Trazas hacia una definición contemporánea del “Estado” (una breve nota inicial) | Newsweek México




Las reconfiguraciones conceptuales del mundo, sobre todo después de la crisis intelectual que devino –sustancialmente de Europa- con la caída de los muros el siglo pasado, aún no recuperan su precisión en los contextos del siglo XXI.

El llamado “poder suave”[1] y las transformaciones de los vectores del poder internacional y multilateral, abren los debates sociopolíticos y jurídicos insertando novedosos elementos aunados a las dinámicas ciberespaciales de órdenes o sentidos, que hasta hace poco aún eran insospechados, en donde cada vez, con mayor premura, se requiere de un alto grado de complejidad multidisciplinario.

La dudosa vigencia de los conceptos de Estado de Hermann Heller, Hans Kelsen, Carl Schmitt o Max Adler, remiten a una revisión más atenta a los propuestos con antelación por Hegel, dada la limitada naturaleza que muestran ante los acontecimientos tecnológicos de nuestra era.

Nos encontramos ante circunstancias no monolíticas, uniformes o indivisibles, pertenecemos a un predominio de la diversidad y multiculturalidad donde las soberanías cada vez más menos indelebles, imponen agendas que problematizan las fronteras entre lo público y lo privado, entre lo global y lo local, entre lo nacional y lo mundial, entre la identidad y la trans-historicidad de las épocas y de las culturas en franco movimiento.

El Estado ha dejado de ser “una unidad de dominación, independiente en lo exterior e interior, que actúa de modo continuo, con medios de poder propios y claramente delimitado en lo personal y territorial”[2] dando cabida a la participación civil con amplios campos que se desprenden de los Derechos Humanos y de las delimitaciones de los Organismos mundiales.

De igual forma, lejos de asumir al Estado como un efecto del homo videns, al Estado habrá que concebirlo como al “movimiento de una idea”[3], como efecto de un homo loquax[4], del sentido del Espíritu, como lo sugiere Hegel para pensar al presente como acontecimiento sin una idea edificante necesariamente del porvenir[5].

Se trata, -en todo caso- primero, de plantearnos en qué consisten las principales características de lo cultural dado que la cultura habla, se expresa y expresa, sobre todo, en las aristas de la continua autoconstrucción del lenguaje, de los símbolos y de los signos en una antropología política para las condiciones contemporáneas del Estado como dinámica del diálogo y de los alcances del contenido del propio lenguaje en lo político como algo trascendental a lo técnico, instrumental o meramente operacional. Política y gobierno como administración no son lo mismo.

Luego entonces, se debe de enfocar al Estado como el contendido mismo del lenguaje enmarcado en el encuentro entre culturas e idiosincrasias generalmente en el disenso, en la diferencia y en la alteridad como formas de vinculaciones para que en lo social esté lo político, y lo político en lo colectivo como forma del logos griego o del verbum latino para así reconceptualizar a la vez a la cultura como la forma o formas que tiene un individuo o una cultura de resolver las contingencias de la vida o de la existencia.

El Estado y la cultura son unidad porque son los elementos con los que se construye la singularidad en la unidad y la diversidad de esa existencia peculiar en los nodos de las redes, y en el lenguaje no hablado ahí donde hay códigos e interacción para hacerlos efectivos; son unidad (Estado y cultura) porque el gozne fundamental entre ellos, está en el reconocimiento del mundo.

Por ello la cosmovisión de un proyecto educativo fundado en la cultura y no sólo en los requerimientos laborales, debe ser atendida como una forma de extender el espíritu ante la inmediatez de la fugacidad de los tiempos[6]. Un proyecto integral desde la cultura deberá impulsar la fuerza de ley que emana de la fuerza etnogeográfica del presente como unicidad de lo diferenciado como alternativa ante los altos costos del otrora “poder duro”, pues, la fuerza de los grandes cambios históricos se dan desde la cultura[7], desde el enfoque que se tenga de ésta como mecanismo de transformar condiciones adversas en otras situaciones vitales. El impulso de los Estados como congregaciones institucionales de las redes civiles, entre estas y las políticas como de gobierno, emerge desde la cultura, desde el “poder suave”, pues este poder, es sustantivamente un poder de Estado:

“El poder suave nace de padre globalizado y madre democrática y requiere libertad de expresión y de movimiento para personas y mercancías. Puede ser imitado por la propaganda política y la publicidad comercial, pero no es producto de ellas. Los factores culturales que constituyen el poder suave son menos precisos que las ideologías políticas y bastante más complejos que las pretensiones del mercadeo. Sus efectos no se pueden apreciar por medio de votos y ventas, van más allá… de ‘la industria de las sensaciones’”[8]

El camino heteróclito que toma la transformación prísmica del Estado hacia una privatización de su propia experiencia, lo podrá vigilar todo[9] como panóptico originando en la ausencia total de intimidad, otra cultura de control del devenir[10] donde libertad, verdad o eticidad, tendrán que atravesar nuevos desafíos en su más honda concepción, pues, el umbral de esta categorización –la de Estado- ha de ser problemática.

 

[1] Véase: Revista Mexicana de Política Exterior (septiembre-diciembre, 2017) Número 111: “Un poder suave para México” coordinada por el Dr. César Villanueva Rivas, Instituto Matías Romero, Secretaría de Relaciones Exteriores,  México, 2017.

[2] Heller, Hermann. Supuestos históricos del Estado actual, FCE, México, pág. 142.

[3] Bergson, Henri. El pensamiento y lo moviente. La Pléyade. Buenos Aires, 1972.

[4] Ibidem.

[5] Hegel, Georg Wilhelm Friedrich. Fenomenología del Espíritu. “Prólogo”. Editorial Gredos,  Madrid, 2010.

[6] Cf. Schmitt, Carl. Political Romanticism. The  MIT Press, Cambrige, Massachusetts, an London, England. 1986. Parte II: The estructure of the Romantic Spirit. La recherche de la Realité.

[7] Véase el artículo de Peter Landelius “Poder suave y diplomacia pública en el contexto internacional”. En la Revista mexicana de Política Exterior número 96, octubre de 2012 (coordinador invitado: Dr. César Villanueva Rivas), publicación cuatrimestral. Instituto Matías Romero, SRE, México, 2012.

[8] Ibidem. p. 153.

[9] Cf. Attali, Jacques. Diccionario del siglo XXI. Paidós. México, 2007. pp. 128-130.

[10] Cf. Deleuze, Gilles. Conversaciones. Pre-textos. Valencia, 2006. Particularmente el capítulo V “Política”.

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