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Te presentamos a sus padres



En noviembre pasado, cuando James Mattis viajó a Bedminster,Nueva Jersey, a petición del presidente electo,sus amigos más cercanos se mostraron escandalizados. No podían creer que Mattis, general jubilado del Cuerpo de Marines, pudiera trabajar como secretario de la Defensa de la nueva presidencia. “Jim”, le dijo su amigo Peter Robinson. “¿Donald Trump?”.

Durante tres años, después de separarse de los Marines, Mattis permaneció encerrado en la Institución Hoover de la Universidad de Stanford, recorriendo el campus en zapatillas deportivas y vaqueros, con la mochila al hombro, dedicado a escribir un libro. El hombre que Gary Anderson, coronel jubilado de la Marina, describe como “el mejor líder de combate que hayan producido nuestras fuerzas armadas en décadas”, parecía un “graduado añoso”, en palabras de Robinson, su colega de Stanford. Y Mattis tenía pocas intenciones de cambiar su situación. Hasta que Trump lo llamó.

Otros dos generales importantes recibieron llamadas parecidas y ellos, también, accedieron a prestar sus servicios: el asesor de Seguridad Nacional, H. R. McMaster, y el recién designado jefe de Estado, John Kelly, quien se integró inicialmente al gabinete como director de Seguridad Nacional.

Trump los llama “mis generales”, título que incomoda un poco a sus colegas. Pero ahora, transcurridos seis meses de una presidencia caótica, bajo un presidente imprevisible que muchos consideran incapaz de ejercer el cargo, el escepticismo inicial de muchos de sus amigos ha sido reemplazado por otro sentimiento: “alivio”, dice Eliot Cohen, historiador militar de la Universidad Johns Hopkins y amigo de los tres generales. “Son adultos en trabajos de adultos. Dios sabe que esta presidencia los necesita”.

Es difícil exagerar cuán extendido está ese sentimiento entre los principales aliados —y hasta algunos adversarios— de Estados Unidos, sobre todo en estos momentos, con la creciente crisis nuclear de Corea del Norte y la retórica belicosa de Trump, que pone nerviosos a amigos y enemigos. Un diplomático chino —quien, como muchos entrevistados para este reportaje, habló con Newsweek a condición de mantener el anonimato— dijo que su gobierno, como muchos otros, “no tenía idea” de qué pensar sobre Trump cuando ganó la presidencia. Pero se sintió “algo tranquilizado” por los nombramientos de Mattis, McMaster y Kelly, todos los cuales tenían “reputaciones de hombres inteligentes y razonables”, señala el diplomático. El embajador de un aliado estadounidense clave, quien mantiene comunicación casi constante con la presidencia en el asunto de la crisis con Corea del Norte, fue mucho más franco. “Es difícil imaginar cómo serían las cosas sin ellos”.

Todos los militares de Estados Unidos sirven a las órdenes del presidente, lo cual aplica a Mattis, McMaster y Kelly. De modo que, en cualquier momento, Trump podría decirles que sus servicios ya no son requeridos, y cada cual tendría que abandonar su cargo. No obstante, en esta Casa Blanca, la relación entre el presidente y “sus” generales podría estar más matizada. El mandatario no tiene experiencia alguna en política o seguridad nacional. Si sumamos a eso al respeto generalizado que acompaña a los generales, por no mencionar sus reputaciones de hombres serios e inteligentes, esto se traduce en que poseen algo que Donald Trump, el hacedor de tratos, entiende muy bien: ventaja. Una gran ventaja sobre él.

La incompetencia de su presidencia es pasmosa: desde la ruinosa “prohibición de viaje” (sobre la que Kelly, como director de Seguridad Nacional, ni siquiera fue informado antes de que la Casa Blanca la emitiera) hasta su incapacidad para lograr alguna legislación significativa a la fecha. Mas “todo eso parecería muy, muy poca cosa si alguno de los generales en la órbita de Trump” renunciara, advierte un exmiembro del gabinete de la presidencia Obama, quien conoce personalmente a estos hombres. “Sería una herida mortal”, afirma esta fuente. “Si alguno de ellos renunciara argumentando razones que no sean motivos personales legítimos —como enfermedad o algo así—, sería una noticia pésima”. La causa: podría significar “que los locos realmente están a cargo”, añade, refiriéndose a Steve Bannon, estratega principal de Trump, y sus leales.

