Opinión | Salir de la deriva (II) | Newsweek México


Opinión | Salir de la deriva (II)



Si las reglas adentro están bien y se cumplen, el sistema político de un país puede avanzar con trazos generales correctos.

 

Para muchos el principal pendiente de nuestro sistema democrático son las instituciones encargadas de organizar y sancionar las elecciones (INE, los OPLE y tribunales electorales federal y locales); sin embargo, por experiencia histórica, la formación de las facciones políticas antecede a estos. Y son, más bien, las segundas, manifestadas en partidos políticos, quienes les dan vida a los primeros. Son los entes regulados los que por principio político ordenan a sus ordenadores. ¿Pero qué pasa si los originarios de la agrupación del poder político no están ordenados?

Es tan grave que puede llevar, como es el caso de nuestro país, a una derrota moral sin precedentes en la historia, como sostiene el presidente López Obrador y lo manifiestan las encuestas desde hace un lustro. Ese es el principal motivo de la elección de 2018. Nuestro sistema de partidos, en su conjunto, está derrotado. Lo cual tampoco es una tragedia irreconciliable o imposible de salvar.

Desde que la mayor parte de los pueblos de occidente dejó atrás las monarquías para dar paso a las manifestaciones democráticas, arrancó el complejo proceso de institucionalizar estas manifestaciones mediante los partidos políticos. Desde entonces, pocas naciones (Inglaterra, Francia, Alemania y los Estados Unidos) han resuelto medianamente bien los mecanismos para procesar las inquietudes internas. Mientras, el resto, como México, tienen serias dificultades para normar las disputas por el poder adentro, lo que les genera fuertes problemas para alcanzar el poder afuera.

Lo cual no solo se traduce en una merma para los partidos políticos, también lo provoca en el entramado político en el que están inmersos. Por eso sostengo que, si las reglas adentro están bien y se cumplen, el sistema político de un país puede avanzar con trazos generales correctos que puedan salvar la inmensa cantidad de imperfecciones que naturalmente tiene la vida política.

Si los partidos políticos no se imponen reglas claras, serias, razonables y democráticas en su interior, entonces seguirán manifestándose antidemocráticamente afuera. Como ha venido sucediendo. Y quebrantar las reglas no escritas de la política como el influyentismo, las famosas oligarquías de hierro (Michels, R.), los linajes políticos o la más complicada de todas: el dinero en la política, puede ser complejo, pero se vuelve menos difícil con ciertos parámetros de institucionalidad. En México se han hecho ensayos desde hace 80 años para normar esa vida interna, en su conjunto, pero fueron hechos a partir del único partido que realmente ostentaba poder, el PRI. Ya con la denominada transición a la democracia, surgieron reglas más amplias pensadas en la pluralidad, hasta llegar a la actual Ley de Partidos Políticos. Supondríamos que con ella se esclarecen con suficiencia las reglas de las que hablo, pero como mencioné en la entrega anterior, hasta ahora ninguno de los partidos políticos actuales ha conseguido salvar correctamente sus diferencias internas.

LOS DOLORES DE CABEZA

Hay dos vertientes que claramente son el dolor de cabeza de todos los instrumentos de arribo al poder: elección de sus dirigencias y de candidatos a los cargos de elección popular. Uno solo tiene implicaciones internas que, si no se desarrollan bien, lleva, irremediablemente, a problemas en el segundo mecanismo; lo cual se traduce en graves problemas externos. Por eso es muy importante que la maquinita de la democracia, con las reglas claras, trabaje en ambos frentes con precisión y dejando las pugnas y cabos sueltos al mínimo.

Para el primer propósito los partidos deben contar con una militancia realmente convencida, militante en su expresión política, pero con la disciplina y convicción que le da origen al término. Dejar de ser meros agregados de búsqueda pragmática del poder o de los cargos de representación, para engrosarse por gente con postulados claros y sinceros. De derecha o de izquierda. Incluso de centro si las indefiniciones programáticas así se dan. Pero que sean personas, ciudadanas y ciudadanos comprometidos con la fuerza política en donde militan. Una militancia de verdad, tolerante, pero también consistente.

