Carta a Rodrigo. | Newsweek México


Carta a Rodrigo.



Más que la emoción de los encuentros fortuitos quiero agradecerte la atención que me ponías cuando te contaba algo, que recordarás detalles aleatorios que mencionaba entre mis anécdotas para después usarlos como ingrediente sorpresa en nuestra siguiente cena, siempre me fascinó cómo casi sin parpadear me mirabas atento, gracias por estar ahí, por estar conmigo.

 

Se bien que aunque comenzamos con el pie izquierdo, nunca rompimos nuestro pacto: ser honestos. La verdad a pesar de todo. Era más fácil al inicio,  claro, cuando ambos nos veíamos a lo lejos y se dibujaba una media sonrisa, cuando nos escribíamos solo para encontrarnos de vez en cuando , sin nada que nos uniera más que el deseo de compartir el aliento y sentir la tibieza que piel contra piel provocaban nuestros cuerpos.

 

Contigo nunca sentí que tuviera que ocultar nada de mí, aún con ropa me sentía desnuda y lo mejor; cómoda, como hacía mucho ya no. Con el tiempo empezamos a interrumpirnos entre besos para hablar de nosotros, no de ti y de mis juntos, sino de ti y de mí en serio. Más allá de los hijos, mi esposo o tu familia, nos dedicamos no solo a descubrir nuestros pliegues y lunares sino también aquellos miedos más profundos, casi impronunciables así como la historia detrás de los mismos.

 

Verte una tarde era más revelador y terapéutico que semanas de pláticas con mi psicoanalista. Siempre he creído que las personas- tanto las que se quedan siendo parte de nuestras vidas como las que pasan un ratito y luego se marchan- son como alimento. En el otro nos podemos nutrir o intoxicar. Bajo esta línea de pensamiento tú fuiste en mi vida  un festín, delicioso, nutritivo y poco irritante. También por eso te agradezco, me quede tus buenos hábitos y ya no como lo primero que me pongan en frente, antes si.

 

No puedo decirte que lo nuestro fue porque mi matrimonio iba mal, o culpar el estrés de la vida diaria, la rutina o tus ojos. Yo decidí que pasara, estuviste de acuerdo y sucedió. Así son los pactos entre adultos…aunque como en todo; poco se habla al inicio de las letras chiquitas, siempre se sabe que pueden presentarse lagunas pero a veces es mejor pretender que no se tenía idea hasta que se aparecen.

 

Fue un miércoles al medio día , ambos preferimos comernos que ir a almorzar , entonces me di cuenta que me conocías mejor que nadie en ese momento de mi vida , notaste mis ojos tristes y sin palabras me invitaste a llorar entre tus brazos , entendiste todo, suavecito pusiste tus labios en mi oreja y casi sin hacer ruido me dijiste “puedes contarme lo que sea” y te creí, te lo conté todo. Al principio cómo quien intenta mantener el equilibrio en una cuerda floja, evitando detalles y nombres, luego ya no, tomé de tu mano y ya no me sentí sola y lo que parecía una cuerda floja resultó era sólo una línea en el piso vista desde arriba. Vaya que es cierto aquello de que es cuestión de perspectiva.

 

Ya no me cabía la realidad en el pecho, no era que te extrañara cuando estaba con mi familia, fue duro hacer la diferencia al principio, luego entendí que la añoranza era por mí. Quería ser quien era contigo en todos lados, yo misma, y ya no sabía cómo. Hacía bastante que Pepe y yo no éramos una pareja , hacíamos buen equipo, nuestros amigos en común eran maravillosos y la verdad es que nada muy terrible había pasado nunca entre nosotros, al contrario, teníamos dos maravillosos hijos, una casa bastante decente para estos tiempos, trabajábamos en algo que nos gustaba y nos caíamos bien. Solo es que algo se había extraviado, como si un jarrón de cerámica se hubiera estrellado contra el piso y al intentar pegarlo nos hubiéramos olvidado de algunos pedazos debajo del sillón.

 

Quisiste saber más, ¿por qué seguía con él? ¿Cómo es que había decidido pasar el resto de nuestras vidas juntos? ¿Por qué dos hijos y no tres o ninguno? Preguntas que o llevaba mucho sin escuchar o que nunca había atrevido hacerme a mi misma. Seré franca, fue entonces cuando por primera vez pude darle forma a lo que sentía y decirlo en voz alta. Descubrí varios lastres que llevaba desde hacía años, entendí que desde el inicio me enamoré de la idea de Pepe y no de él, y pues vaya que de ideas no se vive, aunque tampoco era tan malo, solo había que soltar la idea y abrazarlo a él. Ese era el desafío, porque primero tenía que estar conmigo.

 

Siempre tuvimos reglas claras, quizá esta clara rompa un poco con la línea pero tenía que decirte que a partir de ese jueves ya no fui la misma, al menos no la que era con ellos, soy más la Clara que conociste, porque si me conocías, ahora que lo pienso no sólo debo agradecerte sino también disculparme. Yo hice todo lo opuesto que tú, no quería saber más de lo que me contabas, pensaba que era una manera de protegerme de que eso que teníamos se saliera de control ahora me doy cuenta de que no, era mero egoísmo. Fuiste justo lo que necesitaba en el momento menos esperado.

 

Te despediste como siempre con un beso a medio labio y otro largo en mi muñeca derecha, todo un caballero. Sabía sin querer que era una despedida, los dos nos dimos cuenta de que era la última vez y sin dolor ni apego nos soltamos. Gracias a ti pude ser de nuevo yo y deshacerme de los espejismos que había creado para sobrevivir, gracias a lo nuestro pude recuperar a mi familia. Pase de ocupar un lugar en la mesa a la hora de la cena a poner ahora yo los ingredientes sorpresa cada que nos reunimos. Ahora estoy ahí, atenta pregunto con genuino interés y escucho a mis hijos, a Pepe, a mis amigos. Ahora estoy presente y ese ha sido el mejor regalo del mundo, ojalá que donde sea que estés seas tan feliz como yo hoy, y sino que esta carta te encuentre bien y sepas que en mi vida hiciste toda la diferencia.

 

Clara

 

 

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