Laguna Seca: el pueblo que no bailó los XV de Rubí | Newsweek en español


Laguna Seca: el pueblo que no bailó los XV de Rubí



LAGUNA SECA, SLP.— Manos firmes en el manubrio y sombrero vaquero. Sebastián se inclina sobre el campo estéril del descampado Laguna Seca, donde con su motoneta zigzaguea como un detective ansioso que observa tras su lupa. Pero aquí no hay pistas a seguir. O si las hay, las pistas que persigue el desempleado de 46 años y tres hijos carecen de misterio: busca algún refresco sin abrir que este mediodía de sol lubrique su garganta, restos de alimento, una botella con sobras alcohólicas que mejoren este martes de diciembre en que su pueblo, también llamado Laguna Seca, se despierta tras recibir el evento más imponente en la historia de la región.

Pero de eso no queda casi nada: en este solar del estado de San Luis Potosí, donde hasta hace unas horas bailaron miles por los XV años de Rubí, meteórica estrella de las redes sociales de 2016, aún está el escenario monumental —que en este momento varios empleados desmontan— tras recibir a K-Paz de la Sierra y otros grupos. Y abajo del tablado para los artistas se extiende un colosal llano dorado por las heladas invernales.

Sobre la hierba seca irrumpe una capa de basura amplia como unos dos campos de futbol. Vasos de Pepsi, envolturas de Sabritas, latas y desperdicios de todos colores, tamaños, empaques y marcas. Basura multiplicada como una plaga que lastima los ojos por su abundancia y variedad. Un manto plástico salpicado con botellas de vidrio que Sebastián revisa, y que legaron algunos cientos de habitantes del pueblo vecino, La Joya —de donde son Rubí y su familia—, y una multitud procedente del resto de México e incluso del sur estadounidense.

Tequila Cabrito, vacío. Brandy Torres 10, vacío. Whisky Black & White, vacío. Tequila Viuda de Romero, vacío. Y lo mismo botellas de Jack Daniel’s, tequila Cazadores, Captain Morgan, William Lawsons. Los vestigios cilíndricos de la fiesta a la que acudieron políticos como el gobernador estatal, Juan Manuel Carreras, fueron succionados hasta la última gota. Ya solo les queda aire.

Resignado, Sebastián ve que un desconocido lo llama, se acerca con su moto y pregunta qué razón hay para estar ahí.

Aquí escasean el frijol, el maíz, y los niños quieren carne. “Que no se le haga raro, aquí es normal decirnos: aquí tienes tu caldito de rata”, comenta una vecina. Foto: Antonio Cruz/ NW Noticias.

—Un reportaje sobre el amanecer del pueblo del baile de Rubí. ¿Tú? —reviro.

—Andaba a ver que me hallaba, pero pues no dejaron nada —responde—. Pero esto también va a la suerte, oiga.

—¿Buscabas algo como unas chelas?

—Una botella, o con suerte una cartera.

—¿No hallaste nada?

—Nada más esta chingada saquilla —muestra un viejo morralito de tela que cuelga del manubrio— y este vasote para agua. ¡Tiene letras americanas! —se contenta levantando hacia su cara un viejo vaso gris de Star Wars con las palabras “laser”, “alliance”, “starfighter”.

—¿Tienes hijos?

—Tres.

—¿De qué viven?

—Con frijolitos de la olla que coma uno y tortillita, y su vaso de agua, le aguanta todo el chingado día.

—¿Carne?

—Todo eso es monte —señala unas colinas—. Chingo de ratas que hay.

—¿Ratas?

—Ratas de monte. Los del pueblo las matamos, se pelan, se lavan bien lavaditas, van a la cazuelota con aceite y viera cómo están de sabrosas —une en un manojo sus dedos y los besa—. Qué carne ni qué la chingada.

—¿Cómo se vive aquí?

—A gritos y sombrerazos. Unos se emplean en la fábrica de mezcal y otros cultivan maíz y frijol. Ahora verá: si llueve, todos tenemos; si no, nos lleva la jodida. Este año no llovió: todos nuestros campos, secos como esta presa
—contempla el terreno del baile en el que hablamos.

—¿Esto es una presa?

