Manejar hacia la nada | Newsweek México


Manejar hacia la nada



Manejar es una de las temidas tareas rutinarias de la experiencia estadounidense moderna. Pocos lo hacen con placer o por placer. A menudo es costoso y a veces, peligroso. La réplica más común, a alguien que teme volar en avión, es que un Toyota es mucho más letal que un Boeing. Y mucho menos impresionante. Dentro de poco, los circuitos integrados de Google navegarán por la Interestatal 95 con menos sobresaltos de lo que usted o yo podríamos jamás hacerlo. Luego llegará un día, y llegará pronto, en que un adolescente acostumbrado sólo al ronroneo suave de un iAuto escuchará “Born to Run” y no se le pondrá la carne de gallina con la evocación gruñida de Bruce Springsteen de las carreteras “atascadas con héroes quebrantados en su última oportunidad de un acelerón poderoso”, porque las únicas carreteras conocidas por este jovencito mimado y desafortunado serán los caminos lisos e “inteligentes”. Él se moverá despreocupadamente en perfecta seguridad, perfectamente aburrido.

“Preferí leer el paisaje estadounidense mientras seguíamos el viaje”, dice Sal Paradise, el narrador de En el camino de Jack Kerouac. Él tiene una novela francesa, robada en Hollywood, pero mientras su autobús rueda hacia el este desde California, lo cautiva la vista. “Cada sacudida, subida y tramo en él desconcertaba mi añoranza. En la noche negrísima cruzamos Nuevo México; al alba gris era Dalhart, Texas; en la sombría tarde del domingo pasamos por un monótono pueblo de Oklahoma tras otro; al anochecer era Kansas. El autobús siguió rugiendo…”

En el camino fue publicada en 1957, alrededor del punto más alto del esplendor estadounidense de la postguerra, cuando uno podía explayarse whitmanescamente sobre la vastedad del lugar sin dar la apariencia de ser un maestro de la ironía. Pero al contrario del viejo Walt, uno no haraganeaba observando lanzas de pasto veraniego; uno saltaba dentro de un Cadillac Eldorado, rugiendo hacia el oeste a unas no muy ambientales 9 millas por galón. Doquiera que señalase la brújula, la verdadera dirección del viaje siempre es al interior, siempre adentrándose más en el alma infinita de la tierra.

Un año antes de que Kerouac publicara la novela que lo hizo famoso, el Presidente Dwight Eisenhower firmó la Ley Federal de Ayuda para las Autopistas, la cual creó el sistema interestatal de caminos, ahora con 46,876 millas de largo, alrededor de dos veces la circunferencia de la Tierra. El sistema estatal remplazó una red anterior de caminos asfaltados de dos carriles llamado el Sistema Numerado de Autopistas de EE UU, inaugurado en 1926. Hoy, estos son los caminos menores conocidos como “Rutas de EE UU”, indicadas con un escudo blanco y negro. El más famoso de estos caminos antiguos probablemente sea la Autopista Lincoln, que fue la primera en conectar las costas, y la Ruta 66, desde Chicago hasta Santa Mónica, el “Camino Madre” que marcó la predominancia del Oeste Montañoso y la Costa del Pacífico en el imaginario estadounidense. También hay otras, casi igual de legendarias: la Carretera de la Costa del Pacífico, que sigue las abruptas circunvoluciones de la costa californiana; la Autopista de la Cordillera Blue, que desciende audazmente en el corazón secreto de los Apalaches; la Autopista Histórica del Río Columbia, que corre a través de la sublimidad exuberante de Oregón.

Y luego está la Ruta 50, un lazo negro que se extiende desde Ocean City, Maryland, hasta Sacramento. “Para el parsimonioso, esta carretera poco conocida es el mejor camino nacional a través del centro de Estados Unidos”, escribió William Least Heat-Moon en Blue Highways, su recuento clásico de 1982 sobre manejar por los caminos menores de esa nación en busca del corazón de la nación. Quince años después, la revista Time llamó a esta misma franja de pavimento “La espina dorsal de EE UU” en un artículo de portada que fue en parte un diario de viaje y en parte una toma del pulso sociopolítico. Es una espina dorsal larga, de 3,007 millas de longitud, con sus vértebras grabadas con nombres como Loogootee, Pruntytown, Poncha Springs y Majors Place.

