¿Y si Vladimir Putin perdió el control sobre los asesinos rusos?




Tal vez el Kremlin haya ordenado el ataque contra un exespía ruso en el Reino Unido. Pero algunos sugieren una posibilidad más escalofriante: que los escuadrones de la muerte moscovitas hayan actuado por su cuenta.

(GAS) PARA LOS NERVIOS: Una tienda de campaña cubre el área donde ocurrió el ataque. Tras el envenenamiento de Skripal, la maquinaria propagandística de Rusia lo negó todo. Foto: BEN STANSALL/AFP/Getty Images

“Los traidores estirarán la pata, créeme”, dijo el hombre. “Esos tipos traicionaron a sus amigos, a sus hermanos de armas. Lo que hayan recibido a cambio, esas 30 piezas de plata que les dieron, se ahogarán con ellas”.

Lo anterior no es la línea de un capo de la mafia en la serie El Padrino, sino una declaración real que Vladimir Putin hizo en la televisión nacional en 2010, cuando era primer ministro de Rusia. Por ello, no sorprende que, el 6 de marzo, los medios británicos acusaran al Kremlin de envenenar al exespía ruso Sergéi Skripal y a su hija, Yulia, usando un agente neurotóxico letal en el centro de la apacible población rural de Salisbury, Inglaterra.

Bastante intolerable habría sido que el presidente ruso ordenara semejante ataque en territorio británico. Pero la posibilidad más aterradora es que el intento de asesinato haya sido obra de un escuadrón de la muerte ruso que opera con impunidad oficial, y por iniciativa propia. Muchas veces han acusado a Putin de asesinar a sus opositores: desde el envenenamiento del exoficial de la KGB Alexander Litvinenko, perpetrado en Londres, en 2006, hasta la muerte a tiros del importante activista Boris Nemtsov, en un puente de Moscú, en 2015. Y tal vez tengan razón. Pero ¿qué pasaría si el presidente, de hecho, no es el maestro titiritero que algunos suponen, sino un simple líder autocrático promedio, al frente de una pandilla de espías rebeldes, asesinos y corruptos?

“Algo que me hace dudar de [atribuir la culpa al Kremlin] es que se trata de una acción increíblemente absurda en este momento”, dice un parlamentario británico que fue parte del Comité de Defensa de la Cámara de los Comunes (no quiso ser citado, oficialmente, antes de que se dieran a conocer todos los hechos del caso). “Rusia está comportándose de lo mejor antes de la Copa Mundial… y esto se hizo de una manera muy pública. Para Putin, esto solo puede ocasionar daños”.

Y, ciertamente, el asesinato de Litvinenko envenenó las relaciones del Reino Unido con Rusia y desató varias oleadas de sanciones del gobierno británico contra funcionarios rusos prominentes; primero, en relación con la muerte del abogado anticorrupción, Sergei Magnistky, en 2007 y, después, vinculadas con la anexión de Crimea, en 2014. Es hasta ahora que los dos países empiezan a recuperarse de los daños.

Por lo pronto, los políticos británicos han sido cautelosos en la distribución de culpas. El 7 de marzo, el secretario del Exterior, Boris Johnson, dijo al Parlamento que el Reino Unido “responderá apropiada y fuertemente” en la eventualidad de una conexión con Rusia. Sin embargo, como ocurrió con la muerte de Litvinenko, en 2006, incluso la investigación forense más intensiva sobre el atentado contra Skripal difícilmente revelará alguna pista que vincule el ataque directamente con el Kremlin.

Tan pronto como ocurrió el envenenamiento —que dejó a Skripal y a su hija comatosos en una banca, después de almorzar en el restaurante Zizzi de Salisbury—, la maquinaria propagandística rusa empezó a negarlo todo. Maria Zakharova, portavoz del Ministerio del Exterior, dijo a la prensa que estaban usando los alegatos para instigar una “campaña antirrusa en Gran Bretaña”. Y Mikhail Lyubimov, exjefe de la estación de la KGB de Londres, en la década de 1980, dijo al canal moscovita Dozd TV que “se necesita ser idiota para, de pronto, hacer esto justo antes de nuestras elecciones presidenciales”. La teoría de conspiración de Lyubimov es simple: un servicio secreto occidental —no dijo cuál— o “algún tipo de pandilla rusa vinculada con algunos servicios secretos occidentales” llevó a cabo el ataque para instigar sentimientos anti-Putin en Occidente.

