“Cinthya es un lujo de este hospital” | Newsweek México


“Cinthya es un lujo de este hospital”



FÉLIX Luis Viera (Cuba, 1945), articulista, poeta, cuentista y novelista, comparte con los lectores de Newsweek México un capítulo de Un mariachi viejo, novela inédita. “Me aseguró que no existía el crimen perfecto. ¿Cómo sería posible, chinito, saber de algún crimen perfecto si, precisamente porque fue perfecto, se desconoce?, ¿cómo sería posible saber que el señor X, propenso al infarto, no murió de un susto que le propinó su asesino?”…

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Cuando he estado con Cinthya en el hospital o en su contorno, quienes la saludan —si no son de esos colegas o enfermeras o enfermeros o empleados más cercanos, que con razón despachan efusividad—, parecen destilar respeto, incluso algunos le dedican cierta reverencia.

     “Cinthya es un lujo de este hospital”, me comentó en cierta ocasión uno de los porteros, sin más ni más, sin que mediara conversación alguna. Con esto de “lujo” quiso decirme que ella resulta la excelencia como médica o como ser humano o como ambas condiciones o como más. Me quedé mirándolo seguramente con la sorpresa en toda la cara. Me soportó la mirada y finalmente, como si quisiera estremecerme la dermis con la vista, expresó por lo bajo: “Hay que merecerla”. “¿Acaso usted cree que no la merezco?”. Le rechiné a la par que le devolvía la mirada en igual dimensión. “Quién sabe”, pronunció otra vez por lo bajo y ahora ladeando la vista. Le di la espalda y continué mi rumbo. 

     Luego de una racha de radiografías, ella me anticipó que tal vez las cuchillas que me desgarraban la espalda alta, a la par acalambrada, y la ausencia de sensibilidad en las yemas de los dedos, se marcharían por sí solas durante cierto tiempo. “Tal vez”, enfatizó. Yo temía que me recetara esas tracciones en las que uno, sentado, está agarrado por el mentón, que se halla inserto en un cabestrillo que a su vez es jalado por una cuerda que va hacia lo alto y mediante una rondana cae por detrás del asiento y porta en su extremo un peso variable, según el caso. De igual modo, si bien con tecnología, se aplica este tratamiento en salas de terapia. “Algo muy pesado”, me dije cuando, para no saberlo solo de oídas, me había nutrido sobre el tema en la Internet. “Algo humillante”, rectifiqué luego de contemplar con más detalles esa acción en la cual un hombre —o una mujer— es jalado hacia arriba como con odio. Decidí no comentarle este miedo. Pero la expectativa me fue machacando en demasía y por fin lo hice. Abrió a todo dar su sonrisa invasora, se tensaron sus labios y las ranuras acentuadas, armónicas de estos, parpadearon sus pestañas infinitas y jamás tocadas por los cosméticos creados por el ser humano —¿por la vacuidad del ser humano?—, el murmullo del agua dulce, agua dulce, que rueda leve, leve por la leve colina empedrada: “No, para eso ya es muy tarde, mejor le seguimos con los exámenes y para el mientras tanto te indico unos remedios de alivio, lo penúltimo sería visitar un neurocirujano, lo último la cirugía”. 

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     Conectó con un ortopedista y buen conocido suyo en el Hospital No. 2 del Seguro Social, “Dr. Guillermo Fajardo Ortiz” —adonde un día yo la acompañaría para las devoluciones a su ex que le quedaban pendientes, y sitio que contaba con el equipamiento que necesitaba mi columna cervical—, allá, en los inicios del final del mundo, en la colonia Villa Coapa. Era chino, o hijo de china y chino, nacido en la Ciudad de México. Errátil el chino. Me aseguró que quien persevera, triunfa. Yo, solo yo, me había topado en esta vida con tantos perseverantes que ni siquiera le habían pasado cerca al triunfo. Me aseguró que no existía el crimen perfecto. ¿Cómo sería posible, chinito, saber de algún crimen perfecto si, precisamente porque fue perfecto, se desconoce?, ¿cómo sería posible saber que el señor X, propenso al infarto, no murió de un susto que le propinó su asesino?, ¿o que la señora X, súbdita de la gula, no falleció debido a un hartazgo de chocolates o de sopas mixtas o de arroces con carnes o de arroces con faisán tocados con plomo fino en sus adobos, invitada por su asesino? Me aseguró que en esta vida nada es imposible. ¿Pero cómo lo has tomado por cierto, te has sumado a la candidez promedio, asiático?: ¿acaso ahora, en estos instantes, podría yo visitar la Luna, algo que tanto necesito a ver si descanso al menos unos días alejado de este fárrago terrícola que en demasía me atribula? Me dedicó otro par de máximas desatinadas y solo sonreí, para finalmente aconsejarle: Repiénselo, doctor, repiénselo, por favor. 

     He leído, escuchado y visto por la radio y la televisión y me ha llegado mediante anécdotas en directo, que el Hospital No. 2 del Seguro Social es “la exuberancia diseñada con regla de cálculo y poesía”, “una estrella terrestre”, “muestra el rango del decoro, la humildad de un pueblo mágico, la certeza de una flecha”, y más y más de este tenor. Pero hay un fruto que no estuvo en la mente de sus arquitectos, proyectistas, creadores en fin; aun quizá ellos no lo encontrarían si contemplasen hoy su obra, puesto que se trata de esos resultados que, gracias a Dios, nacen por sí solos, por su cuenta, sin que el iniciador los haya previsto: El claroscuro que, en el atardecer, se va expandiendo a lo largo de la pérgola que viene desde la puerta, allá en la verja, hasta la entrada principal del edificio.