El segmento más famoso de la Ruta 50 es en gran medida inútil, y corre a través de Nevada a unas 100 millas más o menos al sur de la Interestatal 80, la cual es la que la gente cuerda usa hoy para viajar por el estado. Y aun así su extensión de 287 millas ha alcanzado un estatus legendario como el “camino más solitario de EE UU”. La denominación se la dio la revista Life en 1986 y pegó, en buena medida porque las autoridades de turismo de Nevada reconocieron lo que los seguidores del porno de ruinas han sabido desde hace mucho sobre la magia extraña que la desolación produce en el espíritu humano. Allí hay, hoy día, señales de “camino más solitario” a lo largo del camino, y algunas tiendas en los escasos pueblos a lo largo de la Ruta 50 exhiben letreros de “Sobreviví a la Ruta 50” en escaparates cubiertos de capas geológicas de mugre.

“ADVERTIMOS A TODOS LOS CONDUCTORES…”

Fue más o menos una semana después de manejar por la Ruta 50 de Utah a California que pude encontrar el famoso artículo de la revista Life que hizo a esta extensión de asfalto tristemente célebre en el mundo. Una bibliotecaria cetrina de cabello pajizo bajó una caja con números de mediados de la década de 1980, y yo los hojeé perezosamente, pasando anuncios de saludables cigarrillos mentolados y artículos sobre los planes incipientes de los soviéticos para la guerra nuclear.

El “camino más solitario” apareció en la edición de julio de 1986 de Life, que muestra la Estatua de la Libertad en su portada. Dada la cantidad de veces que el apodo del “camino más solitario” ha sido repetido en la cultura popular, y cómo a menudo es citado en las guías de viajes por internet, como si fuera una especie de designación oficial, pensé que su origen era algo comunicativo y brutal, una misiva de un James Agee o Dorothea Lange contemporáneo.

No hubo tal suerte. Había una sola fotografía. Un auto se pierde en la distancia, mientras en primer plano un ranchero cruza el camino en un caballo. Debajo de la fotografía hay un pie que dice: “El camino más solitario”, un párrafo de extensión:

“‘Está totalmente vacío’, dice un consejero de AAA. ‘No hay lugares para visitar. No la recomendamos’. La extensión de 287 millas de la Ruta 50, que corre de Ely a Fernley, Nevada, pasa por nueve pueblos, dos campos mineros abandonados, unas cuantas bombas de gasolina y un coyote ocasional. ‘Advertimos a todos los conductores que no manejen allí’, dice el representante de AAA, ‘a menos que confíen en sus habilidades de sobrevivencia’.”

Bueno, uno no tiene que ser Lawrence de Arabia para cruzar Nevada en un auto, pero el viaje sí requiere de habilidades específicas: sentarse por muchísimo tiempo, saber dónde está la próxima gasolinera; saber cómo hallar la radio pública nacional en medio del zumbido de la FM y, lo más importante de todo, saber cómo estar solo.

¿HOLA? ¿DIOS?

Imagine a un viejo arrugando la frente y tendrá la topografía de Nevada, cordilleras de norte a sur con valles en medio. C.E. Dutton, el arqueólogo del siglo XIX, describió las montañas como “un ejército de orugas reptando hacia el norte desde México”. Manejar a través de Nevada es apastar las orugas con las llantas de su auto, una tras otra.

De vez en cuando, la curiosidad tiró del volante. En las afueras de la ciudad de Austin, me salí del camino para buscar las aguas termales Spencer. Había sido un día de demasiada carne seca, demasiadas bebidas energéticas y demasiado silencio. Bañarse en las aguas tibias y vigorizantes de la naturaleza sería una conclusión perfectamente salvífica para un día de movimiento claustrofóbico. Y el propietario del motel Cozy Mountain había hecho parecer que las aguas termales estaban a una corta distancia del camino principal.

