El mayor de los antiderechos es no poder disponer de mi vida: Daniel Leyva


No poder disponer de mi vida es el mayor de los antiderechos, dice Daniel Leyva sobre la muerte asistida

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En su novela más reciente, Administración de Duelo, S. A., Daniel Leyva pone en el centro de la diana un dardo a favor de la muerte asistida y la eutanasia. Pero también honra a la amistad y a la palabra.

 

No hace mucho tiempo, en 2017, el escritor mexicano Daniel Leyva cayó gravemente enfermo. El diagnóstico médico fue tan determinante como gélido: le quedaba, a lo mucho, un año de vida.

Tras la noticia, lo primero que se le ocurrió al autor fue llamar a un notario para que asistiera al hospital en donde estaba internado a levantar y firmar un acta de muerte asistida.

Conocido como Ley de Voluntad Anticipada, en Ciudad de México este es un derecho de las personas a tomar la decisión de ser sometidas o no a tratamientos o procedimientos médicos que pretendan prolongar su vida cuando se encuentren en etapa terminal. Es decir, ayuda a morir de manera digna.

Ironías de la vida —o de la muerte—, en ese momento de angustia y desolación la novela más reciente de Leyva, titulada paradójicamente Administración de Duelo, S. A., ya estaba impresa en la editorial y pronta a salir a la luz pública.

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“Mi esposa fue, afortunadamente, más fuerte e inteligente”, recuerda el escritor en entrevista con Newsweek México. “Pidió una segunda opinión, trajo a otro doctor, y este dijo: ‘Eso que le dijeron no lo creo’. Luego trajo a otro médico que confirmó: ‘Aquí hay falla de diagnóstico, vamos a operarlo y se acabará la bronca’. Y así se acabó el problema.

“Si yo me hubiera quedado con el primer diagnóstico —continúa—, habría fallecido; eso sí, con muerte asistida. Como mi nuevo libro ya estaba en la editorial, en imprenta, el editor me decía: ‘Este año lo publicamos, te lo aseguro’. Y yo le respondía: ‘Tranquilo, ya no hay prisa, ya no me morí'”.

Publicado por la editorial Alfaguara, la obra de Daniel Leyva relata la historia de un hombre que, internado en un hospital, por fin recupera la conciencia. Sin embargo, como no logra recordar quién es ni por qué motivo está hospitalizado, su mayor temor es padecer muerte cerebral o, en el mejor de los casos, estar en estado de coma.

“Lo único que pretendo es que el lector haga su trabajo, como yo hice el mío de escribir”. Foto: Carlo Echegoyen

En medio de esas meditaciones repentinamente escucha una voz familiar. Se trata de un viejo amigo argentino que está ahí, en su inconsciente, para ayudarlo a recordar. Al mismo tiempo, recibe las visitas de su esposa e hijos, a quienes escucha hablar pestes sobre él. De esta forma, el hombre y el argentino se enteran no solo de lo que sucede fuera del nosocomio, sino también de los verdaderos sentires de la familia.

A medida que el relato avanza, el hombre recuerda su juventud y su relación con el argentino. Pese a sus diferencias al hablar y sus particularidades culturales y lingüísticas, los dos usan la misma lengua y gracias a las palabras saben quiénes son, lo que hicieron en la vida y, lo más importante, por qué son amigos.

“Las personas vamos a permanecer o seremos o somos por las palabras —explica Leyva—. Sin las palabras no somos nada. Eso es lo que traté de hacer en el diálogo entre el mexicano y el argentino, que juguetean con las palabras, se echan albures, se dicen cosas, pero en el fondo son mayores, son dos viejos cascarrabias, amigos de toda la vida que están juntos y que no sabemos muy bien en qué circunstancias”.

—¿Por esa razón la novela se presenta de manera digamos irrespetuosa, sin signos de puntuación?

