El ‘momento crucial’ de la evolución humana


El ‘momento crucial’ de la evolución humana

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Pasó hace poco más de 300,000 años, en un lugar llamado la Cuenca de Olorgesailie, en el sur de lo que ahora es Kenia: dejamos de ser unos grandes monos tratando de pararnos en nuestros pies y empezamos a ser humanos. En fechas recientes científicos hallaron evidencias determinantes en el origen de la innovación tecnológica, el comercio y la comunicación simbólica. Newsweek en Español charló con ellos.

 

Hachas de mano. De esas que no tenían mango y que, hace mucho tiempo, se hacían golpeando una roca contra otra hasta sacarles algo parecido al filo…

La humanidad, que en aquellas épocas estaba representada por integrantes del género Homo, como el erectus y el habilis, que apenas estaba aprendiendo a caminar de pie sobre el suelo del Sur y el Este de África, llevaba usando estas armas-herramientas casi dos millones de años.

Pongámoslo en números: 1,750,000 años.

Para darnos una idea de cuánto tiempo es eso, pensemos que si cambiamos nuestro smartphone cada dos años porque la pila ya comenzó a fallar y se descarga muy rápido, porque ahora sí salió un nuevo modelo de nuestra marca favorita que es mucho mejor que el anterior, porque es el tiempo que dura el plan de compra o porque caímos en cualquier otro truco de la obsolescencia programada, el número de minutos de esos dos años es apenas 1,051,200.

Para alcanzar los 1,750,000 minutos nos tendríamos que esperar otro año y casi tres meses más. Casi una eternidad, ¿verdad?

Pero, de pronto, algo pasó, y los seres humanos cambiaron de tecnología y empezaron a hacer un nuevo tipo de armas-herramientas, unas en verdad agudas y filosas. No solo eso, empezaron a intercambiar bienes y a “decorar” sus utensilios con lo que puede entenderse como el comienzo de la representación simbólica.

Algo pasó hace poco más de 300,000 años en un lugar llamado la Cuenca de Olorgesailie (se pronuncia Olorguesaili), en el sur de lo que ahora es Kenia, y dejamos de ser unos grandes monos tratando de pararnos en nuestros pies y empezamos a ser humanos.

“Solo para estar seguro: Hasta donde sabemos de momento, ¿los artefactos que ustedes encontraron representan el punto de origen de la innovación tecnológica?”, le pregunto al paleoantropólogo Richard Potts.

“Es correcto”, responde el líder del proyecto que comenzó hace 32 años.

“Para ponerte un poco en contexto: en las capas más tempranas (de nuestra excavación) en el Olorgesailie, desde hace 1.2 millones de años hasta hace 320,000, capa tras capa tras capa, por todo ese tiempo, vemos un solo tipo de tecnología, el hacha de mano, y es muy llamativo que una sola forma de tecnología, una sola conducta, pudiera durar tanto…

“Pero esa forma de vida desapareció hace unos 320,000 años, y es la primera evidencia que tenemos de la completa sustitución de una forma de vida y la estabilidad del comportamiento con algo que implica un sistema mucho más flexible de hacer herramientas y de relacionarse con el ambiente”.

El director del Human Origins Program del Instituto Smithsoniano añade que también encontraron el origen de la comunicación simbólica y del comercio.

Me quedo callado, un poco abrumado por la magnitud del descubrimiento que hace unos días publicaron Potts y un gran equipo de expertos en tres artículos en la revista Science.

Las pruebas geológicas, geoquímicas, paleobotánicas y de fauna obtenidas en la Cuenca de Olorgesailie indican que un amplio periodo de inestabilidad climática afectó a la región hace alrededor de 160,000 años.

Es decir, más que huesos y dientes, que no encontraron, estos científicos hallaron utensilios que revelan el origen de las conductas que nos definen como seres humanos. E incluso llegaron más allá y explicaron qué fue lo que causó el cambio de comportamiento en una época en la que, por decirlo de algún modo, apenas estábamos aprendiendo a pararnos sobre nuestros pies.