No era tal el caso. Siguiendo las direcciones escasas impresas en una señal del camino, di vuelta en un camino de grava, luego en otro camino de grava, hasta que de repente ya no estaba en un camino, rodeado por todos lados de artemisa. No vi letreros ni señalizaciones, sólo el polvo que se levantó de mis llantas en una tormenta creciente y demasiado densa. Consulté mi teléfono, que sólo regresó e temido mensaje de “sin servicio”. Respirar profundo. El polvo alrededor de mi auto se asentó, y sólo vi el antiguo desierto, y más alá del desierto las colinas, y en alguna parte en las colinas, donde hace mucho tiempo los indios tallaron petroglifos, había un camino que llevaba de vuelta a la civilización, pero a menos de que un satélite muy arriba entrase en una posición auspiciosa, podría convertirme en sólo otro esqueleto desecándose bajo el sol. Nada se movió. “Un silencio que sobrecoge el alma”, escribió una vez el físico Freeman Dyson sobre el desierto de Nevada. “Estás solo con Dios en ese silencio”. No estaba listo para reunirme con mi creador todavía y, revolucionando de nuevo el auto, maniobré frenéticamente por los senderos de grava hasta que, a la distancia, vi el destello de un camión acercándose lentamente al horno de la tarde de Nevada.

No quiero exagerar de dramático, pero uno siempre debería tenerle respeto al desierto. En 1999, Raffi Kodikian, recientemente graduado de la universidad, mató a puñaladas a su amigo David Coughlin en la tienda que compartían en el cañón Rattlesnake de Nuevo México. Kodikian luego afirmaría que mató a su amigo sólo por salvarlo. Él escribió en su diario: “No permitiremos que los gallinazos nos agarren vivos”.

La tragedia de la muerte de Coughlin se agravó por el hecho de que los dos hombres, ninguno de ellos con gran experiencia al aire libre, nunca estuvieron a más de una milla de donde estacionaron su auto. El desierto, incapacitado por su propia constitución para la clemencia, los castigó profundamente por su inexperiencia. No tiene razón para mostrarle más piedad a ninguno de nosotros.

RENOVADO EN LO DESOLADO

En algún momento en la octava década del siglo IV, un cristiano piadoso llamado Eusebius Sophronius Hieronymus decidió adentrarse en el desierto. Él creía que esto lo haría un mejor siervo de Dios: “¡Oh desierto que nutres las flores de Cristo! Oh soledad que produce las rocas firmes con las cuales la ciudad del Gran Rey se construye”, escribiría después. Durante su estadía, el fiel ermitaño purificó su fe en Dios. Hoy, conocemos al nómada del desierto como San Jerónimo, uno de los Cuatro Padres de la Iglesia Católica.

No todos entramos al desierto para convertirnos en santos. Algunos de nosotros simplemente entramos para convertirnos en humanos, que hoy día podría significar nada más que un par de días sin servicio inalámbrico. El desierto es uno de los más grandes depósitos de silencio puro, este último comercializado como una trufa en un mundo que constantemente llama nuestra atención. Yo supongo, entonces, que se puede considerar a la Ruta 50 como un retiro para la meditación con un límite de velocidad: concientización a 100 millas por hora. Ese no es el límite marcado, por supuesto, pero no encontré un solo oficial de caminos en dos días de manejo. Uno jamás puede desconectarse del todo, pero la experiencia para crispar los nervios de tratar de navegar por míseras cinco cuadras de Broadway en hora pico es remplazada por una calma ininterrumpida. A veces, mientras manejaba, sentí como si estuviera flotando. Miraba al velocímetro mientras la aguja se deslizaba con confianza tranquila hacia los tres dígitos. No necesitaba hacer un buen tiempo. No quería hacer un buen tiempo. Hacía sólo lo que el camino quería que hiciera.

Rara vez me detuve durante el viaje de dos días. No porque quisiera llegar ya algún lado, sino porque el golpeteo del hule en el asfalto era una especie de sinfonía, e interrumpir esa música sería como responder una llamada telefónica durante la Quinta de Beethoven. Aún más, había algo psicológicamente desagradable en el detenerme, como lo descubrí cuando me paré cerca de Sand Mountain, en Nevada, y caminé a través de una llanura salina al lado del camino que tenía la apariencia de una tundra siberiana, blanca en toda dirección.