Por lo pronto, muy pocos piensan en situaciones hipotéticas al estilo Siete días de mayo (la famosa película de la era de la Guerra Fría, en la que un general extremista trama un golpe de Estado contra un presidente pacifista). Por el contrario, según la ironía de Cohen, el establishmentde Washington y los amigos de Estados Unidos, en todo el mundo, están parafraseando a Jack Nicholson en Cuestión de honor: “Queremos a esos tipos en el muro; necesitamos a esos tipos en el muro”. Eso tiene particular validez en este momento, conforme la presidencia intenta evitar un desastre en Corea del Norte, donde el régimen persiste en desarrollar un arma nuclear que quepa dentro de un misil intercontinental. Y mientras Pionyang gruñe —amenazando con disparar misiles cerca de Guam—, y Trump responde con el mismo tono, un diplomático del extremo oriente con base en Washington elogia a Mattis y a McMaster, así como al secretario de Estado, Rex Tillerson, por “su presencia tranquilizadora”. “No se enervan, y su retórica —tanto en público como en privado— es precisa y objetiva”.

GUERRERO, ERUDITO, “TRUMPERO”: Muchos se sorprendieron cuando Mattis, general jubilado del Cuerpo de Marines, abandonó su puesto en la Institución Hoover de la Universidad de Stanford para dirigir el Departamento de la Defensa. FOTO: BRYAN STEFFY/GETTY

Mattis, McMaster y sus asistentes pasaron los primeros días de agosto trabajando, metódicamente, en respuestas militares posibles ante Corea del Norte; incluyendo, según averiguó Newsweek, un ciberataque viable que podría inhabilitar los misiles de Pionyang. Al mismo tiempo, varias fuentes afirman que están señalando a Trump las consecuencias catastróficas de un ataque preventivo. Con todo, nadie ha dicho si aún es válido un cálculo previo del Pentágono sobre las bajas potenciales de una nueva guerra coreana (un millón de muertos). “Es imposible predecir cuántas bajas habría”, dice McMaster. “La guerra es imprevisible. Solo pueden evaluarse los riesgos y encontrar la mejor manera de mitigarlos”.

Los generales creen que Trump entiende dichos riesgos. Aunque, en ocasiones, su retórica puede ser “candente” —según la descripción de un miembro del personal del Consejo de Seguridad Nacional (CSN)—, “la toma de decisiones en este asunto no será impulsiva. Será muy, muy deliberada”.

LA GUERRA DE BUSH, EL LÍO DE OBAMA

Desde George C. Marshall en la década de 1950 hasta Colin Powell, a fines del siglo pasado, los generales jubilados han ejercido el poder en la Casa Blanca mucho antes de que Mattis, McMaster y Kelly. Sin embargo, jamás ha existido un triunvirato de exmilitares tan influyentes que asesoren al presidente. Y cada cual goza de una reputación estelar como guerrero y erudito. En 2004, Cohen visitó a Mattis en Irak para llevarle un “ejemplar, singularmente bien revisado, de Meditaciones, de Marco Aurelio”. El general aceptó el obsequio y, luego, pasó “los siguientes 15 minutos comparándolo con las otras dos versiones… que tiene, una de las cuales había llevado consigo a Ramadi”.

Mattis obtuvo una maestría en seguridad internacional del Colegio Nacional de Guerra en Washington, pero en palabras de su amigo Cohen, “es un hombre que nunca ha dejado de aprender; jamás”. Reunió cerca de 7,000 tomos en su biblioteca personal antes de obsequiar gran parte de la colección, y a menudo ordenaba listas de lectura a sus marines antes de enviarlos a sus destinos.

McMaster es autor de Dereliction of Duty, fulminante informe, meticulosamente investigado, donde detalla los enormes errores en que incurrió la presidencia de Lyndon Johnson al tomar decisiones militares durante la Guerra de Vietnam. El libro derivó de su tesis doctoral en la Universidad de Carolina del Norte, y McMaster señala que la lección principal (proporcionar al presidente la mejor información, en todo momento, quiera o no escucharla) es lo que sustenta su labor como asesor de seguridad nacional, “prácticamente todos los días”.

Kelly hizo una maestría en estudios de seguridad nacional en la Universidad de Georgetown y, más tarde, como teniente coronel, estudió dos años más en el Colegio Nacional de Guerra, privilegio reservado a la élite del servicio armado.

