De Tiempo y Circunstancias | La navideña historia de Quetzalclós


De Tiempo y Circunstancias | La navideña historia de Quetzalclós



La historia que voy a contarte, querido lector, aunque parezca descabellada es absolutamente real y cobra vigencia en estos días, pues sucedió la víspera de Navidad de hace casi un siglo. Fue en 1930, cuando era presidente el Ing. Pascual Ortiz Rubio, que dicho aquí ínter nos, resultó electo mediante un proceso democrático calificado de intachable por la clase política dominante. Mientras, la historia calificó el proceso de marras como el mayor fraude político de su tiempo. Pero dejemos la política, pues esta es una historia navideña…

Dn. Pascual era un hombre de bien y deseaba, como todo presidente, dejar un legado. Su ejercicio del poder se fue llenando de anécdotas. Estas llevaron al pueblo a ponerle un sobrenombre: el Nopalito. Las malas lenguas decían que por baboso, pero este motete puede tener varias interpretaciones.

Un buen día su deseo lo llevó a un análisis brillante. Este habría de pergeñar una idea grandiosa. Para el Sr. presidente era evidente que los estadounidenses nos tenían hincado el diente; dado que habían financiado la Revolución primero y luego cobrado el financiamiento a precios leoninos, pero además sus productos invadían nuestro mercado y para ello imponían sus tradiciones, entre ellas estaba la del Santa Clos1, un viejo canoso, rubicundo, panzón que se vestía de rojo y se reía de nada y que nada tenía que ver ni con nuestras tradiciones, ni con nuestros niños. Era momento de terminar con esa odiosa tradición yanqui.

Ese día, el presidente de México salió de su castillo2 hacia su palacio3 con la firme idea de encontrar, entre los personajes de nuestra historia, alguien digno de la celebración navideña.

A la altura del Hemiciclo a Juárez, Dn. Pascual tuvo una revelación chamánica.

—¿Qué tal si tomamos como símbolo navideño a una deidad azteca?

La deidad azteca a la que se refería el presidente era nada menos que Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. A partir de ese día los niños le harían una cartita a la navideña viborita y esta les traería sus juguetitos.

El que la Navidad fuera una fiesta religiosa en la que se celebraba el nacimiento del Dios cristiano, y que el santo de la tradición fuera sustituido por una serpiente, animal maldito por Dios en el libro del Génesis, solo servían para enriquecer el entuerto que la imaginación presidencial había engendrado.

Dn. Pascual redondeó la idea e invitó a comer a su secretario de Educación, el Lic. Carlos Trejo y Lerdo de Tejada, para comunicar la brillante ocurrencia.

UNA POSADA NACIONALISTA

Antonio Garci4, al ocuparse de este suceso, narra que el licenciado Trejo, emocionado por la genialidad de su jefe, convocó a una rueda de prensa y dijo:

“Ayer tuve el honor de comer con el Sr. presidente de la república y me comunicó que en la fiesta que el día 23 de diciembre se celebrará en el Estadio Nacional a las 10 horas, destinada a repartir ropa y juguetes a diez o quince mil niños… el símbolo será Quetzalcóatl, de nuestras divinidades indígenas, de nuestros apóstoles precursores de la civilización cristiana. Con esto se persigue engendrar evolutivamente en el corazón del niño amor por los símbolos, divinidades y tradiciones de nuestra raza”.

El quetzalcoalismo cundió en la clase política mexicana. Esa que calificó de intachable la elección de Ortiz Rubio. La prensa y los discursos oficiales alabaron la idea del presidente.

Alfonso Taracena5 dice al respecto:

“El 21 de diciembre hubo una posada nacionalista: un señor Alpuche levantó un nacimiento con gradas teotihuacanas y con ‘ruinas de Mitla’ en vez de pesebre. En su interior, Alpuche: emplumado, lleno de barbas… fue paseado en parihuelas; los ‘peregrinos’ esparcían humo de copal; sonaban tambores y chirimías para acompañar ‘la cucaracha’; la letanía tradicional fue adaptada a los tiempos: ‘En nombre de Anáhuac, te pido posada, porque así lo quiere, Lerdo de Tejada’”.

En México, la Navidad siempre se ha celebrado de una forma muy particular. (Foto: Adobe Stock)

El 23 de diciembre se celebró en el Estadio Nacional la fiesta de Quetzalcóatl. La Serpiente Emplumada apareció radiante en una pirámide en el estadio, y entregó juguetes, dulces y suéteres rojos a los niños. El espectáculo tuvo el aderezo de un nutrido grupo de señoritas, de buen ver, vestidas como sacerdotisas aztecas y tehuanas que danzaban a ritmo de chirimías. El periodista que narra el acontecimiento no aclara si bailaban al son de la cucaracha u otra melodía. Al tiempo que esto sucedía los voladores de Papantla evolucionaban en el aire.

Atestiguaban el evento el Sr. presidente, su bella esposa, el cuerpo diplomático en pleno y el gabinete, además de distinguidos invitados. A las cuatro de la tarde, en punto, todos de pie, entonaron el Himno Nacional. La fiesta fue todo un éxito.

Al poco tiempo Carlos Trejo fue enviado como gobernador a Baja California y el presidente Ortiz Rubio renunció, por lo que no quedó nadie para defender la quetzalcoaleña tradición, y para diciembre de 1932 Santa Clos regresó por sus fueros a la Navidad.

Todo esto que te cuento, querido lector, sucedió en verdad, y si quieres puedes ir a la hemeroteca y buscar los periódicos nacionales del 24 de diciembre de 1930, o si de plano prefieres quedarte tumbado, pero tienes curiosidad, gogléalo en tu teléfono.

VAGÓN DE CABÚS

El acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá ya fue revisado y firmado por los funcionarios de los tres países. Es una buena noticia para nuestra economía. Ojalá que se traduzca en un retorno de las inversiones productivas y se convierta en ese regalo de Navidad que tanto necesitamos. Mientras se concreta esto, les deseo a nuestros lectores la más feliz de las Navidades.

  1. La grafía en inglés es Santa Claus; sin embargo, prefiero escribirlo como suena en castellano.
  2. El Castillo de Chapultepec era la morada presidencial en ese entonces.
  3. En aquel tiempo, como ahora, el presidente despachaba en Palacio Nacional.
  4. Garci, Antonio, Más pendejadas célebres de la historia de México, Ed. Planeta.
  5. Taracena, Alfonso, La verdadera Revolución Mexicana (1930–1931), Ed. Porrúa.

El autor es historiador y físico. Su vida profesional abarca la docencia, los medios de comunicación y la televisión cultural. Es autor del libro La maravillosa historia del tiempo y sus circunstancias.

 

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