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Es una propuesta extraordinariamente descabellada. No obstante, Lyubimov tiene razón en una cosa: a diferencia del asesinato de Litvinenko, el ataque contra Skripal fue muy público y muy fácil de rastrear. Una investigación gubernamental británica concluyó que Litvinenko fue asesinado después de que dos excolegas de la KGB —Andrei Lugovoi (actual miembro de la Duma rusa) y Dmitry Kovtun— disolvieron una dosis de mortífero polonio en una taza de té verde durante una reunión en el Hotel Millennium, en el distrito londinense de Mayfair (ambos han negado los alegatos). Litvinenko, quien había recibido asilo político en el Reino Unido tras desertar de Rusia, murió en el hospital luego de 23 días de agonía. El día anterior, sus médicos hicieron pruebas para identificar la presencia del raro elemento radiactivo, que se descompone naturalmente en el organismo humano y se vuelve indetectable en poco tiempo (razón por la cual el polonio, así como el talio, fueron los venenos secretos elegidos por la KGB durante la Guerra Fría).

Foto: Natasja Weitsz/Getty Images

El ataque contra Skripal fue muy distinto. Poco después del atentado, la policía británica identificó la sustancia utilizada como un agente neurotóxico, sin especificar cuál era; pero informó que no se degrada, y que es tan mortífero que el primer agente en la escena también fue ingresado en un hospital, en estado crítico. Los agentes neurotóxicos, como sarín o VX, han sido los compuestos principales de las armas químicas desde hace 60 años y, por razones obvias, son sustancias estrechamente controladas.

“Los agentes neurotóxicos son tan perniciosos, que esto solo pudo ser obra de un actor estatal”, declaró Tom Tugendhat, legislador conservador que ocupa la presidencia del Comité de Asuntos Exteriores bipartidista en el Parlamento, en entrevista con la BBC. “Bastante malo es asesinar a alguien en las calles del Reino Unido, pero usar un agente neurotóxico pone en riesgo a cuantos se encuentran cerca o a quienes brindan ayuda”.

Aun cuando la toxicidad extrema del arma apunte a que solo una organización estatal pudo haberla obtenido, ¿debe concluirse que Putin ordenó el ataque? “Rusia no ha cazado a sus desertores desde la década de 1940”, dijo Lugovoi, el sospechoso principal en el asesinato de Litvinenko (a quien Rusia se niega a extraditar para responder a las acusaciones de homicidio del Reino Unido), en una declaración para Radio Echo Moskvy. “Por definición, Rusia no puede tener conexión alguna con esto”. O bien, según un exteniente general de la KGB, quien trabajó para la inteligencia soviética en Londres y solicitó el anonimato porque hoy trabaja para el sector privado en Moscú, “es absurdo pensar que nuestros chicos serían tan torpes… Esto es una provocación burda, disfrazada para hacerla parecer que fuimos nosotros”.

Por otro lado, Skripal sin duda encaja en la definición de “traidores” de Putin. Coronel de GRU —servicio de inteligencia militar de Rusia—, presuntamente trabajó para el Servicio de Inteligencia Secreto de Gran Bretaña desde 1995 hasta su jubilación, en 1999, y recibió alrededor de 100,000 libras esterlinas (139,000 dólares) a cambio de traicionar a numerosos agentes de GRU en Europa, según documentos de las cortes rusas. Fue arrestado en Moscú en diciembre de 2004, acusado de “alta traición en la forma de espionaje”, y sentenciado a 13 años en prisión.

Skripal fue liberado en julio de 2010 como parte de un intercambio de espías que incluyó a diez agentes rusos encubiertos detenidos en Estados Unidos, incluida la seductora pelirroja Anna Chapman. Skripal fue uno de cuatro agentes británicos encarcelados que formaron parte del intercambio y crearon vidas nuevas en el Reino Unido. Como agente doble convicto, no queda duda de que traicionó el código de honor del mundo secreto ruso: “muerte a los espías”, el nombre real del servicio de contrainteligencia soviético en tiempos de guerra, SMERSH. En 2010, una fuente de alto rango en el Kremlin dijo al diario Kommersant que “sabemos quién es [cada espía] y en dónde [está]… No te quede duda; ya hemos enviado a un Mercader tras él” (Ramón Mercader fue el asesino que la KGB contrató para asesinar a León Trotsky en México, en 1940).

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Con todo, un atentado contra un espía intercambiado oficialmente socaba toda la lógica del protocolo para intercambio de espías, establecido durante la Guerra Fría. “Los intercambios de espías son una negociación; los dos bandos pagan un precio para recuperar a su gente”, explica un exdiplomático británico, no autorizado para declarar oficialmente, y cuyo servicio en Moscú coincidió con intercambios de espías previos. “Si empiezas a matar gente [que accediste intercambiar], actúas contra el espíritu del gesto… Eso hace que, en el futuro, sea difícil negociar de buena fe”.

