Tlaxcaltecas en la NASA | Newsweek México


Tlaxcaltecas en la NASA



APIZACO, Tlaxcala.— Yancarlo Diego Bello Bello, un joven de 17 años robusto, de piel morena y casquete corto, bebe café y prueba un bocado de la crepa. “Soy estudiante de electromecánica industrial, curso el último semestre en el Conalep Amaxac”, dice, a manera de presentación, en el modesto restaurante de la Plaza Santa Julia en Apizaco. Con voz tenue, cuenta que este es uno de los lugares donde él y sus compañeros dedican maratónicas horas de estudios a la robótica, aeronáutica y otras ciencias.

Oriundo de la comunidad San Bartolomé Cuaixmatlac, ubicada en las faldas del volcán Malintzin, Yancarlo es uno de los seis talentosos jóvenes mexicanos que el verano pasado recibieron sendos reconocimientos de la National Aeronautics and Space Administration (NASA), donde mostraron, entre otras, sus habilidades en diseño de hábitats espaciales, nutrición espacial y robótica.

“Antes de ser seleccionados para el viaje, realizamos un curso de aprendizaje de seis meses en línea. Era un requisito”, explica el joven, quien hoy viste una camisa de cuadros sobre una playera negra.

Hoy por la mañana, tomó una combi en su comunidad rural y, hora y media después, llegó a Apizaco, dispuesto a contar que su mamá reservó dinero por dos años y se endeudó con el banco para financiar su viaje al suroriente de Houston. Un requisito extra fue que Yancarlo es integrante de los clubes de astronomía, robótica, matemáticas y ciencias de Tlaxcala: el proyecto detrás de los adolescentes que triunfaron en la NASA.

Antes de que su suerte cambiara, Yancarlo fue un niño con promedio de seis en la primaria. “Increíblemente”, enfatiza, como si él mismo no pudiera creerlo. En secundaria su promedió se elevó y en tercer año acudió por primera vez a “Noche de estrellas”, el evento organizado por los famosos clubes de ciencias en Tlaxcala que consiste en convertir alguna escuela, por una noche, en planetario y museo tecnológico donde alumnos de secundaria exponen diversos temas científicos.

“Mi hermano presentaba algo relacionado con química —recuerda—. Me encantó ver a tantas personas interesadas en ciencia. A partir de entonces participé activamente. Y ahí me quedé”. Un par de años después volaría a Texas.

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YANCARLO DIEGO BELLO: Uno de los seis talentosos jóvenes mexicanos que el verano pasado recibieron sendos reconocimientos por parte de la NASA. Foto: Especial.

Un día, sin que nadie lo esperara, el papá de Yancarlo informó: “La fábrica hizo recorte de personal. No he encontrado trabajo, me voy a Estados Unidos”. Él, de siete años entonces, y sus dos hermanos menores escucharon sus palabras, sin comprender qué ocurría.

Durante un año no hubo noticias sobre su paradero. La mamá de Yancarlo, costurera de siempre, comenzó a vender colchas de casa en casa en Puebla y, gracias a ello, los niños no padecieron hambre. Su papá, que jamás regresó, enviaba algún monto de vez en vez. En la casa de ladrillo sin repello y dividida en cuatro cuartos, mamá e hijos se mantuvieron unidos.

Algunos años después Yancarlo ingresó en la secundaria. La mala racha de la primaria había quedado atrás. “Comencé a mejorar”, comenta. Ahí empezó su inclinación por las matemáticas, al elegir el taller de informática: “Quizá fue el cambio de lugar (la nueva escuela estaba en Texcacoac, a media hora de su casa en transporte) o pasar de niño a adolescente. No lo sé, pero sucedió. Le agarré gusto a las computadoras, a ocupar software para editar imágenes, programar”, agrega quien en aquella época participó en olimpiadas de matemáticas y hoy se especializa en ecuaciones de cálculo diferencial e integral.

Menos de una década después de la partida de su papá, Yancarlo también viajaría a Estados Unidos, pero con un propósito distinto.

En “Noche de estrellas”, su hermano menor le presentó a la mente detrás de los clubes de ciencias: el profesor Marcos Núñez George. El maestro, que recibe constantes invitaciones para recorridos o cursos en la NASA, impulsó a ambos hermanos al percatarse de su interés y dedicación al estudio. “Les conviene ir, aprenderán mucho”, insistía. El menor no pudo, pero un par de años después Yancarlo lo conseguiría. “Quería conocer qué hay de bueno allá, por qué las personas de aquí se quieren ir”, dice.

