Coaliciones entre contrarios | Newsweek México




La semana pasada se desarrolló en el fórum cultural de León la cuarta edición de la Bienal Territorios en Movimiento, evento que desde hace seis años organiza la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Campus León de la Universidad de Guanajuato. Como profesor de esa división, siempre he participado presentando alguna ponencia; en esta ocasión se me convocó a comentar un libro. Se trató del texto ¿Alianzas contra natura o anti hegemónicas? Las alianzas PAN-PRD en los estados mexicanos, que fue coordinado por los doctores Diego Reynoso y Orlando Espinosa Santiago. Esto bajo el sello editorial de Tirant lo Blanch.

El libro despliega una crónica analítica de los diversos momentos en los que las oposiciones electorales de izquierda y de derecha se han unido con la finalidad de presentar un frente común ante un partido hegemónico en el ámbito subnacional mexicano, es decir, en los estados de la federación. Son catorce casos, desarrollados por dieciocho autores, que analizan momentos electorales específicos en entidades que han experimentado alguno de los modelos de coalición que la literatura politológica internacional denomina “alianzas ideológicamente incongruentes”, pero que en México se han hecho mejor conocidas con el epíteto que les endilgó el exlíder del PRI, Manlio Fabio Beltrones: el de “alianzas contra natura”.

Es de todos conocido que el sistema mexicano de partidos ha evolucionado desde un esquema político centralista y autoritario, que construyeron los llamados “gobiernos posrevolucionarios”. Un sistema basado en el presidencialismo personalista, para el cual los partidos, incluyendo el oficial, cumplían un papel más ceremonial y testimonial, y no el de mecanismo y banda de trasmisión de los intereses contradictorios de conjuntos de la población heterogéneos. El partido de Estado fue producto de la negociación obligada por parte de los componentes masivos de esa entidad que la ideología nacionalista revolucionaria identificó como “el pueblo”, y por lo mismo era inconcebible que la competencia política se ubicara fuera de sus márgenes institucionales. El partido de la revolución era omnicomprensivo, paternalista y excluyente, ya que en su seno existían los espacios suficientes para dirimir cualquier diferencia producto de la lucha de clases. Fuera del partido oficial sólo podían ser toleradas las agrupaciones reaccionarias, los autoexcluidos del proyecto nacionalista, los partidos testimoniales o “de maceta”, y las corporaciones religiosas o confesionales. Así funcionó el sistema político a lo largo de las décadas posrevolucionarias y de la hegemonía del presidencialismo monopartidista; es decir entre 1930 y 1991.

A partir de los años noventa el sistema autoritario mexicano, calificado por Giovanni Sartori como “hegemónico pragmático”, comenzó a hacer agua en diversos puntos, pero muy en particular en sus periferias. La emergente sociedad civil, nacida con los sismos de 1985 y el trauma electoral de 1988, colocaron al modelo partidista producto de la reforma de 1978 –un modelo prematuramente avejentado—, en una peligrosa orilla crítica; es decir al borde de un estallido social, que se expresó en la materialidad de la rebelión zapatista de 1994.

Varias entidades del país comenzaron a experimentar procesos comiciales emproblemados, por no calificarlos de viciados o fraudulentos. El modelo político hegemónico no había tenido necesidad, hasta entonces, de acudir a estrategias tan desaseadas como las que surgieron en los años ochenta y noventa; la legitimidad que le otorgaba al autoritarismo su eficacia para mantener la paz y el desarrollo social, le permitía ganar las elecciones sin mayores problemas. Con notables excepciones como León en 1946 y 1976.

Los casos analizados en el libro plantean la aparente contradicción de construir alianzas entre partidos ideológicamente antagónicos, como lo son el PAN y el PRD. Institutos ubicados en polos contrarios del espectro derecha-izquierda, pero que comparten vocación democrática y de poder, por lo que se han visto capaces de conjuntar sus públicos electorales para lograr desbancar en muchos estados el dominio histórico del PRI. Los casos ilustran un balance parcialmente positivo de esas alianzas entre contrarios: sólo en el 50% de los casos ganaron la elección. “De las 4 alianzas de este tipo conformadas previo al año 2000 sólo 1 resultó ganadora (Nayarit 1999), mientras que, de las 5 alianzas conformadas en 2010, por ejemplo, 3 resultaron ganadoras (Oaxaca, Puebla y Sinaloa), y la misma proporción de victorias se produjo en 2016 (Durango, Quintana Roo y Veracruz).” (p. 442) Esto tal vez explique la suerte que sufrió la alianza “Por México al Frente” en este reciente proceso del 1 de julio de 2018, pero ahora ante una nueva hegemonía que parece reivindicar las aspiraciones del nacionalismo revolucionario, al que prematuramente se le dio por muerto ante el neoliberalismo.

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