Las promesas que Trump no podrá cumplir


Las promesas que Trump no podrá cumplir

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Al igual que cinco de sus modernos predecesores, el presidente Donald Trump heredó una economía creciente cuando se mudó a la Casa Blanca el año pasado; de hecho, fue una expansión récord desde las profundidades de la Gran Recesión. Pero la simple expansión no era lo suficientemente “de las Grandes Ligas” para Trump. Él prometió dar un gran impulso a la economía y, cuando los republicanos aprobaron un paquete de estímulos por 1.5 billones de dólares, la tarea parecía fácil. Larry Kudlow, su principal asesor económico, pronosticó “un crecimiento económico de 3 a 4 por ciento por un prolongado lapso de tiempo”. El presidente no se mostró menos efusivo. “La economía está al alza, en el mayor auge de todos los tiempos”, tuiteó, “y se pondrá aún mejor”.

Pero ese es el detalle: no ha sido así. Y probablemente no lo será.

Si bien la tasa de desempleo es baja, la inflación sigue siendo débil y el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) superó el 3 por ciento en el segundo trimestre, como prometió Trump, algunos economistas han comenzado a reconsiderar sus cálculos más optimistas. La razón: Trump mismo. Su programa político de “Estados Unidos primero” parece obstaculizar sus propios objetivos. Políticas como los recortes fiscales corporativos, diseñadas para expandir el empleo y la inversión chocan con otras que tienden a hacer lo contrario. (Y eso fue antes de que el presidente emprendiera una guerra comercial internacional al imponer aranceles al acero y al aluminio provenientes de otros países y de que, a principios de junio, insultara al primer ministro de Canadá, el segundo socio comercial del país, calificándolo como “muy deshonesto y débil”).

Tomemos como ejemplo la inmigración. En los términos más amplios, nuestra economía necesita que la población crezca para alimentar el PIB. Los cálculos son simples. El gasto del consumidor constituye cerca de 70 por ciento del PIB: cuantos más consumidores, tantos más productos consumidos. Sin embargo, la población crece a un ritmo de menos de 1 por ciento anual. Si se reduce drásticamente la inmigración, por ejemplo, imponiendo una política de “tolerancia cero” para las personas que entran ilegalmente al país, ese crecimiento disminuye, se forman menos familias, se venden menos mercancías y se crean menos empleos. La tasa de natalidad en Estados Unidos se encuentra en un mínimo récord, de acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades, lo que significa que no estamos produciendo los suficientes trabajadores para reemplazar a los miembros de la generación de la posguerra que actualmente están jubilándose. Y en sus años de jubilación, el gasto de estas personas se reduce paulatinamente hasta que, finalmente, cesa.

Esto solo se refiere al aspecto de la demanda. Del lado de la oferta, lugares como Branson, Missouri, pasan grandes dificultades para encontrar suficientes trabajadores extranjeros para la atareada temporada de verano, debido a que las visas H2B (que permiten que los empleadores contraten a trabajadores extranjeros, generalmente por temporadas) se han retrasado o han sido negadas. Qué deliciosa ironía: una ciudad turística que, en teoría, es totalmente estadounidense, no tiene suficientes inmigrantes para mantener las salas de música, restaurantes y hoteles en plena operación. Los balnearios costeros desde Maine hasta Miami han informado carencias similares.

De igual manera, la industria de la vivienda no puede construir suficientes casas para satisfacer la demanda. Por ejemplo, la reciente decisión de Trump de dar fin al Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) para cerca de 60,000 hondureños afecta directamente a la industria de la construcción en Texas y Florida. En Texas, 24 por ciento de los hondureños con TPS trabajan en la industria de la construcción; en Florida, la cifra asciende a 29 por ciento, de acuerdo con UnidosUS, una organización para la defensa de los derechos civiles de los latinos. Eso significa que las nuevas casas son más costosas porque el inventario es escaso. El incremento de precios también se debe a las crecientes tasas de interés de las hipotecas, las cuales han crecido mientras la Reserva Federal comienza a “normalizar” las tasas de interés, y al arancel de Trump a la madera canadiense, que ha incrementado los costos de construcción en 6,000 dólares por casa.