Si los partidos alcanzan este piso mínimo de entendimiento, lo que es posible ante el necesario replanteamiento al que vamos en México, entonces podemos pensar en que su composición interna logre ceñirse a las reglas. Reglas sobre quién tiene derecho a elegir, a ser electo, cuándo, por cuánto tiempo, bajo qué responsabilidades, facultades y obligaciones, en un cargo de dirección en el interior.

Si las dirigencias partidarias tienen esa claridad y legitimidad en su origen, bajo los estándares más democráticos que sean posibles: transparencia, certeza, legalidad, pluralidad, etcétera, entonces tendremos el camino dado para el siguiente paso: definir a las mejores candidatas y candidatos que, eventualmente, conduzcan nuestros parlamentos y gobiernos.

En este segundo proceso interno, pero con proyecciones externas, pueden y deben abrirse los procesos para la participación de los simpatizantes, en asociación con los militantes. De tal forma que los militantes se conviertan en promotores, activistas permanentes de sus ideas y consigan la simpatía hacia sus formaciones de quienes por falta de un poco más de convencimiento, tiempo, energías o lo que sea, prefieren mantener una menor carga de compromiso, pero sí quieren hablar, discutir, ser tomados en cuenta en las decisiones más trascendentales: las candidaturas.

COMBINAR LOS PASOS

Aquí los pasos se pueden, y creo, más bien, que se deben combinar, entre las distintas fuerzas. Con independencia de la autodeterminación partidaria que debe ser respetada para definir la línea programática, estatutos y líneas de acción política, si los partidos políticos son los originarios de quien gobierna y legisla, deben tener un límite legal en la designación de estas figuras. Dicho límite son las internas, o primarias. En este caso, abiertas y simultáneas. De tal forma que cada ciudadano que así lo decida puede inscribirse para votar en la primaria del partido que se identifique, lo que le impediría hacerlo en alguna otra formación. Dicha manifestación puede hacerse a días del proceso, con la finalidad únicamente de votar. Para ser votado deberá ser necesario militar con cierta antigüedad.

Todo parece muy sencillo. Fácil. Y es obvio que no. Hace falta mucha voluntad política, terminar de tocar fondo. Replantearse nuestro republicanismo como una necesidad incluso de trascendencia individual, familiar y por supuesto colectiva. Lo que pienso que puede pasar en un mediano plazo de seguir la cadena de hechos que hasta ahora se han presentado en la vida política de México. Siendo así, en poco tiempo arribaremos a un constituyente que nos brinde un urgente y nuevo pacto social.

En él se podrá incluir un nuevo arreglo de poder: parlamentarismo, semipresidencialismo o nuestro avejentado presidencialismo. Pero también, y quizás antes, se debe terminar de organizar a quienes nutren el poder, sea como sea que este se entienda. Ahí también se dirimirá quién organiza. Si hace falta tener organismos y tribunales electorales permanentes o solo periódicos, conformados por las mismas personalidades que hasta ahora han nutrido a las instituciones de la transición que ocupan transitar a un estado menos tramposo y que, por ello, las requiera menos. Y entre tanto y tanto, sus integrantes hagan academia, activismo social, generen pensamiento y razón. No política. Es una larga discusión para comenzar. Necesaria para salir de la deriva heredada y en la que estaremos los siguientes años.  

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Jorge Luis Fuentes Carranza es oficial de incidencia en la Conferencia Interamericana de Seguridad Social. Antes fue director regional de la Secretaría de Bienestar del Gobierno de México en Huauchinango, Puebla. Estudió derecho en la UNAM y es maestrando en gestión pública en el ITESM. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor.

 

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