—Era. De chiquillo llovía hasta tres veces al día y esto se llenaba de agua, se enlagunaba de perdida así —lleva su mano al pecho—. Había patos, garzas… bonito. Ahí están unos desagües para las milpas: abrían las llaves, se regaba el campo y se cosechaba mucho. Ya son 14 años o más, siempre a secas. Esto ya murió: fue la voluntad de Dios— dice.

Sebastián mira la desolación: los anuncios de “Six $84, lata $17” en los locales vacíos de cerveza Dos Equis, los baños móviles que sirvieron a miles y la vieja camioneta de una familia veracruzana que acampó aquí y que se niega a abandonar la tierra de la histórica fiesta.

Los jarochos no quieren despedirse de un evento que se volvió masivo porque en Facebook el padre de Rubí dijo “Quedan todos cordialmente invitados” y 1.3 millones de personas avisaron que asistirían: “todos” le dijeron que sí. Y entonces vino el encontronazo en las mismas redes: un sector del país sintió el fenómeno mediático como la desgracia de una sociedad maniatada por medios frívolos, y otro, solo como una fiesta a la que había que ir porque la juerga sería espectacular.

Sebastián González se arregla el sombrero y agarra su moto: está a punto de irse. Pero antes pisa la línea de tierra donde ayer, durante las carreras equinas que ofreció Crescencio, papá de la quinceañera, Félix Peña, dueño de un caballo competidor, fue embestido de modo espeluznante por un animal que corría. “Era mi amigo, aquí lo mataron, aquí cayó el difunto Félix”, precisa señalando el sitio exacto con sus botas en un área repleta de estiércol.

—¿Usted cree que fue bueno tener en su pueblo los XV de Rubí, o por el muerto le queda a Laguna Seca un sabor amargo?

—Ya le tocaba, oiga. Cuando le toca a uno, trae uno su destino —dice, pero al instante se le esfuma el duelo—. Nunca habíamos visto un baile como anoche —sonríe satisfecho con sus dos dientes de oro y parte: Sebastián sigue buscando entre los restos del baile algún tesoro perdido.

Aquí no hay internet. Es decir, poco o nada sabían de que Facebook, Twitter y otras redes sociales avisaban de las magnitudes del festejo viral. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

CALDITO DE RATA

La última patrulla de la Policía Federal abandona el descampado del baile, Sebastián termina de hurgar entre la basura, y aunque la fiesta acabó hace ya ocho horas, los nueve de la familia Luna de Veracruz persisten en el llano al que arribaron hace cinco días tras 26 horribles horas de un viaje con múltiples confusiones de rutas y fallas mecánicas hasta lograr su misión: pisar antes que nadie Laguna Seca y acampar.

“Primeros en llegar, últimos en irnos”, se ufana el padre y conductor, Alejandro Ramírez, que con cara de agotamiento está por tomarse una última foto familiar junto al cargamento de regreso a casa: envases de Pepsi, Orange Crush y Corona; galletas Emperador, sillas y mesas, una linterna y la bendición de un crucifijo dorado bajo el retrovisor.

Entre estelas de basura que nacen unos diez kilómetros atrás —a lo largo de la carretera donde se concentró la caravana de autos que venían a la fiesta—, la mamá, Marisela García, peina a una de sus tres hijas. Ellas viajaron junto a su hermano, su papá, su tía y dos primas desde la rivera del contaminado río Cazones, sede del puesto familiar de garnachas.

“Los niños querían conocer a Rubí: cumplimos su sueño”, afirma la mamá.

—¿Por qué la admiran?

Marisela se queda pensando, no halla la respuesta y pide ayuda a su hija mayor: “Naaai, el periodista pregunta por qué admiras a Rubííí”.

La adolescente Naide baja del camión y con desgano baja la cabeza para responderle formal a la grabadora: “Se hizo viral el video en YouTube, luego en Face, la tele y así”.

—¿Por eso querías conocerla?

Asiente.

