Cómo han evolucionado la lectura y la escritura en el mundo


Cómo han evolucionado la lectura y la escritura en el mundo

Escritura


La corteza visual, que es la parte del cerebro que procesa la información que recibimos a través de la vista, evolucionó durante millones de años en un mundo donde la lectura y la escritura no existían.

Por ello, desde hace mucho tiempo, ha sido un misterio cómo fue que, hace unos 5,000 años, surgieron esas habilidades con las que nuestro cerebro adquirió súbitamente la capacidad específica de hallar sentido a las letras.

Algunos investigadores piensan que la clave para comprender esta transición consiste en determinar cómo y por qué los seres humanos comenzaron a realizar marcas repetitivas.

Recientemente, las imágenes de la corteza cerebral de personas en el momento en que leen han proporcionado importantes conocimientos sobre la forma en que el cerebro percibe patrones simples.

En mi nuevo artículo, publicado en la revista Journal of Archaeological Science Reports, analizo esas investigaciones para afirmar que los primeros patrones hechos por seres humanos eran estéticos más que simbólicos, y describo lo que esto significa para la evolución de la lectura y la escritura.

Los arqueólogos han descubierto un número cada vez mayor de antiguos patrones grabados, producidos por los primeros seres humanos, así como por los Neandertales y los Homo erectus. Las marcas fueron realizadas miles de años antes de las primeras obras de arte representativo (es decir, dibujos que representan algo).

En Sudáfrica, se han hallado motivos como estos con una antigüedad de 100,000 años. Los arqueólogos también han encontrado grabados en ostras, realizados por Homo erectus hace alrededor de 540,000 años. Una intrigante observación de estas antiguas marcas es que en todas ellas aparecen cuadrículas, ángulos y líneas repetitivas.

Imagen: DEREK HODGSON

El filtro de patrones del cerebro 

En el año 2000, sugerí que la forma en que la “corteza visual temprana” (el sitio en el que la información visual que proviene del ojo impacta en la corteza) procesa la información dio origen a la capacidad de grabar patrones simples. Sabemos que esa área tiene neuronas que codifican bordes, líneas y uniones en forma de “T”. Como formas abstractas, estos patrones activan preferentemente a la corteza visual.

Es fácil ver la manera en que esto pudo haber ocurrido. Las líneas, ángulos e intersecciones son las características más abundantes en el entorno natural, y son las primeras pistas cruciales para determinar la forma de los objetos.

La capacidad de nuestro cerebro de procesar estos elementos también la tienen otros primates, pero el cerebro humano puede reaccionar proactivamente a estas pistas mediante “principios Gestalt”, que son reglas que permiten que nuestra mente perciba patrones automáticamente mediante un estímulo.

Esto le ayuda a construir formas básicas que se transmiten hacia las áreas visuales de orden más alto en el cerebro, que pueden procesarlas de tal manera que podamos experimentarlas como objetos reales.

En algún momento, hace cerca de 700,000 años, esta sensibilidad a la geometría y a la percepción de patrones permitió que los seres humanos comenzaran a elaborar refinadas “herramientas achelenses”, que muestran cierta simetría. Resulta poco probable que esto hubiese sido posible sin un conocimiento implícito de la geometría.

La elaboración de herramientas fomentó más la sensibilidad y la inclinación hacia los patrones del entorno natural, que nuestros ancestros proyectaron en materiales distintos a las herramientas mismas. Por ejemplo, comenzaron accidentalmente a realizar marcas en piedras, ostras y materiales como el ocre.

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Imagen: Pixabay

Del grabado a la escritura 

En un momento dado, estos patrones no intencionados fueron copiados intencionadamente en dichos materiales, desarrollándose hasta convertirse en diseños grabados y, posteriormente, en escritura.

¿Pero cómo fue posible? Las investigaciones en neurociencias han mostrado que la escritura de textos requiere la participación de la corteza cerebral premotora, que impulsa las habilidades manuales. Por esta razón, en mi teoría señalo que la lectura y la escritura evolucionaron cuando nuestra percepción pasiva para discernir las cosas comenzó a interactuar con nuestra habilidad manual.

La escritura y los patrones abstractos también activaron las denominadas “neuronas espejo” del cerebro. Estas neuronas son notables debido a que se activan cuando actuamos y cuando observamos actuar a otras personas, lo que nos ayuda a identificar y comprender a los demás como si fuéramos nosotros quienes actúan. Pero también se activan cuando vemos patrones y miramos un texto escrito. De esta manera, esto puede producir un sentido de identificación con un patrón, sea accidental o natural, en una forma que nos inspira a reproducirlo. Y estas antiguas marcas fueron los primeros pasos hacia la escritura y la lectura.

Por ello, estos avances permitieron que el cerebro utilizara la corteza visual para un fin totalmente nuevo. Al final, pudo haber creado un nuevo proceso en el cerebro que pudiera aprovechar la corteza visual, dando origen a un área visual de formación de palabras, conectándola progresivamente y con el paso del tiempo con las áreas del lenguaje hablado.

Dicho lo anterior, algunos investigadores piensan que las antiguas marcas eran simbólicas y no estéticas, y que la escritura evolucionó a partir de la información codificada en ellas. Sin embargo, yo sostengo que, actualmente, esto parece cada vez más improbable. Las marcas antiguas son similares unas a otras a lo largo de un inmenso periodo de tiempo. Si las marcas fueran simbólicas, esperaríamos ver una variación mucho mayor en el espacio y el tiempo, como lo vemos en los modernos sistemas de escritura. Pero no es así.

Todo esto apunta a la probabilidad de que las primeras marcas fueran estéticas en cuanto a que se derivaron de la preferencia de la corteza visual temprana por las configuraciones básicas. Y esto pudo haber comenzado ya desde la época del Homo erectus, que vivió en un lapso comprendido entre 1.8 millones y 500,000 años.

Derek Hodgson es miembro del Cuerpo Colegiado de investigación de la Universidad de York.

Este artículo está reproducido de The Conversation bajo una licencia de Creative Commons. Puedes consultar el artículo original aquí.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor.

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