¿Puedes imaginarte qué se sentiría ser Donald Trump?


¿Puedes imaginarte qué se sentiría ser Donald Trump?

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Este artículo apareció primero en History News Network.

Se pueden consultar muchas disciplinas académicas para explicar la tragedia en marcha de la administración de Trump.

La historia nos puede dar un sentido de los precedentes, la vergonzosa tradición nativista de grupos como los No Sé Nada y la Sociedad John Birch.

Podríamos usar el lenguaje de la sociología para explicar cómo las clases blancas obrera y media apoyaron entusiastamente a un candidato que manifiestamente no velaba por los intereses de ellas.

Un economista podría modelar cómo las ondas estancadas y golfo financiero cada vez más grande dieron por resultado una votación en contra del status quo con consecuencias desastrosas a la par que, irónicamente, apuntalaba a la elite.

Un analista de política exterior podría examinar las maneras en que Trump encarna un antiliberalismo revanchista, un fascismo internacional naciente que funciona como un indicador preocupante de la reacción futura.

Los retóricos podrían analizar cómo la oratoria de Trump, a menudo difamada como un revoltijo de sopa de letras, fue calibrada cuidadosamente con los medios sociales para vender al político. Demasiados comentarios a la ligera y columnas se han dedicado a un hombre quien es tan obviamente odioso que evitarías sentarte junto a él en el metro; demasiada de nuestra energía mental ha sido consumida por esta alma evidentemente dañada.

Como preguntó ingeniosamente Katy Waldman en una perspicaz columna de Slate el mes pasado: “¿Qué queda por discutir cuando ya lo has discutido todo, y nada ha cambiado?”

Entonces, desde mi perspectiva, uno de los métodos más perspicaces para abordar a Trump es la teología.

No solo hablo de las maneras en que un hombre profundamente irreligioso es capaz de ponerse convenientemente el hábito figurativo del pastor cuando sirve a sus propósitos, pronunciando sandeces espirituales y religión civil corrupta como lo hizo en el informe sobre el Estado de la Unión. Únicamente fe hueca, mensajes en clave y promesas banales a su base.

Más bien, hablo de las verdaderas cualidades metafísicas que definen a un hombre tan rapaz, libidinoso, glotón, holgazán, que se cree con derecho a todo, iracundo y, más que nada, vanaglorioso.

La teología es capaz de explicar a un hombre que ha incentivado tanto el mal, como ha argumentado la filósofa Susan Neiman. Y si el alma de Trump está tan enferma, ¿qué implica para nuestra nación el que él haya sido empoderado a dirigirla?

Ya he escrito antes sobre la alianza impía de Trump con evangélicos conservadores blancos; de una manera mucho más efectiva de lo que yo pude hacerlo, el escritor de religión Jeff Sharlet ha considerado la misma cuestión.

Sharlet señala que no hace ningún bien el solo señalar que hay una hipocresía en los partidarios religiosos de Trump, ya que la religión de Trump es su forma personal de fe torcida. Sharlet escribe que “ninguna otra figura moderna importante ha canalizado la tensión que hace perdurar a las Escrituras, el deseo, el anhelo que da paso a la analogía más cercana al trumpismo… la religión estadunidense de ganar”.

Se podría decir mucho acerca de esta cepa particular de protestantismo reaccionario, patriotero y fundamentalista, y el papel real que ha tenido en la política derechista desde las justificaciones de la esclavitud antes de la Guerra Civil hasta la encarnación más reciente del fascismo que es el trumpismo.

Pero cuando digo que la teología se puede usar para explicar la malignidad espiritual de Trump y el papel desafortunadamente excesivo que tiene en nuestra consciencia nacional, no solo trato de trazar conexiones políticas entre varios grupos religiosos de interés, sino que considero la metafísica en sí del alma del hombre, y el efecto desastroso que una cosa tan tristemente ajada tiene en el resto de nosotros.

Trump es el tipo de personalidad que Juan el Evangelista habría podido diseccionar profundamente, mientras meditaba extasiado en una arboleda de Patmos. La personalidad del presidente podría parecer caligulesca, una especie de Nerón para un coliseo estadounidense en el que en vez de darnos pan y circo nos concede tuits interminables.

