KISS: un beso de despedida | Newsweek México


KISS: un beso de despedida



Mientras la icónica banda de rock se dirige al final del camino, sus seguidores están dispuestos a pagar generosamente para revivir el pasado.

 

Robert Haberkorn es un contratista de 55 años de Nueva Jersey. A él y su hijo, Joe, de 32 años, les gusta KISS. Muchísimo. En una triste noche de martes en febrero, han ido a ver el concierto de la banda en Allentown, Pensilvania, en su actual “Gira Final del Camino”, publicitada como la última que harán. (Una reunión en 2000 de los miembros originales de la banda supuestamente también iba a ser su canto del cisne, pero no importa.)

“Esta noche es mi sexagesimoquinta vez desde 1977”, dice Haberkorn. “Mi primera fue en el Madison Square Garden, en diciembre de 1977, con los cuatro chicos originales maquillados, y llevé a mi hijo para su primera en el Garden de Nueva York, los mismos cuatro chicos con el maquillaje, y él ha venido a toda presentación desde entonces. Él lleva 29; yo, 65”.

Los boletos en el PPL Center, con 10,000 asientos, se vendían por precios que empezaban en alrededor de 40 dólares. Aun así, los Haberkorn y otras 15 personas han pagado extra por la “Máxima Experiencia VIP del KISS Army”, lo que les da derecho, entre otras cosas, a un bar y aperitivos previos al espectáculo; una oportunidad de probarse las botas de plataforma de Gene Simmons y Paul Stanley; un paseo por el escenario, incluida la oportunidad de sentarse a la batería de Eric Singer; una reunión con la banda, y la oportunidad de ver el gran espectáculo estruendoso de dos horas, fuegos artificiales y juegos de luces desde un área privada inmediatamente enfrente del escenario. 

Quienquiera, allí abajo estará tan cerca que cuando disparen los cañones de llamas, sus rostros se sentirán como si se hubieran quemado al sol, y cuando el humo del hielo seco forme una nube sobre ellos, se sentirán momentáneamente rodeados por neblina. Simmons, Stanley y el guitarrista principal Tommy Thayer los bañarán de púas de guitarra toda la noche. Y la cereza del pastel: después del show, Gene Simmons le regalará en privado a Bob Haberkorn el bajo salpicado de sangre falsa y en forma de hacha de batalla que tocó en el escenario.

“Esto es lo máximo”, dice Haberkorn. “Esto es el santo grial. Hemos estado en VIP, y los hemos conocido varias veces, y esta noche también obtendré su bajo ensangrentado. Mucha gente tiene los bajos, pero los ensangrentados son muy escasos. Soy un fan muy grande, y esto se acerca al final. Esto es como mi gran souvenir”.

¿Cuál es el precio de todo eso? Haberkorn dice: “Creo que la cuenta total fue 22”. Mil, claro está.

¿Eso es mucho dinero para él? Haberkorn se ríe y dice: “Es muchísimo dinero para cualquiera. En este momento, es la mitad de un auto. O un tercio de un auto”.

La reunión pagada tras bambalinas ha sido esencial de la música en vivo de un tiempo a la fecha, pero KISS fue de los primeros en hacerlo, y se han apegado a ello al paso de los años con su gusto característico por la mercadotecnia. Venden una variedad de paquetes a precios que empiezan en 750 dólares y llegan a alcanzar los miles. El líder, Paul Stanley, de 68 años, lo piensa de esta manera: “Si compras un boleto en un avión, puedes estar en clase turista o en primera clase, y si estás dispuesto a pagar la diferencia, obtienes comodidades. Llegas al mismo destino”. Él dice que desde hace mucho dejó de preocuparse por cualquier crítica al respecto, en especial porque la práctica se ha vuelto un estándar en el negocio de la música. “Cuando empezamos a hacer esto, como muchas cosas que hemos hecho, no se había hecho antes”, comenta. “Cuando estás al frente de la carga, vas a ser el blanco”.

