Opinión | Los turistas podían, los indígenas no pueden | Newsweek México


Opinión | Los turistas podían, los indígenas no pueden



Tanto en la América de siglo XIX como en gran parte de África y Asia en la actualidad, la “conservación” significa que los guardianes originales no pueden vivir en sus tierras ancestrales, pero los turistas (hasta esta pandemia global) podían viajar a ellas en sus vacaciones. A la gente local se le prohíbe cazar para comer, pero los extranjeros pueden cazar por deporte; las comunidades indígenas no pueden usar recursos de los que dependen para sobrevivir, pero encontraremos una forma de justificar la tala de árboles para tener un nuevo y lujoso mueble en el salón porque lo que tenemos parece ya un poco viejo.

La idea de que los indígenas no saben cómo cuidar de su entorno es sencillamente imperialismo cultural. Hay evidencias por todo el mundo que demuestran que si se garantizan los derechos territoriales de las comunidades indígenas se consiguen resultados de conservación comparables o incluso mejores para la conservación de la naturaleza por un coste mucho menor.

La relatora especial de Naciones Unidas Victoria Tauli-Corpuz dijo en un informe: “Cuando las excavadoras o los guardaparques obligan a los indígenas a abandonar sus hogares, no es solo una crisis de derechos humanos, sino también un perjuicio para toda la humanidad. Los pueblos indígenas… están logrando por lo menos iguales resultados de conservación con solo una fracción del presupuesto para áreas protegidas, lo que hace que la inversión en los propios pueblos indígenas sea el medio más eficaz de proteger los bosques”.

EL DEBATE SOBRE LA CAZA

Paseas por el bosque con tu mejor amiga. El sol brilla entre las hojas, conversas y ríes al caminar. Los pájaros cantan, los monos chillan y quizás eso que escuchas a lo lejos sea el sonido de un elefante. De repente oyes el disparo de un rifle: tu mejor amiga se encoge repentinamente y se desploma, y te arrodillas para sujetarla mientras su sangre recorre tus manos y mancha tu ropa.

Tu mejor amiga acaba de recibir el disparo de una patrulla antifurtivos. ¿Cambia eso cómo te sientes por su asesinato?

Según algunos amantes de los animales en internet, cuando matan ilegalmente a una persona “para proteger a una especie protegida” la respuesta adecuada es celebrar su muerte porque ayuda a mantener a “nuestros” preciados rinocerontes, tigres o elefantes a salvo. Aparentemente “preservar estas especies en peligro es más importante que la vida de algunos lugareños sin valor”.

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Los ecologistas de salón declaran con orgullo lo dispuestos que estarían a sacrificar cuerpos marrones al otro lado del mundo para salvar a un animal que probablemente solo han visto en televisión o en un zoológico. Los asesinatos extrajudiciales de gente inocente en África y Asia, incluso niños, son frívolamente considerados meros daños colaterales en la “batalla por la naturaleza”. Si mataran a un estudiante estadounidense blanco en su año sabático por recolectar plantas en una zona de conservación, se desataría un clamor internacional y, sin embargo, cuando eso mismo le pasó a Mbone Christian, un joven de 17 años de la República Democrática del Congo, pasó prácticamente inadvertido.

Parece que para muchos conservacionistas las vidas negras no importan en realidad. “Ven a los bakas como animales. No nos ven como humanos”, me dijo un hombre baka de la Cuenca del Congo. Agentes respaldados por grupos defensores de la naturaleza mundialmente conocidos como la Wildlife Conservation Society (WCS) y el Fondo Mundial para la Naturaleza han torturado y asesinado a docenas de personas inocentes en nombre de la “conservación”, niños, ancianos y discapacitados entre ellos. Ecoguardas, guardabosques e incluso funcionarios del gobierno han incendiando aldeas, derribado casas, cometido violaciones en grupo, robado bienes y propinado palizas dejando a gente mutilada de por vida.

Básicamente, a la organización para la que trabajo, Survival International, y a las personas tribales e indígenas con las que colaboramos, nos han tomado por locos durante los últimos 30 años: la gente sencillamente no se cree que esto esté sucediendo porque le parece inconcebible que los conservacionistas del osito panda puedan ser culpables de racismo y violencia. WWF, WCS y otras ONG conservacionistas internacionales saben de estas atrocidades desde hace muchos años y aún así continúan financiando, equipando y entrenando a los perpetradores. Cuando se les combate con pruebas, los gigantes de la conservación se limitan a organizar su encubrimiento.

