Música para corazones abandonados | Newsweek México


Música para corazones abandonados



Primer acto. El funeral

ERA INVIERNO. Milán apenas amanecía con una densa niebla y, sin saberlo, se preparaba para una de las celebraciones más impresionantes e inesperadas de la época. Aquel 27 de febrero de 1901, exactamente un mes después de su muerte, sería recordado como el día en que las calles lloraron y cantaron una gran ausencia.

No era un simple traslado de un cuerpo ya inerte desde un mes atrás (aunque así hubiera querido él mismo que sucediera). Cuando el 27 de enero de ese mismo año, Giuseppe Verdi, con 87 años de edad, 28 óperas líricas y una treintena de composiciones varias a sus espaldas, se extinguía en punto de las 2:55 de la madrugada, los detalles de sus funerales ya estaban dispuestos.

Días antes, previsor como era, había estipulado que sus exequias las quería de la manera más humilde: “Ordeno que mis funerales sean modestísimos y se realicen al alba o ya muy noche, sin cantos ni sonidos. Bastarán dos padres, dos velas y una cruz”, escribió en su testamento. Y así fue. El día de su muerte no tuvo más que eso.

Pero, un mes después, cuando todo estaba listo para trasladar su cuerpo del Cementerio Monumental de Milán a su casa, donde había preparado su cripta que estaría junto a la de su segunda esposa, todo cambió.

El número de personas que querían despedirlo era incontenible a pesar de la hora. De cada rincón, de cada calle por donde pasaba la carroza del féretro copada de coronas de flores y tirada por cinco elegantes caballos negros, salían decenas y decenas para decir adiós al enorme maestro de Le Roncole (Parma).

La emoción se hizo más grande cuando Arturo Toscanini, uno de los más grandes y brillantes directores de todas las épocas y quien llevaba más de 20 años sin presentarse en el teatro más importante de la ciudad (Alla Scalla), hizo su aparición y comenzó a mover su batuta por las calles para que 850 coristas y 120 instrumentistas cantaran el “Va, Pensiero”, coro del tercer acto de la ópera Nabucco, que Verdi compuso en 1842.

A lo largo de seis kilómetros los ciudadanos se fueron sumando uno a uno acompañando el féretro y cantando hasta su casa. Al final, el coro pudo ser, quizás, el más grande que dirigió Toscanini, pues de acuerdo con las crónicas periodísticas de ese día, Verdi fue despedido por unas 300 000 almas entonando como despedida las palabras de aquellos hebreos que Verdi imaginó lamentándose de la esclavitud…

Va, pensiero, sull’ali dorate; / Va, ti posa sui clivi, sui colli, / Ove olezzano libere e molli / L’aure dolci del suolo natal! / Del Giordano le rive saluta, / Di Sïonne le torri atterrate… / Oh mia patria sì bella e perduta! / Oh membranza sì cara e fatal! / Arpa d’or dei fatidici vati, / Perché muta dal salice pendi? / Le memorie nel petto raccendi, / Ci favella del tempo che fu! / O simile di Solima ai fati / Traggi un suono di crudo lamento, / O t’ispiri il Signore un concento / Che ne infonda al patire virtù!


Actualmente, explica Roberto Ruozi, presidente de la Fundación, hay 60 huéspedes, de los cuales 25 ya no son autosuficientes, por lo que su vida transcurre en la Residencia Sanitaria Asistencial. Foto: Cynthia Rodríguez.

Segundo acto. La herencia

Esta obra podría llamarse Réquiem por un compositor. Pero no. Se llama Casa de Reposo para Músicos, y en la entrada se lee también Fundación Verdi, aunque todos la conocen simplemente como Casa Verdi.

Es como Beecham House, la de la película Quartet que filmara Dustin Hoffman en 2012 en su primer papel como director, y quien se inspiró justo en ella para desarrollar su argumento: una casa de reposo para músicos y cantantes líricos en pensión.

Una fantasía que, mientras en el largometraje de Hoffman se desarrolla en la Gran Bretaña, hasta donde se sabe solo es una realidad en Milán. En ninguna otra parte del mundo hay una casa de retiro para músicos ancianos, mucho menos con las características en que esta fue ideada.

Ubicada en la Piazza Michelangelo Buonarroti 29, donde el compositor pasó algunos años de su vida, a Verdi se le recuerda con admiración, pero sobre todo con agradecimiento, simplemente porque su idea ha salvado a muchos del abandono y la soledad. Más de mil músicos en total desde que fue abierta.

La estructura, de estilo neogótico que el arquitecto Camillo Boito acabó de construir en 1899, abrió sus puertas en 1902, pues Verdi dispuso que comenzara hasta después de su muerte. Quería, dicen, evitar reconocimientos a su filantropismo.

“De mis obras —decía en el ocaso de su vida—, aquella que me gusta más es la casa que he hecho construir en Milán para acoger a los viejos artistas de canto no favorecidos por la fortuna y que de jóvenes no poseyeron la virtud del ahorro”.

