"Todo el dinero del mundo". Pero no lo suficiente para pagarles lo mismo a mujeres y hombres


“Todo el dinero del mundo”. Pero no lo suficiente para pagarles lo mismo a mujeres y hombres

actriz


Gracias, Hollywood, por darles a los profesores de derecho el mejor caso hipotético para un examen sobre la discriminación salarial. He aquí cómo va:

Mark Wahlberg y Michelle Williams coprotagonizaron una película dirigida por Ridley Scott. La película, titulada Todo el dinero del mundo, está basada en la historia verdadera del momento desafortunado en que J. Paul Getty, por entonces el hombre más rico del mundo, se negó a pagar el rescate a los secuestradores de su nieto, haciendo que ellos le cortaran la oreja y se la enviaran por correo a su madre.

Ese abuelo adorable fue interpretado originalmente por Kevin Spacey. Desgraciadamente, después de que se filmó la película, Kevin Spacey, como muchos otros hombres el año pasado, fue acusado creíblemente de múltiples casos de mala conducta sexual.

Ridley Scott tomó la decisión de remplazar a Kevin Spacey con Christopher Plummer, lo que requirió de volver a filmar costosamente toda escena en la que aparecía Spacey, 22 en total, durante el Día de Acción de Gracias y apenas seis semanas antes del estreno de la película.

A Michelle Williams, quien interpretó a la madre de la víctima en la película, y fue promocionada como la actriz principal, le dijeron que la gente prestaba voluntariamente su tiempo para volver a filmar. Ella aceptó sin reparos, dadas las posibles consecuencias adversas de estrenar una película estelarizada por una estrella de Hollywood ahora odiada, y aceptó trabajar por el mínimo sindical por día de $80 dólares, para un total cercano a $1,000 dólares.

Ridley Scott dio entrevistas en las cuales dijo que aun cuando volver a filmar costó $10 millones de dólares, Williams y Wahlberg volvieron a filmar las escenas gratis. Todos parecían entender que la alternativa sería enlatar la película que ahora estelarizaba un actor muy impopular o estrenar una película que parecía ignorar los gritos de #metoo que provenían de todo el mundo.

Pero la afirmación de Scott era falsa. Luego se reveló que Mark Wahlberg, promocionado solo como un actor de reparto, no prestó voluntariamente su tiempo, como sí lo hizo Williams. Más bien, él al principio se negó a consentir que se remplazara a Spacey con Plummer y aceptó solo después de acordar un precio de $1.5 millones de dólares por el trabajo adicional, 1,500 veces más que su coestrella.

Lo interesante es que ambos actores son representados por William Morris Endeavor (WME), aunque por agentes individuales y diferentes. Después de que se hizo pública la disparidad, se dio el escándalo, y Wahlberg aceptó donar su salario completo de $1.5 millones de dólares por volver a filmar a Time’s Up, un fondo creado recientemente por actrices famosas para ayudar a “subsidiar el apoyo legal para individuos quienes han experimentado acoso sexual o represalias relacionadas con ello en el lugar de trabajo”.

La donación de Wahlberg se hizo a nombre de Williams, y WME siguió el ejemplo con $500,000 dólares de su propio bolsillo, también a nombre de ella.

Las preguntas del examen que seguirían a los hechos hipotéticos podrían ser más o menos así.

¿La disparidad salarial entre Wahlberg y Williams constituye discriminación salarial ilegal?

De ser así, ¿el estudio, la agencia, Wahlberg o Williams es el culpable?

¿Qué tan relevante es el hecho de que Williams aceptara trabajar bajo estos términos poco favorables sin tratar de negociar una mejor compensación?

¿Wahlberg hizo mal al conducir una negociación dura dada la razón para que se volviera a filmar?

¿Su decisión de donar su salario a un fondo de defensa de las mujeres rectifica cualquier daño producido por la disparidad salarial en primer lugar?

¿Qué conexión tiene, si la hay, esta situación bastante singular con el problema más amplio de la inequidad salarial en el lugar de trabajo o la equidad de género más general?

