Al otro lado de la calle (y de los cerros) | Newsweek México


Al otro lado de la calle (y de los cerros)



Entre la Ciudad y el Estado de México no hay final obvio, sino el ser continuo de una gran urbe: el mismo aire se respira a los dos lados de la línea divisoria.

ESTADO DE MÉXICO, MÉX.— Con los ojos cerrados, la orquesta urbana suena armoniosa: el andar de un tren de carga marca un ritmo suave; cláxones hacen contratiempo y los camiones aportan los graves cada vez que frenan con motor. La música se desvanece al levantar los párpados. Aparece un mosaico de fábricas sin fin, chimeneas que sueltan humo y una nube amarronada que desfigura los contornos de edificios lejanos. Desde los cerros de Tlalnepantla, el valle de México provoca miedo.

La opacidad del aire que respiramos se hace evidente aquí, aunque la exposición a contaminantes dependerá del momento del día. En la mañana, la nube avanza de norte a sur debido a las corrientes de aire que entran desde Hidalgo y Estado de México. Topa luego con las montañas cercanas al Ajusco y por la tarde rebota, regresa hacia el norte. Así se mueve la contaminación por este valle de geografía que actúa cual contenedor.

Al pie de los cerros están Naucalpan, Tlalnepantla y Ecatepec. “Fábrica de herrajes”, dice una construcción. Unos metros más adelante, “Blindajes especiales”, y luego, ganchos para ropa. Más allá varias farmacéuticas, empresas de transporte y edificios industriales con chimenea y sin ella, con carteles y sin ellos que digan sobre lo que se fabrica en cada lugar. Hay tantos que resulta complicado decidir hacia dónde enfocar una fotografía.

En este sector funcionan más de 13 000 empresas: 5002 en Naucalpan; 4891 en Tlalnepantla y 3358 en Ecatepec, según datos de la Secretaría de Economía del gobierno federal, actualizados en julio de 2016. Más de 13 000 en un área de 427 kilómetros cuadrados que representa apenas el 5.37 de la superficie total de la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), que tiene 7954 kilómetros cuadrados.

Solo Tlalnepantla cuenta en promedio 40 empresas por cada 1000 metros cuadrados.

¿Qué sustancias se sueltan al ambiente desde las industrias? Partículas de todos los tamaños y un sinfín de componentes orgánicos e inorgánicos. Preocupan sobre todo los metales pesados, óxido de nitrógeno y azufre, presentes en el aire según las mediciones durante las contingencias ambientales que se suceden desde marzo.

A principios de esta década, en la zona metropolitana se generaron 4867 toneladas de bióxido de azufre (SO2) y de ese volumen el 85 por ciento proviene de la industria, indica el Inventario de Emisiones Contaminantes de la Zona Metropolitana del Valle de México 2014, de reciente publicación.

¿Quién controla estas fábricas y empresas? Depende: las hay de jurisdicción federal y estatal, según el giro. En casos de grandes negocios, refinerías y termoeléctricas como “Valle de México”, ubicada en Ecatepec, la vigilancia recae en la Profepa. Cuando se trata de industrias de menor dimensión y acción local, son reguladas por cada entidad.

¿Cuánto contaminan en esta zona pegada a la capital? La respuesta varía según a quién se consulte.

El gobierno del Estado de México asegura que realiza controles adecuados y en mayo pasado su secretario de Medio Ambiente, Raúl Vargas Herrera, dijo que habían identificado solo 135 contaminantes entre decenas de miles de fábricas que operan en la entidad (un 52 por ciento del total de 76 000 que hay en la ZMVM, según datos del INEGI).

De la mayor emisión de “partículas suspendidas” (PM) en el aire, en la Zona Metropolitana del Valle de México, que incluye las inhalables (PM10) —las más nocivas para la salud—, el Edomex produce 63 por ciento frente al 25 por ciento de la Ciudad de México y el 12 por ciento de fuentes de la federación, de acuerdo con el Inventario de Emisiones Contaminantes de la ZMVM 2014.

Expertos y funcionarios capitalinos reclaman que en la zona conurbada son laxos los controles sobre la industria, que no exigen para la “Licencia Ambiental Única” (LAU), permiso para operar en la capital. “Hay fuentes industriales cuyas chimeneas podemos identificar claramente”, dice Antonio Mediavilla, director de Gestión de Calidad del Aire en CDMX. Se presume que emiten óxidos de nitrógeno y orgánicos volátiles, “pero ni siquiera se sabe cuántas empresas están emitiendo qué sustancias. Sería muy provechoso que el Estado de México colaborara de forma más proactiva para compartirnos esos datos”.