Trump

Foto: AFP.

Así como el autor bíblico fue capaz de (aunque de forma alegórica) criticar la tiranía de los gobernantes más poderosos del mundo, la teología también puede iluminar la consciencia enferma del hombre más poderoso de nuestro mundo.

Historiadores como Timothy Snyder y Masha Gessen han delineado hábilmente las similitudes y conexiones entre los autoritarismos pasados y presentes alrededor del mundo, siendo Trump la manifestación actual de esa odiosa metodología política.

Y aun así, que Trump encarne el autoritarismo parece estar tan finamente calibrado en la psique estadounidense, combinando como lo hace esos mitos del individualista impulsivo y duro, el predicador del resurgimiento y el vendedor de aceite de serpiente, que es importante considerar no solo lo que es sui generis en Trump, sino de hecho lo que especialmente estadounidense en él.

El historiador Julian E. Zelizer, escribiendo para The Atlantic, señala astutamente que se siente difícil considerar a Trump porque “los estadounidenses ven demasiado de sí mismos en él. Es el espejo que expone las contradicciones de la nación”.

La actuación de Trump como un cierto tipo de gordo de comida rápida, obsesionado con el porno, corpulento, depravado digital es tan manifiestamente una encarnación de nuestros peores ideales nacionales, que los paralelos más cercanos a Trump como autoritario no parecen ser Viktor Orban o incluso Vladimir Putin, sino más bien los emperadores romanos.

Ello quiere decir que más que cualquier aspirante a dictador, Trump me recuerda más a los soberanos quienes presidieron un imperio similarmente decadente, hace dos milenios; por ello es que el vocabulario de Patmos podría ser el adecuado para este preciso momento.

Elizabeth Bruenig, en The Washington Post, canaliza la perspicacia analítica de un Agustín o un Aquino cuando señala que Trump está “aislado de las consecuencias a causa del poder, el dinero y la fama de una manera que no se puede imaginar una persona común. Él es el hombre vivo más libre”.

Ella recuenta todas las acciones extrañas, infantiles, abusivas y mezquinas de Trump, desde espiar a las reinas de belleza mientras se vestían hasta exigir dos cucharadas de helado en los comedores de la Casa Blanca cuando a todos los demás solo se les permite una. Trump ejemplifica una libertad nihilista y egoísta, una en la que no hay consecuencias.

Pero también hay una sensación, como quizá lo insinúa Bruenig, de que Trump es irónicamente el hombre menos libre también. Citando a Aristóteles, ella señala que “donde se permite la libertad absoluta, no hay nada que contenga el mal que es inherente en todo hombre”.

El mundo de Trump, contado tan hábil aunque procazmente por Michael Wolff en Fire and Fury, es mezquino, pequeño, miserable, ansioso y furioso. Las imágenes del líder del mundo libre vestido con una bata de baño maltratando intensamente su teléfono con los dedos grasientos de KFC. ¿Quién entre ustedes de verdad querría ser Donald Trump?

Los que surge es el retrato de alguien que ha acumulado todo lo que quiere, incluso la presidencia, y aun así no hace algo para enriquecer o empoderar a los ciudadanos a quienes ostensiblemente gobierna en su nombre, prefiriendo llevar a cabo venganzas contra quienes percibe como sus enemigos.

De un hombre tan limitado y poco curioso, tan incapaz de cualquier conexión fraternal, romántica o amorosa con otro ser humano (viendo todas las relaciones como meras transacciones) que él es aparentemente incapaz de una risa auténtica, siendo solo parcial a la burla.

La risa, una respuesta humana tan básica, que el poeta chileno Pablo Neruda dijo que era el “lenguaje del alma”. ¡Qué podrían haber hecho Charles Dickens o incluso Christopher Marlowe con un espíritu tan desagradable como el de Trump!

O C.S. Lewis, quien tan efectivamente maridó la imaginación con la teología. Siendo un observador lúcido tanto de la bondad como de la naturaleza caída del ser humano como cualquier otro autor, hay un pasaje en su clásico apologético cristiano, El gran divorcio de 1945, que parece describir proféticamente a nuestro presidente actual.

