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Historias de maquila
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Historias de maquila

Beneranda dedicó 12 años de su vida a trabajar en fábricas textiles. Decir que eligió la maquila como espacio de trabajo es mucho: vive en una comunidad alejada de la que no es fácil salir. Además de un ingreso, la fábrica le ofrecía transporte para ir y volver a casa.

El Tildio está a unos 40 minutos en coche de la capital de Aguascalientes. Ubicada en el municipio de El Llano, la comunidad es muy pequeña: ahí viven alrededor de 52 familias, la mayoría dedicada a la crianza de ganado o a la siembra de maíz o frijol de temporada. Los que no se quedan en la comunidad, trabajan en la maquila, en la industria automotriz o en alguna otra fábrica.

Antes de mudarse a El Tildio, Beneranda vivió en El Llano y ya desde entonces había sido empleada en la maquila. Después de casarse, se dedicó al hogar durante un año, pero ella ya estaba acostumbrada a trabajar y volvió al sector textil.

A Beneranda le disgustaba el ambiente de la fábrica porque trabajaba bajo presión, soportaba actitudes de menosprecio y, en ocasiones, recibía un trato grosero de sus supervisores, a cambio de un sueldo que se fue volviendo cada vez menos significativo, hasta llegar a 700 pesos a la semana.

“La mayor parte del tiempo trabajé en la máquina de codo para cerrar entrepierna y cuando terminaba el trabajo de esta máquina, porque no siempre tenía, llegué a pegar etiqueta, a sobrecoser, a cerrar lados”, recuerda sobre su paso por tres fábricas. Y de pronto un día, con la justificación de una negociación con el sindicato, en lugar de subir, su salario empezó a bajar. Cada vez más, la renuncia parecía una alternativa viable.

La mujer, entonces de 36 años de edad, resistió un año trabajando por 700 pesos semanales, después de haber llegado a ganar casi 2 mil pesos.

Pero el salario no fue el motivo para que ella fuera de una fábrica a otra, sino más bien la hora de llegada del transporte. Ella salía “oscura la mañana” para irse a trabajar y volvía a su casa cuando ya se había puesto del sol, así que cuando descubrió que había un camión
que podía tomar un poco más tarde, decidió cambiarse de empleo.

“La verdad es que nos tomaron el pelo. Nos fueron reduciendo (el sueldo) poco a poco, duraron seis meses reduciéndonos el trabajo, diciéndonos que todo estaba dentro de la ley, que ya no nos podían pagar los tickets dobles (producción extra), que nos iban a ir reduciendo poco a poco”, recuerda esta costurera.

 

*Lee el texto completo en nuestra edición impresa del mes de febrero

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