El vínculo de los generales de Trump, y lo que sustenta su visión del mundo es la experiencia que compartieron en Irak. Kelly fue el comandante de división auxiliar de Mattis y vio cuán fríamente decisivo podía ser su oficial superior. Durante la ofensiva inicial contra Bagdad, Kelly tuvo que esforzarse para lograr que un comandante de regimiento tomara rápidamente la ciudad de Nasiriya. Así que pidió al comandante que hablara con Mattis quien, luego de escuchar los motivos de su vacilación (entre otras cosas, dijo que estaba cansado), lo relevó del mando de inmediato. Nasiriya cayó y, muy pronto, lo mismo ocurrió con Bagdad. Después, Mattis envió a casa sus tanques y su artillería, y visitó a los líderes militares iraquíes de la zona. “Vengo en paz”, les dijo. “No tengo artillería. Pero les imploro con lágrimas: no me jodan, porque si lo hacen, los mataré a todos”.

Mattis y Kelly provienen de familias de clase trabajadora y se alistaron con los marines durante la Guerra de Vietnam. Durante su juventud en Pullman, Washington, Mattis confiesa haber requerido de algún tiempo para poner en orden su vida, y reconoce que los marines le ayudaron a encontrar un equilibrio. Ya avanzada su carrera, recuerda haber regresado a casa de sus padres, y estar leyendo el periódico en la sala de estar. Su madre estaba sentada con él y se echó a reír. “¿Qué es tan gracioso?”, preguntó Mattis. “¡Ay, Jim!”, respondió la señora. “Me alegro tanto de que no hayas acabado en la cárcel”.

McMaster se concentró en la carrera militar desde temprana edad. Asistió a la selecta Academia Militar Valley Forge para hacer el bachillerato, y luego continuó sus estudios en West Point. En 1991, como comandante durante la primera Guerra del Golfo, su unidad de nueve tanques destruyó 28 tanques iraquíes en 23 minutos sin sufrir una sola pérdida. Aquella ofensiva, conocida como la Batalla de 73 Easting, hoy se estudia en West Point. McMaster dirigió una contrainsurgencia altamente eficaz en el poblado iraquí de Tal Afar, al extremo de que se convirtió en modelo para la “oleada” que el general David Petraeus implementara más tarde durante la guerra.

Kelly culminó su carrera en los marines como jefe del Comando Sur, dirigiendo todas las fuerzas estadounidenses al sur de la frontera. En ese cargo se percató de los riesgos de seguridad que representaba la inmigración ilegal —un tema que, obviamente, interesó a Trump—, y nunca ha disimulado su desdén de los políticos que favorecen las fronteras abiertas y las ciudades santuario.

LOS CHICOS DE BAGDAD: El vínculo de los generales de Trump
—Mattis, izquierda; McMaster, centro; y Kelly— es la experiencia compartida en
Irak. La guerra también sustenta su visión del mundo. FOTOS: JONATHAN ERNST/AFP/GETTY; CRAIG F.
WALKER/THE DENVER POST/GETTY; NIKKI KAHN/THE WASHINGTON POST/GETTY

Su carrera también es notable en otro sentido: es el personaje de mayor rango en las fuerzas armadas de Estados Unidos que ha perdido un hijo en combate, ya sea en Irak o Afganistán. En 2010, Robert Kelly —entonces de 29 años y oficial del Cuerpo de Marines— pisó una mina terrestre en Sangin, Afganistán, y murió en el acto. En 2014, su padre se dirigió a un grupo de progenitores Gold Star reunidos en California. Habló acerca del heroísmo de dos marines caídos en Irak mientras protegían una estación de policía que fue atacada con un camión bomba. Fue una apología muy conmovedora sobre la ética de guerra de los marines, pero con un efecto mucho más poderoso porque el hombre que la pronunciaba era, igual que quienes la escuchaban, un progenitor Gold Star.

De los tres generales, Mattis es el de mayor rango, así que, en 2013, cuando renunció al cargo de jefe del Comando Central —había relevado a Petraeus en el puesto, con la responsabilidad de supervisar a los militares estadounidenses en Oriente Medio—, su decisión reverberó en las fuerzas armadas. Muchos lo interpretaron como un voto de “no confianza” en la administración de Obama, ya que Mattis estaba cada vez más frustrado con la Casa Blanca, pues consideraba que había cedido ante Irán en un peligroso acuerdo nuclear. Tras separarse de los marines, el general se convirtió en crítico silencioso de la política exterior de la presidencia, pero poco a poco se volvió más vocal. Y así, en 2014, hizo una descripción brutalmente honesta sobre la política exterior del presidente Barack Obama en el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington. “El presidente y sus asesores en política exterior tienen una notable capacidad para eximirse de toda responsabilidad en cualquier cosa”, declaró, acerca del surgimiento del grupo Estado Islámico, a la zaga del deterioro de las condiciones de Siria, Irak y Libia. Y si bien los defensores de Obama enfurecen cada vez que Trump dice haber heredado “un lío” en el extranjero, el actual mandatario no es el primero que hace semejante afirmación. Mattis lo dijo mucho antes que él.

