La guerra comercial no es lo que parece

La guerra comercial no es lo que parece

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De desatarse un enfrentamiento entre China y Estados Unidos ¿quién perdería más?

 

FUE UNA CLASE MAGISTRAL en relaciones públicas, con el potencial de evitar una guerra comercial. Por ahora. Mientras el presidente estadounidense Donald Trump despotricaba contra Pekín en Twitter, el presidente chino Xi Jinping interpretaba el papel de adulto y se expresaba de manera mucho más mesurada. El 10 de abril, Xi anunció que su país tenía el compromiso de ser un mercado más “abierto”. Como prueba, ofreció reducir los aranceles: particularmente el impuesto de 25 por ciento que China aplica a los automóviles importados, así como los límites a la propiedad extranjera en las plantas automotrices.

Al estadounidense le gustó aquello. “Muy agradecido con las amables palabras del presidente Xi sobre los aranceles y las restricciones para autos”, tuiteó Trump. Luego de semanas a pique, las acciones estadounidenses se dispararon, aliviadas.

Foto: Especial

Tal vez Xi también sintió alivio. La sabiduría convencional sobre una guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo es que los dos bandos pierden, y en grande. Desde esta perspectiva, un impasse es como si dos individuos apuntaran sendas armas a sus respectivas cabezas y gritaran: “¡Haz lo que digo o este idiota se muere!”.

La realidad es un poco más complicada. En una guerra comercial con China, Estados Unidos —si actúa con inteligencia— podría “ganar”, o al menos asegurarse de que China pierda más. De hecho, como explica Michael Pettis, profesor de finanzas en la exclusiva Universidad de Pekín: “El secretito sucio del comercio es que —para las economías diversificadas con grandes déficits, como Estados Unidos— una guerra comercial puede resultar positiva en términos de crecimiento, al menos a corto plazo; a condición de que se haga correctamente” (Pettis y otros argumentan que Estados Unidos debería esmerarse en reducir la cantidad de dinero extranjero que fluye a su territorio, a fin de rectificar sus desequilibrios comerciales).

El presidente estadounidense Donald Trump cuando firma un memorando presidencial dirigido a lo que él llama agresión económica china en la Sala Roosevelt en la Casa Blanca el 22 de marzo de 2018 en Washington, DC . Foto de Mark Wilson / Getty Images

Si se trata de guerras comerciales, muchos invocan, de manera refleja, el infausto arancel Smoot-Hawley de 1930, una medida que contribuyó a precipitar la Gran Depresión, pues aceleró la contracción del comercio global. La razón de que ese arancel fuera monumentalmente absurdo es esta: Estados Unidos tenía excedentes comerciales tremendos, como los que tiene China actualmente. La economía estadounidense no podía asimilar todo lo que producía, así que exportaba la diferencia. Pettis señala que, en aquellos días, “Estados Unidos tenía el excedente comercial absoluto más grande en la historia”.

Ese excedente desapareció hace mucho y, según la expresión de Pettis, Estados Unidos es el “amortiguador” económico del mundo, ya que asimila la mitad de todo el ahorro excedente del planeta. Es la única economía mundial con el tamaño necesario, y con los mercados de capital suficientes, para absorber esos ingresos. Todo ese capital extranjero tiene que parar en alguna parte, y un pedazo bastante importante se queda en los mercados de bienes raíces o acciones, haciendo que los estadounidenses se sientan, repentinamente, más ricos y mejor dispuestos a gastar. Y es ese consumo adicional lo que ayuda a impulsar el déficit comercial.

Estados Unidos podría responder de dos maneras. Puede dejar que aumente el desempleo, ya que los productores extranjeros quitan participación de mercado a las empresas nacionales. Sin embargo, es obvio que eso crearía problemas políticos. También puede aumentar el gasto gubernamental para mantener elevada la demanda general y conservar el desempleo relativamente bajo. ¿Adivinas cuál prefiere?

El presidente chino Xi Jinping. Foto por Lintao Zhang / Getty Images

¿Acaso los aranceles que propone Trump —en vez de los que Pettis y otros consideran más eficaces— reducirían el déficit comercial? Es probable que no. No obstante, si Estados Unidos persiste en esa postura —y Trump siempre ha manifestado su afinidad por los aranceles—, la sabiduría convencional dice que China responderá. Muchos suponen que Pekín tiene armas poderosas para tomar represalias, armas que causarían graves daños a la economía estadounidense y mundial.

Pero Xi es prudente. Sabe que su capacidad para tomar represalias es limitada. Algo que podría hacer Pekín es dejar de comprar deuda del Tesoro estadounidense. Hillary Clinton habló de esa posibilidad durante su campaña cuando explicó por qué Estados Unidos no estaba en condiciones de utilizar la dureza con China. Aunque ese resultado es poco probable. Si China no comprara deuda estadounidense, tendría que repatriar el dinero que gana con el comercio, el cual recibe en dólares. Y para ello, tendría que vender esos dólares para comprar renminbi. Eso elevaría considerablemente el valor de la moneda china, y pondría en riesgo a los exportadores que generaron excedentes. Como dice Pettis, vender deuda estadounidense “es una amenaza completamente vacía”.

Por supuesto, Xi lleva una ventaja en esta guerra comercial: no necesita preocuparse por los votantes. A diferencia de Trump, quien tiene muchos votantes en estados que serían afectados por los aranceles chinos sobre productos agrícolas o aviones Boeing. De modo que Pekín tal vez intimide a Trump y espere a que se doblegue.

Con todo, la postura de China no es muy fuerte. Cierto: restringir las importaciones de compañías estadounidenses específicas causaría mucho sufrimiento a las empresas, sus proveedores y sus accionistas. Por ejemplo, Boeing es muy vulnerable. Y prohibir la venta de productos armados en Estados Unidos y luego, vendidos en China, también causaría dolor (¿alguien dijo Apple?). Sin embargo, algunos analistas consideran que Pekín tiene una capacidad limitada para infligir dolor a la economía estadounidense en general. Por ejemplo, los productores estadounidenses de soja sufrirían, pero no hablamos de otra Gran Depresión.

En cambio, Pekín la pasaría muy mal a causa de sus excedentes. “China corre un gran riesgo, en la medida en que sus represalias fomentarían una mayor intervención comercial por parte de Estados Unidos y el resto del mundo”, argumenta Pettis. “Para forzar cualquier tipo de contracción en sus excedentes tendría que incurrir en más deuda o en más desempleo”.

Y si bien Xi no tiene que preocuparse por los votantes, debe lidiar con manifestantes en las calles. A principios de abril, se mostró muy razonable al negarse a participar en este juego de provocaciones. Lo cual significa que es posible que el espectro de la guerra comercial termine por disiparse y deje de atormentar a la economía global.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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