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     La última tragedia que me destinaron consistió en permanecer acostado bocarriba en un túnel, inmóvil sobre una camilla durante unos veinte minutos, subordinado de una mujer. Cuando yo entraba en el recinto, se me presentó como la técnica encargada. Tiene acaso treinta años y es apiñonada. Aquí llaman apiñonadas a las personas de piel ligeramente morena —como las semillas de cierto piñón— y por lo general sin trazas de indígenas en sus facciones. En Cuba, trigueñas claras. Esta técnica, agrego yo, es una trigueña en llamas. Sus ojos, aunque más chicos, tienen ese negror interminable como los de Cinthya. Ella habría captado que yo sentía miedo de entrar en el túnel, pues dos o tres veces, casi a seguidas, me dijo no se preocupe. ¿Acaso sufría yo de claustrofobia?, me preguntó. Lo cierto es que hasta ese momento yo no lo había considerado. Es decir, hasta ese momento nunca había estado por entrar en un túnel; un túnel corto y al que debía acceder de modo horizontal, pero un túnel. También le confié que me sentía ridículo con la bata —la única que en el vestidor se hallaba doblada en un resguardo, limpia— (tan chica que se me notaba el sexo), ella me replicó que no me preocupara por el ridículo, no sería por mucho tiempo y además lo haría únicamente ante ella. Y agregó que ya dentro del túnel y en plena faena, no debía preocuparme al escuchar ciertos ruidos; eran los propios del escáner. Seguí sus indicaciones: me acosté bocarriba en la tablilla de metal, acoplada sobre la base también de metal, con las manos entrelazadas, los brazos extendidos hacia atrás. La tablilla me llevaría hacia dentro. Si acaso me sentía mal lo diría en voz alta, un intercomunicador en el área sobre mi cabeza se lo haría llegar; también por este yo recibiría algún aviso de su parte, principalmente en los recesos que marcaría el examen. Lo último que vi un segundo antes de hallarme completamente horizontal, fueron sus tetas afincándose contra la pechera de su bata alba; agresivas; no tuve dudas de que eran erectas, altaneras, y sus pezones oscuros, pero esplendentes. Cuando escuché “Ya terminamos”, estaba a punto de gritarle que me sacara. Le fie que el chinito ortopedista resultaba un tipo superficial. La amargura le agarró todo el rostro mientras me preguntaba por qué, sin más, le decía eso. Yo estaba sentado ya en la camilla preparándome para ponerme en pie y cambiarme de ropa y calzarme. Con los hombros y la cara le contesté con el gesto de “no sé, se me ocurrió”. El chinito era su marido. A petición de él, ella se había quedado hoy un poco más allá de su horario, para atenderme. El chinito y Cinthya eran excondiscípulos —eso yo lo sabía—. Él era brillante. Ella se llamaba María Fernanda. No pude evitar mirar a sus senos con total imprudencia. Ella y el chinito ahora estaban separados, pero seguramente volverían dentro de poco, como en otras ocasiones. La causa: él resultaba un casanova. Me respondió. Y esta vez había pasado la raya por mucho: con una doctora del propio hospital. Sabes, María Fernanda, aunque apenas te conozco, estoy seguro del tanto valer que posees; de modo que por favor procura atraer toda la entereza de la que seas capaz, que seguramente es mucha, aunque no te hayas dado cuenta, y plántale, aplícale un hasta aquí, un “esta es la última vez, tenlo por seguro”; sé fuerte, María Fernanda, cede solo cuando él te haya jurado que no ocurrirá nunca más. Le dije. No lo había pensado de esa manera, murmuró más bien con la vista en el piso. Me puse en pie y me fui al vestidor; a cuatro pasos más o menos. Sentí que mi pinga y mis testículos respiraban aliviados cuando me saqué la bata. Quedamos frente a frente junto a la puerta. Sí —dijo cuando retomamos la conversación—, ella había intentado cortar con él definitivamente. Pero no lo lograba. Siempre volvía; y en ocasiones aun era la iniciadora de la reconciliación. Por estos días estaba en casa de su mamá, con el hijo, de cinco años. La casa de ella y el chino se hallaba cerca del hospital; a unos cuatro kilómetros. La de su mamá lejos: en la colonia Olivar del Conde, donde principiaba el oeste de la enorme ciudad. Él tenía el automóvil; ella, en peseros, autobuses y taxis, dedicaba no menos de dos horas y media al viaje de ida y lo mismo al de regreso del hospital. ¿Podríamos vernos mañana sábado en el lugar y hora que ella eligiera, siempre que no fuese desde el alborear al mediodía, cuando debía estar en el periódico? Lo mejor sería en casa de mamá en la noche —contestó mediante un susurro casi, mirándome recto a la cara, como implorante; su voz, de timbre levemente opaco, temblaba— luego que se duerma mi hijo, como a las ocho y treinta. Contestó y de inmediato me dictó un cursillo acerca de cómo llegar a la colonia Olivar del Conde, a su calle, a su cuadra, a su casa. Llegué frente a su puerta unos minutos antes de las ocho y treinta. Para estar seguro, debí repasarle la vista al número en la fachada; la zona tenía poca luz y aun menos esa acera. A mi derecha el timbre, acaso a la altura de mi cabeza y empotrado en el marco de madera. Cuando iba a pulsarlo, decidí irme. N

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