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Millones de personas han visto cómo las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico eran asesinados para ellos y en ellos por una enseñanza muerta y por la vengativa mediocridad, quién sabe si subcons ciente, de los pedagogos frustrados.

He estado en cientos de salones de clase. Algunos, muchos, únicamente masculinos; algunos, los menos, únicamente femeninos, como Nabokov en Wellesley. Es fácil saber cómo comportarse en ellos. Lo difícil, lo realmente difícil para un docente, para mí como docente es saber cómo comportarse en un salón compuesto de hombres y de mujeres, de niños y niñas, de jóvenes de ambos sexos.

¿Qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano? (…) ¿Cómo es posible pagar por la transmisión de sabiduría, de conocimiento, de doctrina ética o de axiomas lógicos? ¿Qué equivalencia monetaria o patrón de cambio se puede establecer entre la sagacidad humana y la entrega de la verdad, por una parte, y unos honorarios en metálico, por otra?

Resulta asombroso, me sigue resultando asombroso, que alguien considere entrar a un salón de clases algo para llegar a fin de mes, a fin de quincena. Resulta asombroso que sea más importante el peculio que las personas, algo que en cualquier otra profesión, incluida la medicina, puedo entender. Pero no en la transmisión de conocimiento, en el vivir en otra persona por medio de lo que sabe. Nadie debería cobrar por ello si no demostrara amarlo lo suficiente.

La auténtica enseñanza es una vocación. Es una llamada.

Entrar por primera vez en un salón de clases es siempre, siempre por muchas veces que se repita, único. No sólo para descubrir a quiénes habrá que intentar comunicarles algo, lo que sea, sino también para descubrir entre ellos, aunque no siempre lo hay, un discípulo. O una discípula. Nabokov lo dijo mejor. “Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad (…) para reconocer de inmediato, por signos inefables al pequeño demonio mortífero”.

Evidentemente, las artes y los actos de enseñanza son, en el sentido propio de este término tan denostado, dialécticos. (…) «Cuando soy más yo es cuando soy tú», como dijo Celan.

Y se trata después de encontrar las palabras exactas, las que a la vez transmitan lo que debe saberse y lo que no debe saberse. Se trata de encontrar el punto exacto en el tiempo, un descanso en las labores de la mañana, en el espacio, un lugar que no sea ni el salón ni esté alejado de él, para confirmar la elección.

La intensidad del diálogo genera amistad en el sentido más elevado de la palabra. Puede incluir tanto la clarividencia como la sinrazón del amor. Consideremos a Alcibíades y Sócrates, a Eloísa y Abelardo, a Arendt y Heidegger. 

Al final uno acaba siendo “cómplice de una posibilidad trascendente”. ¿Qué pasa después? Nadie lo sabe. Y, tal vez, a nadie le interese. A nadie deba interesarle.

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