La ley de la discriminación salarial

Un anuncio de interés público de finales de la década de 1960 (disponible en YouTube) presenta a Batman y Robin atados mientras una bomba hace tictac ominosamente al fondo.

Afortunadamente, Batichica irrumpe. Batman grita: “Rápido, Batichica, desátanos antes que sea demasiado tarde”.

Pero Batichica les dice: “Ya es demasiado tarde. He trabajado para ustedes mucho tiempo, y me pagan menos que a Robin”

“Santos descontentos”, dice Robin, sorprendido por el comentario arrogante de Batichica. En cuanto a Batman, le dice a Batichica que “no es momento para bromas”.

Batichica insiste: “No es broma. Es la ley federal de pago equitativo: el mismo empleador significa pago equitativo para mujeres y hombres”.

Ahora, Batichica tiene la atención de Robin; él exhorta: “¡Santa Ley del Congreso!” Pero Batman no está igual de impresionado y trata desalentar a Batichica, pidiéndole si pueden “hablar de esto más tarde”.

La escena termina cuando el narrador pregunta: “¿Batichica salvará al dúo dinámico? ¿Recibirá un pago equitativo? Sintonicen mañana o contacten a la división de salarios y horas en su directorio telefónico bajo el Departamento del Trabajo de EE UU”.

Este concepto sencillo —a hombres y mujeres quienes hacen el mismo trabajo debería pagárseles lo mismo— refleja el mandato de la Ley de Equidad de Pago, una ley federal aprobada en 1963. La Ley de Igualdad de Pago no exige pruebas de cómo o por qué hay una disparidad salarial. Se enfoca en una sola pregunta: ¿un empleador les paga diferentemente a un hombre y una mujer por hacer un trabajo igual?

En otras palabras, la disparidad es la discriminación.

El Titulo VII, la principal ley federal contra la discriminación también prohíbe la discriminación salarial, pero solo cuando hay pruebas de que un empleador tomó en cuenta el sexo al tomar decisiones de pago. En otras palabras, la intención es un componente del reclamo, aun cuando una disparidad no explicada puede ser la base para formular una inferencia de intención.

Si esta fuera una situación normal de empleo, no hay duda de que Williams tendría un reclamo según la Ley de Igualdad de Pago. El estudio podría tratar de invocar una defensa afirmativa bajo la Ley de Igualdad de Pago, la cual excusa las disparidades de pago que pueden explicarse mediante “un factor diferente al sexo”. Pero es poco probable que un “ella no pidió más” sería una explicación suficiente.

Pero este Hollywood, de muchas maneras, no es como la vida normal. Los actores y actrices trabajan generalmente como contratistas independientes en vez de como empleados y por lo tanto podrían no beneficiarse de estas protecciones.

Una ley federal llamada Sección 1981 protege contra la discriminación racial en la contratación, así como en el empleo y la educación, pero no se extiende a la discriminación sexual. Podría haber una ley estatal aplicable que cubra la discriminación sexual, pero es poco probable que la ley federal se aplique.

Incluso si no es ilegal, ¿la disparidad salarial está mal?

Esta es una pregunta fácil, sencilla incluso para un estudiante que no sabe mucho de leyes. Ya sea que las leyes de pago equitativo se apliquen a una transacción particular o no, representan un compromiso de justicia. Y la justicia en el contexto del empleo significa, entre otras cosas, permitir que los individuos capitalicen sus talentos naturales y capacidades sin importar accidentes de nacimiento como raza, sexo o discapacidad.

Esto exige que los empleadores vean a hombres y mujeres de la misma manera y que valor su trabajo equitativamente. En la situación de Williams y Wahlberg, se les pidió literalmente que hicieran lo mismo, por la misma razón, e hicieran los mismos sacrificios. Eran coestrellas en esta película, pero ella recibió más promoción y podría terminar con una nominación al Oscar.

Pero ¿qué tal si él pidió más dinero que ella? Ese hecho se relaciona con dos problemas comunes en el centro de las inequidades salariales, y un tercero que es en cierta forma singular de este caso particular de inequidad salarial.