Pero Yancarlo y su familia no la tenían fácil. Su mamá ahorraba cada quincena lo que podía porque era necesario pagar visa y lo que implicaba la visita a Houston: avión, hospedaje y curso. Ella y él papá de Yancarlo reunieron poco más de 3000 dólares, lo suficiente para que la NASA completara el resto.

Ese fue el mismo caso de los otros 19 alumnos tlaxcaltecas, de 14 a 18 años, seleccionados para acudir del 15 al 20 de junio pasado a la Mars Trekker Global Teen Summit, el primer evento en su tipo organizado por la NASA y cuyo propósito fue reunir a adolescentes destacados del planeta para que participaran de manera activa en sus futuros planes de exploración y colonización de Marte.

Ya con su lugar asegurado, Yancarlo debía elegir uno de los seis cursos: diseño de hábitats y cohetes, robótica, impresión 3D, entrenamiento de astronauta y nutrición espacial. Optó por el primero. El joven estaba emocionado, nervioso. Para empezar, viajaría por primera vez en avión con destino a otro país, expectante ante lo que aprendería y las personas que conocería.

Al aterrizar, recuerda, personal de la NASA recibió, dio la bienvenida y trasladó a los 20 jóvenes y tres maestros acompañantes, entre ellos Núñez George, en enormes camionetas negras al Centro Espacial Johnson de Houston.

Durante su estancia colaboró con compañeros de distintos países, varios de India, en el diseño de hábitats espaciales y cohetes. Con lápiz y cartulina plasmaba sus diseños. “Un hábitat espacial —explica— debe tener una escuela, laboratorio, un hospital. Como yo había estudiado las máquinas eléctricas, se me ocurrió aplicar un motor para generar energía. Me sirvieron mucho el previo estudio en línea y los conocimientos del profesor Marcos, que cuenta con un certificado de la NASA para impartir cursos”.

Las horas de lectura valieron la pena cuando, el última día del curso, Yancarlo recibió una mención honorífica por su sobresaliente participación en los días previos. Aunque los 120 estudiantes ignoraban que se efectuaría una ceremonia de reconocimientos, el Johnson se llenó de aplausos. Todo el mundo festejó el triunfo del mexicano.

“Aunque el Conalep no tiene buena fama de escuela —dice Yancarlo—, yo he aprendido bastante: robótica, electrónica, circuitos eléctricos, conexión de lámparas, arreglo de contactos. Los chavos de otros países tienen todo para aprender. Nosotros, con limitaciones, intentamos lo mismo”.

—¿Tenían conocimiento mayores?

—Varios sí, pero con otros me sentí al mismo nivel, o mayor.

Con certeza puede decir que, hasta ahora, la experiencia en la NASA es la mejor de su vida. A unos meses de concluir su etapa en el Conalep, se prepara para la siguiente: intentará ingresar en la Universidad Tecnológica de Puebla, específicamente en el programa patrocinado por Audi México, para estudiar mecatrónica o mecatrónica automotriz.

“Fabrico robots y practico mucho. Ocupo Arduino, así se llama la tarjeta con la que armo. Introduzco comandos y armo pequeños prototipos…”.

Cuando Yancarlo pronuncia las últimas tres palabras, aparece en el restaurante Núñez George, sonriente, dispuesto, como Yancarlo, a explicar de qué trata este inusual proyecto.

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PAOLA VARGAS LÓPEZ: Recibió el primer lugar en nutrición espacial tras su propuesta de alimentación para astronautas que ideó en unos pocos minutos. Foto: Especial.

De los 20 primeros lugares que otorgó la NASA, México recibió tres. LaTanya Miles, jefa de Educación del Centro Espacial Johnson, se encargó de nombrarlos: Fátima Paola Vargas se impuso en nutrición espacial, Javier Rivera en robótica y Yanet Josefina Guevara en diseño de hábitats. Y, además, el país obtuvo tres menciones honoríficas, gracias a los trabajos de Yancarlo, Aranza García y Adlai Terreroz, ambas jóvenes en nutrición espacial.

Probablemente, esto no habría sido posible sin la existencia de los clubes de ciencias de Tlaxcala, que comenzaron hace cincos años con alumnos de secundaria y hoy son integrados por 450 profesores voluntarios y al menos 6500 alumnos de la mayoría de los niveles escolares: de preescolar a universidad.