Apearme de mi auto rentado después de varias horas de manejar era como ser lanzado al espacio. El silencio se estrella sobre ti, te abruma como un cambio súbito en la presión atmosférica. Es mejor mantenerse en movimiento, concluí, para montar el silencio como una ola, una fuerza impresionante que no es malévola ni gentil. El silencio del desierto ha estado allí por millones de años. Uno no lo interrumpe mucho. Así que seguí moviéndome, pasando la Sand Mountain, hacia Fallon, Carson City, South Lake Tahoe, de vuelta al ruido incesante del mundo moderno.

Pero incluso tan pronto como estuve en Sacramento, actualizando las aplicaciones de noticias de mi iPhone y dándole a atención necesaria a mis cuentas de medios sociales, el desierto seguía conmigo. No como una experiencia horripilante o triunfante o digna de contar mientras nos tomamos otra cerveza, sino como un lugar que no conocía pero que nunca olvidaré, un tatuaje en mi psique de urbanita.

“UN SUMIDERO PARA LAS IDEAS CURIOSAS”

Para llegar a la Ruta 50 desde Salt Lake City, primero se maneja al sur por la Interestatal 15, saliendo de ella poco después de pasar por Provo. Este es el corazón del país mormón, pero es más que eso: Provo es uno de los pocos lugares en Estados Unidos donde Google Fiber está disponible, y The New Yorker y otros medios han llamado al área circundante como “el próximo Silicon Valley”. Entre la escena tecnológica en el sur y el esquí en el norte, Utah ha podido, a pesar de su reputación de devoción y probidad, venderse como un estado alivianado del oeste. (El Festival de Cine Sundance probablemente también ayuda.)

Nevada es una bestia más extraña y más malévola. Es mucho más grande que Utah y un poco menos poblada, dándole una de las densidades poblacionales más bajas de Estados Unidos. En el imaginario popular, Nevada es un depósito de casinos (Las Vegas) y desperdicios nucleares (Yucca Mountain), una apuesta per se. Es el hogar no sólo del “camino más solitario de EE UU” sino también de la Carretera Extraterrestre, una extensión de la Ruta 375 a lo largo de la cual son comunes los avistamientos de naves alienígenas, aunque no por ello creíbles. Así, Nevada es un lugar donde uno puede reunirse con sus pensamientos o con visitantes de Júpiter. También puede reunirse con una dama de la noche: Nevada es el único estado donde la prostitución es legal.

La Ruta 50 es parte de esta tradición pero tiene su propia tradición. El “camino más solitario” es una arteria rica en los nutrientes míticos del oeste estadounidense, ese que todavía no ha sido arruinado por Wal-Mart y las metanfetaminas. Esta es la verdadera Nevada, la que ha atraído a generaciones de aquellos dotados con un espíritu romántico, aquella que no tiene algo que ver con el veintiuno.

Tal vez porque tanto la naturaleza como la mente humana aborrecen un vacío, Nevada se ha convertido en un depósito de teorías de conspiración, la principal entre ellas centrada en el Área 51, donde algunos piensan que el gobierno estadounidense desde hace mucho ha guardado evidencia de contactos extraterrestres. Reporteando para Time por allá de 1997 para su edición sobre la ruta 50, el novelista Walter Kirn escribió que la “Gran Cuenca de Nevada es una Tierra Santa paranoide, y ningún lugar es más adecuado para ese trabajo… un sumidero para las ideas curiosas”.

Pude oír algunas de esas ideas curiosas de dueño serbio del International Cafe & Bar en Austin, un edificio desvencijado cuyo interior lleno de humo ocultó un agradable bar del siglo XIX que era como la única mujer hermosa en un cuarto de solteronas arrugadas. El propietario hablaba con un acento extraño, una mezcla de Europa del Sur y el centro de Nevada. Él tenía ideas sobre “Barack Hussein Obama” y sobre cómo las leyes contra el manejar ebrio eran una conspiración (¡pero por supuesto!) entre las fuerzas de la ley y las compañías de seguros. Sirviéndome un empalagoso brandy serbio que no pedí, él me entretuvo con teorías de las relaciones raciales que parecían basarse por igual en Sean Hannity y Adolf Hitler. No sé si él estaba paranoico, loco o borracho, pero no hay cantidad de alcohol que haga soportable su diatriba. Terminé la noche en el motel Cozy Mountain, comiendo carne seca y bebiendo cerveza en un vaso de plástico, un hombre solo en el camino más solitario, solo y encantado de estarlo.

