La música tiene el poder de sanar: Mon Laferte | Newsweek México


La música tiene el poder de sanar: Mon Laferte



Hoy en día, en Chile ocupa el número uno en ventas en las plataformas digitales. Su sexto álbum, Norma, ya suena fuerte.

Norma Monserrat llegó al puerto de Veracruz, caluroso, húmedo, melancólico, y encalló en el “rinconcito donde hacen su nido las olas del mar”, ese rinconcito de patria que Agustín Lara dice que sabe sufrir y cantar. En julio de 2007, el calor apabullaba a los paseantes del malecón; se guarecían en un bar. Música sonando al fondo y un canto hipnótico de sirena los atrapaba. Al caer la tarde, Norma tomaba su guitarra; bajo la luna y con alma de pirata, sabía sufrir y sabía cantar.

Su voz devoró al puerto, elevó su enorme tesitura y, al poco tiempo, “Tu falta de querer” fue himno de rupturas amorosas, estandarte del desamor y éxito mundial.

Desgarradora y poderosa, Norma se apoderó de otro nombre y se reconstruyó a sí misma: Mon Laferte, la artista chilena más escuchada en Spotify.

Actualmente ocupa el número uno en ventas en su país en esta era digital. Es la cantante chilena con más nominaciones en una sola entrega de los Grammy (cinco en la edición 2017), y ganadora por mejor canción alternativa. Su último y sexto álbum de estudio, Norma, relata de manera conceptual las etapas en una relación de pareja. A propósito del disco, con Newsweek México tuvo esta conversación.

“Monserrat soy yo, soy una cantautora, soy el personaje que me inventé de artista. Me llamo Norma Monserrat, no me gustaba que me dijeran Norma de niña, mi mamá y mi abuela se llaman Norma, no quería llamarme como ellas, se me hace un nombre muy rígido. Cuando empecé a cantar, muy jovencita, me preguntaron: ¿cuál es tu nombre? Y me dije: es el momento para quitarme Norma y empecé a presentarme como Monserrat, que es esta parte de mí más artista, más libre, la que viaja, la que se fue de viaje muy joven”.

—¿Qué vamos a encontrar en “Norma”?

—Para empezar, encuentras definitivamente el barrio, de manera inconsciente todas mis composiciones son muy a lo que oí cuando era niña; por ejemplo, “El beso”  tiene un arreglo llevado hacia la salsa, tiene también sonidos de cumbia tradicional chilena. El disco tiene también algo de México, tiene danzón, sonido que descubrí en los salones de baile de la Guerrero, en la capital. Vas a encontrar barrios si lo escuchas.

Envuelta entre ropas negras y un gran peinado alto, Mon Laferte mira con añoranza hacia la nada, mueve suave sus manos al ritmo cadencioso de su voz, apacible, lenta y melódica, y reflexiona: “Norma es un crecimiento, creo que muchos artistas y yo tenemos este deseo de seguir aprendiendo y crecer, es un proceso que nunca acaba. No me parece que como compositor o creador alcances una madurez o un límite y ya, hasta ahí. Siento que uno todo el tiempo está aprendiendo fórmulas nuevas en armonía y lírica, que claro, no soy la misma que componía canciones a los 21, que ahora a mis 35.

“También soy muy influenciable; cuando escucho discos termino por querer hacer lo que estuve oyendo, me la pasé escuchando mucho mambo y salsa, Pérez Prado, Yma Sumac y Carmen Miranda. Al final terminé por querer hacer un álbum que sonara así”, revela.

—¿Mambo?

—Creo que es la mejor canción del álbum, tengo un aprendizaje, fue la que me tomó más tiempo componer. Fui moviendo piezas y cambiando palabras hasta que encontré lo que daba el mensaje que quería. Un mambo no me daba el tiempo para decir todo lo que quería sobre celos, por eso surgió la idea de rimar, de “rapear”, así puedo decir un chingo de cosas. Fue la excusa perfecta para incorporar música y sonidos más actual hasta usar una base de trap.

—¿Mon tiene celos?

—No tanto, la verdad. En un sentido general no soy celosa, pero quisiera no sentir nada de celos, es difícil.

—En tu canción “Si alguna vez”, hablas de encontrar ese amor fuerte de antaño. Si tuvieras de frente a ese amor adolescente, a ese amor intenso que todos tuvimos y se perdió, ¿qué le dirías?