Con latas de atún, pan Bimbo, tortillas de harina, jamón, tres garrafones de 20 litros y no mucho más emprendieron la travesía que concluye hoy, aunque ellos no quisieran. “Tantos periodistas amontonados”, se queja la mamá. Los periodistas, verdugos de su felicidad, los que no la dejaron acercarse a Rubí. “Queríamos platicar como se debe, tomarnos la selfie”. Esa foto no se pudo, pero sí la foto final: “Verla bailar su vals fue lo más emocionante de la fiesta”, dice el papá mientras posa, y se agarra la manzana de adán, señal de que se le hizo ayer un nudo en la garganta. “Ver a Rubí fue como ver a mis hijas, Dios quiera que pueda ver sus XV años”.

—¿Quisiera una fiesta de este tamaño? —le pregunto.

—¿Con qué?

—Cosa de que invite en el Face a “todo el mundo”.

—Y vamos a agarrar de padrino al gobernador Yunes. Al otro no (Javier Duarte) porque ese se llevó todo —se carcajea.

El terreno del baile es un desierto a las tres de la tarde. Y lo que fungió como entrada del fiestón, un montecito yermo, da paso a un sendero con mezquites y otras plantas que crean el milagro: la vida sin agua. No más de 20 metros adelante aparece, al borde de la carretera, el pueblo de roca desnuda que ayer 26 de diciembre experimentó atónito una invasión: a Laguna Seca la forman 70 familias con unos 350 habitantes.

Aquí no hay internet. Es decir, poco o nada sabían de que Facebook, Twitter y otras redes sociales avisaban de las magnitudes del festejo viral. Si acaso las noticias de la televisión contaban que los XV años de la joven del menos pobre pueblo vecino, La Joya, no serían cualquier cosa.

Jamás esta antigua aldea había visto tanta gente junta. Mañana, tarde y noche las filas de autos y caminantes irrumpieron como peregrinos descontrolados desde el norte y el sur. Luego, el sonido rítmico de las bandas musicales entró por calles de terracería y chimeneas, superó las centenarias puertas de gruesa madera que protegen cada hogar.

Sobre la carretera, Tomasa Leija se resguarda bajo la sombrita de un pirul junto a sus tres hijos y su esposo, en espera del colectivo que por 150 pesos los llevará a Charcas, la cabecera municipal.

De regreso, otros 150. La mitad del ingreso semanal en un traslado en una camioneta.

“Mire la basura —dice Tomasa con un alegre vestido de lentejuelas—. Para limpiar esto se va a necesitar la reunión de toda la comunidad. No creo que los de La Joya vengan a hacerse cargo”.

Pero la basura no pasa de un disgusto. Ese no es el problema en este lugar. Han pasado no menos de 500 años desde que estuvieron aquí los primeros pobladores, evangelizados por los monjes Carmelitas, y a Laguna Seca aún no llegan ni un consultorio médico, ni pavimento ni drenaje: pura tierra, polvo, piedras y, desde luego, letrinas. Acaba 2016, y las letrinas siguen, como en el Virreinato, la Independencia, la Revolución y todo lo que siguió. Y en este caso no se trata de que el gobierno olvidara a los pobres, como suele ocurrir. Sí saben de los pobres de Laguna Seca, pero a ellos el gobierno federal, estatal y municipal los cuece aparte. Según la mujer, a Laguna Seca no llegó ni una bolsa de frijol de la Cruzada contra el Hambre. “No nos consideran comunidad marginal, y por eso nos quitan casi todos los apoyos. Como aquí tenemos la fábrica de mezcal, dicen que no necesitamos nada porque hay fuente de trabajo”, expone Tomasa.

Sobre la carretera, Tomasa Leija se resguarda bajo la sombrita de un pirul junto a sus tres hijos y su esposo, en espera del colectivo que por 150 pesos los llevará a Charcas, cabecera municipal. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

Y sí, en este pueblo es difícil encontrar a un solo hombre que no haya laborado en algún momento de su vida en la fábrica de mezcal Laguna Seca, famoso en México, Estados Unidos y Europa; sin embargo, la mezcalera contrata a no más de 40 habitantes. El sueldo: 380 a 600 pesos a la semana. Menos que el mínimo oficial.