Mientras tanto, las autoridades migratorias de Estados Unidos han realizado redadas a gran escala en las empresas de jardinería y en las empacadoras de carne, capturando a cientos de empleados que no tienen los papeles de trabajo adecuados. Si bien las restricciones a las visas y las redadas en los lugares de trabajo cumplen con la promesa de Trump de emprender medidas enérgicas contra los inmigrantes indocumentados, la Federación Nacional de Empresas Independientes informa que más de una de cada tres pequeñas empresas tienen puestos vacantes que no pueden cubrir, y cerca de la cuarta parte de ellas afirman que ese es su principal problema. Y el nuestro también. Se proyecta que el suministro de mano de obra crezca a tan solo 0,5 por ciento anual, de acuerdo con la Oficina Presupuestaria del Congreso; eso representa otro pie en el freno al crecimiento del PIB.

El recorte fiscal de 1.5 billones tampoco ha hecho mucho para fomentar el crecimiento. La mayoría de los recortes fueron para las corporaciones y para los ricos; en el último caso, eso es típico de los recortes fiscales, ya que los ricos son quienes pagan más impuestos. Sin embargo, las corporaciones tomaron sus ahorros fiscales y readquirieron 178 ml millones de sus acciones en el primer trimestre, en lugar de invertir más en producción o salarios. Estas recompras trasmiten riqueza a los accionistas, pero recordemos que, actualmente, estos tienen ingresos desproporcionadamente altos y están más inclinados a ahorrar que las personas que ganan el salario promedio de 59,000 dólares en Estados Unidos. “La idea de que disminuir las tasas de impuestos a los ricos y a las empresas produciría una corriente que levantaría a todos los estadounidenses e incrementaría las inversiones en los negocios ha sido totalmente desacreditada”, declaró a Newsweek Bernard Baumohl, economista global en jefe del Grupo Panorama Económico. “Sin embargo, como un zombie, no ha dejado de levantarse de la tumba”.

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En esta foto, proporcionada por la Oficina de Prensa del Gobierno Alemán (BPA), la canciller alemana Angela Merkel delibera con Trump sobre las actividades suplementarias del programa oficial en el segundo día de la cumbre del G-7 el 9 de junio en Charlevoix, Quebec. Foto: Getty Images.

En otras palabras, las personas que realmente gastan una mayor parte de sus ganancias no obtienen mucho más para gastar debido a que los salarios no han crecido muy por encima de la inflación, a pesar del decreciente índice de desempleo y de los recortes fiscales. De acuerdo con el Instituto de Política Económica, un grupo de analistas de izquierda, los trabajadores necesitan incrementos salariales de 3.5 a 4 por ciento anual para beneficiarse del crecimiento económico, una cifra que no han alcanzado. El economista Lakshman Achuthan, jefe de operaciones del Instituto de Investigación del Ciclo Económico, una empresa de consultoría, ha observado que el crecimiento de los salarios y el del gasto están disminuyendo, al tiempo que los consumidores financian una mayor parte de sus gastos mediante el crédito. “Está ocurriendo una desaceleración oculta”, declaró a CNBC.

La obsesión mal orientada de Trump con el déficit comercial de Estados Unidos es otra amenaza para el crecimiento. La perspectiva de una guerra comercial prolongada con Canadá, China, México y Europa vuelve loco al comercio mundial, mientras el gobierno aumenta los precios del acero y el aluminio. Las empresas no pueden hacer planes porque los cálculos de costos están por todas partes. La Cámara de Comercio de Estados Unidos está paralizada. Mientras tanto, los partidarios del libre comercio y los proteccionistas del Partido Republicano apenas pueden disfrazar el desdén que sienten unos por otros. “¿Qué dirán nuestros amigos de una conducta tan errática? ¿Cómo responderán a esas acciones tan confusas?”, preguntó en un tuit el senador por Arizona Jeff Flake, un partidario tradicional del libre comercio del Partido Republicano. Por supuesto, Trump afirma que Estados Unidos no puede perder una guerra comercial. Su razonamiento: con un déficit comercial de 566 mil millones, ya estamos perdiendo.

