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Cine y televisión nos roban capacidad de crear nuestras propias imágenes: Javier Sierra
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Cine y televisión nos roban capacidad de crear nuestras propias imágenes: Javier Sierra

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¿Tiempos difíciles en el cine y la televisión? Charlamos con el ganador del Premio Planeta 2017 sobre su novela El fuego invisible, la leyenda del santo grial y nuestra época que él ubica en estado crítico para la imaginación individual.

 

MADRID, ESPAÑA.— Javier Sierra (Teruel, 1971) sigue mirando el mundo con los ojos de aquel niño curioso y preguntón que veía dinosaurios donde otros no veían más que piedras inservibles y que no se tragaba las verdades dogmáticas de su profesor de historia. Y quizás ese haya sido el secreto de su éxito. No dar nada por sabido, no sentirse en posesión de la arrogante verdad absoluta, desconfiar de los axiomas inmutables de la ciencia que a veces son tan falaces como los mandamientos de la peor religión. La magia tiene su lugar en la realidad porque la vida también es milagro incomprensible, espíritu, lo inexplicable. Tras su larga peripecia como periodista, que comenzó con solo 12 años ante los micrófonos de una radio local, a Sierra le ha llegado el momento del reconocimiento mundial, no solo en España, donde es uno de los escritores más leídos, sino en países vetados a los europeos como Estados Unidos, donde llegó a entrar en el top ten de los best sellers. Su novela El fuego invisible, ganadora del Premio Planeta 2017, nos habla de la leyenda del santo grial, la copa donde supuestamente bebió Cristo durante la última cena, y que ha sido perseguida hasta la obsesión por miles que jamás dieron con ella. “Las reliquias pertenecen al dominio de la fe, pero no de la historia y creo que eso hay que distinguirlo. Una cosa es creer y otra muy distinta es saber. Son cosas muy diferentes”, asegura.

Todo empezó en Teruel, cuando eras niño, los dinosaurios despertaron tu curiosidad…

—Bueno, de alguna manera sí porque piensa que Teruel, y Aragón en general, es una tierra muy vinculada al ciclo de San Jorge y el dragón, una tierra con una tradición medieval muy importante, y todo el mundo le prestaba atención al caballero y pocos al dragón. Yo de pequeño ya pensaba que aquello del dragón probablemente tenía que ver con los dinosaurios. Lo que no podía imaginarme en aquellos años, y te estoy hablando de los 70, es que Teruel terminaría convirtiéndose en el yacimiento paleontológico de huesos de dinosaurios más importante de Europa. Yo me movía en los extrarradios de Teruel, en el lugar donde se terminaba la ciudad y empezaba el campo. Allí lo llamábamos las arcillas, que eran unas montañas como Monument Valley, salvando las distancias, aquel escenario de las películas del oeste. Y me imaginaba que debajo de aquellas formas de arcilla había dinosaurios. En mi época todavía no habían empezado a excavar los huesos de los grandes saurios de la provincia. Los sacaban de las minas, entre el carbón aparecían piedras con fósiles de dinosaurios, que eran piedras que picaban y luego las tiraban por inservibles. Durante años y años, décadas, se han estado triturando huesos de todos esos grandes saurios. Hasta que alguien se dio cuenta de que entre la riqueza del carbón estaba también esa otra riqueza. Así que yo fui un visionario, me imaginé aquellos dinosaurios. Salía de clase a las seis de la tarde en invierno, el cielo era muy oscuro, se veía la Vía Láctea, que es algo que ahora que vivo en Madrid no veo nunca, y también te hacías tus preguntas sobre si habría otro Javierito en algún planeta en torno a aquellas estrellas mirando y preguntando si habría vida aquí. Aquello de alguna manera me ratificó en que no solo hay que prestar atención a lo obvio, sino también a lo que parece más mítico o imaginario porque detrás puede haber una historia esperándote, en este caso la de los dinosaurios.