Todo esto a partir de unos cuantos utensilios de obsidiana y rastros de un pigmento llamado ocre rojo.

¿QUÉ ENCONTRARON?

Potts me explica en qué consistieron las innovaciones tecnológicas. Era “un juego de herramientas más pequeñas que las hachas de mano, que eran muy masivas y aparatosas…

“Creo que lo que estamos viendo —se interrumpe—… lo que estamos viendo es lo que ha sido la historia de la tecnología desde entonces. Las cosas comienzan siendo grandes e incómodas y terminan siendo pequeñas y portátiles. Solo piensa en los teléfonos celulares, las computadoras, y ahora vimos que el primer cambio de ese estilo sucedió hace entre 500,000 y 320,000 años”. (Esa incertidumbre de 180,000 años se debe a que esa parte de los sedimentos fue erosionada y no la pudieron estudiar.)

El nuevo juego de herramientas incluía puntas de proyectiles, raspadores y diversas herramientas para cincelar y perforar.

Lo que no encontraron fueron huesos o dientes humanos. “Los fósiles de humanos son muy escasos —me explica Allison Brooks, de la George Washington University, investigadora asociada del Human Origins Program y autora principal de uno de los artículos de Science—. Se encuentran una quijada por aquí y un fragmento de hueso por allá…”.

Sin embargo, los científicos saben que en esa época ya había seres humanos. “Los primeros fósiles que se parecen a los humanos de la actualidad son de hace 300,000 —dice Allison—. Este dato proviene de un reporte del año pasado de una excavación en Marruecos, al Norte de África”. Antes de ese reporte, los fósiles más antiguos primeros que se conocían eran de hace 200,000 del Este de África.

“Lo que sí sabemos —afirma Allison— es que los fósiles de hace 500,000 años o más no eran Homo sapiens y que tenían cerebros al menos 25 por ciento más pequeños que los nuestros, aunque su tamaño corporal fuera similar”.

Así que ahora se considera que hace 300,000 ya existía el Homo sapiens. “Nuestra evidencia —dice Potts— es un poco más vieja pero, y aún estoy tratando de ajustar mi mente a eso, estamos viendo comportamientos que están justo en nuestro origen y eso no se refiere solo a la construcción de herramientas y la innovación tecnológica, sino también esta idea de la conciencia de otros grupos en otras localidades y el desarrollo de una cierta relación con ellos”.

La evidencia de que existían otros grupos en la zona y de que los olorguesalinos (como podemos nombrarlos) tenían contacto y comercio con ellos viene, curiosamente de algo que los científicos no encontraron en la excavación: obsidiana sin trabajar.

Los lugares más cercanos en donde es posible encontrar obsidiana están, mínimo, a unos 100 kilómetros en línea recta, pero es mayor la distancia si hay que ir a pie. Así que los olorguesailinos tuvieron que recorrer esa distancia para conseguir la obsidiana y muy probablemente la obtuvieron comerciando con otro grupo humano que la tenía.

Brooks me explica las tres razones para que la hipótesis del comercio sea la preferida. Primera, las locaciones donde hay obsidiana son todas adecuadas para la ocupación humana (tienen agua, otros recursos pétreos, fauna…) y actualmente están ocupadas. Segunda, en general, también tienen artefactos de la Media Edad de Piedra. Tercera, es casi imposible que un grupo de cazadores recolectores, que suelen consistir de 25 a 30 personas, pudieran subsistir si eran los únicos en un área de 60 kilómetros cuadrados.

“Y también el material colorante —comenta Potts—: los pigmentos, que se suele ver en el inicio de la conducta compleja simbólica y la habilidad de usar signos y de comunicar, quizás a través del lenguaje. Así que tenemos un paquete muy interesante de conductas que no sabíamos que existieran hace tanto tiempo”.