“NO HARÁ UNA LOCURA”

A muchos les sorprende que Mattis sea un personaje central para resolver este lío. Aunque nunca rechazó a Trump abiertamente, como cuestión de cortesía, contempló la invitación del erudito conservador, Bill Kristol, para unirse a las primarias republicanas de 2016 una vez que se hizo evidente que Trump estaba ganando impulso. Se resistió un poco, pero según un amigo de Mattis, cuando se entrevistó con el presidente electo en Bedminster, el general dijo a Trump: “Tuve ciertos problemas con algunas cosas que dijo durante la campaña”. Trump acalló sus inquietudes. “Tranquilo. No te preocupes por eso”.

Ya en el Pentágono, Trump ha permitido que Mattis adquiera cada vez más autoridad. Desde el principio impulsó la redefinición de la postura presidencial frente a Oriente Medio. Apoyó el bombardeo de un campo aéreo sirio después de que el régimen de Bashar al Assad volviera a usar armas químicas contra sus ciudadanos y, después —junto con McMaster en CNS—, ayudó a apuntalar la relación de la Casa Blanca con los aliados tradicionales de Estados Unidos en Oriente Medio: Jordania, Egipto, Arabia Saudita y otros Estados del Golfo Pérsico. Todos ellos fueron cruciales para que Obama lidiara con la guerra en Siria y con el acuerdo nuclear de Irán. Trump también está permitiendo que Mattis fije los niveles de efectivos en Afganistán, en vez de continuar con la microgestión de la presidencia anterior. Y cuando no están ocupados con el asunto de Corea del Norte, Mattis y McMaster revisan a profundidad la estrategia general en Afganistán.

Desde su balcón en el Pentágono, Mattis ha evitado conflictos con la Casa Blanca. No obstante, el impulsivo presidente a menudo lo pasa por alto. Cuando Trump tuiteó su entusiasmo por un embargo económico saudita contra Catar porque, presuntamente, financia grupos que Estados Unidos considera terroristas, Mattis, con toda sutileza, hizo saber a Trump que la base aérea catarí de Al Udeid es indispensable para las operaciones de Estados Unidos en la región, y que resultaría gravemente afectada por el embargo saudita. Eso enfrió el entusiasmo de la presidencia para aislar a los cataríes.


FUEGO E IRA: Residentes de Seúl, Corea del Sur, observan a
Trump hablando en televisión. A veces el presidente estadounidense ha
escandalizado a “sus” generales por su retórica belicosa, sobre todo contra
Corea del Norte. FOTO: JUNG
YEON-JE/AFP/GETTY

Mattis también fue tomado por sorpresa cuando Trump dijo que las fuerzas armadas de Estados Unidos ya no aceptarían voluntarios transgénero. El exgeneral del Cuerpo de Marines había aceptado la postura del presidente Obama al respecto. Y si bien Trump afirmó que había consultado con “mis generales” antes de tomar la decisión, Mattis dejó muy claro que no lo hizo. Su portavoz añadió que el Pentágono aguardaría indicaciones formales del comandante en jefe, en vez de actuar con base en su tuit (diversos asistentes dicen que, si Trump insiste en el asunto, Mattis acatará las órdenes, pero en privado podría presionar en contra).

McMaster no ha sido tan afortunado como Mattis para evitar enfrentamientos con la Casa Blanca. A principios de agosto se vio forzado a repeler un esfuerzo de Bannon para socavar su autoridad. Según sus simpatizantes, Bannon intenta proteger las promesas de campaña del presidente pues, en economía, es proteccionista (cosa que McMaster considera una postura que causa problemas con aliados clave), y en política exterior, es un nacionalista profundamente escéptico de la intervención de Estados Unidos en un lugar como Afganistán (en opinión de McMaster, y también de Mattis y Kelly, abandonar dicho país supone el riesgo de revivir la alianza entre el Talibán y Al-Qaeda, la cual condujo a los ataques del 11 de septiembre).