Y entonces, cuando Tomasa oye mi pregunta, “¿cómo le hacen?”, retorna a la solución de la era de las cavernas: la caza. Escasean el frijol, el maíz, y los niños quieren carne. “Con mi esposo agarramos una resorterita y un garrotito. En el monte buscamos pencas del maguey ruñidas y al verlas dice uno: aquí ruñó con sus dientes la rata. A escarbar. Y cuando salen, a pedradas o garrotazos (Tomasa nota alguna reacción mía). Que no se le haga raro, aquí es normal decirnos: aquí tienes tu caldito de rata. Calentito, con su cebolla”, se ríe, y contagia a su marido, que la oye atento rodeado de sus tres hijos.

A una cuadra de donde nos despedimos, Beatriz Gómez no llega a los 25 años y tiene ya tres hijos, de diez, dos y un año. Oye arrugando el ceño, desconfiada, que buscamos saber cómo vive en un día normal el pueblo que recibió la festividad multitudinaria y contesta, muy seria: “Teníamos miedo. Decían que en esa fiesta iban a pasar cosas, y mire usted”, dice refiriendo a Félix Peña, el criador de caballos que agonizó entre la multitud. Pero en esta comunidad la muerte es en vida, que se va extinguiendo día a día cuando el vacío retuerce el vientre: “Siempre nos dicen lo mismo: ustedes no están en estado de marginación ni necesitan nada porque tienen su fábrica. Oímos esas palabras y nos vamos volviendo más pobres”, dice Beatriz y sonríe. Sí, sonríe como si ante el dolor eso le conviniera al alma.

—¿Y de qué modo comen ustedes cinco?

—Mi marido se va a la sierra, busca hormigueros y se trae los huevos —dice y cierra la puerta.

—¿No me deja hacerle otra pregunta?

—No, señor, ya no.

A algunas construcciones de piedra —caserones centenarios donde hasta hace 90 años vivían los peones de la hacienda Laguna Seca, quemada en la Guerra Cristera— las ha invadido lo más vulgar de la política. Sobre algunas de esas fachadas aún se puede ver propaganda electoral: “Vota doctora Blanca Rosa Navarro”, “Vota PRI”, “Vota PRD”. A los pies de todo eso, el arroyo que alguna vez llevó agua ya es un canal seco vuelto depósito de basura. Sobre una roca frente a su casa, José Adolfo, cargador de piñas de maguey destinadas a la mezcalera y padre de tres, descansa tras la jornada y se apura a decir qué lo une al papá de Rubí: “Con Crescencio jugamos futbol juntos 15 años en el mismo equipo: Deportivo Laguna Seca, teníamos la camiseta del América. Él era medio, yo delantero. Nunca esperé que se hiciera tan famoso por todo esto”.

—¿Y cómo es eso de cargar las piñas del maguey?

—Duro: cargamos piñas de hasta 150 kilos.

—¿Y usted soporta eso? —le pregunto al flaquito de 35 años que no debe superar el 1.60 de altura.

—¡Claro! Los campesinos de los ejidos de Solís y Pocitos tumban las piñas, y nosotros cargamos diario ese maguey hasta la mezcalera para que la cuezan en los hornos. Una friega acarrear: se nos van tronando la cintura, los pies, la rabadilla, la columna. Pregunte: todos los hombres de este pueblo sufrimos de las articulaciones. Al día, cinco peones debemos acarrear cien piñas: 20 cada uno —dice, y aclara, por si me atacan las dudas—: era buen jugador Crescencio, ¡eh!”.

“Siempre nos dicen lo mismo: ustedes no están en estado de marginación ni necesitan nada porque tienen su fábrica. Oímos esas palabras y nos vamos volviendo más pobres”. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

RUBÍ NO ESTÁ, RUBÍ SE FUE

—¿Podemos hablar con don Crescencio?

—No es que queramos portarnos mal, pero están agotados, dormidos —dice un hombre de sombrero en una mesa con refrescos, cervezas, galletas.

En la primera tarde tras la fiesta, los padrinos de Rubí, vecinos, familiares y amigos montan una copiosa guardia en el caserón de tejas de la familia Ibarra en el pueblo de La Joya, para que fans y medios de comunicación no les sigan arrancando la paz como desde hace varias semanas.

