Opinión | De tiempo y circunstancia: La muerte puede esperar


Opinión | De tiempo y circunstancia: La muerte puede esperar



En el Día de Muertos la muerte traspone el umbral del duelo y se hace fiesta, pero ¿qué pasaría si se acabara la muerte? ¿Sería posible?

Está a punto de visitarnos la huesuda. Las panaderías exhiben los clásicos panes. En la oficina y en la escuela surgen las calaveras, versos sarcásticos en los cuales la muerte se mofa de todo y de todos, la gente se disfraza de muerte Catrina y desfila por Reforma, los niños piden su calaverita o su jálogüin.

La fiesta es un modo de aceptar lo inevitable y, sin embargo, la línea fatal, año con año, se desplaza a nuestro favor.

Un artículo de la revista Time anunciaba, en febrero de 2015, que los humanos de 2050 viviríamos 140 años. El artículo tomaba en cuenta el aumento constante en la expectativa de vida.

Si se observan los promedios de vida de las décadas de los años 1920 a la actualidad vemos que en aquellos años era de 30 años; en la década de 1930 el número había subido a 35 años, y en la de 1940 subió a 40 años; en los 1960 el promedio de mortandad se ubicaba en los 60 años, y en los 1990, en 72 años, es decir, en siete décadas la esperanza de vida se había desplazado más del doble. 

Hoy la esperanza de vida en México es de 79 años, y lo que ha sucedido en México también sucedió en el resto del mundo.

El razonamiento supone que si en cien años, de 1919 a 2019, la esperanza de vida ha aumentado 2.6 veces, en 30 años podría crecer un 80 por ciento, y esto nos llevaría a 140 años.

Este argumento tiene fortalezas y debilidades, pues de algún modo predice que la vida puede alargarse indefinidamente hasta el momento en que sea prácticamente eterna.

¿Cómo y por qué se ha aumentado tan dramáticamente, en un siglo, nuestra expectativa de vida?

Una causa fundamental es el incremento de las prácticas de higiene, desde la limpieza personal y del grupo hasta la limpieza del agua para las necesidades de los ciudadanos y el drenaje subterráneo para los deshechos.

Luego vino la ciencia con vacunas y antibióticos, imágenes de rayos x, gamma y resonancias magnéticas donde el interior del cuerpo humano y sus enfermedades se revelan a los cirujanos y médicos para administrar el tratamiento puntual y acertadamente.

La fiesta es un modo de aceptar lo inevitable y, sin embargo, la línea fatal, año con año, se desplaza a nuestro favor.
Foto: Adobe Stock

LA FRONTERA DEL CÁNCER

Todo esto se centra en tratar la enfermedad del paciente. Hoy una de las fronteras es el cáncer, pero poco a poco se logran avances en terapias contra este.

Una de las causas del cáncer son los radicales libres y estos tienen que ver con los procesos de aprovechamiento de oxígeno de la célula para producir energía a partir del alimento.

El Premio Nobel de Medicina de este año se les otorgó a dos médicos estadounidenses y uno inglés: Gregg Semenza, William Kaelin y Peter Ratcliffe. Los tres, de manera independiente, se dedicaron a desentrañar los procesos mediante los cuales las células se adaptan a la variación en la disposición de oxígeno.

Esto nos interesa a quienes vivimos en Ciudad de México pues, aunque no lo sepamos, la cantidad de glóbulos rojos en nuestra sangre es mayor que en un individuo que vive a nivel del mar.

Esto se debe a que, conforme aumenta la altura, el aire es menos denso y la cantidad de oxigeno por litro de aire es menor y esto condiciona nuestra esperanza de vida.

La disposición de oxígeno es variable para cada individuo. Los glóbulos rojos son los encargados de transportar el oxígeno a las células. La hormona encargada de regular la producción de estos glóbulos es la eritropoyetina (EPO).

Semenza y Ratcliffe descubrieron un complejo proteico que se encarga de esta función y lo llamaron “factor de hipoxia inducible (HIF)” —hipoxia significa baja oxigenación—.