—Siempre me acuerdo de mi primer amor, y tengo tantas ganas de encontrármelo algún día. Yo tenía 12 años y duré un año con él. Me encantaría saber de él, saber qué ha pasado con su vida. Esa canción es la más bonita del disco, tiene un deseo de sanar, cómo quisiera que las relaciones humanas fueran sanas. Pero no son así, en un sentido a veces las relaciones terminan mal.

—¿Te has preguntado “por qué me fui a enamorar de ti”?

Mon suspira, hace una pausa, se crea un silencio en la sala de entrevista: “Varias veces. Soy muy enamoradiza, no siempre uno se enamora de la persona correcta, o te enamoras de alguien cuando no deberías, sí, me ha pasado muchas veces. Tengo mucho amor que dar”.

—¿A través de la música podemos sanar?

—Yo creo que la música tiene ese poder, a mí me sana. Escucho música todo el tiempo, depende de mi estado de ánimo como cuando tengo ganas de llorar pongo las canciones más cortavenas y se produce algo ahí. Quisiera que mis canciones emocionen, estremezcan y den sentido. No sé si con mi música le pasa eso al alguien, pero si sucede es todo lo que quiero.

—¿Hay algo que hayas descubierto en la música actualmente que te asombre o escuches continuamente y con obsesión?

—Este año en mis top de Spotify había un compositor de bolero que se llama José Antonio Méndez, me voló la cabeza. Lo descubrí por accidente en un vinilo, compré un disco y venía otro, la portada decía otra cosa, pero venía su disco. Conecté de una manera superbonita con su poesía y su voz”.

—¿”La chica de rojo” de 2003 ya no se parece a Norma?

—Claro, por supuesto, creo que yo del 2003, del 2001 y del 87 somos bastante parecidas, pero obviamente uno cambia, no es el mismo siempre, vamos cambiando con las experiencias, creo que soy mejor persona que antes. El origen y esencia de las personas siempre queda. La chica que empezó a querer tocar a los 13 años con su primer novio es la misma, tengo las mismas ganas ahora, quiero seguir tocando la guitarra, componer canciones, tener novio.

—¿Cuándo fue la última vez que te perdiste en el color canela de una piel?

—¡Pues no hace mucho, eh! —fija la mirada en el techo y ríe a carcajadas.

Foto: Antonio Cruz

—¿En algún momento escucharemos un reguetón de Mon Laferte?

—Me parece que es buenísimo, yo bailo reguetón en la fiesta, pero hay una cosa rebelde en mí que no me permite hacerlo de forma burda solo por que está de moda y para aferrarme a estar dentro de la industria. No tengo nada en contra del género, tiene un ritmo increíble, pero no lo haría así como tal porque no quiero seguir la corriente nada más para estar de moda y vender discos.

—¿Qué sigue para Mon Laferte, qué falta?

—Seguir tocando, me gusta mucho tocar, amo estar de gira. Ahora con este álbum estoy muy emocionada, siento nervios de entrar a ensayar las canciones, tocar con los nuevos músicos que se incorporan. La propuesta visual de esta gira es diferente a las otras y tiene que hacer match con las canciones de los discos anteriores, todo eso me genera mucha emoción.

—¿Norma es tu mejor disco?

—Yo creo que a todos los artistas nos pasa que el último disco es el que más nos gusta, pero yo sigo sintiendo un cariño particular por Volumen 1, es el disco que me dio a conocer con la gente y que fue un disco que hice casi saliendo de las cenizas. Pero creo que Norma es el disco mejor logrado.

—¿Una última presentación?

—¡Ahhhh! Superdifícil, ¡ay no, qué difícil! Pero creo sería cualquier canción, pero alguna donde esté sola con mi guitarra. Dónde es lo difícil porque tengo el corazón dividido, entre mi ciudad natal, Valparaíso, Viña del Mar, están ahí lugares que recuerdo mucho, los miradores, el barrio, el mar de Viña, lugares donde compuse mis primeras canciones y, por otra parte, México, toda mi etapa adulta ha sido aquí en la ciudad, es muy difícil elegir, hoy mi vida es aquí, este es mi hogar.

—¿Veracruz?

—El día que vuelva el puerto y pise el malecón voy a llorar. Cuando llegué (a México), tocaba en un antro llamado La Casona, sentía que estaba en una película porque en Chile no hay ambientes tropicales de calor, palmeras y sudar de noche. Vivía como en una película con una cantante de bar. 

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