Quizá fue el uniforme | Newsweek México


Quizá fue el uniforme



Se dice que lo que nos sucede durante la infancia nos define, mi abuelo fue abandonado en un orfanato cuando su padre desapareció del panorama, su madre sobrepasada tanto emocional como económicamente por la situación de aquel entonces no vio otra salida. Vivió ahí casi toda su infancia hasta que, quince años después cuando ya tenía un trabajo estable regresó por él. Nunca supimos a ciencia cierta que sucedió en aquel lugar, pero por lo que hizo a continuación siempre hemos sospechado que tuvo que luchar por sobrevivir y a eso se acostumbró desde entonces, a inicios de los años 50 cuando sólo tenía 16 años cumplidos mintió en su solicitud para enlistarse en el ejército, quizá porque quería una vida mejor o quizá porque era la única vida que conocía; estar en guardia y a la defensiva, preparado ante cualquier cosa, alerta y listo para seguir con vida.

Hizo su servicio volando aviones durante la Segunda Guerra Mundial, mientras tanto su madre había logrado establecerse como ama de llaves para una familia del sur de Estados Unidos que la trataba bien y le ayudaba por fin a tener la estabilidad que siempre había buscado. Después de un par de años al cumplir con aquella misión regresó una primavera con el uniforme puesto a contarle que no sólo estaba vivo,  sino que iría a la Universidad (el primero entre tantas generaciones) lo que no esperaba era que, encontraría mucho más que palabras de aliento y lágrimas de alegría en aquel lugar.

La familia para la que trabajaba mi bisabuela estaba compuesta por una pareja de sureños y cuatro hermosas hijas a las cuales parecían haber sacado de una postal de la zona, cabellos rubios y rizos, todas sabían tocar algún instrumento, les encantaba leer, hacían sus vestidos con telas importadas, eran educadas y reconocidas por todos en la Ciudad. Ann era la segunda más joven, estaba soltera ya que no la había convencido para casarse el novio que había tenido por años, rondaba los 23 y tenía un temperamento fuerte que la hacía destacar del resto de las mujeres de su edad y para ser honestos, de acuerdo a lo que cuentan, de la región entera.

Después del primer almuerzo que compartieron con la familia después del regreso de mi abuelo era obvio que había interés entre ellos dos, pero aquella chica parecía inalcanzable, él apenas comenzaba a estudiar y ella provenía de una familia privilegiada…pero para nuestra suerte Ann aunque si, era quisquillosa, también era determinante y no dudaba en decir lo que pensaba ( acto revolucionario para una mujer en aquella época, bueno, aún a veces en esta) así que, sin titubeos dio el primer paso y una mañana salió con paso firme al jardín mientras él realizaba sus ejercicios y con una mano cubriéndose del sol el rostro y la otra puesta muy fija en su cintura le preguntó qué era lo que esperaba para invitarla a salir. Fascinado mi abuelo no tuvo más respuesta que sonreír e invitarla a salir ese mismo viernes.

Necesitaba un auto para aquella primera cita, la casa estaba retirada de la ciudad y quería darle una  buena impresión, era un  problema de logística ya que Fran no tenía auto, apenas había regresado. Pero es no lo iba a detener, es mi abuelo el luchador incansable del que hablamos, así que se armó de valor y sin titubeos fue a hablar con el padre de Ann, no sólo le pidió permiso para llevarla a la ciudad y lo obtuvo sino que también le prestó su automóvil para hacerlo posible, al final del día tenía parte de la simpatía ganada al venir de un pasado complejo y haber servido a su país.

A las 6 en punto pasó a recogerla, pero en el tramo de terracería el auto comenzó a dar problemas – el abuelo sabía mucho sobre B52  pero no era un experto en automóviles, nunca había tenido uni-  dejaron el vehículo y decidieron caminar de regreso a la casa, en aquel paseo a pie pudieron conversar sin las poses que exigían los convencionalismos, y es que, al final del día ninguno cumplía con aquello que les dictaba el mundo o por lo menos no al pie de la letra y quizá por esos pequeños atisbos de rebeldía en sus vidas decidieron  construir una, entre los dos. Su propio microcosmos post guerra.

Ese día más tarde cuando regresaron y aún no se escondía el sol, el padre de Ann los llevó a su destino, cenaron, comieron helado y sin saberlo iniciaron juntos el resto de sus vidas.

Es entre los pequeños imprevistos que se van cimientan las grandes anécdotas, esas que sin querer se convierten en lo que somos. En la historias que contamos es en las que podemos seguir viviendo, reinventarnos y redescubrirnos. Aquel día ninguno de ellos imaginó que 65 años después estarían contando esta historia, sentados lado a lado. Insisto, no sé bien que pasó durante la primera etapa de su vida, no tengo detalles sobre su infancia ni mucha información sobre su madre, mi bisabuela; lo que si se es que lo que haya sido que vivió y la manera en la que decidió direccionarlo lo convirtió en un gran padre, abuelo, amigo y según mi abuela Ann; en el mejor marido, cómplice y compañero del mundo.

 

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