El problema singular es que la razón del trabajo adicional fue la revelación de que Kevin Spacey había sido acusado de mala conducta sexual por quince personas, algunos tan jóvenes como catorce años al momento de la supuesta mala conducta.

En medio de la epidemia de mala conducta sexual y el apasionado movimiento social de #metoo, Williams podría haber tenido sentimientos especialmente fuertes con respecto a asegurarse de que su nueva película no se hiciera de la vista gorda ante el problema del movimiento como respuesta. Ergo, ella pudo haber renunciado a su salario en esta situación particular, incluso si no lo habría hecho en una diferente.

Como hombres, tal vez él no se sintió obligado de la misma manera, aun cuando ciertamente él no debió hacerse de la vista gorda ante la idea de que la carga de arreglar una epidemia de mala conducta sexual masculina no debería recaer exclusivamente en las mujeres.

Esta situación también implica problemas más típicos. Tanto la confidencialidad de pago como los estilos de negociación por género tienen algo que ver. Que ella ponga las necesidades del grupo por delante de su interés personal es más típico de las mujeres en el contexto de las negociaciones de pago.

Una respuesta a ella es que le pagaron menos porque negoció con menos dureza. Williams dijo a USA Today que “aprecié muchísimo el que hicieran este esfuerzo enorme” de volver a filmar la película al grado que aceptó estar “doquiera me necesitaran, cuando me necesitaran… Y podían quedarse con mi salario; podían quedarse con mis vacaciones, lo que quisieran”.

Entonces, ¿tal vez toda esta situación es culpa de ella? Ella no debió actuar como una mujer semejante. Pero las investigaciones nos dicen que no es tan simple. Es cierto que las mujeres no negocian tan duro por su salario; sabemos esto en parte por el libro importante de Sara Laschever y Linda Babcock, Las mujeres no se atreven a pedir: Saber negociar ya no es solo cosa de hombres (2003).

Pero también es cierto que cuando sí tratan de negociar su pago o beneficios, tienen más probabilidades de ser penalizadas por hacerlo. Criticar que las mujeres no presionen en una negociación dura parece injusto si se las condena cuando lo hacen, y se las condena si no lo hacen.La confidencialidad de pago tiene un papel importante en la situación de Williams y Wahlberg como lo hace en la mayoría de las disparidades salariales. Ella aceptó trabajar por nada en parte porque le dijeron que todos trabajaban por nada.

E incluso después de que el estudio se comprometió a pagarle $1.5 millones de dólares a Wahlberg, la persona quien creó la disparidad —Ridley Scott— luego dio una entrevista muy pública en la cual declaró, falsamente, que todos hacían el trabajo adicional por nada.

Así, Williams no tenía razón para saber que la engañaban cuando aceptó inicialmente, ni alguna razón para sospechar cuando se estrenó la película. Esto es totalmente típico de la experiencia de las mujeres quienes son víctimas de discriminación salarial.

Cuando supimos del caso de alto perfil de Lilly Ledbetter, la dificultad que enfrentan los empleados para saber que ha ocurrido una discriminación salarial permite que suceda desenfrenadamente.

Las decisiones de pago usualmente se toman en secreto. Y aun cuando es ilegal hacerlo bajo la Ley Nacional de Relaciones Laborales, muchos empleadores les prohíben expresamente a sus empleados que discutan su pago con otro o les pregunten su salario a sus colegas. (El Centro Nacional de Leyes por las Mujeres ha compilado una hoja de hechos sobre el problema de la confidencialidad de pago.)

Y aun cuando un empleado sabe si él o ella ha sido despedido, una decisión de pago no es obvia o inherentemente adversa; la oferta de un empleo y un salario inicial o un aumento podría parecer como algo bueno, a menos que al empleado se le diga, o se entere más tarde, que a otros se les pagaba más por hacer un trabajo similar. (Deborah Brake y yo examinamos estudios sobre otros obstáculos para percibir y desafiar la discriminación.)

Imagina el impacto y la humillación de Michelle Williams al leer en internet una mañana que había sido devaluada de esta manera absurda e innecesaria.