VACIEDAD EXALTADA

Viajar por el “camino más solitario” es demostrar la máxima del Rey Lear de que nada surgirá de la nada. En grandes extensiones del camino, la nada es totalmente ininterrumpida, dando origen a sólo más de sí misma, una vaciedad tan vasta que es imposible no fascinarse con ella, la vaciedad exaltada de Kierkegaard y Sartre, la vaciedad que podría hacer de todos nosotros mejores personas si dejáramos de ponderar sus implicaciones filosóficas por un momento. Nunca he entendido la afirmación, hecha de manera rutinaria por los visitantes a Nueva York, que las torres de Manhattan los hacen sentir insignificantes; las construyeron humanos, en ellas trabajan humanos, los humanos pueden pagar $15 dólares para subir a su plataforma de observación. Si acaso, las torres de Manhattan afirman los poderes de la humanidad. El desierto, que existió antes que nosotros y existirá después de nosotros, afirma la insignificancia de la humanidad.

Los pueblos a lo largo de la ruta 50 son notables no sólo por su pequeñez sino por su rareza. Algunos de ellos son meramente una parada con un restaurante pegado. Eureka se promociona como “el Pueblo Más Amigable en el Camino Más Solitario en EE UU”. Austin afirmó, en un espectacular, que había “mucho que hacer” dentro de sus 1.1 millas cuadradas. Puedo decir con confianza que esto es una hipérbole, aunque del tipo inocuo (excepto por el serbio racista; en serio, aléjense del serbio racista). Carson City, cerca del lago Tahoe, es un verdadero antro estadounidense, pero puede comprar la compañía temporal de una mujer en el rancho Sagebrush, un arma en la armería Half Cocked, luego apostar lo que quede en su billetera en el casino Gold Dust West. Lo mejor de todo es que la mayoría de los pueblos a lo largo de la Ruta 50 no se terminan en plazas comerciales y conjuntos de condominios, como lo hacen los pueblos en gran parte del resto de EE UU. Ellos simplemente acaban, y el país silvestre empieza de nuevo.

En las afueras de Austin, trepé por un camino de terracería hasta una torre de piedra llamada Castillo Stokes. Fue construida a finales del siglo XIX por Anson Phelps Stokes, un aristócrata neoyorquino que poseía algunas minas en el área. Después de ver una torre similar durante un tour por Italia, él decidió hacer una réplica en Nevada, con la esperanza de convertirla en un retiro veraniego. Pero con su falta de adornos, su soledad absoluta, la torre no inspira visiones de Campagna. Pertenece aquí, al condado Lander, un monumento a nada salvo la riqueza y la voluntad humanas.

Dentro, por lo menos, la torre fue equipada generosamente; había una terraza con cortinas, donde tal vez Phelps haya tomado su coctel vespertino, embelesado por la quietud pura de las colinas. O tal vez él no estaba tan embelesado, tal vez atraído al estilo de Bar Harbor o Newport, porque la torre sólo fue usada en los veranos de 1897 y 1898. Rendida al tiempo, el viento y los ladrones, la torre se mantuvo moribunda hasta 1956, cuando fue rescatada, a través de una compra, por un pariente preocupado de Stokes.

Hoy, el Castillo Stokes está cercado y equipado con marcadores históricos, permitiéndosele permanecer en un deterioro detenido. Difícilmente alguien vivió aquí alguna vez; nadie jamás vivirá aquí de nuevo. Mirando hacia las colinas, la torre en verdad parece el vestigio de alguna fortaleza medieval. Pero no hay ejércitos enemigos acercándose, porque no hay nada aquí que tomar. Sólo hay el raro tráiler de 18 llantas abriéndose paso cada vez más dentro de las cordilleras de Nevada, o el turista solitario gritando a lo largo de la carretera solitaria, buscando algo pero hallando sólo un interminable camino por delante.

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