Pero no hay modo. El hechizo de la fama, su atracción afrodisiaca, ha dado a la casa, incluso después de la fiesta, un magnetismo que jala bolitas de jóvenes con pancartas y ansiedad venidos de muy lejos.

En el patio, una gran y amorfa artesanía amarilla dice: “Felicidades, Rubí, saludos de los internos del Cereso de San José del Cabo”. El objeto, algo parecido a una torre, debió cruzar el mar del Golfo de California, como también recorrió cientos de kilómetros un cartel extendido sobre la vereda, en la entrada del hogar de la célebre familia. En letras coloridas se lee: “Autodefensas, obligación ciudadana artículo XXXI CDMX-Tijuana. Guardia Nacional Estados Unidos Mexicanos. Liberemos al doctor Mireles. Golpe de estado popular ya, 2017. Las autodefensas vamos a los XV años de Rubí”.

Los improvisados guardianes de la casa se conmueven ante lo que les dice una guapa joven morena que encabeza un grupo de cinco amigos y que les ruega con acento pocho: “Venimos a ver a Rubí desde Chicago, por favor”. Un minuto más tarde, Crescencio, sombrero vaquero, camisa y botas, se apiada y sale a su encuentro. Al abrir la puerta nos ve con la cámara. La mirada se le enciende de furia.

—Ya no quiero declarar, no saquen fotos. ¡Ya, ya, ya!

—¿Va a haber fiesta de 16 de Rubí? —cuestiono.

No entiende la broma: me ve con odio, no quiere saber nada.

—Lo que hubo, hubo, ¡y ya!

—¿Cómo está Rubí?

—¿Me permite, por favor? —responde, y da un manazo al aire—. Hágase para allá, por favor.

Don Crescencio se acerca a los jóvenes que le informan “venimos de Chicago”. Intenta reír y lo logra cuando le piden una selfie, y una foto grupal, y otra selfie y otra foto. “¿Y Rubí, y Rubí, y Rubí?”, le preguntan. “Rubí no está, Rubí se fue. No sé a qué hora vuelve Rubí, no sé dónde anda”, suelta fatigado.

De pronto, sale la mamá de Rubí. Cara somnolienta, conserva los giros de anoche en su melena rubia, pero deformados por la almohada. “No me he podido quitar ni el peinado”, dice ella y se arregla.

Y dale que dale, fotos otra vez. Los fans se disculpan: “Toma las que quieras, no te preocupes”, dice Crescencio con resignación. Ellos y ellas le dicen cosas, ansiosos, como a una estrella de la música. “Gracias, gracias”, responde. Les da la mano, acepta un abrazo de un desconocido. “Mis admiraciones”, les contesta Crescencio, pero no puede más.

Si fuera por él, lloraría.

“Ismael Ibarra, mucho gusto. Yo atizo la caldera de la fábrica, meto la leña”, aclara ante la mirada de su esposa que ha salido a oír. Foto: Antonio Cruz/ NW Noticias.

¡PURO CUENTO!

¡Traigan a Ismael, que venga Ismael, Ismael, Ismael anda en su casa!, exclaman en la calle los peones. Busco a un viejo piñero que explique cómo es acarrear esas esferas cargadas de savia que cocidas, machacadas y fermentadas se vuelven mezcal, la bebida que las grandes ciudades veneran hoy como elíxir y pagan más que un whisky.

En dos minutos viene, desde el fondo de un zaguán, un hombre que raya los 70 años: padre de cuatro, encorvado, cuello torcido, renguera permanente y sin un ojo. Me estira una mano de piel como cuero rudo.

—Ismael Ibarra, mucho gusto. Yo atizo la caldera de la fábrica, meto la leña —aclara ante la mirada de su esposa que ha salido a oír.

—Me dijeron que usted era piñero.

—Fui piñero 20 años. Hace un mes ya no pude más.

—¿Por?

—Ya no podía, ya las patas no.

—¿Dolor?

—Me duelen mucho. No podía subir yo los escalones de tanto cargar 20 años. Hay piñas de más de cien kilos. Este es un pueblo herido de las rodillas y todas las coyunturas: la cintura, la nuca.