Al profesor Marcos se le ocurrió la idea que muchos, en su momento, ignoraron: al término de las clases oficiales, maestros y alumnos podían continuar con el estudios de las ciencias nomás por el gusto de aprender un poco más. Convocó a otros profesores que, a su vez, compartieron la propuesta. “Hay que convencerlos a que donen dos horas de su tiempo, no importa la materia que impartan. Si quieres que el país cambie tienes que regalar algo”, señala Núñez.

De a pocos, los clubes se formaron y, más tarde, surgió “Noche de estrellas”, el proyecto que ha acaparado la atención de la NASA: LaTanya Miles no podía creer que un profesor, con ayuda de varios más, convocara a un alto número de personas interesadas en ciencia y, encima de todo, que fueran los alumnos, de 14 a 16 años, quienes expusieran.

“Soy maestro de matemáticas. Imparto clases en una secundaria en San José Teacalco. Es en esta etapa donde puedes corregir los errores de la primaria y preparar a los jóvenes para preparatoria y universidad. Nadie quiere estudiar matemáticas, nadie las ve interesantes. Cuando me incorporé hace cinco años al sistema educativo, quise hacerlas atractivas. Así surgió la idea de los clubes”, relata el profesor, sentado ante la mesa del restaurante de la Plaza Santa Julia.

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ARANZA GARCÍA NÚÑEZ: Enfrentó el mayor reto de su carrera cuando fue seleccionada para participar en el curso de mentalidad espacial astronauta de la NASA. Foto: Especial.

La decisión no fue fácil: ¿fiesta de XV años o la NASA? Cuando tomó una, después de meditarlo varios días, Fátima Paola Vargas López pidió a sus familiares que cooperarían para el festejo reunir el dinero para el tan ansiado viaje.

Lejos estaba de imaginar que el 20 de junio de 2015 la determinación sería una de las más sabias de su vida: Paola recibió el primer lugar en nutrición espacial, gracias a una propuesta de alimentación para astronautas que apenas tuvo unos minutos para idear. Así, el bautizado taco espacial tlaxcalteca, consistente en una tortilla con atún y frijoles y acompañado con arándanos y almendras fileteadas, será incluido en el primer viaje a Marte, programado para dentro de menos de una década.

Paola, una adolescente de amplia cabellera negra y mejillas rojizas de 17 años, vive en la popular colonia Cuauhtémoc de Huamantla. Estudió en la secundaria Moisés Sáenz y ahí se involucró, primero, en los clubes de astronomía y robótica, y después, en “Noche de estrellas”, cuando la profesora de física notó sus habilidades en la materia y la invitó a participar. “Tomar capacitación después de clases con compañeros me gustó mucho y me quedé en los clubes. Ahí conocí al profesor Marcos Núñez George, el coordinador”, relata la joven.

Un día, en una de las reuniones, el maestro llegó con una noticia: “Hay oportunidad de tomar un curso en la NASA”. Paola prescindió de la fiesta quinceañera y, tras casi dos años de ahorro y retraso del viaje, el plan se concretó. Entre otras cosas, la familia solicitó ayuda al personal del municipio y éste accedió a ayudar con 2500 pesos cuando la joven regresó de Houston y comprobó el gasto con los boletos de avión. Pensaban que mentía.

“Ir era una gran oportunidad. Desde que estoy en los clubes me he divertido mucho. Acudir a otro lugar me entusiasmaba, era lo máximo”, dice Paola, quien durante su estancia en las instalaciones de la NASA se integró a los equipos de nutrición espacial y diseño de hábitat y recibió un curso sobre la alimentación de los astronautas. Al término, los capacitadores solicitaron a los aprendices idear un platillo espacial de traslado fácil y con la cantidad de calorías suficientes para el arduo viaje. “Tienen diez minutos”, instruyeron.

“A dos compañeros mexicanos y a mí se nos ocurrió el taco porque la tortilla aporta calcio y hierro. Eso ayuda a mantener los huesos de los astronautas fuertes, pues la masa ósea baja en el espacio”, explica Paola con la agilidad de una experta en el tema, desde su casa de un piso y ladrillo gris en Huamantla.

Restaba agregar algunos ingredientes y la joven compartió su propuesta ante los instructores. Sólo que Paola no sabía que su hazaña sería recompensada. Así que el premio recibido el último día del curso la tomó por sorpresiva. “Estaba feliz”, recuerda con amplia sonrisa, como si estuviese ahí de nuevo. “A mí me gusta mucho la escuela y, por fortuna, mi familia es muy unida”, añade.