Incluso ponías en aprietos a algún que otro profesor…

—Sí, yo fui un niño muy inquieto, muy particular, la suerte que tuve es que me educaron en la línea de despejar todas mis dudas, no avanzar temario, no pasar página si no había comprendido todo lo que me contaban, y si había que preguntar cien veces para comprender algo era bueno hacerlo. Y esa suerte me ha acompañado hasta hoy porque creo que al final el motor de todo avance, de todo pensamiento, es la curiosidad, la duda. Por eso yo soy de los que arremeten contra ese tipo de educación dogmática que en ocasiones también está en nuestra sociedad, que inculca ideas a fuego sin que se puedan poner en duda. A veces son dogmas religiosos y esos nos han de acompañar durante mucho tiempo, pero ahora también vivimos en una época de dogmas políticos y todo es cuestionable y todo debe ser cuestionado.

“NO SOLO hay que prestar atención a lo obvio, sino también a lo que parece más mítico o imaginario”. Foto: PAU BARRENA/ AFP

Y enseguida llegó la radio, fue muy importante para ti. Aquel programa del que hablas a veces: Peques Súper Pop.

—Claro, una vez que empiezas a hacer preguntas y a obtener tus respuestas lo siguiente que anhelas siendo un niño es compartir tus descubrimientos con los demás. Tuve la fortuna de tropezar con la radio y que la radio se tropezase conmigo. Eso ocurrió cuando tenía 12 años, en Teruel, que en aquellos años tenía dos programas semanales infantiles. Y uno de aquellos programas invitaba periódicamente a los niños a acercarse a los estudios para que vieran cómo era la radio por dentro. Yo acepté la invitación, me quedé fascinado con aquel mundo, me coloqué delante del micrófono y empecé a compartir aquellas dudas, aquellos descubrimientos que yo había hecho. Aquello fascinó a los que llevaban el programa entonces y decidieron que acudiera todos los sábados. Y ahí empezó una aventura vital distinta. Fue un giro, evidentemente, que me ha acompañado el resto de mi vida, porque aunque yo ahora soy escritor y hago incursiones en otros campos como la televisión, la radio es algo que no quiero abandonar y no he abandonado. Sigo muy vinculado con los micrófonos, me gustan mucho.

Aseguras que tu vida literaria empezó con la historia de una monja. ¿Cómo fue aquello?

—Fue el primer contacto profesional, es decir, aquella monja que podía estar en dos lugares a la vez, que condicionó la política del rey Felipe IV y que de alguna manera condicionó las tareas de evangelización del suroeste de los actuales Estados Unidos, de Nuevo México y Texas, en el siglo XVII, fue mi primera aproximación profesional a la literatura. Era una historia tan increíble que por mucho que yo leyera sobre eso en las crónicas históricas, incluso en un documento de la Imprenta Real de Felipe IV de 1630, donde se contaban estos hechos milagrosos, no terminaba de creérmelo. Y creí que la mejor manera de contarlo era en forma de novela. Por eso salté a la narrativa, salté de la investigación a la literatura tratando de hacer más creíble lo que era realmente increíble, que era el asunto de la bilocación, de la capacidad de estar en dos lugares a la vez. Pero claro, mi primer contacto con la literatura, obviamente, fue muy anterior como lector. No podemos olvidar que todo escritor es primero un lector y ese lector que yo era, que soy y que sigo siendo, se acercó, se entrenó con obras como por ejemplo El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Cuando se publica ese libro en 1980 yo tengo nueve años. Es la gran eclosión de la literatura de ese tipo en el siglo XX. Yo debí leerlo unos cuatro o cinco años después, cuando todavía era un libro muy famoso y estaba en las listas de ventas. Me impactó mucho, como me impactó también el libro de un autor navarro que estaba en los puestos de los más vendidos y que era Caballo de Troya, de J. J. Benítez. Como lector que estaba en la adolescencia aquellos dos libros me llegaron muchísimo.

