Francia, el yate africano


Francia, el yate africano

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Absortos, enamorados, derretidos, los ojos planetarios contemplábamos al argentino de barba pelirroja. De pronto, unas sólidas manos nos tomaron la cabeza con fuerza para que por una maldita vez no viéramos a Messi, sino a los 11 que a su lado cantaban Allons enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé! Si dijéramos “Qué partido de Octavos más parejo, terminó 4-3”, cometeríamos el peor embuste de la Copa del Mundo.

El Argentina-Francia fue horriblemente desigual: un peso pesado con 120 kilos de músculo y millones de neuronas vivas Vs. un peso paja ordinario, lento, sin estrategia y acaso estériles chispas de malicia.

Francia conserva la clase y astucia de la época de Platini, pero capitaliza con su espíritu liberal el drama de la migración africana a Europa de las últimas décadas. Su selección no perdió un glóbulo del arte que siempre corrió en sus venas, a la vez que posee los superpoderes físico-mentales del inmenso continente al sur del Mediterráneo, cuyas familias atacadas por el hambre y la amenaza de la muerte cruzan el mar.

Deliciosa mezcla de genes, esta Francia es una película de superhéroes de piel oscura. Pogba, Guinea. Kanté, Mali. Matuidi, Angola. Umtiti y el grandísimo Mbappé, Camerún. Ellos o sus padres nacieron allá y ahora no reman en balsas de tablones sino que son un portentoso yate que los sudamericanos fueron incapaces de frenar. Con cuatro o cinco diagonales supersónicas y paredes de precisión arquitectónica (suprema velocidad muscular mental) avanzaban, anotaban y volvían diminuto a un cuadro argentino sin estilo, sin marineros diestros que evitaran el naufragio, y para colmo sin capitán, Messi, débil para controlar el timón en la tempestad.

Una nueva maravilla del mundo, esta Francia africana.

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Francia celebra su victoria ante Argentina. Foto: AFP.

URUGUAY, EL CUADRO OBRERO

¿Cómo un país que es una esquinita del mundo puede ser tanto? Ayer, la tribuna era una marea de mujeres y hombres felices que volaron 13 mil kilómetros de Uruguay a Rusia para cantar “soy, celeste, soy celeste, soy celeste, soy, soy”. Con sus voces confirmaban sonrientes que si su país de solo 3 millones de habitantes es vanguardia en desarrollo humano, igualdad, crecimiento económico y limpieza de su clase política, su Selección se parece mucho a todo eso.

Cierto que el demoledor señorío de Cavani ante el arco es una gran ventaja, pero Uruguay es una cooperativa fabril en donde todos sus miembros son obreros ultra calificados. Hay algo de un socialismo productivo, justo, dignificante en esa Selección, y emociona ver el compromiso de quienes portan, quizá, la más hermosa camiseta de Rusia 2018.

En el banco, el maestro Tabárez, con la motricidad de su cuerpo atrofiada por el síndrome de Guillain-Barrè pero la mente clara. El técnico uruguayo rompe esa imposición mediática y social según la cual hay que ser joven y vigoroso para tener derecho a pisar este mundo. Con sus 71 años, con su bastón, Óscar Washington es al futbol de Uruguay lo que el expresidente Mujica es para el pueblo de ese país. Ambos líderes prueban lo que importan son las ideas, la honestidad, la lucha por el bien común.

Uruguay gana, gana, gana, vuelve al triunfo su dogma, hace muchos goles, y si eso no basta para persuadir construyó atrás un macizo fortín de roca: ha recibido un gol en más de 360 minutos jugados.

Del otro lado, al irse de la competencia Portugal dejó, como Argentina, un legado muy grande: la certeza de que estamos en una era distinta. Ya no basta tener a Pelé, Beckenbauer, Maradona, Messi o Cristiano para conquistar Copas del Mundo. La maravilla del futbol de hoy es que vencen las colectividades, y que sin ellas los genios están ridículamente solos.

Por eso conmueve este Uruguay sin genios.

Edinson Cavani celebra tras la anotación a favor del equipo uruguayo. Foto: AFP.

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