La joven cuenta que su papá es campesino y los apuros económicos son una constante para que ella y su hermana mayor cumplan con los gastos que implica estudiar: pasajes, útiles, uniforme. Y más ahora, porque Paola toma un curso de inglés los sábados en la ciudad de Tlaxcala y debe comprar libros a cada rato. La etapa más dura, sin duda, fue en la primaria: su papá quedó sin empleo y no había para comer. Hoy, pese a la complicada economía, Paola estudia en el Colegio de Bachilleres de Huamantla y tiene algunos planes: especializarse en Medicina o Nutrición Espacial y, en algunos años, desempeñarse en una de esas dos áreas de la NASA.

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Originario de la Ciudad de México, Marcos Núñez George estudió matemáticas aplicadas y computación en la FES Acatlán de la UNAM y, al concluir, se trasladó a Estados Unidos a tomar cursos con fabricantes de robótica industrial. “Lo nuevo no está en la universidad, por eso me fui a aprender sobre macros, redes, base de datos, plataformas libres”. Hoy, el profesor se dedica al cómputo industrial, a la instalación de redes industriales y a la industria automotriz en Tlaxcala.

—¿Dónde está el truco en la convocatoria de alumnos que realizas?

—Hay que ayudar al que lo necesita: los que obtienen 6, 7 y los maestros dicen que no aprenden. Las noticias, todos los días, hablan del espacio. En las caricaturas tienen que ver con robots, naves y planetas. Aprovechemos. Por ejemplo, el otro día en la secundaria instalé a propósito un telescopio para ver el tránsito de Mercurio frente al Sol. Alumnos se acercaron y comenzaron a hacer mil preguntas, no habían visto un telescopio. Eran niños de bajo aprovechamiento. Estaban afuera del salón porque los sacaron.

Después, el profesor los trasladó al aula de audiovisuales y les mostró material de la NASA: a raíz de este proyecto, pertenece a su Programa Educativo Marte.

Así nacen pequeños clubes de astronomía. “Ellos, a partir de ese momento, aprovechan los pocos libros en la materia de la biblioteca. Le apuesto a guiarlos, después ellos explican y piden asistir a “Noche de estrellas”. Como Tlaxcala no tiene planetario ni museo tecnológico, convertimos una escuela y convocamos a las primarias, secundarias, alumnos y papás. Los estudiantes exponen, por ejemplo, sobre física, astrofísica y robótica.

—¿Cómo convoca?

—Una semana antes me reúno con maestros y desarrollamos las ideas. Bajo material de la NASA, de las agencia espaciales japonesa y europea, para que preparen sus temas con los alumnos. Los jóvenes se ponen las batas, hacen experimentos y convierten sus salones en aulas de museos tecnológicos. Solitos se organizan y explican la ciencia.

Marcos muestra una foto de su celular: “Tlaxco, Tlaxcala. Mucho machismo. Las mujeres sólo sirven para hacer tortillas. En ‘Noches de estrellas’ expusieron sólo ellas. Si algo se dificulta, un maestro apoya”.

Enseña otra fotografía: “Es el Tecnológico de Apizaco. Ante 800 universitarios, alumnos de 13, 14 años hablan en inglés. Vinculo la universidad con secundaria, mis alumnos toman clases en la Universidad Tecnológica de Tlaxcala”.

—Entre otras cosas, usted desarrolla talento humano.

—¡Así es! Para entrar en la carrera espacial: la NASA contrata dentistas, psicólogos, abogados, contadores, albañiles, ingenieros civiles, mecánicos automotrices. Carreras orientadas al espacio.

—El viaje a la NASA significó una gran inversión para los jóvenes. ¿Qué tan complicado fue para ellos reunir el dinero?

—Demasiado. La situación económica es complicada en 90 por ciento de quienes fueron. Alguien vendió un terreno. Paola decidió no festejar su cumpleaños 15. La mayoría se dedicó a vender cosas de todo tipo. Algunos pidieron dinero prestado. Otro gran número no pudo asistir.

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A sus 16 años, Aranza García Núñez se enfrentó al mayor reto de su joven carrera cuando, por su destreza deportiva y conocimientos matemáticos, fue seleccionada para participar en el curso de mentalidad espacial astronauta, o psycho training, de la NASA. Uno de los entrenamientos consistió en la simulación del despegue de una nave espacial, de la cual fungió como comandante, y tomar decisiones para salvar la totalidad de la tripulación en un supuesto viaje al espacio exterior.

De su actuación en los varios retos —atravesar dificultosos túneles, por ejemplo— dependería la vida de los astronautas. Había que hacer uso de operaciones matemáticas, cálculo y esfuerzo físico. Los equipos se conformaron por cinco personas y, dentro del suyo, donde participó también Adalid, la joven mexicana, Aranza se impuso: pese a no dominar el inglés mostró su habilidad en la toma de decisiones y evitó las ficticias muertes.