—¿Y no les dan Seguro Social?

—Fíjese usted que no tenemos Seguro. Que nos digan esos hombres (los patrones) por qué no quieren darnos seguro.

—¿Y en el pueblo hay médico?

—Ni uno. Quien se enferma se cura con su propio modo.

—¿Con su sueldo vive tranquilo?

—380 a la semana, fíjese nomás. Para mal comer. El problema es que soy malo para cazar rata —lamenta Ismael, y antes de decirme adiós señala el camino a la fábrica de mezcal—. Vaya usted, con gusto lo dejan pasar.

Allá vamos. Resplandecientes, pulidas, ordenadas, impecables en sus estantes, las botellas del mezcal Laguna Seca aguardan compradores en la tienda. Hay Berrendo, Cielo Azul “y el más fino de todos: el añejo Real de Magueyes, que vendemos a Palacio de Hierro”, nos dice Juan Manuel Pérez, gerente desde hace 12 años. Nos conduce al interior de una “fábrica que el pueblo necesita porque están mermadas las otras actividades productivas”, aclara. Adentro, el refinamiento de la tienda se disipa en muros grises que forman “la fábrica de mezcal más grande México”, como la define. Creada hace cerca de cinco siglos, se esparcen penetrantes los olores de los fermentos y se cuelan en cada rincón los restos de las piñas dentro de bodegas con vestigios arquitectónicos de un tiempo en que éramos Nueva España y ya se consumía mezcal. “Los VX de Rubí fueron una turbulencia económica y hubo salpicadero para el mezcal”, se alegra el gerente. “Salpicadero” es dinero.

Juan Manuel nos da un recorrido: las piñas de agave salmiana se meten en hornos de piedra al rojo vivo y se tapan. A la semana se extraen y llevan a un molino donde una piedra tahona exprime la miel, que cae en piletas. En dos días la miel fermentada ya es un mezcal que se vende en México, Estados Unidos, España y Francia.

—Sus peones están lastimados, algunos con lesiones permanentes. ¿Por qué no hay en el pueblo un solo médico?

—Sí hay un Centro de Salud en Charcas, a 20 kilómetros de aquí.

—¿Y por qué ustedes, si este trabajo es tan nocivo físicamente, no tienen un médico?

—Los tenemos incorporados al IMSS.

—Ellos dicen que no.

—Sí están.

—Hay quien dice ganar 380 a la semana. Menos que un sueldo mínimo.

—¡Ganan mucho más —se irrita el gerente—, puro cuento, son buscapiés!

“¿Cómo pueden decir que no somos marginados? ¿Qué sobra aquí? ¿De qué les sirve decir que no lo somos? En este pueblo no hay nada”. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

¿QUEDÓ RECALENTADO?

Todos quieren esa prieta y esa prieta tiene dueño / Yo le di mi corazón y ella me ha robado el sueño… Martín Guerra bailó hace apenas unas horas en este mismo lugar con los saxos y acordeones de Los Indomables del Cedral, y aunque ahora en los llanos de Laguna Seca no suenan más que los cencerros y los berreos de sus 200 chivas y borregos, no quiere que acabe la diversión. El pastor potosino trae en su mano una radio miniatura con La Poderosa 91.9 FM y desde ahí una cumbia norteña retumba entre el viento del norte mientras sus animales dan vueltas.

Mangas de camisa y correa al cuello, Martín avanza hacia la orilla del descampado porque ahí no hay desperdicios humanos y sus animales pueden arrancarle a la tierra zacate del bueno y no vasos de plástico. Cierto, su campo es un basural, pero “¡estuvo bueno, se llenó el jale! ¡En este rancho nunca hubo un baile así!”, exclama sin perder la atención en sus animales, que entre ellos se montan, corren y trepan a las palmas chinas, los abundantes árboles de esta tierra.

—¿Que otra cosa importante ha pasado en este pueblo?

—No, pues no —dice extrañado.

—¿Nada, nunca?

—Nada.

—¿Algo, un homicidio famoso?

—No.

—¿Y qué fue lo mejor de ayer?