Brooks comenta: “Es el contexto en que evolucionamos, en el que nos convertimos en Homo sapiens y desde donde nos expandimos por África y llegamos al resto del mundo. Es un momento crucial en nuestra evolución que debe ser contado desde la perspectiva del comportamiento, de lo que estaban haciendo”.

LO QUE DISPARÓ EL CAMBIO

Cuando se habla del origen de los seres humanos, en general se piensa en planicies cubiertas de pastos. Y hasta hace 800,000 años la cuenca de Olorgesailie era una fértil planicie inundable. Después de esa época, iniciaron fuertes fluctuaciones climáticas; llegaron largos periodos de sequía que se alternaron con épocas de abundantes lluvias.

Esto lo revelan los sedimentos analizados por el equipo de científicos. En particular por Anna Behrensmeyer, también del Smithsonian Institute y quien publicó un cuarto artículo en la revista de la Sociedad Geológica Americana. Behrensmeyer es lo que se puede llamar una “paleoclimatóloga”, es decir, una estudiosa de los climas de épocas pasadas. Ella tuvo la fortuna de poder analizar, además de los sedimentos de la cuenca, una formación rocosa llamada Oltulelei. Lo que cuentan esas piedras es dramático. Hubo “un cambio notable en el paisaje, cambios en la elevación y la topografía del territorio”, comenta Potts, que fueron ocasionados por fortísimos temblores.

“Era como el golpeteo del uno dos (en el boxeo): actividad sísmica y variación climática a la vez. Eso debe haber interrumpido la disponibilidad del agua y la comida”, sigue Potts.

De que estos cambios fueron muy drásticos hay forma de comprobación en el registro. La fauna de la época da cuenta de ellos de la manera más drástica, pues las especies animales más grandes, había incluso ancestros de elefantes y caballos, se extinguieron, mientras que aparecieron nuevas especies de tallas menores.

Así como para los animales, para los seres humanos la obtención de alimento se hizo impredecible y las viejas prácticas, inoperantes.

Además de la innovación tecnológica, “la habilidad de interactuar con otros grupos que podían estar muy distantes debe hacer sido una estupenda forma de sobrevivir a los cambios en el ambiente”, dice Potts.

Después de este trabajo, “veo que el gran tema de la evolución humana es la adaptabilidad al medioambiente, cómo los seres humanos han sido capaces de sobreponerse a lo inesperado, sea en lo físico, lo biológico o lo social. Somos la especie más adaptable que jamás haya evolucionado en el planeta. Hay 7,300 millones de personas distribuidas por todo el globo en tipo de ambientes.

“Lo que estamos viendo en nuestro estudio es el origen de la adaptabilidad humana”.

ARMADOS, PERO SOCIABLES

“Quiero enfatizar que somos una especie extraordinariamente sociable”, me dice Allison Brooks casi desde antes de que le haga cualquier pregunta.

A lo que se refiere es a que “si ves a los animales y la forma en que se cuidan unos a otros, somos los mejores. Existimos en una red, en una comunidad, tenemos enlaces que se fortalecen con el lenguaje, nos reconocemos con otros de nuestro grupo por lo que decimos, con lo que nos vestimos”.

Y agrega: “La gente está cubierta en símbolos la mayor parte del tiempo. Creo que esa es la base de nuestra adaptación como especie”.

Si bien esta es una de las conclusiones de los estudios que publicaron este equipo de expertos, y es novedosa y pionera en ese sentido, Allison comenta que hay muchos más expertos con estudios que apuntan a conclusiones similares, pero que no los ha publicado aún. “Muy pronto veremos cómo salen a la luz”, asegura.

Vista aérea de la Cuenca de Olorgesailie, tomada por R. Potts.

Estas conclusiones, para el caso de los olorguesalinos, derivan del uso del pigmento ocre rojo. “No tenemos (rastros de su) ropa, todo lo que tenemos es el pigmento que usaban, pero está muy claro cómo lo usaban”. E igual que en el caso de la obsidiana, “tenían dificultades para conseguirlo porque tampoco viene de la localidad.