Estructurado como una visión onírica, Lewis describe la psicología de figuras tanto en el cielo como en el infierno, incluido un personaje que es jalado con una cadena por un enano demoniaco quien representa su miríada de apetitos, y quien ha sido enviado a un cielo que no puede experimentar desde un infierno del que no puede escapar.

Lewis escribe que nunca “vi algo más terrible que la lucha de ese Enano Fantasmal contra la dicha. Porque él casi había sido superado. En algún lugar, hace eras incalculables, debió haber destellos de humor y razón en él”.

Algo similar hay en una creatura como Trump, para quien todo lo que le sucedió en el pasado dio por resultado este hombre desdichado y sin empatía, un ser que le dijo a un grupo de votantes evangélicos: “No estoy seguro de haberle pedido perdón a Dios alguna vez” (y aun así muchos lo apoyaron).

Trump

Foto: AFP.

Lewis entendía que la teología sofisticada enseña que el infierno no es una ubicación geográfica a la que se llega perforando la tierra (¿o fracturando hidráulicamente?), sino más bien que el infierno es una perspectiva, una mentalidad, un distanciamiento de los hombres y de Dios.

John Milton, el poeta del siglo XVII, lo describió así en su épica Paraíso Perdido, cuando su Lucifer exclama: “Yo mismo soy el Infierno; / Y en la profundidad más honda, una profundidad aún más honda, / Todavía amenazando con devorarme, se abre en pleno; / Ante la cual el infierno que sufro parece un cielo”.

Una imagen trumpiana, ¿no es así? El demonio caído tan divorciado de cualquier conexión y tan hondo en su propia perdición que confunde sus excesos y su poder con una especie de felicidad.

Al sugerir que debe haber algo infernal en la experiencia de ser Trump, no trato de suscitar algún tipo de simpatía por el hombre. Las cuestiones de su redención están entre él y quienes daña, y luego con cualquier Dios al que le dirija sus oraciones.

Más bien, me preocupa cuáles son las implicaciones para que semejante hombre ocupe tantísimo de nuestra atención, colonizando nuestra consciencia, dominando no solo nuestro sustento sino nuestras vidas internas.

¿Un hombre tan pequeño, furioso y cruel no es un riesgo de hacernos a todos pequeños, furiosos y crueles? ¿El poder abusar desde su puesto amenaza con convertirnos a todos en abusones? Ello no implica minimizar las repercusiones materiales muy reales de sus políticas, o la insensibilidad y crueldad de su administración.

Los ataques contra los inmigrantes y trabajadores, las mujeres y los individuos LGBTQ, los musulmanes y afroestadounidenses son tristemente muy reales. Pero también temo los resultados intangibles de su retórica, de su perspectiva, y su incentivar el odio. Si Trump está en su propio infierno, me preocupa que todos los días él amenace con jalarnos junto con él.

Mefistófeles dijo en Doctor Fausto, la obra teatral de Marlowe del siglo XVI: “Porque esto es el infierno, tampoco estoy fuera de él”, algo que entiendo cada vez que recibo una nueva notificación. Esta es la lógica peculiar del autócrata: él exige atención, y uno ya no tiene la opción de dirigir sus intereses al exterior, para librarse de él. Su ideología máxima es el narcisismo, y su única fe es él mismo.

Pero si el trumpismo solo es una manifestación nueva de ese tipo en particular de religión oscura, podemos responder a sus maquinaciones con nuestra propia fe. No necesitamos recuperar el sistema por el precio de nuestras almas, sino más bien construir nuestra propia independencia personal del autoritario, quien afortunadamente un día se irá (como finalmente lo hacen todos los autoritarios).

Donde la vida de él está vacía, la nuestra debe estar llena; donde él no tiene curiosidad, nosotros debemos estar vivos para asombrarnos; donde él rezuma odio, nosotros por lo menos debemos tratar de abrazar el amor. Ya que, finalmente, eso no es solo la reprimenda más efectiva, sino que simplemente es por lo que estamos luchando.

 

Ed Simon es el editor plenipotenciario de The Marginalia Review of Books, un canal de The Los Angeles Review of Books. Su colección America and Other Fictions: On Radical Faith and Post Religion será publicada por Zero Books en noviembre de 2018

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