 

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La contaminación es un problema que afecta a gran parte del país. “Es un problema general, pero en cada ciudad las causas, las fuentes contaminantes, no son exactamente las mismas”.  / Foto: Paula Mónaco Felipe

Pero las reglas están cambiando. Después de una guerra de acusaciones mutuas, el juego pasó a una nueva cancha donde el árbitro es la Comisión Ambiental de la Megalópolis (CAMe). Desde julio pasado se facultó a esa entidad federal para que tome decisiones y coordine leyes y sanciones. Sin embargo, por ahora todos son deseos a futuro: en seis meses planean contar con un nuevo programa Pro-Aire; en un año actualizar sistemas de monitoreo y tener un inventario en tiempo real.

Poco después de esos pasos podrán avanzar sobre las nuevas normas, aunque el rezago en el andamiaje legal es importante y las mediciones disímiles, admite el coordinador ejecutivo de la CAMe, Martín Gutiérrez Lacayo. “Necesitamos actualizar normas. Tenemos un letargo normativo de diez años”, dice en entrevista con Newsweek en Español.

—¿Tiene la CAMe intención de endurecer controles a industrias? —se le pregunta.

—Claro. Ese es el beneficio de contar con un organismo como la comisión. Vamos a hacer las pautas de homogeneidad. Vamos a establecer estándares y protocolos unificados. Ese es el espíritu que han manifestado los gobernadores y el jefe de gobierno.

Promete también que, al igual que ocurrió en décadas anteriores, se buscará, “en algunos casos, reubicar industrias altamente contaminantes. No podemos exigir a la Profepa que vaya a clausurar empresas a lo loco cuando la mayoría de ellas van a cumplir con los límites de emisiones tan laxos que (ahora) tenemos”.

En Naucalpan, entre calles de baches como cráteres, está un cauce de agua color café con basura que flota pero no huele mal. Aquí la Calzada de las Armas marca el límite entre Ciudad y Estado de México, aunque cada vez que avanzo unas cuadras, vuelvo a estar de un lado y del otro, confundida.

La avenida Ingenieros Militares es un río de autobuses y combis con logotipos de colores naranja, rosado, café y verde, que marcan ruta y empresa a las cuales pertenecen. Llegan y se van del paradero Cuatro Caminos, final del metro y comienzo del transporte de motor, otro límite difuso entre la capital y el estado vecino.

De un lado se ven grúas, hacedoras de edificios que nacen y crecen. Del otro, muchas fábricas que se han convertido en bodegas. Me comentan que las industrias “se mudaron” unas cuadras más allá, hacia el Estado.

Con unos pocos pasos estoy en la delegación Azcapotzalco, en tierra chilanga. ¿Cuál límite? No hay final obvio, sino el ser continuo de una gran ciudad: el mismo aire se respira a los dos lados de la calle.

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Hay 19 estados que hacen monitoreo y los demás no lo hacen o no hay suficiente información” / Foto: Paula Mónaco Felipe

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La contaminación —con variaciones de emisiones— es un problema que afecta a gran parte del país, mucho más allá de la ZMVM, explica Víctor Hugo Páramo Figueroa, coordinador de Contaminación y Salud Ambiental del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC). “Es un problema general pero en cada ciudad las causas, las fuentes contaminantes, no son exactamente las mismas”, dice y agrega que, en ozono, “prácticamente en todas las ciudades tenemos niveles que rebasan la norma”.

Páramo Figueroa lleva décadas de trabajo en el tema: es ingeniero químico, maestro y doctor especializado en contaminación de aire, agua y química industrial; fue director de Gestión de Calidad del Aire en la capital entre los años 2000 y 2013.

Despliega estadísticas que sustentan sus afirmaciones, datos del Informe Nacional de Calidad del Aire 2014 elaborado con base en 176 estaciones de monitoreo ubicadas en 62 ciudades. “Hay 19 estados que hacen monitoreo y los demás no lo hacen o no hay suficiente información”, aclara.