Y es que de todos los inventos y avances que hubo en el siglo XIX (locomotora, aviación, cinematógrafo, anestesia, fonógrafo, la aspirina…), cuando la Casa de Reposo fue planificada, en 1895, la revolución de las pensiones aún no existía, y entonces los músicos que no habían podido ahorrar terminaban prácticamente sus días como mendigos. No fue hasta el año de 1919 cuando, al menos en Italia, comenzó a tomar forma un verdadero sistema para el retiro y así proteger a los trabajadores.

Del día de sus funerales ya han pasado 115 años, pero los homenajes parecen no tener fin. Cada vez que en algún lugar del mundo se interpretan y representan sus óperas o composiciones, alguien le rinde tributo.

Pero es aquí donde no pasa un solo día que no se le recuerde. No porque esta casa lleve su nombre. No porque esté llena de sus objetos personales como muebles, libros, apuntes, cuadros, instrumentos musicales y smokings tan bien conservados que parece que no hace mucho fueron usados. Tampoco porque es aquí donde descansan sus restos en una bellísima cripta considerada como monumento nacional.

Aquí los pensionados, que pueden ser cantantes, compositores, concertistas, pianistas, directores de orquesta, maestros, bailarines y hasta bateristas (pues hoy en día no solo se acepta a quienes estuvieron relacionados con la música lírica), lo evocan. Sí, con la música, pero también quizá solo recibiendo el cuidado y la atención que ya Verdi había soñado que tendrían para el final de sus días.

Actualmente, explica Roberto Ruozi, presidente de la Fundación, “hay 60 huéspedes, de los cuales 25 ya no son autosuficientes, por lo que su vida transcurre en la Residencia Sanitaria Asistencial”. Así se le llama al primer piso de la casa, donde no faltan los médicos y enfermeras para asistir a estos músicos que hoy deben pasar sus días en sillas de ruedas o acostados por diversos males.

Y a pesar de que en sus orígenes la casa fue planeada para que los huéspedes compartieran habitación de dos en dos (siempre con la idea de evitar la soledad), con el tiempo ha ido mutando y ahora los músicos en pensión autosuficientes tienen un cuarto propio con espacio para pequeños muebles, televisión, refrigerador y, sobre todo, sus recuerdos que todos los días los transportan a sus días de gloria y los dejan escuchar, con discreción, los aplausos que algún día recibieron.

Al segundo y tercer piso la llaman la “casa-hotel”. Ahí también cuentan con cuartos de juego, donde todas las tardes ya están estipuladas partidas de cartas que dejan en suspenso para darse cita al día siguiente y comprobar que el tiempo aún no les roba su agilidad mental.

Por las tardes, algunos pasan de músicos a artesanos, donde en otros cuartos de la “casa-hotel” han inaugurado pequeños laboratorios de manualidades. Unas tejen, otras idean piezas de joyería, otros pintan. Sus obras las venderán y cada año enviarán las ganancias a niños de África.

Otros más siguen enfocándose solo en la música y, aun en la pensión, continúan dando clases a uno que otro principiante.

Pero hay otro grupo de personas que vive aquí: los jóvenes artistas o estudiantes que han llegado a esta ciudad para estudiar música. Esa es la principal condición para los 16 chicos elegidos. La otra es pasar el mayor tiempo posible con sus colegas ancianos, porque el objetivo es convivir.

Es miércoles en la casa, día de la semana que se celebra, en punto de las cuatro de la tarde, un convivio entre todos, donde siempre invitan a algún artista que cante o toque un instrumento. Foto: Cynthia Rodríguez.

Comparten, además del comedor, las salas donde unos cantan, otros tocan el piano, el arpa, violines… Basta pasar las rejas de metal para entrar y dejarse llevar por la música que sale de algún cuarto.

“Yo vivo aquí muy contento porque, principalmente, me puedo ejercitar todos los días sin molestar a nadie”, explica Marco Infantino, estudiante de dirección en el Conservatorio de Milán, pero que hace unos meses llegó de Messina con solo 20 años. “Además, como yo no tengo abuelos, ni de parte de madre ni de padre, ellos (los huéspedes) toman esa figura que siempre me ha faltado en casa”.

Marco, con su marcado acento siciliano y sus sueños de convertirse en compositor de música para filmes, como Ennio Morricone, se expresa de los ancianos de esta casa con una energía particular, de la cual jura, todos, jóvenes y viejos, obtienen gracias a la música.

Es miércoles en la casa, día de la semana que se celebra, en punto de las cuatro de la tarde, un convivio entre todos, donde siempre invitan a algún artista que cante o toque un instrumento. Que los entretenga o los saque de su rutina, pero que los haga participar a pesar de su cansancio, de algún malestar cotidiano o de su enfermedad.

Es el día en que todos, autosuficientes o no, se reúnen en la Sala Toscanini para comer una rebanada de pastel, cantar y recordar juntos. Justo atrás del sitio en el que converso con Marco está Beppe de Tomasi, hoy con 81 años y en silla de ruedas.