Ridley Scott sabía que estaba pagando talento comparable en una proporción de 1,500:1, al igual que la agencia que representaba a ambas estrellas. Sin embargo, Michelle no lo sabía. En vez de los usuales 80 centavos de dólar que las mujeres ganan en comparación con los hombres, ella ganó solo 7/100 de un centavo del dólar de él.

Mark Wahlberg probablemente debió ser más sensible ante la razón para volver a filmar en vez de usar la situación para obtener una compensación tan grande; no hay duda de que él usó la ventaja que tenía en virtud de ser el único que no colaboró.

Pero al final del día, él se comportó razonablemente dada la situación. Él tenía ventaja y la usó. Y cuando supo de la disparidad (o, más probablemente, del escándalo por la disparidad), hizo lo correcto y donó las ganancias a una causa importantes por las mujeres profundamente conectada con la razón por la cual él ganó el dinero en primer lugar.

Al final del día, no era responsabilidad de Wahlberg rectificar esta disparidad. Él no es quien la creó; tampoco sabía de ella y guardó silencio. Ridley Scott es responsable de esta situación injusta, y la agencia que representaba a Williams rompió su responsabilidad con ella. La responsabilidad le pertenece a los empleadores y las instituciones que permiten que se pague diferentemente a hombres y mujeres, sin importar el mérito.

Lo que le pasó a Michelle Williams es una parte integral de un problema enorme e intrincado en Estados Unidos: la brecha salarial de género. Los investigadores no están de acuerdo en la magnitud de la brecha salarial de género, pero no en su existencia.

Existe en todo nivel de ingreso, desde médicos y cirujanos en la cima (63 centavos del dólar) hasta asistentes de profesores en el fondo. No sorprende que la brecha dure durante todo el ciclo vital de empleo y, debido en gran medida a los aumentos basados en porcentaje, crece con el tiempo. Una medida global muestra que en sus primeros quince años de ingresos, las mujeres ganaron solo 38 por ciento de lo que ganaron los hombres. Y aun cuando la brecha se redujo significativamente en la década de 1980, difícilmente ha cambiado desde entonces. (Información detallada sobre la brecha salarial, y su cambio al paso del tiempo, está disponible en el sitio web del Comité Nacional de Equidad Salarial.)

Y estudio tras estudio han concluido que cierta porción de la brecha salarial persiste después de que se controla todo factor concebible, lo cual significa que la discriminación debe tener algo que ver.

La brecha salarial en realidad es significativamente peor en Hollywood que en la mayoría de los sectores de la economía. Este hecho oscuro fue conocido por el público hace pocos años, cuando Sony Pictures sufrió un hackeo, el cual reveló que a Jennifer Lawrence le compensaban menos que a sus coestrellas masculinas, por ninguna razón aparente más que su sexo.

La actriz mejor pagada del año pasado, Emma Stone, ganó menos de la mitad que el actor mejor pagado, a pesar de estelarizar en, entre otras películas, el filme que ganó el Oscar a la mejor película (La La Land). Las actrices ganan en promedio treinta por ciento menos que los actores. Contra este trasfondo, los estudios y directores de Hollywood tienen una obligación afirmativa de corregir este error, no de exacerbarlo. Ellos saben cuánto se le paga a quién, y debería basarse en el mérito y no en el sexo.

Ridley Scott: definitivamente te has ganado un papel estelar en la próxima edición de mi libro de texto sobre leyes de género. Pero ¿serás retratado como un villano o un héroe? Ello dependerá de si ahora donas los $1.5 millones de dólares que debiste pagarle a Michelle Williams a Time’s Up o te los quedas.

Remplazar a Kevin Spacey fue lo correcto. Hacer que Michelle Williams pagara el precio no lo fue.

Joanna L. Grossman es la catedrática subvencionada Ellen K. Solender de mujeres y leyes en la Escuela de Derecho SMU Dedman. Su libro más reciente es Nine to Five: How Gender, Sex, and Sexuality Continue to Define the American Workplace (Princeton University Press, 2011), coganadora del premio David J. Langum 2011 al mejor libro en historia legal estadounidense, y coeditora de varios libros.

Este artículo apareció primero en Verdict.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation withNewsweek.

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