Opinión | Pensar la democracia | Newsweek México


Opinión | Pensar la democracia

Una vez más los vértices de la democracia: instituciones, ciudadanía y procedimientos cierran un expediente satisfactorio, lejano a la desinformación y autoritarismo de la extinta Comisión Federal Electoral. Se dice que somos lo que comemos, lo que leemos, lo que soñamos, lo que pensamos…, sin duda, tenemos un poco de todo, es el ritmo de la cultura. Reparemos en la comunicación, fenómeno que se detona en la construcción de un mundo distinto y que nos tomó por sorpresa. La propaganda que recibimos con carga ideológica, la publicidad, la fama, se deberían fusionar en INFORMACIÓN, condición disruptiva de una nueva pedagogía a la velocidad de la luz. Aprender a utilizar la razón y dejar que la memoria conmemore y se complementa con lo preocupante y en nuestro interés.

Pensar la democracia es la ruta más adecuada para comprenderla, esta forma de vida invade la atmósfera de la vida compartida. Si la ideologizamos la convertimos en una semidiosa que legitima y legisla la vida social de manera incoherente e irracional. La democracia no puede ser la medida de todo lo social, el mundo de la vida es más amplio. En la democracia intervienen todas las facetas del desarrollo humano y de la convivencia, un tsunami de razas y culturas. Pensar la democracia como elemento ideológico es dar rienda suelta a su declive. Pensar la democracia de calidad es hacer la vida llevadera en términos de cordialidad, tránsito de valores a virtudes, inocula contra la locura y las ocurrencias.

La disrupción democrática cancela la soberbia y empodera la utopía. La democracia es un asunto público de significados, de narrativas, que convocan y unen para una vida compartida digna, la democracia es tema ético, requiere carácter, de lo contrario se abre la puerta a la violencia y se pierde “la ética cordial”. El pensamiento permite encontrar el valor de la Democracia:

Democracia = PENSAR + hacer / calidad política.

Encontrar su para resolver los problemas por vía de políticas públicas fundadas y motivadas por valores verdaderamente útiles.

Los cuestionamientos de la vida cotidiana son la base de todo cimiento democrático, es preciso dar los primeros pasos, las preguntas más elementales de la existencia personal y colectiva conllevan justicia y libertad. El inicio está en nosotros mismos, avancemos desde el fondo de nuestras reservas morales y éticas, examinemos nuestro modo de vivir, adaptémoslo a un mundo virtual. La experiencia democrática es experiencia de vida compartida, es el valor de hacerse responsable del Otro, encontrar en la otredad la fuerza social de la transformación de las primeras personas en un NOSOTROS responsable. Pensar la democracia es atenderla y no pervertirla, la reflexión política busca coincidir con la felicidad que otorga la política. La política es un tema del pueblo sin distinciones, la política no es franquicia, la política no es notaría pública del poder, la política no es concesión de Estado. La política es la sístole y la diástole de toda comunidad, en la que no se puede dar la ruptura, pues la política es la verdadera experiencia social. La democracia no es algo que se aprenda en solitario ni se coma en frío, se padece en su calidad, se aprende a través de sus métodos, son las reglas del juego del procedimiento electoral, el mísero detalle que constituye la educación de la razón, o sea el diálogo, un conversatorio que comunique y unifique para que los políticos no sean jamás “los políticos” sino parte de la comunidad.

El proceso electoral concurrente 2020 – 2021 es ya historia, por cierto, altamente satisfactorio de altura de miras cívicas y electorales. La ciudadanía contiene valores, virtudes, verdades, exigencias, inocencias, sabidurías, un tránsito del pasado al futuro de un mundo lleno de ideas y conceptos, de Jerónimo de la Cueva a José María Ponce, en un abanico inconmensurable de presupuestos que buscan los cambios verdaderos sin ideologías agónicas, sin narrativas anoréxicas. ¡Insisto!, a la democracia se le cuida en todos sentidos para que opere las transfiguraciones con la participación de la suma de minorías que la integran para la conversación plural con la visibilidad del Otro con todas sus circunstancias, aceptar las virtudes del Otro como un bien verdadero y auténtico e impulsar los hábitos deseados por vía de la educación y la cultura. ¡Es el reto!

Reacciones autómatas, uso excesivo de la memoria, posverdades aprobadas sin discusión por los interlocutores; la posmodernidad con sus tinieblas de desinformación que nos aleja de la cultura y olvida la responsabilidad compartida con las nuevas generaciones. El pensamiento crea la razón, pondera la democracia, insiste en la razón para que el diálogo sea verdadero e intenso, para que no agobie a la política. Un diálogo que nos enseña, al menos, a amar a nuestra Patria, amar la verdad, amar la política…

 

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