Los esbirros de Bannon en Breitbart Newsy otros sitios que dan servicio al movimiento nacionalista blanco “alt-right” comenzaron a acusar a McMaster de carcomer las políticas que dieron la victoria electoral a Trump: evitar guerras extranjeras interminables y embrolladas; mayor rigidez con los socios comerciales; y abandonar el acuerdo con Irán. La postura de McMaster frente a Irán es particularmente contenciosa: los bannonitas afirman que está a favor de mantener el acuerdo, presuntamente porque es un signo de que es proiraní. No obstante, McMaster se hace eco de Trump al decir “que, en muchos sentidos, el acuerdo nuclear con Teherán es el peor acuerdo en la historia”, y enfatiza en que la influencia de Irán en Oriente Medio es “maligna y desestabilizadora”. En tres meses, la presidencia habrá de decidir si vuelve a certificar el cumplimiento de Irán con el acuerdo. McMaster es muy consciente de que los aliados europeos más importantes no quieren que Estados Unidos abandone el acuerdo y de que, si el presidente rompe el tratado, habrá que emprender una labor diplomática extensiva entre dichos aliados. “Parece que Von Clausewitz no se da cuenta de eso”, dice un amigo de McMaster, refiriéndose con sarcasmo a Bannon.


AUDAZ, CALVO Y PROBADO EN BATALLA: McMaster se ha visto
obligado a defenderse de ataques “alt-right”, movimiento que lo considera
hostil a las políticas con las que Trump hizo campaña. FOTO: CRAIG F.
WALKER/THE DENVER POST/GETTY

Esta disputa no durará mucho. La combinación de Kelly como jefe de Estado y la creciente urgencia del programa nuclear norcoreano están fortaleciendo la autoridad de los generales. Esto fue muy patente a fines de julio, cuando Kelly insistió en que Anthony Scaramucci, el director de comunicaciones recién designado, fuera despedido tras un arrebato plagado de insultos contra un reportero. “Kelly lo consideró un individuo mal calificado para el puesto, quien avergonzó al presidente y a la presidencia”, dice una fuente de la Casa Blanca. Su mensaje para Trump fue directo. “Escucha, este tipo de cosas tiene que terminar. Voy a dirigir la operación a mi manera o buscas a otro para el cargo”. Trump accedió y el Mooch, su amigo neoyorquino de otros tiempos, fue escoltado fuera de la Casa Blanca.

Kelly también dijo al presidente que McMaster y Mattis debían tener la libertad de decidir a quién contrataban y despedían. Al día siguiente, McMaster al fin pudo deshacerse de cuatro miembros del personal que eran leales a Bannon y quienes, con anterioridad, habían gozado de la protección de Trump. Entre ellos: el principal director de inteligencia en CNS, Ezra Cohen-Watnick, de 31 años, a quien sus colegas de otras agencias de inteligencia trataban con un desdén apenas disimulado debido a su inexperiencia. Un funcionario dice: “El día en que John Kelly fue nombrado jefe de Estado, no fue un buen día para Steve Bannon, pero fue absolutamente espléndido para el general McMaster”.

Como si quisiera resaltar este hecho, Trump emitió una declaración con la intención de que Bannon y alt-right desistieran de sus ataques. “El general McMaster y yo estamos trabajando muy bien en conjunto”, dijo el mandatario. “Agradezco el trabajo que sigue haciendo para servir a nuestro país”.

Los tres generales tienen buenos días en Trumplandia, pero aún hay algunos que no lo son tanto. Después de que Corea del Norte condenó las sanciones impuestas por la ONU, el 5 de agosto, diciendo que Estados Unidos “pagaría caro”, y luego amenazó con más pruebas nucleares y de misiles, Trump perdió los estribos. El 8 de agosto anunció que, si Corea del Norte seguía amenazando a Estados Unidos, respondería con “fuego e ira”. Semejante retórica histérica asombró a todos, incluidos McMaster, Mattis y Kelly, quien en ese momento se encontraba con Trump en Bedminster. Según varios asistentes de la Casa Blanca, ninguno imaginó que haría una declaración así. McMaster y Mattis, junto con Tillerson, trataron de tranquilizar a los nerviosos aliados diciendo que no, no había una guerra inminente y que seguían comprometidos con la diplomacia, aunque Pionyang no lo estuviera.


CAPITÁN CAOS: Desde que Trump asumió la presidencia, la Casa
Blanca ha experimentado luchas intestinas y gran desorden. Kelly, el jefe de
Estado, tiene la tarea de mantener el orden. FOTO: JIM WATSON/AFP/GETTY

“A estas alturas sabemos que habrá exabruptos por parte de este presidente”, dijo una persona allegada a McMaster. “La buena noticia es que realmente escucha a estos hombres, casi todo el tiempo. Y eso significa que dirá cosas descabelladas, pero no hará una locura”.

Con todo, al preguntarle si cree que Trump siempre escuchará a “sus” generales cuando más necesite hacerlo, la fuente se encogió de hombros.

“Nadie puede asegurarlo”.

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