—Fueron dos puntos. El primero, diferenciar uno del otro era diferenciar el tipo de letra, cursivas o redondas, cada uno habla con su propio tipo de letra. El segundo, el personaje principal no sabe en qué estado se encuentra, pero no está vivo, y si está vivo está en coma, y si está en coma tiene muerte cerebral, y en esos estados no se puntea. Cuando hablas contigo a solas ni pausas haces, no dices: punto y aparte, coma, tres puntos. Las conciencias no puntean. Si están hablando dos conciencias, no puntean.

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TAREA DEL LECTOR

—¿Con qué se va a encontrar el lector al adentrarse en esta novela?

—La verdad no sé, no podría decirlo. Alfonso Reyes decía que uno publica los libros para quitárselos de encima. Yo incluso ni siquiera corrijo. Después, si alguien me dice: aquí hay un error, pues ni modo, si algún día hay una segunda edición, se corregirá, pero ya una vez que lo entregué no corrijo el texto.

“No podría hacer una crítica —continúa—. Una cosa es lo que uno quiere y otra cosa lo que el lector lee. Además, es una perogrullada, pero el primer lector del texto es el autor mismo: en la medida que uno va escribiendo, va leyendo, y no es el mismo el que escribe que el que lee, el que lee es otro, y es el que está haciendo el juicio crítico, y ese juicio crítico está, en el momento, totalmente nublado por el sentimiento, la euforia, por la tristeza, la alegría, por el sentimiento que se esté teniendo porque se está escribiendo”.

Daniel Leyva nació en México en 1949. Además de una vasta obra poética, entre los que se cuentan títulos como Crispal, Talabra, La cifra de los pasosPoemas del cuerpo vencido, es autor de las novelas ¿ABCDErio o ABeCeDamo?, El cementerio de los placeres y El espejo equivocado, entre otras.

En 1976 obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia y, en 1982, el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero. Ha sido Becario de la John S. Guggenheim Foundation, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y fue nombrado comendador de la Orden del Rey Leopoldo II de Bélgica en 1993.

—Esos sentimientos de los que hablas cambian a lo largo del tiempo que dura la escritura de la obra?

—Después de haberla escrito ese sentimiento va a cambiar, que es donde vendría la corrección y decir: a lo mejor aquí exageré, aquí me faltó. Yo lo único que pretendo es que el lector haga su trabajo, como yo hice el mío de escribir, y como el editor hace el suyo de editar y publicar un libro. Que el lector haga el suyo de leerlo y que entre en el libro como se entra, qué sé yo, en una playa, un jardín, un parque, un bosque, con ganas de descubrir, de ver, de aprender, y que, si no le gusta el sitio, se salga y se vaya. Pero que si le gustó le entre lo más que pueda. Esas son experiencias que debe descubrir cada uno.

En 1976 obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, y fue nombrado comendador de la Orden del Rey Leopoldo II de Bélgica en 1993. Foto: Carlo Echegoyen

DE DUELO A DUELO

—¿Qué tan importante es la administración del duelo?

—Cuando un familiar fallece uno se enfrenta a una serie de problemas, muy aparte del principal que es el duelo. Uno tiene ese sufrimiento y le caen encima 40,000 cosas que no se imagina, y ahí es cuando yo imaginé crear esta compañía, Administración de Duelo, S. A., que es la que se ocupa de todo lo que está alrededor del fallecimiento de un ser querido para que esa persona pueda dedicarse únicamente a su dolor. Un poco como las compañías que planean bodas, cumpleaños, fiestas; en tu sano juicio contrata los servicios de la compañía, hay un menú, una lista, y di qué quieres: si caigo enfermo quiero que no me entuben, que me apliquen una muerte asistida, que mi testamento sea leído de tal forma, es decir, todo lo que no hace una agencia funeraria, que nomás te vela y te entierra o te crema.

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“En esta compañía —continúa el escritor— puedes disponer: yo quiero tener en mi velorio 18 señoras que lloren y griten y se desgarren las vestiduras, quiero tener tres violines tocando, quiero que contraten a un escritor famoso y le paguen por abajo y con seudónimo escriba mi biografía. Todo lo que tú quieras tener y que te alcance con tu presupuesto para que tu familia se dedique solamente a llorarte y tú tengas el entierro que quisiste, sobre todo en términos médicos y que puedas dejar dicho: no me entuben, no me mantengan con vida”.