William Kaelin por su parte centró sus estudios en un gen que predispone al cáncer y es hereditario. A este trastorno se le llama enfermedad de Von Hippel-Lindau y, en consecuencia, al gen se le llamó VHL.

Kaelin descubrió que cuando las células no tienen un gen VHL funcional producen niveles anormalmente altos de genes regulados por hipoxia, pero que al dotar a la célula con el gen funcional los niveles de HIF regresaban a la normalidad.

La forma en que la célula prendía o apagaba su maquinaria genética para adaptarse a condiciones de escasez o sobreabundancia de oxígeno era un misterio hasta el descubrimiento de estos tres científicos.

Estos procesos intervienen en enfermedades como el cáncer, el infarto, los derrames cerebrales, la anemia y las infecciones. Entender su función es vital en el estudio del metabolismo y los procesos inmunes que son actores principales del proceso de envejecimiento.

Así las cosas, el descubrimiento de estos científicos se traducirá en tratamientos para que un metabolismo defectuoso se corrija, un proceso canceroso se evite o se cure y un infarto cerebral o la demencia senil se retrasen o se eviten.

¿LIMITE PARA LA VIDA HUMANA?

En 2017 se publicó en la revista Nature que el limite para la vida humana era de 115 años.

El estudio se abocaba a dos grupos de población, uno que iba de 1998 a 1994, y otro, de 1995 a 2006, y en ninguno de ellos se consideró a Jeanne Calment, quien alcanzó los 122 años y es la mujer que más ha vivido; cuando se hicieron los registros para el primer grupo Jeanne estaba viva, y cuando se hicieron los datos para el segundo, ya no.

De modo que la longeva anciana se quedó fuera del estudio y eso desató la controversia. Hubo quien afirmó que el limite no era 115, sino 120 años; otros dijeron que 150, y finalmente hay quien afirma que no habrá en el futuro límite para el periodo de vida humana.

Las estadísticas muestran una barrera a la vida que se encuentra alrededor de los cien años para la población en general, y conforme envejecemos la química cerebral cambia llevando a los ancianos a desear la muerte.

Sin embargo, esa química cerebral puede ser manipulada, y con tratamientos adecuados, en algunos casos se recupera el deseo de vivir activamente.

El grupo de los “sexalescentes” —individuos de más de 60 años que llevan una vida activa— vive pletórico de intereses y de ninguna manera se resigna a morir en el corto plazo.

El proceso de envejecimiento aún tiene misterios.

No se ha llegado al tratamiento integral de la célula, pues aún falta información. Un área de capital importancia es la oxidación de esta, que puede llevar a mutaciones cancerosas.

Estas células no envejecen, pero su proliferación desordenada invade tejidos y mata al paciente; paradójicamente, la célula cancerosa contiene la clave del misterio de la reparación celular. El Premio Nobel de Medicina este año es por un avance en esta dirección.

Hasta ahora el proceso de envejecimiento ha sido visto por la ciencia como algo natural e irreversible. Natural sí, pero irreversible, quién sabe.

Desde hace un par de décadas se han comenzado a tratar los síntomas del envejecimiento y hemos logrando un nivel de bienestar en poblaciones de la tercera edad que está cambiando a nuestra sociedad.

Es difícil predecir si hay un limite o no al periodo de vida humano. Los datos muestran que la esperanza de vida se alarga, en la población general, en un año cada cinco, y de seguir la tendencia es posible que algún día la muerte por envejecimiento deje de ser inevitable. 

Mientras esto sucede, yo le voy a poner la ofrenda a mis muertos.

VAGÓN DE CABÚS

Las dos entregas anteriores fueron “Viva la soberanía” y “Fuego amigo”. Estas resultaron preludio a la petición del embajador estadounidense para atrapar a Ovidio Guzmán y al fracaso del operativo en el que se le liberó. A veces resulta doloroso anticiparse.

El autor es ingeniero, físico e historiador. Su vida profesional abarca la industria, la docencia y los medios de comunicación. Ha sido guionista, conductor y productor de programas educativos de la televisión cultural.

 

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