleado y le ofrecieron las instalaciones de la agencia para lo que necesitara. Al paso de las horas, la montaña de escombros se encontraba llena de voluntarios golpeando con mazos las pesadas losas de concreto.

Se instaló el centro de acopio que de inmediato se llenó de víveres y agua pero también de gente con lo que empezó a reinar el caos. A pesar de todo, el primer cuerpo que se rescató fue el de Virginia Razo, una de sus empleadas que perfectamente se pudo haber salvado si el terror no la hubiera traicionado. Ella había quedado muy cerca de la entrada por lo que fue fácil su extracción.

El desorden reinante se terminó cuando apareció la Marina y el Ejército. A través del capitán Alfredo Peyrot y al principio a base de gritos, se logró controlar la situación y se empezó a trabajar con un plan; por la tarde apareció una grúa de no muy alto tonelaje para apoyar las labores pero los cables de alta corriente le estorbaban así que no pudo ser usada.

Alejandro Márquez una vez que supo que su familia estaba segura, se acercó al capitán Peyrot pero este, en un principio lo echó del sitio. Alejandro le explicó la situación de su empleado y el hecho de que conociera la distribución del local y las características del edificio, lo obligó a aceptarlo y desde ese momento, comenzaron a desempeñarse como equipo.

Gabriel, el chofer de la tintorería y Miguel Hernández, quien apareció al saber que su padre del mismo nombre había quedado atrapado al momento del derrumbe en el área de las calderas, se unieron al grupo de rescate de Alejandro quien no se movería de ahí hasta recuperar a su “Héroe de la caldera”. 

Al caer la tarde llegó una grúa de gran tonelaje la cual podía librar perfectamente los cables de electricidad que en algún momento se pensó en cortarlos y que el capitán Peyrot no lo permitió, ya que necesitarían la luz para trabajar por la noche. Alejandro sintió una gran satisfacción al saber que contaban con ese equipo que les daba la oportunidad de seguir trabajando sin detenerse.

Empezó entonces una labor de rescate coordinada con un plan establecido para llegar a Miguel, quien determinaron que se encontraba al fondo de la tintorería y muy cerca de la casa con la que colindaba el edificio sobre la avenida Emiliano Zapata.

Al momento del derrumbe, la planta baja y los tres primeros niveles se colapsaron uno sobre otro y los restantes pisos se colapsaron hacia la calle de Prolongación Petén, quedando como una rampa que permitía a los rescatistas escalarlo. El derrumbe alcanzó a golpear en su caída a la casa vecina provocándole algunos daños en su estacionamiento.

El dueño de dicha casa apareció más tarde y permitió que se abriera un hoyo por la pared de su estacionamiento para ingresar y buscar al hombre, siendo esta la ruta más corta para llegar a él; se horadó un hueco y se ingresó a la tintorería. Mientras esto sucedía, la cadena humana comenzó a remover cascajo y conforme fueron despejados los escombros, aparecieron prendas y edredones que fueron removidos pero durante su paso por la fila, se desa­parecieron pero eso no importaba, el objetivo era llegar a Miguel.

Esta tecnología mexicana podría prevenir daños y muertes ante un sismo

Hugo Hernández Gallardo, un hombre de baja estatura de tez morena, era hermano de Miguel y esperaba alguna noticia con una leve esperanza de que estuviera vivo. “Ayer todavía respondía y eso nos daba una esperanza, por eso me vine para acá, pero ya viendo todo esto, solamente un milagro”.

Los equipos de rescate se hallaban cerca del posible lugar donde se presumía que estaría Miguel. Su propio hijo y Gabriel, el chofer de la tintorería, fueron clave ya que al ingresar a las ruinas, trataron de comunicarse con la víctima; el puño al aire avisó a todo el conglomerado de rescatistas que se encontraban en la calle que guardaran silencio ante la posibilidad de que hubiera vida bajo los escombros. Se creó un silencio sepulcral que Alejandro nunca olvidará. “Si nos escuchas, golpea dos veces”, era lo que se escuchaba debajo de las ruinas. No hubo golpes como respuesta pero si unos rasguidos que eran claros indicios de vida, lo que detonó gran ansiedad y aceleró los trabajos.

La ruta para llegar hacia la zona de la tintorería donde se presumía que estaba Miguel tuvo que ser abandonada gracias a un obstáculo insalvable. La estrategia tuvo que ser modificada hacia el derrumbe sobre Emiliano Zapata, donde varios huecos servirían para excavar un túnel con el que trazarían una nueva ruta que los llevaría hacia él.

Se utilizó entonces una rendija por donde ingresarían los rescatistas pero muchos dudaron en entrar; más tarde, algunos topos se animaron y se metieron. Los primeros reportes señalaron que habían llegado a una zona donde había espacio suficiente para que muchos objetos se mantuvieran intactos e incluso, el perchero donde Fabiola y su madre habían dejado sus bolsas, seguía de pie. El perchero era la señal de que estaban a un metro de Miguel.

Gabriel (el chofer), ingresó y llegó hasta donde estaba el perchero, alcanzó a ver el baño casi intacto y pensó que si Miguel se hubiera parado ahí, estaría ileso. Encontró que ahora su problema era que una de las losas cayó y quedó en una posición casi vertical, como si fuera una pared que lo separaba de la víctima.

Gabriel trató de comunicarse de nueva cuenta con Miguel, le pidió que hiciera ruidos pero lo que escuchó fueron más chasquidos que indicaban que seguía con vida. La noticia de que una losa se encontraba entre él y Miguel hizo que se modificara otra vez la estrategia: la nueva ruta sería ahora por arriba.

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pese al terrible suceso. FOTO: TERCERO DÍAZ / CUARTOSCURO

Los trabajos se reiniciaron con el apoyo de grandes especialistas para cortar el concreto y las losas que realizaron una labor casi quirúrgica, cortando únicamente en los sitios donde fuera necesario mientras la enorme grúa se encargaba de remover las piezas librando fácilmente los cables de alta tensión que rodeaban el edificio. Un hecho muy desagradable ocurrió cuando el jefe de bomberos llegó al sitio y quiso imponerse cuando todo ya estaba organizado y en marcha; prácticamente lo tuvieron que correr ante la rechifla y los abucheos de toda la gente presente.

Durante el jueves 21 de septiembre, las labores de rescate continuaron sobre la montaña de escombros pero los ejercicios para comunicarse con Miguel ya no dieron buenos frutos, ya nunca se volvió a establecer una comunicación con él. La noticia no evitó que continuaran los rescatistas que, poco a poco, fueron recuperando los cadáveres de los vecinos, todos encontrados en las escaleras del edificio. Los primeros rayos de luz del domingo 24 de septiembre, permitieron que por fin llegaran los rescatistas al sitio donde estaba Miguel Hernández.

A diferencia de los cadáveres de los inquilinos del edificio que terminaron en un terrible estado que obligó las autoridades a incinerarlos de inmediato, el cuerpo de Miguel apareció completo al 98 por ciento por lo que se permitió que fuera velado y enterrado en su pueblo en el Estado de México con su playera del Toluca. Las autoridades forenses decidieron guardarse la información del día en que finalmente falleció para evitarle a su familia la agonía de saber que estuvo con vida por más tiempo.

Alejandro Márquez, su esposa Fabiola y su hija Fabiola Márquez Loyo, finalmente terminaron su labor para recuperar los cuerpos de sus dos empleados. A pesar del colapso total del edificio, pudieron rescatar parte de sus pertenencias que quedaron intactas en los restos de su tintorería y llevarlas a su casa, teniendo que aceptar las pérdidas pero manteniendo la vida para seguir adelante.

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