“Los masai que viven en Olorguesaili también están cubierto en ocre rojo. Les preguntamos de dónde lo sacan. Nos dijeron que hay más o menos cerca, pero que no lo usan porque no es muy bueno. Hicimos un estudio para ver qué tan lejos estaban dispuestos los primeros humanos a viajar para conseguir ocre de buena calidad. (Los masai) nos llevaron a la fuente cercana, en la cima de la montaña Olorguesaili y tomamos muestras y las comparamos químicamente con los rastros que habíamos encontrado y no era el mismo. Así que viene de algún otro punto, quizá más lejano. Hasta el momento no sabemos de dónde viene”.

El ocre se podría utilizar para protegerse del sol, de las picaduras de insectos, para que la ropa que usas sea más resistente o para hacer un pegamento. “Exploramos estas diversas posibilidades —dice Brooks—, pero para todos los fines había otras sustancias en el medio que servían mucho mejor que el ocre”.

Analizaron con especial cuidado la posibilidad de que, mezclado con alguna otra resina, el ocre funcionara como pegamento, como algo útil. Probaron muchas sustancias en muchas combinaciones “y resultó que no es el ocre el que hace el mejor pegamento, es la arena movediza. Y la zona tiene muchas arenas movedizas”.

Potts mirando las hachas de mano de Olorgesailie.

Tras descartar las otras opciones, la comunicación simbólica es la que permanece. “De alguna manera es un tema de identidad. Si una persona está pintada, resalta en el paisaje. Si fuera una cuestión de solamente cubrirse podría hacerse con lodo o con alguna otra cosa, no había por qué toda la molestia de ir a conseguir el pigmento”.

EL OTRO FACTOR HUMANO Y SU “MOMENTO EUREKA”

Pero esta historia tiene otro origen, el de la propia excavación.

Este podría rastrearse hasta finales de los años 60, cuando Potts era un niño al que su hermano mayor, que era maestro de profesión, antes de dejarlo salir a jugar, quería enseñarle cosas sobre, por ejemplo, el origen del sistema solar.

Desde entonces “he estado interesado en el origen de las cosas”, dice.

También podríamos irnos a principios de los años 50. “Debo decir —confiesa Allison Brooks— que cuando tenía nueve años quería ser arqueóloga. Después me distraje con otras cosas. Pero algo que puedes hacer en las universidades de Estados Unidos es llegar sin saber qué quieres hacer y probar distintas cosas. Así que intenté diversas cosas: astrofísica, historia medieval, literatura, pero cuando encontré la antropología pensé que podía saber de todas estas cosas y ser antropóloga, porque la antropología es un estudio del ser humano, así que puedes estudiar a los seres humanos en cualquier actividad que lleven a cabo”.

O, incluso, a mediados de los años 40, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y el área cercana a la Cuenca de Olorgesailie fue estudiada por los grandes pioneros de la paleoantropología: el matrimonio de Louis y Mary Leaky. De hecho, ese fue el inicio, pero es mucho más conveniente que sea Potts quien lo explique.

Desde que llegó al Museo Smithsoniano, Potts tuvo la oportunidad de trabajar con Mary Leakey. “Ella visitó mis excavaciones en otro sitio y me dijo: ‘¿Sabes, Rick? Nadie ha hecho el Olorguesaili bien. ¿Por qué no lo intentas?’. Ella era la gran pionera y tutora, así que fui. Pensé que pasaría unos tres años excavando cuando empecé en 1985…

“Mi trabajo en este sitio en Kenia empezó en 1985, y en 1986 estaba ahí con uno de mis nuevos colegas, Alain Deino. Tomamos muestras de cenizas volcánicas para poder datar (ubicar en el tiempo) el sitio completo de la Cuenca de Olorgesalie. Las técnicas de datación no eran muy buenas en esa época. Entonces noté que había un tipo interesante de pequeñas herramientas que no habían sido reportadas previamente, no en los registros de los Leakey.