Y así llegamos al premio Planeta. Dices que has sentido una gran responsabilidad al recibirlo…

—A mí la imagen que me viene del Premio Planeta es la de Atlas sujetando el mundo. La imagen de ese personaje sosteniendo todo el peso del planeta sobre él. De alguna manera es un poco así. Es un premio muy importante que ha servido para condicionar la vida de muchísimos lectores. Piensa que el Planeta lo ha ganado gente como Ana María Matute, Ramón J. Sender, Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, grandes de las letras en castellano, e incorporar mi nombre a esa lista es una gran responsabilidad. Significa que mi trayectoria ha valido la pena, pero la que viene a partir de ahora debe, y subrayo el verbo debe, valer más aún la pena. Pues sí, el Planeta impacta mucho, tanto por el lanzamiento de la obra en todos los rincones del país como por las cifras históricas del premio. Se calcula que hay una media de dos premios Planeta en cada hogar. También por la tradición, son casi siete décadas de historia, con nombres maravillosos en la historia del galardón y por la dotación económica. La dotación, que es muy importante, hoy te da una tranquilidad para los años venideros, para poder seguir haciendo lo que tú quieres, poder viajar, poder investigar, pero nada es gratis en esta vida, y a la vez te da una gran responsabilidad: te obliga a hacer libros cada vez mejores.

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El fuego invisible. ¿Por qué el grial?

—Bueno, yo llegué al grial un poco por accidente. La primera vez que tropiezo con esa historia y que veo que hay algo que no se ha contado o que hay algo interesante que contar es cuando, a principios de este siglo, empiezo a investigar para mi libro La cena secreta, que es una novela que se publicó en 2004. Es la historia del mural que publicó Leonardo da Vinci en Milán y donde representó a los 12 apóstoles y a Jesús en la mesa de ese momento clave del Evangelio. Leonardo, que era un tipo muy meticuloso y muy preciso con todo lo que hacía, decidió no pintar el grial. No hay grial, y eso me llamó muchísimo la atención. Tenía que haber una razón muy potente para que un hombre culto y formado como Leonardo da Vinci eludiera un elemento tan importante. Y ahí me obsesioné un poco con este asunto, por el hecho de que Leonardo no hubiera pintado el grial. Aquello quedó como anécdota en mis cuadernos, pero marcó algún viaje mío de investigación a algunos lugares donde se decía que había estado el grial y, a partir de ahí, con las notas de aquí y de allá, vi que había suficientes elementos para armar una historia y terminé deduciendo que Leonardo tenía razón. O sea, no hay grial en “La última cena” porque el grial tal y como lo conocemos, como lo hemos visto en las películas y en las novelas, no existió hasta la Edad Media. Es decir, fue a la vuelta de las cruzadas cuando los hombres que habían viajado a Tierra Santa para conquistar Jerusalén empezaron a interesarse por las reliquias vinculadas a Jesús. Pero, hasta esa época, y estamos hablando del año 1099, nadie se había ocupado de él. Por lo tanto, era muy probable que fuera una invención de aquellos cruzados y por eso Leonardo no lo incluyó. Y con esa perspectiva, que curiosamente hemos olvidado de aquella época tan dada a los mitos, decidí construir mi novela para flanquear ese debate.