Es posible que los atacantes de Skripal no tuvieran interés en las repercusiones políticas; y según Mark Galeotti, del Instituto de Relaciones Internacionales en Praga, eso sería evidencia de “la formación de más grietas” en el control que ejerce Putin sobre sus servicios de espionaje. Además, el intento de asesinato podría ser consecuencia de una rivalidad entre distintas agencias de seguridad.

El FSB, antiguo servicio de seguridad nacional de Rusia, es “cada vez… más activo en el exterior”, prosigue Galeotti. “Se trata de un servicio muy distinto” de GRU, establecido hace mucho tiempo, “un [servicio] conformado por policías políticos habituados a operar sin reglas, con impunidad y bajo la protección benevolente del Kremlin. No conocen ni les importa la etiqueta de antaño. Su servicio es lo bastante poderoso para no interesarle si sus correrías causan problemas al Ministerio del Exterior… A menudo actúan como aficionados, pero agresivamente”.

En el “mundo carnívoramente competitivo de la política de seguridad rusa” existe la presión para adoptar una “cultura de tiempos de guerra, en la que es mejor correr un riesgo que pasarlo por alto, y en la que los riesgos existen para aprovecharlos”, añade Galeotti. La actitud desenfadada del FSB frente a las sutilezas de la etiqueta de la Guerra Fría ha llevado a sus asesinos a matar chechenos a tiros en Turquía y Austria, a que comandos del FSB secuestren a un funcionario de seguridad estonio en su propio país; por no hablar del hackeo y la interferencia activa en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016.

¿DE RUSIA CON SANGRE?: A diferencia del asesinato de Litvinenko, el ataque contra Skripal fue muy público y fácil de rastrear. Kovtun (izquierda) y Lugovoi han sido acusados de matar a Litvinenko, pero ambos lo niegan. FOTO: OTO: PAVEL ZELENSKY/AFP/GETTY

El principio que permite que el FSB ejecute a los enemigos de Rusia en el extranjero está entronizado en una ley de marzo de 2006, cuando la Duma aprobó una legislación para “contrarrestar el terrorismo”, la cual otorga a las dependencias estatales el poder para matar “terroristas” en el extranjero. En 2011, durante la investigación británica del asesinato de Litvinenko, la inteligencia británica obtuvo una “directiva especial” del FSB que databa de 1993, la cual autoriza la “eliminación, fuera de la Federación Rusa… de individuos que han salido de Rusia ilegalmente [y que son] buscados por las autoridades federales”. Y en 2010, el llamado público de Putin para eliminar a los “traidores” eliminó las restricciones a los escuadrones de muerte de los servicios secretos del país.

Pero ¿por qué ahora? Skripal se separó de GRU hace 19 años y parecía llevar una vida reposada de jubilado. La prensa británica ha informado que pudo haber ofrecido seminarios a profesionales de seguridad británicos sobre los métodos y las tácticas de reclutamiento de Rusia. Sin embargo, hasta ahora no hay pruebas de que tuviera una relación activa con MI6 o con alguna otra agencia de inteligencia británica, como fue el caso de Litvinenko.

Otra motivación posible es que haya sido algo personal. El diplomático británico sugiere que pudo haber sido obra de agentes de GRU cuyas carreras quedaron arruinadas por la traición de Skripal en la década de 1990. Los cálculos varían, pero según algunos, sus revelaciones dejaron expuestos a unos 300 agentes y funcionaros; y si eran unos pocos años más jóvenes de Skripal, algunos “podrían ser generales en este momento”, una posición que les daría oportunidad de cobrar venganza.

Por supuesto, son especulaciones. Lo cierto es que, a falta de otra motivación factible, la sospecha recaerá en Rusia, y la presión política orillará al Reino Unido a tomar represalias. En el periodo inmediato al ataque,
Johnson, el secretario del Exterior británico, describió a Rusia como una “fuerza maligna y disruptiva”, y sugirió que los funcionarios británicos —si bien no el equipo nacional de futbol de Gran Bretaña— evitaran asistir a la Copa Mundial de Rusia, a celebrarse este verano.

Tal vez parezca un castigo de poca monta. Pero, de establecerse una conexión con el FSB, la consecuencia más grave será que Rusia habrá dado un paso más para convertirse en un Estado deshonesto en toda la extensión de la palabra. Nuevas sanciones económicas y una ruptura de las relaciones diplomáticas servirían al objetivo propagandístico de Putin, quien intenta fortalecer su popularidad en el país asegurando a los rusos que la nación está en guerra. No obstante, las consecuencias serán desastrosas para la economía de Rusia, y dará a sus espías mucha más libertad para continuar con sus sangrientas venganzas en todo el mundo.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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