“Las puse en espera porque estábamos trabajando con las hachas de hacía 700,000 años que provenían de otros sitios.

“Para el año 2000, empecé a pensar más en las herramientas más pequeñas y en ese punto pensé que debía establecer un programa de excavación, para colectar con mucho cuidado y ver qué es lo que realmente estaba pasando en ese periodo.

En 2001, Allison Brooks se unió al trabajo. Y en ese mismo año encontraron el ocre. “Y lo discutimos —recuerda Brooks—. Porque cuando están cubiertos de sedimentos, que es como están cuando los desentierras, parecen ser solo piedras. Que estuvieran trabajados solo se hace evidente cuando los pones bajo un microscopio y puedes ver las marcas de elaboración y de que se utilizaron. Así que al principio solo pensamos que podían ser interesantes.

Empezaron la excavación sistemática en 2002.

Mientras, Alan Deino desarrolló nuevas técnicas de datación para poder saber la edad de los fragmentos que estaban encontrando a partir de las cenizas volcánicas. Los publicó en 2012.

“También teníamos que analizar los pigmentos, este color rojo sobre la roca negra que, otra vez, al principio no sabíamos lo que eran”.

“Como en 2012 dije, ok, detengamos esta excavación y hagamos los análisis y tratemos de hacer publicaciones. Como algunos de esos análisis toman mucho tiempo, los tres artículos son, en realidad, el resultado de 16 años de trabajo.

Esto implica que no hubo solo un “momento eureka” (como se suele llamar al instante del descubrimiento). “¡Hubo muchos! Cuando empezamos a juntar todo el material, al ver que teníamos puntas de lanza que eran mucho más finas que las hachas, al hacer el análisis químico de la obsidiana y encontrar la zona de la que venía el material, a 95 kilómetros de distancia; encontrar que la fauna de la zona, las especies de animales, habían cambiado dramáticamente al mismo tiempo y el estudio de la geología que reveló que, al mismo tiempo, se desarrollaron grandes fracturas en la corteza terrestre desde hace 500,000 y la evidencia muy notable de que el clima había cambiado drásticamente.

EPÍLOGO POR SUDÁN Y LAS RINOCERONTAS

Al momento de escribir este artículo, también en Kenia, en una reserva, murió Sudán, el último rinoceronte macho de su especie. Quedan dos hembras. Irónicamente, el nombre común de la especie es masculino: rinoceronte blanco del norte (ah, cuánto mejor y neutro es el nombre científico en latín: Ceratoterium simum). De hecho, hasta 2014, dice la Fundación del Español Urgente (Fundéu), “rinoceronte era palabra de género epiceno, como tiburón y avestruz, que siempre actúan como masculinos”. Pero ya no, ya se “puede” decir rinoceronta en lugar de rinoceronte hembra, aunque el corrector ortográfico lo marque como error.

El paleoantropólogo Rick Potts.

Así que, para estas líneas de despedida y para lo que les queda de vida a las rinocerontas Navin y Fatu, deberíamos llamar a la especie rinoceronta blanca del norte.

Resulta terrible pensar que esta especie de rinocerontes se extinguió a causa de los cazadores furtivos, y no porque haya habido un cambio climático. Pero, si ese fuera el caso, también habría sido culpa del Homo sapiens.

Para Brooks y Potts, la historia de 320,000 años de antigüedad que descubrieron tiene muchos mensajes para que los humanos actuales no compartamos el destino que infligimos a las rinocerontas blancas del norte.

Sí, somos una especie muy creativa, sociable y adaptable, pero “sobrevivimos en el mundo gracias a que lo modificamos —dice Potts—. Desde que convertíamos las piedras en hachas de mano, era una forma de cambiar los alrededores.

“Pero ahora estamos haciendo un ‘experimento’ de cambiar el medioambiente de una forma que nunca se había hecho antes”. Nuestra especie “se ha adaptado tan exitosamente a los distintos ambientes que estamos en todo el mundo, y eso significa que modificamos a toda la tierra y la tierra no tiene su propia estabilidad natural.