Y te inspiraste en un cuento medieval…

—La primera vez que empieza a hablarse del grial en un texto literario es en el año 1180. Un trovador llamado Chrétien de Troyes inventa el término. Pero 60 años antes, el grial que describe Chrétien en su relato ya estaba siendo pintado en España, en la zona pirenaica, en el reino de Aragón. Y esto es muy interesante porque Chrétien de Troyes no habla de que el grial sea la copa de Jesús de “La última cena”, lo describe como un objeto extraño que está en manos de una doncella y que irradia una luz sobrenatural. Una pintura de 1123 la muestra. Esta dama, esta mujer, está en esa pintura que es una de las famosas del románico español y es la bóveda de San Clemente de Tahull. El cuento de Chrétien de Troyes data de 1180, como te digo, 60 años posterior. A mí eso me puso en guardia. Me obligó a acercarme a El cuento del grial de Chrétien de Troyes. En él se narra la peripecia de Parcival. Se trata de un muchacho al que su madre ha mantenido lejos del mundo. En 1180 estamos en la época de las cruzadas. Ese niño no sabe nada ni de Tierra Santa, ni de caballería, ni de guerras, vive en el campo, viste como un campesino y su madre lo mantiene hiperprotegido. Un día, en un bosque, se encuentra a un grupo de caballeros con sus armas. Aquello le deslumbra, piensa que está teniendo una visión celestial. Él lo único que ha leído es la Biblia. Se acerca a ellos y les pregunta si son ángeles venidos del cielo. El cachondeo es inmediato. Los caballeros dicen: ¿de dónde ha salido este pardillo? Se empiezan a burlar de él y el niño, que no entiende nada, lo que hace es preguntarles. ¿Por qué los caballos llevan esa cubierta? ¿Para qué utilizáis esa lanza? ¿Quién bruñe vuestras armas? ¿Quién cose los tejidos de vuestra malla? Empieza a preguntar y uno de los caballeros le dice: un momento, tú no tienes ni idea de nada, necesitas educación. Le confía a un caballero para que lo eduque y lo primero que le dice, y esto tiene moraleja, es que no debe preguntar tanto. Educar consiste en dejar de preguntar. ¿Qué cosa, eh? El muchacho se inicia en las armas, vive una serie de peripecias, le roba la armadura al señor que vence de una manera muy peculiar y cuando es caballero llega a un castillo y allí le reciben y le dan hospitalidad. El rey lo invita a cenar y aparece un cortejo de personajes que llevan una serie de objetos y hay una doncella que sostiene el famoso grial, ese cuenco del que irradia una luz tan sobrenatural que ilumina toda la estancia. El joven Parcival quiere preguntar al rey qué es eso, pero como le han educado para que no pregunte, no lo hace. Al día siguiente sale del castillo y se encuentra a una muchacha que le dice: has visto el grial, pero no has preguntado por él; pues has perdido tu oportunidad de poseerlo. Y ahí se inicia una obsesión que llevará a Parcival por otras peripecias. Lo interesante es que los elementos de ese cuento tienen una base real y eso es lo que a mí me fascinó.

El relato del grial aparece con insistencia en España, ¿por qué?

—La situación de la Península Ibérica en la Edad Media era muy complicada. Los reinos cristianos estaban agazapados en el norte y la inmensa mayoría del territorio estaba en manos de los musulmanes. Se necesitaba un elemento aglutinador, motivador, para justificar moralmente la reconquista a la España musulmana. Uno de los elementos de los que empieza a hablarse en el Reino de Navarra y en el Reino de Aragón es el Grial. Los españoles son los primeros que hablan de él a esta parte de los Pirineos, y después será ese trovador el que lo pondrá por escrito. La sorpresa de la que yo parto para escribir mi novela es que el grial se inventa en España.

¿Qué opinas, crees que el grial llegó a existir realmente?

—Yo creo, y estamos entrando en el territorio de las valoraciones personales, que no. No se va a poder demostrar que alguno de ellos estuvo en aquella cena famosa. Son objetos que aparecen todos en el entorno del siglo XI, de los que nadie había oído hablar antes, no hay constancia ni descripción de esos objetos durante más de mil años y por lo tanto es muy difícil, salvo que aparezca algún dato en alguna crónica, algún libro, algún documento que se nos haya pasado por alto, que se puedan valorar. Son por tanto reliquias que pertenecen al dominio de la fe, pero no de la historia y creo que eso hay que distinguirlo. Una cosa es creer y una cosa muy distinta es saber. Son cosas muy diferentes. En realidad la efervescencia de las reliquias surge cuando los cruzados tienen que justificar a sus mujeres que se han ido a hacer algo práctico durante tanto tiempo y se traen este tipo de recuerdos, pero ninguno de los que traían astillas de la cruz de Cristo, espinas de la corona, pañales del Niño Jesús, pañales de la Virgen (todo eso se traía) se trajo el grial. Será a partir de 1180 cuando se empieza a buscar, pero hasta ese momento nadie. Es curioso y plantea un problema tremendo desde el punto de vista histórico sobre el valor del grial, que es el problema al que se enfrentan los protagonistas de mi novela, El fuego invisible, en parte de la narración.