—Chamaconas de todos colores —se alegra el papá de dos niños y huye—. Voy a corretear a las chivas, se me van a perder —grita, poco antes de que una mujer distinguida, de blusa roja, labios carmesíes y collar dorado ingrese en el territorio del baile escoltada por dos hombres maduros, como una diva en una alfombra roja.

Perfumado cuerpo de 66 años, Victoria Villanueva descubrió por la tele a la quinceañera famosa y dijo ahí les voy: “Desde la primera vez que la vi, me dije: yo me invito a los XV años de Rubí. Me cayó bien: qué sencilla”. La mexicanoamericana persuadió a su esposo, Florentino, y a su hermano, Silvano, de hacer juntos el recorrido por el desierto: agarró su troca, cruzó el World Trade Bridge y desde Nuevo Laredo inició el temerario cruce mexicano por la caliente Tamaulipas. En total, 1100 kilómetros desde la ciudad texana de Temple hasta Laguna Seca. Pero apenas está llegando a la fiesta: los cálculos salieron mal (“mucho tráfico”, justifica). “¡A ver si agarro recalentado!”, bromea con sus hombres detrás, serios como guardias.

—¿Usted tuvo XV años? —le pregunto.

—No me hicieron.

—¿Y otras niñas de donde usted es?

—En mi tierra, Cerros Blancos, Nuevo León, eran bonitos los XV años. ¡Qué bailes! —dice sin detenerse.

—¿Viniendo a los XV de Rubí viviría de otra manera la fiesta que usted no pudo tener?

Victoria me mira con cara de “no voy a contestar eso”, se niega a decir una palabra y sigue caminando. Abre su bolsa, extrae una cámara y sensual como Sofía Loren saca fotos a todo lo que puede, que no es mucho: frente a ella quedan tres hombres que visten cual rescatistas de una explosión radiactiva: mascarillas, lentes, botas y trajes blancos que los aíslan del mundo para maniobrar sin riesgos a la salud los 24 nauseabundos baños móviles Portátil WC. “Este trabajo se tiene que hacer”, dice uno cuando nota que observo su labor.

De puntillas, Victoria cuida que sus pies no pisen basura, panea la cámara frente al escenario donde hacen un rato tocaron Los Cachorros de Juan Villarreal y detecta que en Karatecaun desvencijado puesto de lámina que anuncia “tacos, burros, hamburguesas y hot-dogs”, aún hay tres jóvenes limpiando. “¿Quedó recalentado?”, pregunta la señora asomándose a donde friegan con pinol. “Tenga un juguito, doña”, le responde uno y toma una jarra.

Ella estira el brazo, bebe y sonríe refrescada.

A su modo, Victoria pudo estar en los XV de Rubí.

María se ha ido quedado sola. Para sus hijos, seguir en Laguna Seca era ser invisible toda la vida y fueron partiendo a Matehuala y otras ciudades. Foto: Antonio Cruz/ NW Noticias.

ESTA ES MI SALA

“Letrinas de pozo”. La señora María de la Luz González, mamá de siete, abuela de diez, repite tres, cuatro veces esa frase, como si esa tercia de palabras guardara su destino. “Ya tengo 62 años y sigo con letrina de pozo, como cuando nací”. ¿Y agua? “No teníamos, pero mire la bomba (señala una esfera metálica encajada en una torre del centro del pueblo). Pero cuando nos la pusieron el recibo de luz empezó a salir muy caro; el pueblo se organizó para tener agua dos horas al día. Dos horas y le cerramos porque no podemos pagar”.

María se ha ido quedando sola. Para sus hijos seguir en Laguna Seca era ser invisible toda la vida y fueron partiendo a Matehuala y otras ciudades.

—¿Usted cómo toma este rancho? —me pregunta.

—¿A qué se refiere?

—¿Lo ve marginado o no?

—Marginado.

—¿Verdad? ¿Cómo pueden decir que no somos marginados? ¿Qué sobra aquí? ¿De qué les sirve decir que no lo somos? En este pueblo no hay nada, y si queremos algo hay que pagar 30 pesos para ir a Charcas en el camión. A ver quién paga esos 30 pesos.

Quiero conocer una casa de Laguna Seca por dentro. “Déjeme ver su sala”, le pido. “No llegamos a sala —dice seria—, pero pásele”.