“La gran pregunta es entonces si vamos a poder adaptarnos a este cambio”, dice con preocupación.

Brooks tiene una opinión un poco menos pesimista. Quizá porque tiene una forma peculiar y eficaz de resolver temas sociales, sea en su hogar, en el desierto del Kalahari o cuando el desierto del Kalahari se vuelve su hogar.

Cuando Brooks estudiaba qué había pasado con los neandertales en Europa, se casó con un colega, John Yellen, quien estudiaba la arqueología de los cazadores-recolectores del desierto del Kalahari y vivía con un grupo de cazadores-recolectores actual. Muy pronto se dieron cuenta de que no podían tener proyectos en lugares distintos del mundo. Cuando llegó el momento de decidir dónde trabajarían juntos pensaron que “había mucha gente trabajando en Francia y casi nadie en África. Así que pensamos: vamos a África y luego seguimos en otro lugar… Eso fue hace 50 años y seguimos trabajando en África”.

Estuvieron en el Kalahari, el Congo, Etiopía, “cada década trabajábamos en un lugar distinto. Luego fuimos al Olorguesaili, y uno de los retos era mantener nuestro matrimonio unido y no discutir demasiado, así que hicimos lo que siempre hemos hecho: trabajar en lugares distintos del territorio que exploramos. Él trabajó en el área donde estaba el ocre y yo, donde estaba la obsidiana. Él es el coautor del artículo donde yo soy la autora principal y él va a ser autor principal en otro artículo que va a salir pronto”.

Brooks sabe que, aunque seamos una especie muy sociable, tenemos desde el comienzo un lado violento. “Nuestros parientes más cercanos son los chimpancés, y si tú fueras un chimpancé macho y vas al territorio de otros chimpancés estarías escribiendo tu sentencia de muerte. Los otros machos te destrozarían”.

También sabe que, aun siendo más sociables que los chimpancés, seguimos siendo muy similares a los cazadores recolectores de hace 320,000 años; sabe que las grandes ciudades, la tecnología y la comunicación no nos han cambiado en esencia…

Hay que aclarar que Brooks no intuye o cree en esto, lo sabe por los trabajos, entre otros, del psicólogo evolucionista Robin Dunbar, quien calculó, a partir de estudios cognitivos y extrapolando a partir de los primates el famoso número Dunbar, que es el número de personas con las que podemos mantener relaciones estables.

Son 150. Este número, por la forma como fue obtenido, sería aplicable a toda la humanidad independientemente de la época y de si se comunica con tambores, señales de humo, cartas manuscritas o teléfono… ¿También si está en redes sociales?

Dunbar publicó el número en 1992, pero en 2010 decidió ver si Facebook había alterado la cifra de alguna manera. Y resultó que no. Aunque podamos tener miles de amigos en nuestras cuentas, es con alrededor de 150 con los que mantenemos relaciones constantes.

Pero Brooks también recuerda un viaje que hizo su marido en el Kalahari. Iba a ver a un grupo de cazadores recolectores lejano y lo acompañó un integrante del grupo con el que vivía en ese momento como traductor.

“El pobre hombre estaba terriblemente asustado, convencido de que lo matarían —me cuenta—. Así estuvo hasta que supo que había una mujer, esposa de uno de los hombres del nuevo grupo, que tenía un nombre igual al suyo. Supo que estaban emparentados y entonces se sintió seguro a salvo”.

Esta historia me gusta porque quiero pensar que el equipo de Potts, Brooks, Deino, Berhensmeyer, Yenell y otros veintitantos científicos asociados a 17 centros de investigación de distintos países no solo encontró evidencias del origen de la innovación tecnológica, el comercio y el lenguaje simbólico. También, al mostrarnos que desde entonces nos comportábamos, en esencia, igual que como lo hacemos ahora, nos dan un recordatorio de algo que ya sabíamos, pero que a veces se nos olvida: que la humanidad entera está emparentada.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation whit Newsweek

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