¿Y por qué ese empecinamiento en encontrar el vaso sagrado?

—Yo te diré por qué ha sido tan seductor a lo largo de la historia, desde 1180 hasta 2018. Creo que la clave está en lo que representa el grial. Es el punto de intersección entre el mundo mundano, si se me permite la redundancia, y el mundo divino. El punto donde se cruza lo material y lo trascendente. Si tenemos que hacerle caso al mito, es la puerta de acceso a ese mundo de la divinidad, al mundo de Jesús y lo que representa. Ese concepto de intersección está en todas las culturas de la Tierra. Las reliquias siempre eran así, en el mundo musulmán, por hablar de una religión en auge, está la Kaaba, la famosa piedra que es objeto de peregrinación para todos los musulmanes. Es algo que cae del cielo, un punto de conexión entre la Tierra y el mundo superior. Esos objetos ejercen una fascinación eterna.

¿Y esas historias que se cuentan de que los nazis lo buscaron obsesivamente?

—Eso es cierto, la búsqueda del grial es lo más cierto del grial, llevamos mil años, desde la Edad Media, buscándolo sin parar. Que los últimos buscadores obsesivos del santo grial fueron los nazis no se puede dudar, no hay ninguna duda. Sabemos que Himmler incluso llegó a visitar España, en concreto se dirigió a Montserrat a preguntar por el grial y también a San Lorenzo del Escorial, precisamente por ser un monasterio que estaba dedicado a un hombre que fue el santo que se trajo el grial, la copa de “La última cena”, a España. Ese mito es muy famoso en los Pirineos. Y Himmler, sorprendentemente, lo conocía. Por tanto, lo quisieron buscar, pero no lo encontraron, claro.

La historia es tu gran pasión.

—Reflexionemos qué es la historia. Es el relato de unos hechos, pero solo uno de los relatos. En la Edad Media era el relato que se acuñaba en los scriptorium con permiso de la autoridad pontificia o con la financiación de un señor feudal, en el caso del cuento de Chrétien de Troyes de Felipe de Flandes. ¿Qué es la historia hoy en nuestra época? La que nos cuentan los periódicos, que no deja de ser más plural, pero no deja de ser el relato de toda esta gente. ¿Dónde está la historia de la vida cotidiana? ¿Dónde está la historia de los que no han vencido? ¿Eso no es historia? Claro que lo es, pero no se contempla o raras veces se contempla. Somos así porque la mente humana necesita reducir la verdad o la realidad para creer que la domina. Nunca la dominas, siempre hay un relato de un heterodoxo, un subrelato que puede cambiarlo todo. Yo tengo mucho respeto por la historia. Por eso en las novelas lo que suelo hacer es documentarme todo lo que puedo y luego utilizar la imaginación para rellenar las lagunas que están en la historia. Con el ensayo no lo hago. Así que he encontrado una especie de mecanismo de relojería que en mi mente funciona muy bien: en los libros de no ficción planteo preguntas, en los de ficción aporto posibles respuestas. Y eso me permite no renunciar a algo que es muy potente en todo ser humano, que es esa faceta creativa.