—Pero ahí deben intervenir las leyes, ¿no?

—Hay lo que se llama la muerte asistida en México, pero no hay eutanasia como en Bélgica y Holanda. No hay el suicidio asistido como en Suiza. Y yo partía de un principio: entre todos los derechos humanos, el más importante es el derecho a la vida, es tu vida. Ya después me pueden dar educación, salud, alimentación, pero es mi vida y no tengo el derecho a quitármela cuando yo quiera. Es un derecho que me quitan, que no pueda disponer de mi vida; esté enfermo o no esté enfermo, esté triste o no, esa es mi bronca, por qué la sociedad o la religión tienen que decidir sobre mi vida. De entrada, yo no exigí nacer, ¿y no me van a dejar siquiera que pueda decidir irme cuando no me dejaron decidir si quería nacer? Esa serie de contradicciones yo las quise poner en la novela.

La obra más reciente de Leyva cuenta la historia de un hombre que está en estado de coma o padece muerte cerebral. Foto: Especial

—¿Cuáles son las razones que nos han impedido ejercer ese derecho?

—Yo no soy abogado, no conozca perfectamente cómo funcionan las leyes, pero son dos puntos. El primero es un punto religioso; la vida es de Dios y nada más Dios puede disponer de ella, pero si yo tengo otro dios o no tengo dios, por qué tengo que obedecer a una religión que no es la mía o si ni siquiera tengo religión. Pero contra un acto de fe no hay nada, por un acto de fe estalla una guerra santa del islam contra Occidente o por un acto de fe deciden que todos los judíos son culpables y quieren quemarlos. Desde un acto de fe, no hay nada peor y más genocida y que haya asesinado a más gente en el planeta, en la historia de la humanidad y en todas las culturas y civilizaciones.

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“El otro punto es por cuestiones legales —prosigue Leyva—; yo no entiendo cómo un país europeo de la misma cultura, la misma tradición como Holanda y Bélgica, puede legislar la eutanasia, y países como Alemania y Francia, no. La verdad no lo entiendo porque es la misma cultura y civilización, se entendería más de un país como México porque somos más apegados a la Iglesia y al mundo latino y España e Italia, pero no lo entiendo porque son derechos personales. Creo que fue en la administración de Marcelo Ebrard en Ciudad de México cuando empezó el derecho a la muerte asistida, antes no se permitía, tenías que estar ahí entubado. Y la muerte asistida es un gran avance, pero si tienes un accidente grave y antes no firmaste un acta de muerte asistida, te amolaste. Estoy convencido de que es algo que sucede y es una tontería, es el mayor de los antiderechos humanos no poder descansar y sufrir mucho mientras la familia se arruina moral, física y económicamente. La muerte asistida debe ser una muerte con dignidad, el derecho a morir dignamente y cuando uno lo decida. Para mí, es una acción de principios”.

—¿Cuál es, entonces, la mejor forma de administrar el duelo?

—Es una muy buena pregunta porque, además, hay muchos tipos de duelo. Tú te divorcias y pasas por un duelo; tienes hijos y se van fuera de México, y el tiempo que están fuera estás en una especie de duelo porque no los ves; se te muere alguien y es otro duelo. Creo que lo mejor, en mi caso, es decirlo, comunicarlo, platicarlo, compartirlo. No guardártelo. Si a mí me duele algo de pérdida parecido a un duelo, lo platico y lo converso, y a veces con quien sea, con el taxista, con el peluquero, con una persona querida, o escribiendo páginas que no importa que nadie lea. En el fondo es una manera de desahogarse y no guardarlo. Pero eso en todos los tipos de duelo, no solamente el familiar. De todas formas, hay cuestiones curiosas en el lenguaje: existe la palabra “huérfano” para quien pierde a su padre o su madre, pero yo no conozco la palabra para cuando pierdes un hijo. En español no tenemos una palabra para eso. El dolor ha de ser tan grande que ni siquiera el lenguaje ha encontrado la forma de expresarlo.

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