“Veo a KISS más como una tribu”, añade Stanley, “en cuanto a que la mayoría de las bandas tienen una demografía por edad muy específica. Y con nosotros, al contrario de otras bandas, no estás incómodo porque tu hermano pequeño esté allí o tu abuelo tal vez esté allí. Es una atmósfera comunal de gente con una mentalidad similar, por lo que es una atmósfera jovial que yo pienso que falta en otros eventos de una naturaleza similar”.

Y si KISS cobra mucho, sí se esmeran en cuidar a sus superseguidores. (Aun cuando muchos artistas cobran significativamente menos, también usualmente les dan menos acceso; por ejemplo, un boleto VIP para ver a Janet Jackson este verano te costará alrededor de 1,300 dólares, pero no conocerás a la estrella. A su vez, los Rolling Stones supuestamente cobraron 17,000 dólares por reuniones VIP el verano pasado, aunque parte del dinero se destinó a caridad.) Entre las personas que tendrán la “Máxima Experiencia VIP del KISS Army” esta noche, hay varios visitantes repetidos, incluidos los Haberkorn, un ejecutivo de una compañía farmacéutica que se lo regala a su esposa y varios miembros de su equipo gerencial, y Solange Margery Bertoglia, de 44 años, una psiquiatra de Filadelfia, quien dice: “Lo he hecho tres veces, y una vez en verdad volé desde Costa Rica donde solía vivir”.

El personal tras bambalinas de KISS es alegre, amigable y profesional, y los miembros de la banda son atentos, bromean con los seguidores y posan pacientemente para rondas interminables de fotos. Los días de caos en los vestidores y groupies volubles y traficantes de drogas se han terminado; pero, salvo el maquillaje, podrías estar tras bambalinas con los Ice Capades.

De forma extraña para una banda, la identidad de marca se resume muy bien en letras como “No hay dónde esconderse, nena, ni dónde correr / Tú jalas el gatillo de mi / pistola amorosa”; para mucho de su público, un concierto de KISS por estos días es un regreso a la niñez.

Por ejemplo, mira a John Bartos, presidente de una compañía de maquinaria en Houston y Filadelfia. Mientras espera tras bambalinas con su esposa Marci y su hermana menor, Toni Shramko, para conocer en privado a Paul Stanley, él brilla cuando dice: “Soy el presidente de 55 años de una gran compañía, y soy un niño pequeño”. La visita, la cual, explica, es principalmente un regalo para su hermana, una fan de KISS desde los cinco años, le costará 6,000 dólares e incluye una guitarra eléctrica Ibanez, nuevecita y negra, Paul Stanley Signature PS-120, la cual le pedirá a Stanley que le autografíe. Y luego la romperá en el escenario al final del show.

Stanley sale de su vestidor con todo el atuendo de KISS, bailando un poco en sus botas de plataforma para que tintineen las cadenas que cuelgan de ellas. Platica tranquilamente con los Bartos por unos minutos. “¿Cómo están?”, les pregunta, solícito. Le dicen que se conocieron antes en una exhibición de sus pinturas, en una galería en una plaza comercial de lujo, en Nueva Jersey, y le preguntan si se acuerda. “Sí, sí, lo recuerdo”, responde. Le preguntan qué tipo de música escucha en casa cuando está pintando. “Escucho Motown y soul temprano”, contesta. Luego firma la guitarra y las cuatro impresiones del arte de discos de KISS que Bartos también trajo consigo, después se retira a su vestidor antes de una reunión en grupo, seguida por una extensa sesión de fotos con los fans.

Bartos dice que planea hacer enmarcar las piezas de la guitarra y exhibirlas en su sala familiar. Más tarde, en un correo electrónico después del espectáculo, él escribe: “El evento tras bambalinas de KISS fue tal como lo esperábamos, y más. La manera eficiente en que se organizó la sesión, y en especial cuánto tiempo pasó Paul con nosotros fueron sorpresas placenteras”. En cuanto al costo, explicó: “No puedes ponerle precio a un recuerdo que durará toda una vida. Esa es la manera en que lo justifiqué”.  

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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