Pero de hecho, sí podemos perder, de acuerdo con cualquier economista que no trabaje para la Casa Blanca. Más de 1,100 economistas, entre ellos, 14 galardonados con el Premio Nobel, firmaron una carta al Presidente, convocada por la Unión Nacional de Contribuyentes; en ella, advierten que una guerra comercial es un error peligroso. Con un arancel de 25 por ciento al acero y de 10 por ciento al aluminio, por ejemplo, los consumidores pagarán 5.9 mil millones más cuando los fabricantes les transfieran el aumento de costos, según un estudio realizado por el Foro Estadounidense de Acción, un grupo de analistas de centroderecha. Aunque los aranceles ayudan específicamente a los trabajadores metalúrgicos, producen una pérdida neta de empleos en todo el espectro. En un análisis realizado por la Sociedad de Comercio, una consultoría económica de Washington, D.C., los aranceles a los metales podrían costar a la nación más de 400,000 empleos: más de 15 empleos perdidos por cada empleo ganado en la industria metalúrgica. Conforme aumenten los precios de las mercancías terminadas en las que se utiliza acero y aluminio, como los automóviles, los consumidores comprarán menos de ellas. Esto producirá una cascada de malos resultados, desde reducciones en el sector servicios hasta pérdidas de empleos en el área de fabricación, los cuales, finalmente, producirán un menor gasto familiar en cosas como el entretenimiento. Esto reducirá 0.2 por ciento del PIB a corto plazo, de acuerdo con la Sociedad de Comercio.

Cualesquiera que sean las desigualdades que Trump desee compensar, por ejemplo, el dumping de China al precio del acero por debajo de su costo en el mercado estadounidense, el comercio es más complejo que ganar o perder en un mundo de cadenas de suministro mundiales y sociedades estratégicas. Por ejemplo, en noviembre pasado, Goldman Sachs anunció un compromiso de 5,000 millones de dólares con China Investment Corp., la empresa de inversión de ese país, para financiar a fabricantes estadounidenses que venderán mercancías a China. “Estas mercancías, evidentemente fabricadas en Estados Unidos, crearán empleos en este país” dijo Lloyd Blankfein, que en ese tiempo era el director ejecutivo de Goldman. Ese tipo de inversión local se ve amenazada cuando el gobierno promete aranceles de hasta 450,000 millones a mercancías de China, su mayor socio comercial. Faryar Shirzad, codirector de asuntos del gobierno de Goldman, observa que muchas exportaciones de Estados Unidos no pueden simplemente “colocarse en un barco y enviarse a través del mar”. La parte global del comercio mundial significa que empresas como Boeing necesitan recursos materiales y humanos en China y en Estados Unidos. Para hacerlo, los países necesitan ser socios y no adversarios.

Y estamos creando adversarios en un momento en el que necesitaremos amigos. El crecimiento de las economías del G-7 se reduce claramente. De manera predecible, Canadá planea imponer aranceles por 12.8 mil millones de dólares, y México, por 3,000 millones a los productos estadounidenses. Las mercancías afectadas van desde la carne de cerdo, y 32 por ciento de las exportaciones de ese tipo de carne van hacia México, de acuerdo con el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, hasta los frijoles de soya y el acero, mientras que la Unión Europea planea imponer aranceles inicialmente por 7.5 mil millones de dólares a diversos bienes, entre ellos, las motocicletas y el whisky. Pero en lugar de resolver sus diferencias con los líderes mundiales en la reunión del G-7 en Canadá, Trump agravó la guerra comercial, convirtiendo a los automóviles extranjeros en su siguiente objetivo.

Mientras tanto, la combinación de aranceles impuestos por los aliados de Estados Unidos perjudicarán a los granjeros y a las empresas fabricantes de Estados Unidos, como Harley-Davidson, sectores que son una parte importante de la base política del presidente estadounidense. Trump arrasó en estados del corredor industrial de ese país como Pennsylvania, Ohio y Michigan en 2016, en parte, debido a su promesa de revivir sus economías industriales. Ahora, esos lugares serán los más afectados por cualquier represalia.

El presidente no parece registrar estos riesgos cuando proclama “la mejor economía en la historia de nuestro país”. Historiadores, economistas, y quizá sus propios partidarios, podrían opinar lo contrario.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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