Es un oscuro y antiquísimo cuarto con un arcaico fogón de piedra en el que mete leña para cocinar porque aquí tampoco ha llegado el gas.

Iluminados por un foco pelón, los techos son palitos de madera unidos (“garrochitas”, me aclara), bajo los cuales los muros se han teñido de negro por el fuego y el hollín de un tiempo inconmensurable. María se sienta: a un lado le quedan sus ollas de barro, y al otro, la imagen de la Santa Cruz, patrona de Laguna Seca, junto a una bolsita de jabón Ariel a medio usar. Mira seria a la cámara: “Esta es mi sala”.


Félix Peña murió en un hospital de Charcas; un día después, sus familiares lo velan donde el padre de cuatro mujeres y cuatro hombres vivía solo con sus seis caballos. Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

¿DÓNDE ESTÁ FÉLIX?

La imagen colgada en YouTube es escalofriante. Durante la primera chiva —como se llama a las carreras de caballos en la región—, Félix Peña, un vaquero recio con medio siglo de experiencia en la crianza de caballos, se mete en la pista a festejar el triunfo de su animal, el Oso Dormido.Levanta triunfante su sombrero. Insólito, pero no advirtió que, a su derecha, en línea recta de donde estaba, venía otro caballo. En seguida, embestido con fuerza descomunal por el animal de la Hacienda de Guanamé, cayó agonizante. Lo demás: tumulto, gritos, confusión, camilla, ambulancia.

Su hermano José Alfredo lo vivió así: “Vi el revoltijo de gente a unos 150 metros y le dije a un señor: ¿Qué pasó? Atropellaron a un señor. ¿Sabe quién es? Félix Peña. ‘¡Es mi hermano!’, le dije. Me acerqué y lo estaban levantando: le acaricié su cabeza, lo vi inconsciente y dije: ‘Ya no tiene vuelta’. Ni resollaba”.

El jefe de la escuadra ecuestre Los Coyotes Negros murió por la tarde en un hospital de Charcas y hoy, un día después, sus familiares lo velan donde el padre de cuatro mujeres y cuatro hombres vivía solo con sus seis caballos. En su pueblo, Llano de Jesús María, su hogar es la tristeza. Sobre la entrada, en bancas improvisadas en la tierra, entre mezquites, palmas locas, huizaches, hombres de sombrero miran hacia el piso, murmuran, se agarran la cabeza. Algunas mujeres lloran en el mismo patio que Félix recorría cada mañana para ir a ver sus caballos, sus amores, y otras en la sala amarilla de la casa, donde está el ataúd con el cuerpo de la víctima de los XV de Rubí, entre ventiladores, arreglos florales y una foto de un caballo en la que él mismo escribió: “Chulo mi Perro del Maldefendiendo mi dinero del Rancho Póker de Reyes”. Las mujeres sollozan, algunas lloran a gritos. Los hombres ven a la nada en silencio.

—Cuénteme de su hermano —le pido a José Alfredo.

—Desde chiquito, como no podía subirse, se les colgaba de la mecha a los caballos hasta llegar arriba. Su debilidad empezó con un caballo negro, el Orejas de Palo.Toda su vida tuvo amor por sus animales: les hablaba fuerte, pero cariñoso. Se levantaba a las cinco de la mañana y lo primero era irse a acariciarlos, platicarles. Les hablaba como a personas: “Vas a ganar, bonito”, “no me hagas quedar mal”, y los caballos, caballos de clase que entienden, relinchaban de contentos. Venga, por favor —me solicita José Alfredo y me lleva a la caballeriza.

Uno por uno, vemos a los caballos de su hermano: “Este es el Profesor Jirafales,toro bred con purasangre. Este es el Oso Dormido,el purasangre con cuarto de milla que ganó la carrera ayer, y este es el Mil Amores.Mire —me pide—, se le nota triste —el caballo negro hunde su cabeza en uno de los ángulos del corral, nos mira de lado—. Si los ves así es porque los caballos dicen: ¿por qué Félix no viene a vernos? Ven mucha gente y dicen: ¿dónde está él, dónde está Félix?”.

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