Entre quienes cuentan con tecnología en diversa medida, surgen conclusiones a observar:

—En cuanto a registro anual de partículas PM10, las tres ciudades más contaminadas del país son Ciudad Juárez, Monterrey y su área conurbada, así como la Zona Metropolitana de Guadalajara. Le siguen, en orden decreciente, el valle de Toluca, Celaya, León, Torreón, Salamanca, Puebla y, en décimo lugar, la CDMX y su zona conurbada.

—En cuanto a registro anual de partículas PM2.5, vinculadas a combustión, más dañinas para el organismo, las diez ciudades con peores condiciones ambientales son: Atitalaquia (Hidalgo), valle de Toluca, Puebla, capital y zona conurbada, Salamanca (Guanajuato), Mexicali (Baja California), Irapuato (Guanajuato), zona metropolitana de Guadalajara, Celaya (Guanajuato) y Xalapa (Veracruz).

Un cuarto y un séptimo “puesto” en estas mediciones desmienten que el valle de México sea necesariamente la región más contaminada del país. Registros congruentes tiene la OMS, en su estudio “Global Urban Ambient Air Pollution Database”, que analizó niveles de partículas PM10 y PM2.5 en 67 países entre 2008 y 2013, afirma que la Ciudad de México no tiene los peores registros de la república mexicana, sino el séptimo puesto junto a Puebla, ambas con mejor calidad del aire que Monterrey (la más contaminada), Toluca, Salamanca, León, Irapuato y Silao.

—En cuanto a ozono sí es la ZMVM una de las urbes más afectadas: peor registro en medición de una hora y segundo peor en ocho horas (ver gráfico). Pero también urge tomar medidas en el área metropolitana de Nuevo León, que ocupa el segundo y tercer lugar, respectivamente. Salamanca y las zonas que abarcan Guadalajara y Toluca infringen la norma en ambas mediciones.

Al paso que caminamos, toda gran ciudad de México tendrá altos niveles de contaminación por industrias, vehículos y vida cotidiana sin conciencia ni tecnologías limpias. Para el doctor Páramo Figueroa, la mala calidad del aire en lugares densamente poblados “se explica pero no se justifica, es un problema de toda nuestra sociedad. La industria puede mejorar mucho, incluso en los compuestos orgánicos volátiles que son materias primas o residuos y hay opciones para controlarlos. Un ejemplo son las tintorerías donde el solvente podría no ser emitido a la atmósfera, sino hacerlo recircular y utilizar filtros”.

La conclusión es llana: hacen falta reglas y tecnologías para reducir emisiones. El panorama luce preocupante: entre 1990 y 2010, en el país las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de procesos industriales se incrementaron un 102.3 por ciento (Inventario Nacional de Emisiones de Gases de Efecto Invernadero, INECC; 2006/2010).

Mauricio Hernández Ávila, director del Instituto Nacional de Salud Pública, admite que en instituciones públicas preocupa “la magnitud” de la contaminación en gran parte del país. “Principalmente porque se han incrementado las ciudades de más de 500 000 habitantes en donde la calidad del aire no es segura para la salud varios días del año, situación que especialmente se presenta en aquellas 11 ciudades que tienen más de un millón de habitantes”, reconoció durante el Encuentro Nacional de Respuestas al Cambio Climático, que se realizó en estos días.

Pronto se conocerán los detalles de la calidad del aire en la mayoría de los estados de la república, porque el INECC lanzará una nueva página web de su Sistema Nacional de Calidad del Aire (Sinaica). Fácil de entender e incluso con un apartado para niños, presentará un mapa donde los colores rojo-amarillo-verde marcan la situación en ciudades y estados, en tiempo real, según la información que nutren las estaciones de monitoreo.

Será un gran avance que ilusiona a los científicos del INECC, pero resta mucho camino por recorrer, sobre todo en políticas. Páramo Figueroa destaca que “casi todas estas ciudades que no están cumpliendo con la norma tienen programas para mejorar la calidad del aire, que se conocen como Pro-Aire y es la ruta que en principio se sigue para reducir las emisiones y concentraciones”. Sin embargo, también hay muchos donde el nivel de polución es un misterio porque no cuentan con estaciones de monitoreo. “Una estación cuesta cerca de tres millones de pesos y requiere de operarios y mantenimiento, salarios… —lamenta con resignación—. En estas ciudades donde se han identificado problemas hay que incrementar el esfuerzo”.

—¿Hacen falta decisión política e inversión para ampliar la red?

—Sí. Es una cuestión de salud, de protección a la salud.

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