El último día del curso, la joven de entonces 16 años sería reconocida con una mención honorífica. “No sabíamos que habría premios”, recuerda sobre su aventura en la NASA en junio pasado. Hoy tiene 17 años y estudia el primer año en Ingeniería Aeronáutica en la Universidad Autónoma de Nuevo León, pues en primaria la adelantaron un año.

Nació en Apizaco, actualmente vive en Monterrey y no sabe por qué, pero puede decir con toda seguridad que desde niña se hizo fan de las matemáticas. En secundaria renegó de las fórmulas absolutas de los profesores para resolver problemas. Siempre encontraba otras soluciones, pese a los “No, niña, debes hacerlo como indico”. “Comenzó mi amor por las matemáticas y busqué mayores pruebas”, dice Aranza desde Monterrey vía Skype.

Cuando era pequeña, las despedidas de su papá, vendedor de lijas, eran una constante porque, ante la escasez de recursos en el municipio, viajaba a Puebla o Monterrey en busca de algo extra para enviar a la familia. Al recibir una oportunidad laboral en Monterrey, no lo pensó. Sus papás, su hermano menor y Aranza abandonaron la casa de sus abuelos paternos cuando ella tenía ocho años.

Tiempo después, tras integrarse a la selección de matemáticas del estado de Nueva León, comenzó a resolver problemas a nivel preparatoria y universidad. La indicación era una: solucionarlos como pudieran. Por primera vez, la joven experimentó libertad plena, a diferencia del pasado. “Mi afición por las matemáticas y la física incrementó, y después me interesé en la aeronáutica, robótica y programación”, cuenta sonriente.

Tras su mudanza, continuó en contacto web con sus profesores de matemáticas en Tlaxcala. Así, a la distancia, se involucró con “Noche de estrellas”. Después, gracias a las videollamadas, se integró a los grupos de estudio sobre astronomía, robótica y otras ciencias que se realizan en cafés, restaurantes o aulas escolares.

Como a sus otros compañeros, el profesor Marcos, quien se percató de su gusto por las matemáticas, le preguntó un día: “Hay oportunidad de ir a Houston, tienes el talento, ¿le entras?”. Aceptó de inmediato. “Tomamos un curso quienes teníamos habilidades en conocimiento y posibilidades económicas. Antes de ir a la NASA nos preparamos, sobre todo en cuestiones de Marte. Necesitábamos herramientas. Sabía que sería difícil, pues competiríamos contra los mejores del mundo”, recuerda. Al tiempo, el club le informó: “Eres una de las elegidas”.

Ella y su mamá botearon en las calles, vendieron galletas y jugos, misma estrategia de sus compañeros de Tlaxcala. Así reunieron el dinero para su viaje y estancia en Texas. “Para mí significó mucho porque representé a México y porque demostramos que los mexicanos tenemos talento en estas áreas, y además, en un país donde nos denigran mucho. Como éramos jóvenes sobresalientes de todo el mundo, nos entendíamos y retroalimentábamos”.

Aranza, quien forma parte de la selección de taekwondo de Nuevo León, sabe la importancia de haber tomado el curso. En octubre pasado, Javier, Paola, Adlai y Job (quien participa en los clubes, pero no logró viajar en junio) fueron invitados por la Universidad de Arizona y la NASA a conocer sus diferentes instalaciones, entre ellas, Biosphere 2, el Museo del Desierto de Arizona-Sonora y la sede de la UNAM en ese estado. Un premio extra por su aplaudida participación en junio. También fueron solicitados para participar en un congreso en Nicaragua y compartir su experiencia del verano pasado.

Pero Aranza, pese a los logros, tiene algo que reprochar: “Aunque han surgido oportunidades, en México nadie nos apoya, con alguna beca o algo. Muchos compañeros lo necesitan. Ninguna universidad o institución nos ha convocado, ni siquiera a algún evento”.

El reto actual de la joven es, dentro de la ingeniería en Aeronáutica, especializarse en aviónica. “Uno de mis sueños es participar en la realización de cohetes, innovarlos, y trabajar en la NASA”. Mientras tanto, continuará en los clubes: “Es importante apoyar a jóvenes que obtienen calificaciones menores a 8. Hay que demostrar que las matemáticas no son difíciles, que existen posibilidades de sobresalir y salir de México, aunque el país no apoye”.

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