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La crucifixión del anticristo

Publicado el 7 de julio, 2017
La crucifixión del anticristo

LA CAÍDA de Travis Kalanick, cofundador de Uber, está resonando en Silicon Valley como el mazazo en un gong que anuncia el fin de un espectáculo espantoso. Y ahora parece que la industria de la tecnología quiere aprovechar la oportunidad para salvarse de sus peores excesos.

Kalanick no es, ni por asomo, el único problema de Silicon Valley en la década de 2010. Muchos actores pésimos han contribuido a crear un universo tecnológico plagado de misoginia, locura financiera, irresponsabilidad social y una conducta general digna de imbéciles. No obstante, Kalanick se las ingenió para combinar todas esas características en una sola persona. Una hazaña singular que solo encontramos en los rincones más siniestros de nuestra sociedad. Y en la Casa Blanca.

Así que, a fines de junio, cuando un grupo de los principales inversionistas de Uber exigió la renuncia de Kalanick como presidente, la medida pareció simbólica; y esperanzadora. Aquí quiero describir cuatro formas sobre cómo el final de la era Kalanick puede mejorar Silicon Valley.

1. Combatir la discriminación. A estas alturas, Silicon Valley y el tratamiento deleznable de las mujeres van de la mano como la NFL y el traumatismo cerebral. Es demasiado prevalente para ignorarlo. Una encuesta, titulada “Elephant in the Valley” (El elefante en el Valle), reveló que 60 por ciento de las mujeres que trabajan en la industria había recibido propuestas sexuales no deseadas en el lugar de trabajo, y que un tercio de esas mujeres temía por su seguridad física. Abundan las quejas de mujeres que no consiguen los mejores empleos, no reciben financiación de capitalistas de riesgo y no perciben salarios equiparables. La cultura de Uber terminó siendo una de las más gravosas para las mujeres, como dejaron claro un blog de la exempleada Susan Fowler, y un informe del exfiscal general, Eric Holder, publicados este año.

Las revelaciones sobre la cultura sexista de Uber alentaron a varias mujeres a manifestarse y eso dio lugar a otro informe, divulgado a fines de junio en The Information, que describía presuntas propuestas sexuales indeseables por parte de Justin Caldbeck, un capitalista de riesgo que trabaja en Binary Capital. Caldbeck ha debido tomar un permiso para ausentarse del cargo y anunció que “buscará la manera de aprender de esta experiencia difícil, y de ayudar a impulsar los cambios necesarios en la comunidad general del capital de riesgo”. Instigado por toda esta situación, el cofundador de LinkedIn y prominente inversionista Reid Hoffman hizo un llamado para implementar un mecanismo industrial, a fin de que “los capitalistas de riesgo que tengan este tipo de comportamiento encaren el mismo tipo de consecuencias que habrían de enfrentar si sus insinuaciones fueran dirigidas a un empleado”.

2. Al diablo con los unicornios. En los últimos dos años, Silicon Valley se ha enamorado de los unicornios; es decir, las empresas privadas valuadas en mil millones de dólares o más. Se invirtió tanto dinero en los unicornios que muchos llegaron a tener un valor absurdo, y esas compañías descubrieron que podrían encontrar, fácilmente, a cualquier idiota que les diera mucho más dinero para elevar sus valoraciones todavía más, así que ¿para qué tomarse la molestia de volverse públicas? Solo veinte empresas de tecnología se hicieron públicas en 2016, la cifra más baja desde 2009. Y de todos los presidentes tecnológicos, el partidario más estentóreo de la estrategia de los unicornios fue, nada menos, que Kalanick. En el momento en que “lo renunciaron”, Uber estaba valuada en 70,000 millones de dólares, y Kalanick había prometido que la compañía tal vez haría su oferta pública inicial (IPO) más o menos cuando empezara a transportar pasajeros en platillos voladores.