Con dificultad y afectado por el mal de Parkinson, a veces parece estar como ausente. Quién sabe si se acordará de cuando trabajó en la Ópera de Chicago, de San Francisco o Washington. O cuando debutó en el Metropolitan Opera House de Nueva York. O cuando en 1990 fue elegido por Francis Ford Coppola para dirigir la Cavalleria rusticana en la tercera parte de El Padrino. Así como él, hay otros músicos que no están del todo presentes. No se sabe a dónde los transportan las melodías que escuchan.

Sin embargo, para el maestro De Tomasi, cada miércoles hay una presencia que lo hace regresar de donde está: su nombre es Armando Ariostini, un reconocido barítono italiano, quien fue su alumno y que desde que él vive aquí (hace cuatro años) nunca falta a la cita.

Ariostini es un visitante entusiasta que no solo lleva los pasteles de los miércoles, sino que organiza paseos, visitas a exposiciones, uno que otro concierto y ha abierto también un grupo en Facebook donde hoy cuenta con 6000 “amigos” de la Casa de los Músicos.

Él tiene 65 años, y aunque en teoría podría ya formar parte de los huéspedes de esta casa, aún no es un músico en pensión, pero tampoco le impresiona pensar que, un día, él también podría terminar sus días aquí.

Lo contrario pasa con el joven siciliano aspirante a director de música para películas cuando se le pregunta si él viviría también aquí de viejo. “No creo, si ya he pasado una temporada de joven, espero que de anciano no termine también aquí”.

A diferencia de los grandes compositores italianos de la época como Gioachino Rossini, Gaetano Donizetti y Vincenzco Bellini, Verdi pudo dominar la escena lírica no solo porque supo encontrar un lenguaje compositivo personal, sino porque desde siempre se involucró en los problemas políticos y sociales de su país. Hoy Casa Verdi es una muestra de ello.

Varios habitantes de la casa siguen enfocándose solo en la música y, aun en la pensión, continúan dando clases a uno que otro principiante. Foto: Cynthia Rodríguez.

Tercer acto. De recuerdos y despedidas

Cuando se levantó el telón en 1995, a Laura Didier se le agitó el corazón a tal punto que, así como había hecho miles de veces antes, comenzó a hacer sus ejercicios de respiración para recuperar un poco de serenidad antes de salir a escena.

“Inhala… Exhala… Inhala…. Exhala”, se repetía a sí misma mientras tomaba y soltaba aire atrás de la gran y pesada cortina roja. Ahí, de frente a las luces que enfocaban el lugar donde cantaría por última vez, después de 47 años ininterrumpidos de carrera, la Didier luchaba contra la emoción que una vez más el teatro le otorgaba.

Esa ocasión, sin embargo, era algo especial. En un instante vio pasar todos los personajes que, en su larga vida como mezzosoprano, representó y les dio vida: su vida.

Ahí, atrás del telón y con los nervios a mil por hora, pensó primero en La fuerza del destino, la ópera de Verdi con la que debutó en Italia en 1953 y que con la interpretación de Donna Leonora le abrió las puertas al nuevo continente y obtener un contrato tras otro.

Comenzó en Treviso a los 19 años y, sin ni siquiera planearlo, siguió en Palermo, El Cairo y Alejandría. De ahí de nuevo a Italia, país que ya no abandonaría, acaso solo para presentarse en cualquier otro teatro de Europa o Asia, donde era cada vez más solicitada.

Proveniente de Chile, pensaba que Italia habría sido un viaje de dos años para perfeccionar su voz. Pero el destino y su fuerza le tenían deparados otros planes: conciertos y óperas en todo el mundo… Y no solo un insólito matrimonio a la italiana, que estuvo muy lejos de las tragedias que casi siempre representó en las óperas.

A punto de ejecutar su última presentación, pensó en las 184 veces que se vistió de princesa etiope para darle vida a la Aída y, por supuesto, recordó las al menos 60 veces que hizo de sevillana para representar a la Carmen de Bizet, aunque ella se reconoce más verdiana que otra cosa.

A sus 87 años, Laura Didier ha perdido a su única familia: su marido, además de nueve centímetros de estatura. Ya no es la espigada cantante que conquistó los majestuosos e históricos escenarios como las ruinas de Pompeya o las Termas de Caracalla, donde por 20 años consecutivos fue llamada para protagonizar la Aída (de 1960 a 1980).

Le tiemblan un poco las manos y sigue sufriendo del corazón, pero es uno de los 35 huéspedes que aún se pueden valer por sí mismos.

El 13 de abril perdió a dos compañeras: la profesora de piano Livia Luise y la famosa primera bailarina del Teatro de La Scala, Giuliana Barabaschi, con quien en el bicentenario de Verdi ayudó a poner en escena la obra Notturno Verdi.

En Casa Verdi ese día no hubo música. Así guardan el luto cuando alguien los deja. Así se imagina que sonará el silencio cuando ella ya no esté.

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