La conservación sufre el delirio racista que considera que los no-blancos de África y Asia no saben cuidar de su propia tierra y no se les puede fiar el cuidado de la fauna de sus regiones. Mi compañero el Dr. Mordecai Ogada, autor de The Big Conservation Lie, dijo en declaraciones a The Guardian en 2018: “El mensaje es que la vida salvaje en África está en peligro y que el origen de ese peligro está en los negros, y que tiene que venir gente de Estados Unidos para salvar la vida salvaje del peligro que suponen estos negros”.

Enormes territorios han sido robados a los indígenas y a las comunidades locales bajo el falso pretexto de que es necesario para su conservación. A la tierra robada se la llama después “Área Protegida” o “Parque Nacional”.

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Los parques nacionales representan el racismo de la conservación. Creados por primera vez en Estados Unidos en el siglo XIX, promueven la idea de que la naturaleza es un “entorno salvaje prístino” hasta que los blancos la “descubren”. Según el jefe Luther Standing Bear de los lakota sincagu y oglala: “Solo para el hombre blanco era salvaje la naturaleza, y sólo para él estaba la tierra infestada de animales salvajes y gentes bárbaras. Para nosotros era dócil”.

El complejo de superioridad de los colonizadores les cegaba ante el hecho de que miles de americanos nativos no “solo” habitaban la tierra, sino que hacían uso de ella, la moldeaban y la nutrían. Desempeñaban un papel vital en sus ecosistemas y poseían un profundo conocimiento de los mismos, pero aun así eran percibidos, de forma racista, como una “inconveniencia” de la que “ocuparse”, igual que se considera hoy en día a los habitantes de áreas protegidas africanas y asiáticas.

Todavía hoy los parques nacionales en Estados Unidos se ven como lugares a los que la gente blanca acude para “volver a la naturaleza”. Entre el 88 y 95 por ciento de sus visitantes son blancos no hispanos, a pesar de que representan solo el 63 por ciento de la población estadounidense. Carolyn Finney, geógrafa cultural, dice en su libro Caras negras, espacios blancos: “La narrativa de los grandes exteriores en Estados Unidos está explícitamente informada por la retórica de la conquista de lo salvaje… por el legado del eurocentrismo y el vínculo de lo salvaje con lo blanco, en el que ambos son naturalizados y universalizados”.

LEGADO DE LA COLONIA

El legado del colonialismo no solo significa que muchos americanos de color no se sienten cómodos ejerciendo su derecho a disfrutar de la naturaleza en su propio país, también explica cómo sus compatriotas ricos todavía se sienten con derecho a hacer lo que quieran en el de otros. El turismo masivo, la caza de trofeos, la tala “sostenible”, la minería u otras actividades extractivas de recursos son a menudo bienvenidos en zonas donde sus habitantes originarios han sido expulsados y se les prohíbe usar la tierra.

Las comunidades tribales, que viven prácticamente sin dinero y obtienen todo lo que necesitan de sus entornos naturales, confían en su profundo conocimiento del medio para poder ganarse la vida como cazadores-recolectores o agricultores de subsistencia. El hecho de que el 80 por ciento de la biodiversidad del planeta se encuentre en tierras indígenas es el testimonio de su habilidad para mantener el equilibrio ecológico y poblaciones sanas de vida salvaje. Su experiencia en la gestión sostenible de recursos es la razón por la que sobreviven especies exóticas en sus tierras mientras otra gente, el mismo tipo de gente que ahora está robando sus tierras en nombre de la “conservación” de la naturaleza, ha hecho desaparecer especies y ha destruido ecosistemas en otros lugares.

Cualquier persona que esté realmente preocupada por el planeta debe dejar de apoyar cualquier forma de “conservación” que cause daño, alienación o destrucción de comunidades indígenas y tribales. Es hora de que la conservación los reconozca como socios principales en la lucha por proteger sus propias tierras: por los indígenas, por la naturaleza, por la humanidad.

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Fiore Longo es directora de Survival International Francia y España. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad de la autora.

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