Sin embargo, esta tendencia causa toda suerte de problemas. Concentra más riqueza en manos de menos personas (en los inversionistas privados iniciales y en los fundadores de las empresas); dificulta que los empleados aprovechen el éxito de su compañía; e impide que el público general participe de la bonanza tecnológica. Además, esto incrementa artificialmente la valuación privada de los unicornios, haciendo que sea muchísimo más alta que la valuación que obtendrían si fueran públicas, colocando esas compañías en un callejón sin salida, porque no pueden recurrir al público para conseguir más dinero para crecer, y no pueden conseguir más idiotas que les den más dinero privado. Llegados a este punto, muchos unicornios se acaban todo su dinero y colapsan.

Los inversionistas de Uber tenían muchas razones para echar a Kalanick, aunque los informes dicen que el tema de la IPO fue su motivación principal. De modo que, ahora, todo presidente anti-IPO está reconsiderando su postura, y eso será beneficioso para toda la industria.

3. Basta de venerar al imbécil. La mayoría de los presidentes de tecnología no son imbéciles. Muchos son líderes muy decentes, incluidos algunos de los más exitosos, como Marc Benioff, de Salesforce.com, y Mark Zuckerberg, de Facebook. Por supuesto, Steve Jobs fue un imbécil legendario. Y durante el apogeo de Microsoft, Bill Gates se ganó la medalla al mérito en imbecilidad. Empero, ahora tenemos un segmento en el campo de la tecnología que cree ciegamente en la filosofía administrativa Jobs-Gates. Hace un par de años, un inversionista de Uber habló sobre Kalanick con un articulista de Vanity Fair y dijo: “Es difícil ser transformador sin ser imbécil”. De inmediato, la empresa de análisis CB Insights realizó una encuesta para averiguar si aquello era cierto, y descubrió que 23 por ciento de los encuestados opinaba que sí.

En los últimos años, Kalanick se refociló siendo el imbécil en jefe de Silicon Valley, pero ahora resulta evidente que aquel título no le funcionó del todo bien. En este momento, una encuesta de CB Insights obtendría muchas menos respuestas “sí”.

4. Un poco menos de “transformación”, tal vez. Uber se ganó muchos enemigos abrazando con entusiasmo su mentalidad “transformadora”. No le importaba violar las leyes, arruinar a los taxistas o hasta explotar a sus propios conductores. La compañía encarnaba nuevos valores en Silicon Valley: “Muévete rápido y rompe cosas”.

Los problemas de Uber están ocasionando que la industria se dé cuenta de que un segmento considerable de la sociedad no quiere ser “transformado” violentamente, y tal vez la industria deba esforzarse más para poner de relieve lo que está creando en vez de lo que destruye. La estrategia de Kalanick, aunada a otras inquietudes recientes (como el papel de Facebook en las noticias falsas), parece estar despertando el deseo de una mayor conciencia y responsabilidad social entre las empresas de tecnología.

Una señal pequeña: pocos días después de la renuncia de Kalanick, Facebook, Microsoft, Twitter y YouTube anunciaron que estaban uniéndose para formar el Foro Global de Internet contra el Terrorismo. “Al trabajar juntos, compartiendo los mejores elementos tecnológicos y operacionales de nuestros esfuerzos individuales, podemos tener un mayor impacto en la amenaza del contenido terrorista en línea”, declaró el grupo. La industria necesita más de eso.

Es evidente que hay mucho de bueno en Silicon Valley, como en el ámbito tecnológico de todo el mundo. Sin embargo, las cosas se desviaron demasiado del objetivo bajo el liderazgo de Kalanick, en detrimento de la industria. Y, ahora, el sector parece dispuesto a cambiar. “En el ecosistema empresarial, celebramos nuestra capacidad para pivotar”, escribió Trae Vassallo, una mujer muy prominente en el mundo de los capitales de riesgo, tras la renuncia de Kalanick. “Y eso, claramente, es lo que necesitamos hacer con parte de nuestra cultura actual”.

¡Gong!

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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