También haces televisión, pero no es lo mismo que la lectura…

—Bueno, estamos en una época crítica para la imaginación individual. Lo que estamos haciendo es construir una especie de imaginación colectiva y eso se hace a través del cine y de la televisión, que nos hacen ver las cosas de una determinada manera, pero nos restan algo de libertad creativa. Yo hago incursiones esporádicas en la tele porque entiendo que narrar con imágenes es de una potencia brutal, llegas a muchísima gente, pero yo no quiero robarle nada al espectador, lo que quiero es sugerirle y de alguna manera utilizamos programas de televisión para sugerirles que lean, que investiguen, que viajen, que se muevan y que desarrollen de alguna manera su propia capacidad de ver las cosas. Soy un troyano dentro de la tele. Trato de alguna manera de recordar que las imágenes más potentes son las que generamos nosotros mismos y no las que nos tratan de imponer. Mira, como soy un autor que trabaja en muchas facetas de la comunicación, me di cuenta de algo. Empecé a contar historias por la radio. Literatura y radio se parecen mucho. Una es la palabra oral, la otra es la manifestación escrita. Pero el objetivo último de esas palabras es despertar la imaginación del receptor. Quien escucha la radio o lee la novela desarrolla un mecanismo interno que fabrica imágenes, nos está dando una imagen propia en 3-D de lo que estamos escuchando. Seguro que la gente que ha leído las novelas de Harry Potter y ha visto las películas no podrán ponerle al personaje otra cara que no sea la del actor Daniel Radcliffe. El cine nos ha robado nuestra capacidad de crear nuestro Harry Potter. Y este es un asunto muy serio que tiene lecturas todavía más profundas. Cuando desarrollamos un medio de comunicación que lo da todo, que da la imagen, que da palabra, que da sonido, nos están imponiendo su verdad, la capacidad de reflexión, de cocrear. Por eso la palabra del libro es sagrada, enciende un fuego dentro de nosotros.

Pero no te cierras a llevar tus novelas al cine…

—No, no me cierro, y de hecho estos últimos días ya me estoy reuniendo con algunos productores de cine y televisión para ver si se podrían adaptar obras como El fuego invisible, eso está ahí, pero es un proceso que primero sé que es difícil y segundo es un proceso en el que yo quiero intervenir. No quiero ceder los derechos a terceros corriendo el riesgo de que se malinterprete el mensaje que yo quise transmitir con mi novela. Mis novelas tienen una intención, eso es lo fundamental, y quisiera que cualquier adaptación televisiva de mis obras literarias no perdiese bajo ninguna circunstancia la misma intención.

La vida extraterrestre, otro asunto que te fascina. ¿Llegaremos a contactar con ellos?

—Sí, lo sé, lo sé. Yo estoy seguro de que llegaremos a contactar con ellos. Es solo cuestión de tiempo y de que dediquemos nuestra capacidad tecnológica para lograrlo. Por tanto, absolutamente, es algo que pasará y descubrir que no estamos solos en el Universo será la gran noticia de la historia de la humanidad. Me gustaría verlo, espero que no sean mis hijos solo los que lo vean, porque es algo en lo que he pensado mucho a lo largo de mi vida.

¿Tienes otro misterio en ciernes para tu próxima novela.

—No mucho, pero manejo varios elementos sobre la mesa. Uno es un débito que tengo con mis lectores. En el año 2013 publiqué El maestro del Prado sobre los arcanos del arte y que terminaba como un acertijo, una adivinanza que no había logrado yo mismo resolver y ahora estoy trabajando en eso. Lo resuelvo felizmente en esta segunda parte. Y luego tengo también mucho material relacionado con la exploración espacial y con la búsqueda de vida extraterrestre inteligente. Ese es un tema que también me gusta mucho y que pienso entrar a abordar. Esas dos cosas están planeando.

No debe ser fácil estar en la lista de los más vendidos en Estados Unidos, eso no está a la altura de muchos novelistas…

—No, no lo es, de hecho es un elemento que debería hacernos reflexionar. Pensemos que en la cultura estadounidense, que tan influyente es sobre el resto del planeta, en realidad traducen muy pocas obras de otros idiomas. Solo 3 por ciento de los libros que se publican cada año son traducciones del resto de idiomas del planeta. De ese 3 por ciento, que haya una que llegue a la lista de best sellers es casi un milagro. Por tanto, me siento orgulloso de que alguna de mis novelas haya entrado en ese ranking, en esa categoría, y que haya roto ese tabú. Pero el agujero debería ser más grande, deberían haber entrado más. Y eso no está produciéndose y es algo que me preocupa. La cultura estadounidense es muy impermeable a la influencia europea y creo que deberíamos hacer un acto de reflexión sobre lo que está pasando y lo que podemos hacer.

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